Artículo de Revista Global 54

Entrevista: Miguel D. Mena

«Es imposible imaginarse la primera mitad del siglo XX de la historia intelectual de América Latina sin la presencia alentadora de Pedro Henríquez Ureña».

Entrevista: Miguel D. Mena

El Ministerio de Cultura publicó recientemente los primeros siete tomos de las obras completas de Pedro Henríquez Ureña, editadas y compiladas por el intelectual dominicano Miguel D. Mena. Se trata de un proyecto que será de catorce tomos y donde se publicará un cuarenta por ciento de material que no había aparecido en los anteriores proyectos de obras completas. De acuerdo a lo que ha anunciado el ministerio, los tomos que van desde el ocho al catorce serán publicados en ocasión de la Feria del Libro Dominicano en Nueva York y de la Feria Regional del Libro de San Pedro de Macorís. La primera edición de las obras completas del humanista dominicano fue hecha en los setenta por Juan Jacobo de Lara y publicada por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (unphu). En el 2003, la Secretaría de Cultura publicó otra versión compilada y editada por varios intelectuales dominicanos. Diez años después, esta edición realizada por Miguel D. Mena se presenta no solo como una nueva oportunidad para reencontrarse con el pensamiento y el rigor del humanista dominicano, sino también para descubrir un sinnúmero de correcciones y una gran cantidad de textos inéditos.

Reconocido en el medio intelectual dominicano tanto por su labor de editor, la cual lleva realizando entusiastamente desde 1985, como por sus ensayos, sus críticas y sus artículos publicados en revistas, en medios nacionales e internacionales y en libros, Miguel D. Mena se ha caracterizado por su crítica incisiva y por aportarle una visión plural, novedosa y heterogénea a la cultura dominicana. Radicado en Berlín desde 1990, donde obtuvo su doctorado en Sociología, ha creado Ediciones Cielonaranja, que se podría pensar como un think tank desde donde se discuten, reflexionan y debaten temas que van de lo arquitectónico a lo literario, pasando por la sociología, la antropología, las artes plásticas, el cine y la música. Entre las colecciones de Cielonaranja se encuentra La Biblioteca Pedro Henríquez Ureña, donde ha reunido y editado libros que se han escrito para analizar la figura y la obra del humanista dominicano, así como traducciones, que sirven como apéndice para su gran proyecto de obra completa.

En la siguiente entrevista, Miguel D. Mena comparte con los lectores de Global los retos que asumió en esta empresa, su minuciosa investigación, los escollos a los que se enfrentó y la opinión que le merece la figura de Pedro Henríquez Ureña en el contexto nacional e internacional.

Empecemos por el principio, ¿recuerdas la primera vez que leíste una obra de Pedro Henríquez Ureña? ¿Quién te acercó a él? ¿Cuál fue el ensayo que te sirvió de ventana para contemplar su obra?

Mi memoria no es tan prodigiosa como para recordar el primer texto. Solo sé que fue en 1976 cuando tuve en mis manos el primer tomo de sus obras completas editadas por Juan Jacobo de Lara, que salió ese mismo año. Ahí había de todo: poesía, crónica de teatro, ensayos. Lo que más me llamó la atención fueron los textos sobre Deligne y José Joaquín Pérez, dos poetas casi olvidados, muy maltratados en las aulas, que ojalá y algún día, como Pedro Henríquez Ureña, sean reivindicados en lo mejor que tienen: las notas de la intimidad.

De acuerdo con lo que expresaste el año pasado en una charla sobre phu en la biblioteca Pedro Mir, llevas varios años embarcado en este proyecto, ¿puedes referirte al momento específico en que comenzaste a compilar la dispersa obra de phu y cómo ha sido el proceso?

Los diez tomos publicados por De Lara entre 1976 y 1980 fueron como llenar un álbum de postalitas. No solo leí esos tomos de un tirón, sino que también los fui compaginando con mis estudios de Sociología en la uasd, entre 1981 y 1986. Cuando me trasladé a Berlín en 1990, me los traje. Al irme adentrando en el mundo editorial, me di cuenta de que esas obras estaban mal editadas. Al principio solo veía que les faltaban los índices onomásticos. Luego, cuando me puse a investigar en la Biblioteca del Instituto Iberoamericano, me fui dando cuenta de que había gran cantidad de textos que no estaban incluidos. En el proceso, me fui percatando de que De Lara solo había consultado una edición de los textos, cuando Henríquez Ureña siempre corregía y publicaba una y otra vez. Lentamente, desde 1995, comencé el acopio de esos textos. Pero aún no pensaba en armar unas «obras completas». Eso vino después de terminar mi doctorado en la Universidad Libre, en el 2000.

