Artículo de Revista Global 51

Estética visual en el Caribe francófono

Las artes plásticas y visuales de Guadalupe, Martinica y Guyana responden a corrientes que, en un primer tiempo, buscaron inscribirse en los procesos ideológicos de identidad antillana, iniciados gracias a los conceptos aportados por la négritude, para luego liberarse de su lazo apostando por la estética africana, buscando nexos y convergencias con América Latina, así como con la creación contemporánea universal, en una conciencia plural de los aportes multiculturales y diversos del mestizaje visual.

Estética visual en el Caribe francófono

El Caribe francófono, integrado por Guadalupe, Martinica y Guyana, posee un patrimonio visual contemporáneo revelador de que sus artistas, pintores, escultores e instaladores se mueven por el mundo y marcan un espacio muy particular en el concierto de la creación visual global, pero con notas y matices muy específicos, tanto en la figuración como en la abstracción y en las manifestaciones tridimensionales y conceptuales.

En la creación visual de esta región del mundo, los artistas asumieron después de la Primera Guerra Mundial el concepto de la négritude, lanzado por los intelectuales Léopold Sédar Senghor y Aimé Césaire para reivindicar las raíces negras africanas.

En las décadas de 1920 y 1930, los artistas afrocaribeños francófonos quedaron fascinados por la ruptura revolucionaria que introdujeron las «artes primeras» africanas en las nuevas tendencias de las vanguardias europeas, como el cubismo, el surrealismo y el dadaísmo.

Con la máscara africana se desfigura el rostro en una nueva composición visual en la que el espectador tiene que recomponer el sujeto. Es indiscutible que la poética y la estética de estos nuevos lenguajes contribuyeron a engranar los códigos de un mestizaje cultural. Sin embargo, es a partir de la década de 1960 cuando en la isla de Guadalupe los artistas deciden marcar una ruptura con la influencia de las vanguardias europeas para interesarse por las obras del cubano Wilfredo Lam, del chileno Roberto Matta y del mexicano Diego Rivera, corriente cuyo precursor en Michel Rovélas.

Rovélas cuestiona la tela y su llanura, busca todas las posibilidades exploratorias para entrar dentro de un sistema de signos, antes de lograr una obra puramente simbólica de alta expresión. Sus evocaciones visuales se refieren a los signos pictográficos de origen amerindio, pero también a una elevación abstracta de gran libertad.

La obra de Rovélas, liberada del mimetismo del modelo europeo, abre nuevas perspectivas en el arte contemporáneo de Guadalupe y encuentra seguidores en las nuevas generaciones, por el alejamiento de los modelos impuestos que significa.

Para Bruno Pédurand la imagen se resuelve y disuelve a través de la memoria, de una recordación orgánica en la que el corazón sacado de África sigue latiendo en el Caribe, como si esta geografía fuera la sala de cirugía de un cirujano cardiovascular. Por años, Pédurand buscó la reconciliación artística con la herencia africana, y su obra fue identificada por sus trabajos de infografías sobre papel maruflado sobre telas, donde aparecen barcos que navegan alrededor de un mapa impreciso de tierras por descubrir.

Discurso generacional

Las nuevas generaciones han integrado en sus obras el referente africano partiendo de una poética individual, liberada de las ideologías y de las corrientes conceptuales.

Valerie John se impuso una travesía inicial que la llevó al continente africano para enfrentarse con la propuesta visual de los paños, las telas, los colores y las luces, y experimentar con nuevas materias como las cortezas de los árboles, los papeles vegetales, rompiendo con los esquemas heredados, para volver a crear territorios visuales a su regreso a Martinica y ofrecer una re-apropiación de la imagen y del color en un proceso contemporáneo. Esta artista marca con esa actitud un espacio singular en el arte contemporáneo de esa isla, que ya había sido anunciado por dos maestros: Serge Hélénon y Louis Laouchez.

En Martinica, en 1943, la Escuela de las Artes Aplicadas marcó el principio de una gran exploración en los materiales. Sin embargo, mas allá de las investigaciones de la Escuela Negro-Caribeña, formada por Hélénon y Laouchez, el Grupo Fwomaje lanza una nueva estética caribeña a partir de todas las particularidades de las diversas raíces, tanto amerindias como hindúes, pero también asiáticas y occidentales, en donde destaca el aporte visual de las etnias de los indios saramacas de la Guyana. Esta tendencia la defendió el artista guyanés Nivor.
Es obvio que esta gran fusión de aportes múltiples y diversos da nacimiento a una creación visual en la que se entremezclan los signos y los colores, los símbolos y la realidad, en obras que nunca están ajenas a la historia, ni a los mitos y creencias de todos los aportes espirituales de las civilizaciones en la región caribeña. Vale destacar que ni en Guadalupe ni en Martinica ni en Guyana, Francia se impuso como modelo plástico y visual: los artistas del Caribe francófono han buscado sus espacios y han experimentado acercamientos simbólicos con la diversidad cultural, hasta lograr estilos propios.

