Artículo de Revista Global 42

Etnicidad, geografía y contingencia en Dominicanish

A partir de la época de Trujillo se institucionaliza en la República Dominicana un modelo de identidad cultural monolítica basada en la exaltación del componente europeo y un sustrato taíno puramente histórico en la configuración de la nacionalidad. En la actualidad, ese paradigma de la identidad sigue dictando las pautas para entender lo cultural dominicano. La obra de Josefina Báez, fraguada en Nueva York, reacciona críticamente ante la doxa cultural vigente al proponer un espacio social alternativo marcado por los signos de la diversidad.

Etnicidad, geografía y contingencia en Dominicanish

En diciembre de 2001, los editores del Listín Diario incluyeron en la revista Oh! Magazine el artículo titulado “Invierno tropical”. Este artículo mostraba a todo color fotografías de una mujer mulata modelando delicadas prendas de vestir invernales. Lo ocurrente de la cuestión no era que el suplemento presentara a sus lectores lo último en indumentaria de invierno, después de todo, la zona montañosa de la República Dominicana disfruta de la atmósfera templada propia de las tierras altas del archipiélago.

Lo verdaderamente siniestro del asunto era apreciar a la supermodelo embutida en ropa de invierno propia de los países escandinavos. Sin lugar a dudas, para quien esté habituado a la temperatura promedio de cualquier isla del Caribe, puede ser que le resulte un tanto ridículo imaginarse vestido de gabardina y lana, o bien calzando botas de piel hasta las rodillas. Sin embargo, tal parece que para los lectores del Listín Diario un abrigo de lana pura está muy lejos de ser una veleidad. Muy significativamente, se señala en una nota que las fotografías del artículo habían sido tomadas en Baní, considerado como “la flor de la República” por contar con una población predominantemente blanca y de tradición católica, según la interpretación de Joaquín Balaguer en La isla al revés: Haití y el destino dominicano (1999: 61).

Esta anécdota, aparte de apuntar al efecto uniformador de los circuitos mercantiles globales, también es indicativa de la lógica cultural dominante en la República Dominicana de hoy. El sistema educativo y los medios de prensa y televisión, con la ayuda de la intelectualidad tradicional, se encargan de inculcar en los dominicanos la idea de una cultura invariable de cepa hispánica y taína. La borradura del componente africano en la discusión sobre la nacionalidad salta a la vista y, de hecho, es un tema explorado en múltiples estudios históricos, literarios y de las ciencias sociales de la década de 1970 hasta el presente.

Con todo, esa corriente revisionista ha incidido poco en la manera de entender la cultura para el grueso de la población. Esto se debe a que el pensamiento de la intelectualidad del postrujillismo, encapsulada en los corrillos universitarios y sus perplejidades teóricas, no ha podido contrarrestar el influjo colonizador del conservadurismo ideológico de los intelectuales del tiempo de la dictadura. Una prueba es la pervivencia de ese saber que cuajó como historia oficial de la nación en la época de Trujillo en jóvenes pensadores como Manuel Núñez, miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, quien en su obra El ocaso de la nación dominicana refuerza punto por punto la narrativa de la nación imaginada por los intelectuales colaboracionistas de la tiranía. Vale la pena detenerse someramente en la obra de Núñez para tener una idea precisa de los postulados de ese saber tradicional que dimensiona la doxa cultural dominicana contemporánea.

La estrategia de Núñez en El ocaso de la nación dominicana consiste en rescatar el tropo fundamental de la teoría sobre lo dominicano defendida por esta intelectualidad: el espectro de Haití como elemento desestabilizador de la nación dominicana. Para Núñez, la integridad de la República Dominicana se encuentra amenazada por dos asuntos de peso: los haitianos ilegales y el reflujo migratorio de los dominicanos radicados en el exterior. Ambos grupos resultan demonizados en El ocaso de la nación dominicana como agentes patógenos que deforman el cuerpo aséptico de la nación dominicana.

En efecto, para Núñez la dominicanidad constituye una especie de monolito que debe ser protegido de toda influencia considerada extraña, y este tipo de razonamiento tiene como efecto directo el justificar cualquier tipo de agresión en la custodia del sentimiento de pueblo. El recrudecimiento de la violencia en contra de los haitianos en años recientes constituye un ejemplo dramático de las repercusiones del discurso nacionalista propio de la época de Trujillo en el Santo Domingo del tercer milenio (Germán, Silverio, González: 2005).