Las obras completas de Pedro Henríquez Ureña se han recopilado dos veces en el país. ¿Te puedes referir a esas recopilaciones en relación con los hallazgos que se encuentran en esta nueva publicación? ¿Qué tienen de nuevo estas obras completas?

La edición de De Lara es meritoria porque es la primera. Lo hizo todo a partir de Santo Domingo. Hizo lo que pudo. Pero no realizó una edición apegada al espíritu crítico de Pedro Henríquez Ureña. Es decir, no comparó versiones de los textos, ni hizo notas, ni buscó en archivos cubanos ni españoles, ni siquiera accedió al archivo del maestro que se conservaba en Buenos Aires (hoy está en el Colegio de México). La edición que se hizo en el 2003 fue, en sentido general, un desastre: una mala fotocopia de la hecha por De Lara. Ahí no hubo investigación ni ningún nuevo aporte de textos, salvo un par de cosas más o menos en orden en el primer tomo de Ficción, a cargo de Diógenes Céspedes. Hubo un par de buenos textos introductorios, como los de Irene Pérez Guerra y Manuel Matos Moquete, pero al parecer no hubo los recursos o no sé qué para buscar o recopilar textos que no estuvieron dentro de la compilación de De Lara. Fíjate en un detalle: De Lara publicó diez tomos, cada uno promediaba 370 páginas. Mi edición es de catorce, con un promedio de 400 páginas. Me di cuenta de que tenía que hacer un trabajo filológico: recuperar y comparar cada una de las versiones de los textos de Henríquez Ureña para situar la forma en que se había desarrollado su discurso. Como sabrás, él siempre corregía y actualizaba sus textos, publicándolos en toda Latinoamérica, España, Francia, Estados Unidos. Estas obras completas aportan cerca de un 40 % de textos y variaciones que no estaban en las otras.

Al pasar de la simple acumulación de textos a la idea de unas obras completas, como deberían ser –eso pasó en el 2003–, comencé por lo más elemental: «la crono-bibliografía» presentada por Emma Susana Speratti Piñero en su célebre compilación de Obra crítica, publicada por Fondo de Cultura Económica en 1960. Algo me decía que ahí faltaban muchas cosas. Cuando conversaba hace ya unos cuantos años con Sonia Henríquez viuda Hlito, la hija de don Pedro, ella me dijo que era la coautora de esa compilación, pero como tenía una sensación de que no estaba tan bien hecha, no la había firmado. Cuando trabajé en el archivo del maestro dominicano en el Colegio de México, me di cuenta de que Speratti había fundido simplemente la bibliografía que ya había publicado Emilio Rodríguez Demorizi en La dominicanidad de Pedro Henríquez Ureña (1947) con un listado que el propio autor había hecho de su obra, más un par de cosas sueltas. Es decir: lo primero fue corregir la bibliografía, precisarla, ampliarla. Eso fue lo que hice. Hubo autores que ya habían comenzado esa corrección, como la cubana Diony Durán, una de las más incisivas estudiosas de don Pedro. No sé si la mía será una edición «definitiva». Ojalá se pueda seguir investigando y localizando nuevos textos, porque nunca se sabe. Por ejemplo, por muchísimas razones no pude presentar el primer manuscrito de su tesis en la Universidad de Minnesota, escrito en inglés y luego publicado en 1920 en España bajo el título La versificación irregular en la poesía española. Sin embargo, comparo las tres ediciones de esta obra que influiría tanto en Octavio Paz: las ediciones de 1920, de 1933 y la argentina de 1961.

¿Qué tal fue la experiencia de viajar a diferentes países (Cuba, Estados Unidos, México y Argentina) para revisar los archivos que se conservan de phu y realizar tus investigaciones?

