Artículo de Revista Global 20

España y la República Dominicana

Este artículo trata de la política exterior de España hacia la República Dominicana, en el marco de las relaciones bilaterales. Una aproximación a la historia de estas relaciones desde la Guerra Civil española, las relaciones recientes en su dimensión política, social y económica, y las relaciones de la República Dominicana con la Unión Europea, que tienen mucho que ver con la presencia española en esta organización internacional.

España y la República Dominicana

La República Dominicana reconoció oficialmente el gobierno de la España de Franco el 1 de abril de 1939, fecha en se produce el último comunicado del bando vencedor en la Guerra Civil. De hecho, el reconocimiento dominicano fue uno más de la oleada que siguió al paso dado inicialmente por Gran Bretaña y Francia el 24 de febrero anterior.

El gobierno dominicano abrió su embajada en Madrid a los perseguidos y manifestó su voluntad de acoger a los que decidieran tomar el camino del exilio. La argumentación oficial se basaba en los pactos internacionales firmados por el país y en el carácter humanitario impreso por decisión del propio Trujillo.

Según Bernardo Vega, ¹Trujillo tenía razones de carácter interno para proceder de esta forma: la “importación” de población de piel blanca para compensar la influencia haitiana en la zona fronteriza y la necesidad de emprender acciones que mitigaran la pésima imagen internacional conseguida con la matanza de haitianos de 1937.

Entre octubre de 1939 y junio de 1940 llegaron a la República Dominicana 3,150 exiliados españoles, por lo que el país se convirtió en el segundo mayor receptor en América, tras los Estados Unidos de México. Según Vega, el flujo se detuvo al recibir Trujillo la indicación de la embajada norteamericana sobre el potencial peligro de la influencia política de este colectivo. Una observación que daba en el clavo, pues su participación posterior en el desarrollo del marxismo en el país fue absolutamente decisiva.

Sin embargo, el ambiente políticamente irrespirable del régimen de Trujillo actuó como desincentivador para estas personas que, por lo demás, eran mayoritariamente de formación elevada y poco recorrido tenían en un país eminentemente agrario. Algunos sí encontraron hueco en la universidad y en la administración pública, llegando a asumir puestos de responsabilidad. José Almoina Mateos llegó a secretario particular de Trujillo y pagó su deserción con la muerte a manos de los servicios secretos del dictador, igual que ocurrió con el profesor de derecho Jesús de Galíndez y con el hombre de negocios Alfred Pereña, ya en 1959.

En 1945, el 95% de los exiliados españoles había dejado la República Dominicana para instalarse en países con más posibilidades de desarrollo profesional y con ambientes políticos abiertos.

Méjico sería el mayor receptor de exiliados decepcionados de la República Dominicana y su Gobierno sería el principal adversario de la causa franquista en el ámbito internacional. La conferencia de San Francisco –que dio lugar a la formación de la Organización de las Naciones Unidas– fue escenario de enfrentamientos entre el representante de Méjico y el de República Dominicana a propósito de la cuestión española.

Efectivamente, a pesar del reconocimiento del régimen franquista por las grandes potencias, su participación en la sociedad internacional estaba muy limitada por su alineación con las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial.

Así, Méjico propuso en diciembre de 1946 una resolución de la Asamblea de Naciones Unidas instando la retirada de embajadores de Madrid. La directriz fue seguida por todos los países excepto el Vaticano, Portugal, Argentina y la República Dominicana.

El aislamiento internacional de Franco era un hecho, como lo era la hostilidad regional respecto al régimen de Trujillo. Los gobiernos de Rómulo Betancourt en Venezuela, José Figueres en Costa Rica, Elie Lescot y Dusormais Estimé en Haití, Ramón Grau San Martín en Cuba y Juan José Arévalo en Guatemala dieron cobijo a los exiliados dominicanos y se coaligaron en diferentes grados contra el régimen dictatorial de Trujillo, dando como principal fruto la creación de la Legión del Caribe, un grupo armado que atacó las costas dominicanas en 1947, en bahía Luperón. La beligerancia antitrujillista de algunos gobiernos caribeños, y en especial el revolucionario de Cuba, conduciría a un nuevo intento en 1959 (Constanza, Maimón y Estero Hondo), pero sin conseguir su objetivo de implantar focos guerrilleros en el territorio dominicano.