En la producción cultural de los últimos veinte años se puede apreciar un asedio frontal a las premisas que sostienen ese monumento que es la cultura oficial dominicana. En el caso de la literatura reciente producida en la isla, habría que mencionar la crítica del establishment cultural que se evidencia en la obra de jóvenes autores como Aurora Arias, Rita Indiana Hernández, Homero Pumarol, Juan Dicent y Rey Emmanuel Andújar. Algo parecido ha ocurrido en el ámbito musical, que desde mediados de los años setenta ha tenido en Luis Días (fallecido) la figura revolucionaria más emblemática, seguido por propuestas igual de innovadoras en épocas recientes, como Rita Indiana y Los Misterios. Asimismo, en las artes plásticas habría que apuntar a la imponente producción de Tony Capellán. Estos nombres, entre muchos otros, ayudan a configurar el nuevo organigrama de la cultura dominicana actual.

Las narrativas de Junot, Julia y Josefina

Quisiera centrar mi contribución en la literatura de autores dominicanos radicados en el exterior, en la cual veo una maniobra crítica importante con respecto a la concepción de la identidad cultural dominicana: el hecho de privilegiar un sujeto que no se ve determinado de manera exclusiva por la geografía insular. El sujeto que circunda las propuestas estéticas de los dominicanos de la diáspora destaca más bien la arbitrariedad de ciertas situaciones coyunturales que definen a un actor social trashumante y ajeno a toda genealogía uniformadora.

Los textos a los que aludo demuestran lo limitado del hecho de pensar el espacio de lo dominicano como algo definido por un dominio cultural perfectamente reconocible en los límites geográficos de la isla. Un vistazo a la narrativa de Julia Álvarez o de Junot Díaz, el ganador del prestigioso Premio Pulitzer de Literatura, revela la presencia de una nueva dicción que desestabiliza los modos tradicionales de pensar la cultura dominicana.

Para ilustrar el alcance de esta corriente me concentraré en lo que considero uno de los aportes artísticos más osados que ha dado la diáspora en cuanto a la teorización de lo dominicano: Dominicanish.

Publicado en el año 2000, Dominicanish es un texto armado a partir de la obra poética de Josefina Báez y adaptado para el teatro por el dramaturgo y director Claudio Mir. Se trata de un texto rico en matices, intensidad y cruces inesperados; proteico en todo el sentido de la palabra. Desde el título se sugiere la heterogeneidad como marca definitoria del proyecto estético en cuestión: Dominicanish, vocablo que remite tanto a la mezcla del inglés y el español de Santo Domingo como a una dominicanidad incompleta por aquello del sufijo inglés “ish”, como sugiere Sophie Maríñez en uno de los pocos análisis publicados sobre esta importante obra (2005: 150).

En uno de los siete comentarios preliminares que sirven de suplemento a Dominicanish, Báez describe su propuesta como un “monólogo, diálogo” y “conversación” a la vez (Báez, 2000: 6). Con esta afirmación parece referirse a su proceso de formación en tanto mujer inmigrante, hecho que explica las claves autobiográficas a las que se recurre constantemente en la obra. El monólogo-conversación también parece destacar la pertenencia de Báez a un conglomerado social integrado por sujetos con los cuales comparte vínculos de clase y origen nacional:

“Reconociendo mi realidad me río mucho de mí. Y yo soy igual a un fracatán de gente que tenemos orígenes sociales similares; quienes intercalamos risa y llanto, gustos y sustos, dolores y tambores, bachata y rap, aquí y allá. Yo soy una Dominican York [sic]. Y esta condición me otorga una infinidad de estímulos constantes y variados.” (Báez, 2000: 7).

Al emplear la etiqueta de “dominican york” para referirse a su realidad como inmigrante en los Estados Unidos, se puede argüir que Báez asume eso que Silvio Torres-Saillant ha denominado “la condición rayana” para enfatizar “el cruce que vive toda la sociedad [dominicana]” (Báez, 2000: 2). En otras palabras, Báez recarga de sentidos positivos un vocablo que en principio era usado por los dominicanos de dentro de la isla como término peyorativo para identificar a los compatriotas radicados en el extranjero y a sus descendientes.