Gracias a la generosidad de muchísimos amigos, se fue armando lentamente una especie de red de apoyo. En Argentina conté con el periodista Pablo Dreizik, en Santiago de Chile hasta mi suegra –Ana María Cabrolier– localizó un par de textos. Gracias a Diony Durán, contraté los servicios de una investigadora en Cuba, quien hizo un trabajo formidable de investigación. Fíjate en un detalle: comencé esta investigación sin apoyo económico de ningún tipo. Llegué a publicar seis tomos, por cuenta propia. En el 2010 le vendí un juego al entonces ministro de Cultura, José Rafael Lantigua, quien me apoyó siempre en cuanto a compra de mis libros y publicación de reseñas. Cuando él tuvo en sus manos esos tomos, me ofreció el apoyo del Ministerio de Cultura para completar el trabajo. Con esos recursos pude ir a México y Nueva York, en el 2011. Solo así completé la investigación. En la Biblioteca Pública de Nueva York el trabajo fue especialmente duro, porque mi único recurso eran los microfilms de Las Novedades, publicación donde Henríquez Ureña hizo un gran trabajo entre 1915 y 1917. Ya te imaginarás lo que es trabajar teniendo que transcribir de pantalla a pantalla, cuando ya no podías transcribir más a mano. Uno de los grandes aportes de estas obras completas es justamente el haber recuperado muchísimos nuevos textos de Las Novedades, de los que ni Speratti ni nadie se habían dado cuenta.

¿Cómo fue trabajar en el archivo de Pedro Henríquez Ureña, que está bajo la custodia del Colegio de México?

Fue una muy grata experiencia. De inmediato tuvimos el más decidido apoyo de su presidente, Javier Garciadiego, por lo demás, un gran «pedro-henríquez-ureñista». En el archivo histórico contamos con todas las facilidades brindadas por su encargada, Citlalitl Nares. También estuvimos investigando en la Biblioteca Daniel Cosío Villegas, dirigida por la maestra Micaela Chávez. Eso sí, el archivo de Pedro Henríquez Ureña está esperando su catalogación y digitalización, que es un apartado pendiente, pero que el ColMex no ha podido asumir hasta ahora por falta de recursos. En fin, en México nos encontramos con una gran familia de estudiosos, bien variopinta por cierto, porque, ¡hasta nos encontramos con Enrique Krause! Además, un estudioso fundamental, tal vez el más destacado de todos, Adolfo Castañón, editor del epistolario de Reyes-Henríquez Ureña, también se constituyó en muchísimas cosas: consultor, guía, referente…

En el mismo tenor, ¿puedes referirte al tratamiento que se le dispensa en la actualidad en México, en Cuba, en Estados Unidos y en Argentina?

En México siempre se le ha brindado mucha consideración al maestro dominicano. Fondo de Cultura sigue publicando sus libros, aunque uno de ellos, Historia de la cultura en la América hispánica, ya perdió la «seriedad» de sus primeras dos o tres ediciones, y se convirtió en un librito de bolsillo corriente. En Argentina solo Editorial Losada
–ahora en manos españolas– publica algunos de sus textos introductorios para obras clásicas, pero cosa muy menuda. En Cuba está la buena antología de José Rodríguez Feo, editada por Casa de las Américas en los sesenta.

Una de las sombras que más gravita en estas obras completas es la de Sonia Henríquez viuda Hlito, la hija de Pedro Henríquez Ureña, a quien te refieres en una de las introducciones como ángel de esta empresa. ¿Puedes hablar de ella? ¿Cómo ha recibido el proyecto? ¿Qué ha dicho de la recopilación?

Doña Sonia –aunque a ella le molesta el concepto de doña, así de modesta es– fue un apoyo fundamental. Cuando comencé con la idea de publicar estas obras, la llamé por teléfono a su casa de Buenos Aires. Sospecho que ella habrá recibido desde 1946 cientos de llamadas para publicar la obra de su padre. Y, de hecho, ella editó, junto a Augusto Monterroso, los Cuentos de la Nana Lupe. La llamé para pedirle su aprobación, porque de todos modos hay que ser cuidadosos en cuestiones de derecho de autor. Desde el 2006 la he llamado con frecuencia: para contarle cómo va el trabajo, para consultas, para contarle descubrimientos, entre muchos otros temas. Ahora finalmente pude encontrarla personalmente, y de verdad que es una persona formidable, muy honesta, humilde y bondadosa, como su papá. Cuando tuvo los primeros siete tomos en sus manos, estaba sorprendida por la calidad de la edición. Luego, tras su regreso a Buenos Aires, la llamé para ver qué le parecía el trabajo. Me contó que estaba muy satisfecha, que «al fin a su papá se le había hecho justicia literaria». Eso me alegró.

En estos primeros siete tomos nos encontramos con el phu más juvenil que trata de encontrar su lugar en el mundo. Sin embargo, desde temprano se nota la claridad de la empresa en que se está embarcando. Por ejemplo, en la introducción del primer tomo, te refieres al hecho de que a pesar de que phu llegó a escribir poemas y dramas, su obra fue sobre todo de pensamiento y ensayística. La expresión que usas es «El pensamiento domina a la fantasía». ¿Crees que en phu se podría establecer la diferencia entre creador y pensador?