Franco y Trujillo eran, pues, dos autócratas destinados a entenderse y el principal ámbito de entendimiento de estos años fue el escenario internacional y, más concretamente, las Naciones Unidas. A finales de la década de los cuarenta, los Estados Unidos maduraron su visión sobre España gracias a las reflexiones del estratega de la contención de la Unión Soviética, George Kennan.² Éste hizo que España fuera percibida como una importante base estratégica en la retaguardia de Europa, obviando los principios políticos que años atrás habían conducido a aislarla.

En este contexto, el representante dominicano ante la ONU propuso la cuestión de la admisión de España en el orden del día de la Asamblea General. La diplomacia norteamericana se movió con rapidez y preparó un texto de resolución que defendió ante la asamblea el canciller dominicano, Virgilio Díaz Ordóñez. ³ La votación del 4 de noviembre de 1950 aprobó un texto que levantaba el boicot diplomático a España y se abría la puerta de los organismos especializados de la ONU.4 La entrada como miembro de pleno derecho no se produjo hasta 1955, cuando formó parte de un paquete de 16 países pactado entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

La década de los cincuenta sería la de mayor entendimiento entre los gobiernos de Franco y Trujillo. En 1952 se firmó el Tratado de Amistad, en 1953 el Convenio Cultural, en 1954 el Acuerdo Comercial y en 1956 el Convenio de Emigración. Este último instrumento fue el que dio cobertura legal a la llegada de 5,000 españoles al territorio dominicano con el fin de establecerse y prosperar económicamente. Trujillo recuperaba así su viejo objetivo de “blanqueo” racial dando facilidades tales como transporte gratuito, tierras y aperos de labranza en la zona fronteriza con Haití.

El momento álgido de la relación bilateral se produjo en 1954, cuando Rafael Leónidas Trujillo visitó España durante 12 días en los que se entrevistó con Franco, celebró banquetes oficiales, visitó industrias, centros de investigación, lugares históricos y hasta asistió a una corrida de toros. Todo ello en el marco de un gran seguimiento de los medios de comunicación, controlados por el régimen.

Las ambiciosas metas de este entramado relacional no se cumplieron más que modestamente. Los emigrantes españoles, en su mayor parte, abandonaron el país por la dureza de las condiciones de vida en la frontera. Los intercambios comerciales no florecieron y la relación cultural quedó en mera retórica.

Sin embargo, una relación tan intensa y cordial entre los gobiernos de la República Dominicana y España no se ha vuelto a reproducir desde entonces y esto solo cabe explicarlo por la singularidad de la situación que atravesaban ambos países, fieles aliados de los Estados Unidos en el frente anticomunista de la Guerra Fría, pero auténticos parias para la comunidad de naciones democráticas de Europa y, en menor medida, América.

La muerte de Trujillo en 1961 inauguró un periodo de fuertes cambios políticos en la República Dominicana en los que la influencia española, si la hubo, no dejó muestras documentales relevantes. La sintonía entre Madrid y Santo Domingo se retomó con la llegada a la presidencia dominicana de Joaquín Balaguer. Éste compartía el proyecto nacional antihaitiano e hispanófilo de Trujillo e intentó potenciar la relación con España en un momento en que el gobierno de Franco miraba ya hacia la Comunidad Económica Europea, aunque sin conseguir más que migajas a sus puertas.

Hasta la muerte de Franco creció la cooperación técnica entre ambos gobiernos y abrieron delegaciones en Santo Domingo las empresas públicas Iberia y Agencia Efe. La transición española a la democracia tuvo un capítulo dominicano con la visita de los reyes Juan Carlos I y Sofía en junio de 1976. Fue una escala de 30 horas en un viaje con destino a los Estados Unidos donde el monarca acudió a presentarse con motivo del 200 aniversario de la independencia de Estados Unidos.