Ese grupo diverso al que Báez se siente ligada es el que enfrenta la crudeza de la discriminación a pesar de contribuir con millones de dólares en remesas cada año a la economía del país. Al representar las angustias y satisfacciones que dimensionan el acontecer de los días para el sujeto dominicanyork, Báez pone de relieve los modos contradictorios en que se desarrolla la historia social de la República Dominicana moderna.

Un poco de historia

Para entender la propuesta de Báez conviene detenerse someramente en la historia de la inmigración dominicana en Nueva York. Aunque hay constancia de un número considerable de dominicanos en Nueva York desde los albores del siglo pasado –como se puede constatar, por ejemplo, en las Memorias de Pedro Henríquez Ureña (2000)–, sin duda la oleada inmigratoria posterior al fin de la dictadura, ya entrada la década de 1960, ha sido la de mayor impacto tanto en la historia social contemporánea de la República Dominicana como en la de Estados Unidos.

La inmigración dominicana que se estableció en Nueva York en los sesenta y setenta estaba integrada en gran medida por militantes de izquierda obligados a emigrar en los sucesivos gobiernos de Balaguer. Esto se debe a que la tradición autoritaria propia de los tiempos de Trujillo se reproduce en los doce años de Balaguer (1966-1978). En efecto, Balaguer se convirtió en el continuador de las prácticas despóticas del tirano.

En La fiesta del Chivo (2000), Mario Vargas Llosa ofrece quizá el retrato más preciso de esta figura siniestra que se desarrolló entre bambalinas a lo largo de tres décadas de tiranía, y que a la muerte de Trujillo confirió un grado mayor de sofisticación al autoritarismo de esos años anteriores.

Hay que destacar que la historia de la emigración dominicana a Nueva York presenta ribetes más complejos. Como apunta el historiador Jesse Hoffnung-Garskof en A Tale of Two Cities: Santo Domingo and New York After 1960 (2007), una de las grandes contradicciones de la sociedad dominicana tiene que ver con el profundo sentimiento antiimperialista que dominó el imaginario popular como consecuencia de la invasión estadounidense de 1965. Ese sentimiento se alterna con una decidida admiración por el estilo de vida norteamericano. Hoffnung-Garskof piensa que el espejismo de la modernidad norteamericana, apuntalado en el control de los medios de comunicación, determinó en buena medida la emigración a Nueva York en flujo creciente a partir de finales de la década del sesenta, específicamente a Washington Heights, en el extremo norte de Manhattan (2007: 95-96).

Carlos Dore Cabral llega a conclusiones similares al explicar la emigración dominicana a los Estados Unidos y enfatizar el papel jugado por el “estímulo” de la sociedad receptora en la amplitud de ese desplazamiento humano:

“En el caso estadounidense, el estímulo se sitúa en el ámbito de lo político: su estrategia de desarrollo y consolidación de un Estado articulado alrededor de sus intereses neocoloniales pasaba por la factura de una sociedad nacional, que por los efectos de la intervención militar en la República Dominicana en 1965 arrastraba un ‘preocupante’ [sic] sentimiento de rechazo, particularmente en las capas medias y en los sectores populares urbanos. De ese modo, la política migratoria se concibió como un componente de una dominación más general, abriendo la frontera para que se conociera el lado amable del imperio.” (2008: 30)

La pervivencia de la cultura dominicana en Nueva York y su importancia frente a los cambios de la demografía urbana de la ciudad es un hecho incuestionable –como lo es la manera en que la fuerza económica de los inmigrantes ha transformado la República Dominicana, sobre todo en lo que respecta al hábito consumista–. La comunidad dominicana ha adquirido además una visibilidad considerable en las esferas política, cultural, académica, económica y deportiva en los Estados Unidos de las últimas décadas. Se evidencia la presencia de una comunidad pujante con intereses diversos pero cohesionada por la idea de un origen nacional común. A todas luces, el panorama sugiere la idea de una diáspora, el tipo de aunamiento propio de grupos humanos desplazados que no contemplan el retorno definitivo a la tierra natal. La vitalidad de ese conglomerado social es justamente lo que Dominicanish intenta poner en evidencia.