Hélénon fusiona maderas, trapos, algodones, clavos, para obtener unas pinturas-esculturas que pueden ser interpretadas como piezas totémicas y simbólicas que, a la vez, contienen un guiño de mucha ironía, donde el compromiso consiste en inscribir la obra en un contexto actual y en un referente visual que evoca los barrios marginados, todos construidos a través de materiales recuperados y alegrados con colores vivos, como lo logra este maestro en sus piezas.

Para Laouchez el arte ritual se mantiene vigente en todas sus esculturas y obras totémicas monumentales. Tanto este artista como Hélénon vivieron durante más de 20 años en África, y a su regreso influyeron en las artes visuales de Martinica, suscitando debates entre los exponentes de diferentes corrientes, entre las décadas de 1970 y 1990, que marcaron en el conjunto del Caribe francófono un distanciamiento con el origen y la historia para buscar y marcar nuevos espacios visuales en los que impera la aventura personal e individual con las artes.

Afirmación literaria

Para el Caribe francófono la búsqueda de la identidad ha sido afirmada en la literatura a partir de la década de 1940, a través de la revista Tropiques, cuyo fundador, René Ménil, afirmaba: «Tenemos un sonido especial con el cual contribuir al concierto imperial de una cultura común. El arte es la expresión de lo universal a través de la expresión del hombre individual, enraizado en su existencia digamos aldeana. Y la universalidad se alcanza no por supresión de lo que el artista lleva de más personal en él, sino por la expresión de las particularidades en el lenguaje adecuado».

Para el conjunto del Caribe francófono, la búsqueda de identidad se plantea a partir de 1939, con la obra fundamental Cuaderno de retorno al país natal, del intelectual martiniqueño Aimé Césaire. Esa búsqueda, celebrada por la poética de la palabra y del ritmo en la obra cesariana, se hace notar y observar en la creación plástica y visual de Guadalupe, Martinica y Guyana.

Tres etapas marcan la historia del arte contemporáneo de estos tres departamentos franceses. En un primer tiempo, la voluntad de reencontrar las huellas africanas a través del Movimiento de la Escuela Negro-Caribeña, fundado por los intelectuales artistas Hélénon, Laouchez y Gensin, los tres forjados por una larga estadía en Abiyán, Costa de Marfil (África).

Luego, aparece el Grupo Fwomaje, fundado en 1984, que reúne a Bertin Nivor, René Louise, Víctor Anicet, François Charles Edouard y Ernest Breleur, quienes después de sus estudios en París deciden sentar algunas bases de la «estética caribeña», abierta a todos los aportes y experiencias contemporáneas, más allá de lo ancestral del rito y de la historia. Este grupo se planteó y logró la búsqueda y experimentación de nuevos recursos materiales, intelectuales y gráficos, para enfrentar la modernidad y la posmodernidad con propuestas originales y propias.

La fundación en 1984 de la Escuela Regional de Artes Plásticas, creación del Consejo Regional de Martinica, dinamiza a las nuevas generaciones a partir de la década de 1990, ofreciéndoles la oportunidad de juntarse en un centro de formación dentro de su espacio caribeño para afrontar sus problemáticas y sus búsquedas. Así, aparecen Antoine Nabajoth, de Guadalupe; Hervé Benze, de Martinica, así como Marie-Jane Viatir, Myrtha Pichardo y Julie Bernard, impulsados por un proyecto propio e innovador en sus individualidades, buscando la forma de integrarse a los convocatorias regionales e internacionales del arte contemporáneo.

Como en la mayoría del Caribe, los y las artistas plásticos y visuales de los citados departamentos franceses responden al movimiento migratorio de «ida y vuelta» entre sus islas, por un lado, y por otro, París, Nueva York, Canadá y, en algunos casos, países asiáticos como Japón y Corea.

En la actualidad, los artistas viajan y se mueven por el mundo, más allá de los límites de su insularidad o territorialidad, pues, a pesar de todo el apoyo institucional de las autoridades francesas y locales, estos artistas de Guadalupe, Martinica y Guyana buscan espacios internacionales que no son necesariamente la metrópoli francesa.