La estancia en Santo Domingo jugó un papel simbólico ideal para las pretensiones de la corona de afianzarse en la cima del Estado español. La inauguración del museo de las Casas Reales, construido con asistencia técnica española, y las referencias al descubrimiento de 1492 fueron ingredientes principales del mensaje político que se dirigía a la comunidad iberoamericana en un momento de cambio.

La España democrática no encontró el tono a su relación con la República Dominicana hasta bien entrada la década de los ochenta, cuando encauzó su papel internacional con la entrada en la OTAN y en la Comunidad Económica Europea.

Una relación Norte Sur

El marco de estabilidad aportado por la pertenencia al club europeo ha sido el factor decisivo en el desarrollo acelerado de España en los más de veinte años transcurridos.

Este desarrollo llamó la atención de una parte de la población dominicana con deseos de emigrar para prosperar económicamente. Asimismo, produjo el inédito fenómeno de la exportación de capitales y el de los viajes turísticos en masa de los españoles más allá de las fronteras de su propio país.

En este tiempo, España ha asumido plenamente su ubicación político-económica entre los llamados países del Norte y ha desarrollado una política de cooperación al desarrollo, un tanto irregular en los montantes, pero que, a la postre, se ha consolidado.

Estos temas son los que han llenado de contenido la relación política reciente de España y la República Dominicana. Una relación típicamente Norte-Sur en la que la desigualdad de las partes conduce, de tanto en tanto, a situaciones no muy envidiables, como la estancia en suelo dominicano de un grupo de dirigentes de eta en un limbo jurídico a finales de los ochenta durante una decena de años, o la de un violador múltiple tras ser excarcelado en España a finales de los noventa y enviado a la República Dominicana para evitar el acoso público a que se le sometía en Europa.

El inicio de la emigración dominicana a España en términos masivos cabe situarlo en 1990, cuando el país pasó por una aguda crisis de abastecimientos. España no exigía visado a los ciudadanos dominicanos, como tampoco lo exigía a los de Marruecos. Hasta ese momento no se había definido una política de restricción porque la presión migratoria era inexistente. Esta circunstancia fue aprovechada por unos miles de ciudadanos dominicanos que huían de un país en estado de colapso gobernado por un anciano dirigente en franca decadencia física.

La imposición del visado llegaría en 1993 en el marco de la política del grupo de Shengen, un conjunto de países de la Unión Europea interesados en acelerar la desaparición de las fronteras interiores. La República Dominicana formaba parte de la lista de países con exigencia de visado por parte de este grupo cuando España se adhirió a él y no se propuso su modificación.

La inclusión de la República Dominicana en ese listado probablemente tenga que ver con el fenómeno de la trata de blancas que tuvo una especial relevancia en la década de los ochenta en los Países Bajos con tramas que partían de las Antillas Holandesas, donde hay una importante colonia dominicana.

Las redes de trata de blancas también actuaron en España de forma importante y tuvieron implicaciones de alto nivel, como fue el caso de la cónsul dominicana en Madrid, destituida por el presidente Balaguer a raíz de un informe policial español.5

Diáspora, turismo y ayudas

En la actualidad forman la comunidad dominicana en España 58,000 residentes legales. Predomina el género femenino y la especialización en el servicio doméstico, aunque existen pequeños colectivos profesionales y estudiantiles.

Los ciudadanos dominicanos se benefician de un trato preferente dado por el Gobierno español a los iberoamericanos en materia de nacionalización. Así es posible iniciar los trámites de nacionalización tan sólo dos años después de la primera residencia legal, a diferencia del resto de los países, a los que se les exigen 10 años. En los últimos años, las nacionalizaciones de dominicanos han rondado las tres mil anuales, por lo que se está consolidando un importante núcleo de ciudadanos con doble nacionalidad.

Esta presencia dominicana en España tendrá sus efectos sobre la mirada exterior del país, también moldeada por la llegada de importantes contingentes de turistas españoles.