Estamos frente a un autor muy crítico ante sí mismo, que no aspira a crear una «obra» en el sentido de un hito o un monumento. Por eso abandonó la poesía, porque se dio cuenta de que era más entretenimiento que otra cosa. Junto a la literatura hubo pasiones que lo acompañaron toda la vida: el teatro y la música, a lo que se agregó la ópera, de la que era muy devoto, pero que solo podía ver en Nueva York, y muy poco en México y Buenos Aires. En Henríquez Ureña, creación y pensamiento son aguas orientadas a un río: el de la comunidad. Al final, la creación implica un deleite y el pensamiento un deber de buscar claridades y vivir en ellas.

Siguiendo con la empresa, cuando uno lee los apartados más personales, sus memorias, sus diarios, sus cartas, y sigue los textos introductorios, nos percatamos de que estamos ante la puesta en escena de alguien que está dispuesto a dejar una gran huella. También te refieres a esa «ansia de perfección» que buscaba y que Salomé Ureña vislumbra en el famoso poema que le escribió. ¿Crees que hay una relación de esa búsqueda de la grandeza con el hecho de que provenía de un medio tan limitado como el nuestro? ¿O crees que ya en su hogar se daban las condiciones para estimular y emular esa vastedad?

La grandeza a la que te refieres creo que era un detalle fuera del registro vital de Henríquez Ureña. Pudo haber hecho carrera en Estados Unidos y en México, una gran carrera de académico. La limitación del medio fue muy relativa. Ya en el Santo Domingo del último decenio del siglo xix, bajo la misma dictadura de Lilís, los hermanos Henríquez Ureña –Pedro y Max– se habían leído los clásicos españoles, conocían al dedillo a Shakespeare, leían en francés. Es decir, crearon una isla espiritual más amplia que la física. ¿Te imaginas lo que es tener a la maestra en la casa y tener como gente que pase por tu casa a Eugenio María de Hostos y a José Martí, sin olvidar al tío Federico Henríquez y Carvajal?

A grandes rasgos, ¿cuál es tu evaluación de la persona de phu en el contexto caribeño y universal?

Evito los calificativos. Pedro Henríquez Ureña siempre actuó teniendo en cuenta que participaba dentro de una comunidad –cada vez mayor– de gente que pensaba, creaba y actuaba. Era una comunidad amplísima, conectada epistolarmente por todos nuestros países, Europa y los Estados Unidos. Es imposible imaginarse la primera mitad del siglo xx de la historia intelectual de América Latina sin la presencia alentadora de Pedro Henríquez Ureña. Insistió mucho en la educación, de ahí su papel en el Ateneo de México, en la formación de la actual Universidad Nacional Autónoma de México, del colegio y hasta de la colección Biblioteca Americana del Fondo de Cultura, que lleva su nombre. Si a eso le agregas que su Manual de gramática castellana, escrito junto con Amado Alonso, todavía es válido como libro de texto, ya te puedes imaginar su legado.

Las introducciones de cada tomo no son meros comentarios o análisis de la obra, sino que logras situar el contexto social y las condiciones en que el autor fue realizando su obra, además de que explicas el criterio de la selección y la edición. Para mí fue de gran ayuda, ya que en ese contexto la lectura se puede realizar de forma lineal y facilita las consultas. ¿Fue esa tu intención al realizar las introducciones? ¿Puedes explicar el criterio?

Traté de ser lo más sintético en el momento de introducir cada tomo. Como bien dices: situar el contexto y hablar del criterio editorial. No me gusta marear al lector planteándole mis críticas o conceptos. La idea es que cada quien busque, tenga o no sus conclusiones. Lo importante es que los índices onomásticos son una buena guía, que las notas explican las variaciones de los textos, y que al final siempre está indicada la fuente donde se publicó el texto.

En esta época en la que se encuentran tan de moda los pensamientos especializados, ¿cómo fue la experiencia de revisar y de investigar esa obra enciclopédica que parece escrita por un equipo de investigadores más que por una sola persona? ¿Cómo se arma esta publicación?