Las bienales de La Habana han sido y siguen siendo fundamentales para competir con las propuestas artísticas de mayor actualidad. Artistas como Marc Latamie, Sylvio Breleur, entre otros, han recibido premios y reconocimientos en la capital cubana; Rovélas ha tenido nexos visuales con la República Dominicana a través del Museo de Arte Moderno y de las convocatorias de la Bienal de Artes Plásticas y Visuales de Santo Domingo, lo que ha permitido abrir un espacio de convergencia visual entre los departamentos franceses y la República Dominicana.

Estas citas artísticas han despertado el interés por los lenguajes plásticos y visuales del Caribe, y el Caribe francófono se ha erigido en un espacio insoslayable de reflexiones y planteamientos.

La ética y la estética de la creación visual en el Caribe francófono revelan una gran dinámica de autenticidad y de investigación conceptual y técnica conducida por maestros en el sentido formal de la palabra, ya que tanto Hélénon como Breleur, Rovélas y Anicet son y han sido profesores en el Instituto Regional de Bellas Artes de Martinica.

Hay excepciones significativas: artistas como Philippe Thomarel, de Guadalupe, se han distanciado de esa proximidad escuela-maestro para alcanzar un resultado independiente de los parámetros locales. Thomarel, después de haber sido distinguido en el Salón de los Artistas Franceses de Ultramar, conduce una carrera internacional desde París, donde reside, y su propuesta va más allá de la identidad histórico-cultural, buscando un lenguaje simbólico y espiritual en el que el ser humano impera por su presencia.

En la actualidad, la capital francesa sigue siendo, para los artistas contemporáneos del Caribe francófono, el centro privilegiado para desarrollar su obra y su carrera. Esta metrópolis cuenta con una dinámica galerística de acogida que abarca eventos y citas gráficas y visuales que organiza continuamente la Alcaldía de París para promover a los artistas de Ultramar. Aunque es importante destacar que tanto en Guadalupe como en Martinica se han desarrollado centros de artes privados y de colectivos que empiezan a favorecer la creación de un mercado local. Sin embargo, el sistema administrativo y político de las Direcciones Regionales de las Artes y de la Cultura (drac) permite a muchos artistas moverse y defender sus propuestas a nivel internacional, ya que pueden recibir subvenciones y becas de investigación para promover sus obras.

Hoy día, las artes visuales y los artistas plásticos gozan de un sistema de apoyo que les permite participar e integrarse en las dinámicas y los circuitos regionales del conjunto del Caribe, de las Américas y del mundo. Además, las diversas asociaciones de la Organización Internacional de la Francofonía (oif) ofrecen oportunidades y un mecanismo considerable para promover las obras, en África, Europa, Asia y América, a través de cumbres, ferias de arte y exposiciones colectivas; en fin, de los proyectos de movilidad de los artistas patrocinados por el movimiento de la francofonía.

Los artistas de Guadalupe, Martinica y Guyana cuentan a nivel internacional con el apoyo del Estado francés, ya que son ciudadanos franceses de las Américas, y, a la vez, pueden desarrollar sus carreras con el apoyo de los Consejos Regionales y Generales de sus Departamentos de Ultramar. Todo este apoyo institucional es fundamental y compensa la ausencia de inversión privada en las artes, pues existe un gran vacío, tanto en Guadalupe como en Martinica y Guyana, de galerías y centros privados que valoren el arte en términos de mercado.

Pero a pesar del apoyo administrativo institucional y cultural de las autoridades, no se ha concretizado el gran proyecto del filósofo e intelectual de Martinica, Édouard Glissant, candidato al Premio Nobel, fallecido en 2011, quien lanzó la idea de un Museo Nacional para mayor presencia de las artes entre la ciudadanía de esas islas y del mundo.

Delia Blanco es embajadora por la Integración Regional del Caribe y la Francofonía, adscrita al Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana. Crítica de arte y literatura, egresada de la Universidad de París IV, especialista en literatura francesa y francófona, investigadora sobre el discurso de los imaginarios visuales y literarios en el Caribe. También es profesora de lenguas, arte y literatura; escritora, ensayista y comunicadora.

Bibliografía

Brebion, Dominique: Memoria y búsqueda de identidad. Editorial La Tabacalera, España, 1997.

Gaztambide-Géigel, Antonio: «El Caribe Insular: Un pasado y una cultura compartidos». Catálogo «Exclusión, fragmentación, paraíso». Editorial La Tabacalera, España, 1997.

Islands. Ediciones Centro Atlántico de Gran Canaria, España, 1999.


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