Más materialmente, las remesas de los dominicanos en España ascendieron en 2006 a 388 millones de euros, unos 487 millones de dólares. 6 Esta suma es la más importante de los flujos monetarios que se dan entre la República Dominicana y España. Por ello y por la importancia social del hecho migratorio, esta cuestión debe figurar en el primer puesto de la agenda bilateral.

El segundo flujo económico entre España y la República Dominicana es el del turismo. Los empresarios hoteleros de las islas Baleares han convertido el Este dominicano en su principal área de expansión internacional en los últimos veinte años. La mayor parte de las inversiones españolas en la República Dominicana corresponden a este sector, aunque los datos oficiales pueden no reflejar la totalidad debido a las estrategias multinacionales de las grandes empresas.

Aun así, las inversiones españolas son las segundas en importancia en el país, tras la de Estados Unidos, durante el periodo 1996- 2002.

El número de turistas españoles que visitó la República Dominicana durante 2004 fue de 228,000 personas, lo que hace de España el cuarto país emisor.

Los intercambios comerciales tienen un nivel mucho más bajo. La lejanía geográfica juega en contra de un comercio que ha tenido históricamente un carácter complementario, materias primas a cambio de productos manufacturados. España es el decimoprimer proveedor de la República Dominicana y su décimo cliente. El volumen de intercambio comercial en 2006 apenas superó los 230 millones de euros.

En el capítulo empresarial cabe destacar la presencia normalizada de muchas empresas españolas en la República Dominicana, pero no se puede obviar el capítulo de Unión Fenosa. El caso de una empresa española que decide participar en la privatización del sector eléctrico dominicano y que acaba saliendo del país tras un periodo de fuertes tensiones con el Gobierno.

El tercer flujo monetario que se da entre España y la República Dominicana es el producido por la ayuda al desarrollo. El inicio de la cooperación bajo estandares internacionales se remonta a 1987, pero no es hasta 1992 que llega a unos montantes económicos importantes, por encima de los 200 millones de pesetas anuales.

La ayuda española a la República Dominicana cobra volumen especialmente con el crecimiento de los créditos del Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD), un instrumento financiero ligado a la compra de bienes y servicios de empresas españolas y, por tanto, calificado más como instrumento comercial que como instrumento de verdadera ayuda. En cinco de los diez años reseñados en la tabla, el montante de los créditos FAD ha sido superior al conjunto de programas y proyectos desarrollados directamente sobre el terreno.

Hasta el momento, la República Dominicana se sitúa en un puesto medio de los receptores iberoamericanos de ayuda española, a clara distancia de países priorizados como Nicaragua y Bolivia. Sin embargo, la VI Comisión Mixta Hispano-Dominicana celebrada este mismo año recogió la clasificación de la República Dominicana como país prioritario en materia de ayuda al desarrollo. La concreción económica de esta declaración habrá que verla en próximos ejercicios, pero lo que sí se conocen son las prioridades aprobadas: concentración geográfica en las zonas Sur y Este del país; apoyo al fortalecimiento de la democracia; apuesta por los sectores de educación, salud y vivienda; refuerzo del tejido económico, en especial de las microempresas y el agropecuario, y otros apoyos al medio ambiente, la cultura, las políticas de género y el codesarrollo.

Sin duda, el gran éxito de las relaciones recientes de España con la República Dominicana es el ingreso al grupo ACP (África Caribe y Pacífico) con los que la Unión Europea mantiene unas relaciones especiales mediante los sucesivos convenios de

Lomé y después de Cotonou

Lomé y Cotonou El caso dominicano es absolutamente singular, pues es el único país de América Latina y de habla española que se encuentra en este grupo. Este precedente sirvió para que en distintos momentos se haya planteado la posibilidad de que Cuba formara parte del grupo, pero sin resultados hasta la fecha, en parte por reticencias de los mismos cubanos, que perciben esta relación como “neocolonial”.