Me costó muchísimo esfuerzo. Pero hubo algo en la ética suya que siempre me acompañó: el tener una definición bien clara del «yo», es decir, de mis posibilidades. Los dominicanos tenemos una percepción muy neotestamentaria del «yo»: el «yo» nos da vergüenza, siempre hablamos de «nosotros». Henríquez Ureña amplió su concepto del «yo» desde pequeño, lo desinsularizó y aprendió a aportar teniendo muy claro los límites del «yo» y el «nosotros». Me pasó lo mismo que con la edición de libros. Entre 1980 y 1984 –e incluso después– toqué muchísimas puertas tratando de publicar mis poemas y otras cosas. Pero en nuestro país vivimos todavía con esa «asfixia moral» de la que habla Henríquez Ureña. Por eso me fui en 1990. Lo ideal hubiera sido hacer un proyecto de investigación, que una institución lo apoyara y uno entonces comenzar. Conociendo esa asfixiada moralidad de nuestro medio cultural, me dije en el 2003: haré esta compilación contra viento y marea. Un día me topé en un supermercado con uno de los «henríquez-ureñistas» locales, y cuando le conté el proyecto, me dijo que era «imposible, eso tú nunca lo harás». Primero tuve que salir a vender los primeros seis tomos para buscar dinero y financiar el resto. Solo José Rafael Lantigua creyó inicialmente en el proyecto. Luego, José Antonio Rodríguez, el ministro de Cultura siguiente, le dio continuidad, pero no tendríamos esos siete tomos sin el último apoyo de todo esto: el filósofo Luis Brea Franco, quien contra viento y marea logró esta publicación.

La diversidad y cantidad de temas, de reflexiones, de estilos y de información que phu manejaba no tienen parangón alguno en las letras dominicanas. En tu caso, ¿cuál es el phu favorito? ¿El literato, el lingüista, el pensador, el cronista, el filólogo, el ensayista?

Pedro Henríquez Ureña escribió según deseos, necesidades y obligaciones. Siempre trató de escribir bien. A veces cometía faltas a propósito, cuando no quería que supieran que él era el autor. Eso lo comenta Borges en sus conversaciones con Bioy Casares. En él siempre habrá algo interesante, leíble: desde una crítica de un concierto de Pablo Casals, pasando por un estudio sobre Nietzsche o Bernard Shaw, o una historia de la literatura centroamericana o puertorriqueña, pasando por críticas a autores como Jane Austen o su querido Oscar Wilde. Incluso encontré una joya: una breve reseña de 1924 donde se refiere a tres autores: James Joyce, Ezra Pound y Fernando Pessoa. ¿Buscas a alguien con más temas y ámbitos de lectura?

¿Puedes referirte a La Biblioteca Pedro Henríquez Ureña que publicas en la página de Cielonaranja?

Junto a este trabajo de edición de las obras completas también estoy publicando, ya en Cielonaranja, La Biblioteca Pedro Henríquez Ureña. Hay autores que se han pasado hasta cincuenta años publicando textos sobre el maestro dominicano, como el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot o Emilio Carilla. Recojo esos textos y los presento como libros. También he publicado en esta «biblioteca» la traducción que él hizo de Estudios griegos, del inglés Walter Pater, obra de cabecera de los ateneístas mexicanos. La corona de todo es Debates en Sur, una compilación de debates de temas sociológicos conducidos por Henríquez Ureña entre 1940 y 1945, y que reunió a buena parte de la intelligentsia europea y latinoamericana. También ya van tres tomos de Archivos de Pedro Henríquez Ureña, libros compilatorios sobre la obra del humanista dominicano.

¿Para cuándo se tiene planeado editar los siguientes siete volúmenes?

El plan original establecía tenerlo todo editado ya desde antes de agosto del 2012, pero recién comenzamos ahora. La idea es completar el trabajo para octubre de este 2013. Pero, como dijo el cielo, «veremos». Dadas las limitaciones del ministerio, pienso que por ahora lo más importante es que esos primeros siete tomos salgan a la calle y que los otros siete tomos se impriman. Más no puedo pedir. Pedro Henríquez Ureña lo tiene casi todo en Santo Domingo: una universidad, una avenida, muchísimos premios nacionales, está en el billete de 500 pesos en una imagen suya que no es correcta, como es tan falso ese cuadro que adorna la entrada de la Biblioteca Nacional que lleva su nombre. Curiosamente, lo único que no tiene es lo único que quiso tener: lectores. ¡Ni siquiera hay textos suyos tan importantes como «El descontento y la promesa» en el currículo escolar! Eso de «futuras generaciones» o de «legado» no me preocupa tanto. Pienso que en la actualidad se le debería bajar de su pedestal porque toda esa parafernalia es justamente lo que criticaba.

Frank Báez es editor de la revista Global.

  • Haroldo Dilla Alfonso

    Miguel de Mena es el intelectual mas exquisitamente mediocre de República Dominicana.


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