La petición formal de adhesión de la República Dominicana al Convenio de Lomé se produjo en 19877 y el papel del Gobierno español fue fundamental en el seno de los organismos comunitarios, como lo fue la representación española en el Parlamento Europeo, donde también se defendió la candidatura.

Sin embargo, por el camino quedaron importantes concesiones en las facilidades concedidas a los países ACP para la exportación al mercado europeo de azúcar, ron y plátano en condiciones preferenciales. La renuncia a estas ventajas fue el precio a pagar por una entrada tardía en este esquema que, por lo demás, es fuente de importantísimos recursos de cooperación al desarrollo para el país y también para la región caribeña.

Según la delegación de la Comisión Europea en la República dominicana, desde 1990 se han asignado al país 616 millones de euros en sucesivos planes nacionales de cooperación. Hay que señalar que la elaboración de estos planes, con sus prioridades, se hace de forma conjunta entre la comisión y el propio Gobierno dominicano siguiendo la práctica del Convenio de Cotonou.

Esta colaboración en la definición de objetivos se ha desarrollado en los últimos años en el sentido de dedicar fondos comunitarios al apoyo directo del presupuesto del Gobierno dominicano, lo que constituye un paso clave en la maduración de la relación entre socios.

Entre los sectores beneficiados hay que incluir el apoyo al ajuste estructural, al sector privado, al desarrollo rural, la salud, la educación, el sector minero, la cultura, las infraestructuras, el saneamiento de los barrios marginales y la reforma del Estado.

Importante también es la ayuda recibida en el marco regional, pues la Unión Europea favorece las aproximaciones e integraciones de su mismo tipo. La pertenencia de Dominicana al grupo caribeño de los ACP ha supuesto el rompimiento del aislamiento histórico con unos vecinos de lengua distinta pero características similares. En este sentido, la UE ha venido a reparar parcialmente una fragmentación cultural infligida por los propios europeos 500 años atrás con sus procesos de colonización.

El futuro de las relaciones de la República Dominicana con la Unión Europea se está escribiendo simultáneamente a este artículo, en las negociaciones para un Acuerdo de Asociación Comercial. Es una nueva generación de tratados que serán compatibles con las normas de la Organización Mundial del Comercio y que deberán ser evaluados cuando se conozcan sus contenidos.

España y la República Dominicana se han reencontrado en este cambio de siglo con unos intereses comunes de gran importancia. La presencia de una importante comunidad dominicana en España y la migración temporal que desarrollan los turistas españoles cada año son el principal activo. A continuación, los intereses económicos españoles en el sector turístico del país y la cooperación al desarrollo en el plano bilateral y en el multilateral, a través de la Unión Europea. La República Dominicana ha ganado autonomía respecto a la histórica dependencia de los Estados Unidos, mientras que España asume con madurez su papel como país más desarrollado en una región donde su responsabilidad histórica es evidente. Para los próximos años queda el reto de seguir desarrollando las relaciones entre los dos países en el ámbito de universidades, empresas, organizaciones civiles, sindicatos, medios de comunicación y todo lo que pueda enriquecer ambas orillas del Atlántico en una relación cada vez más igualitaria.

Gil Toll es periodista, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona, máster en Estudios Internacionales por la UAB. Desarrolla su tarea profesional en los Servicios Informativos de Televisió de Catalunya desde 1986. Es autor de La política española sobre República Dominicana, 1939-1994, publicado por la Fundació Cidob de Barcelona en 1996.

Notas

1 Vega, Bernardo, En la década perdida, Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1991.

2 Armero, José Mario, La política exterior de Franco, Planeta, Barcelona, 1979.

3 Díaz Ordóñez, Virgilio, La política exterior de Trujillo, Impresora Dominicana, Ciudad Trujillo, 1955.

4 Alberto J; Anselm, Lleonart, España y ONU. Estudios introductorios y corpus documental, vol IV, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1991.

5 Efe, 12 de marzo de 1994.

6 Datos del Banco de España citados por Remesas.org.

7 Tres años antes hubo una petición conjunta con Haití que no llegó a buen puerto.