La condición diaspórica

Al dar su versión sobre el curso de la adaptación de los poemas de Báez al dominio escénico, Claudio Mir subraya en uno de los prólogos de Dominicanish la dificultad que supuso encontrar la forma dramática adecuada a la selección. Interesantemente, las razones técnicas que aduce Mir vienen a reafirmar el carácter azaroso de esa condición diaspórica que Báez admite y defiende como una suerte de programa vital. Así pues, Mir explica que al final optó por ubicar el presente de la pieza “en ningún lado, ni en una calle, ni en una casa, ni en un juzgado. Es como si Josefina estuviera suspendida en un lugar no definido. En un lugar que le permite transportarse rápidamente entre puntos distantes” (Báez, 2000: 10).

A tono con lo anterior, se puede argüir que Dominicanish constituye una especie de dominio reticular apuntalado por diversos ejes de índole geográfica, lingüística y cultural. El conjunto de variables que circunda estos ejes, lejos de cancelarse entre sí, activa una dinámica integradora. En efecto, en Dominicanish convergen en un plano valorativo la música de Billy Holiday, los Isley Brothers y la filosofía y narrativa de la tradición hindú, entre muchos otros intertextos, para generar en la protagonista poética un proceso de conocimiento interior destinado a la perpetua irresolución.

Antes mencioné que en Dominicanish convergen al menos tres líneas de sentido, a saber: la geográfica, la lingüística y la cultural; tres líneas que se enmarañan en el texto para producir los significados más variados y subrayar que la identidad, como sugiere el martiniqueño Édouard Glissant, lejos de constituir una esencia inmutable es una variable más dentro de un sistema de relaciones (2006: 141). El siguiente fragmento de Dominicanish ejemplifica el ritmo contrapuntístico que caracteriza el texto de principio a fin:

“There is La Romana

Here is 107th street ok

Tú sabes inglés?

Ay habla un chin para nosotros

/ ver si tú sabes

I was changed they were

/ changed he she it were changed too.

Pretérito pluscuamperfecto

/ indicativo imperativo Back home home is 107 ok

Full fridge full of morisoñando

/ con minute maid

To die dreaming as a maid in / a minute.” (Báez, 2000: 31)

Los ribetes autobiográficos explican que el escenario bascule entre Nueva York y La Romana, lugar de nacimiento de la autora. En cuanto al eje lingüístico, la fluctuación entre inglés y español, o, mejor dicho, entre inglés y dominicano, se repite incluso en los textos introductorios, que incluye escritos de Báez, Claudio Mir y Silvio TorresSaillant en inglés y español. Ahora bien, a mi juicio la línea de sentido más sobresaliente de Dominicanish la constituye el planteamiento sobre lo cultural que aflora en versos como:

“Me chulié en el hall metí mano en el rufo Craqueo chicle como

/ Shameka Brown

Hablo como Boricua y me peino como Morena.” (Báez, 2000: 43)

Llama la atención en este fragmento la confluencia de motivos propios de la cultura dominicana y puertorriqueña, dos culturas que la ignorancia nacionalista de ambas islas muchas veces hace ver como antagónicas. Como es bien sabido, en dominicano “chuliarse” equivale a besarse apasionadamente. Mientras que “meter mano” es, en puertorriqueño, sinónimo del acto sexual. En Dominicanish ambos modismos sirven para remarcar la multiplicidad de vectores y el carácter indefinido del sujeto poético. Igualmente, la confesión de que la hablante se peina “como morena” tiene el efecto de exaltar una herencia racial que la inmensa mayoría de las mujeres dominicanas tiende a ocultar a toda costa. Otro verso que dramatiza los entrecruzamientos culturales en Dominicanish es el antes citado del “morisoñando con minute maid”. Se alude con esto a esa bebida típicamente dominicana hecha a base de leche y jugo de naranja. En el texto, esa bebida que ahora se prepara en Nueva York incorpora a su hechura el muy globalizado jugo Minute Maid que distribuye Coca Cola: “full of morisoñando con minute maid. To die as a maid in a minute” (Báez, 2000: 31), continúa refiriendo la voz poética. Este último verso traslada al lector-espectador a la dura realidad del inmigrante pobre en los Estados Unidos, obligado a sostenerse en base a trabajos de servicio con remuneración miserable. En Dominicanish esta conciencia de la precaria situación social del inmigrante pobre constituye uno de los planteamientos más sobresalientes del proyecto de Báez:

“Kings and servants depend on each other

There can be no king without

/ a servant And no servant without a

/ king For silk comes out of a worm Gold out of rocks

Fire from a piece of wood But have you heard about the frienship of a king?…

But then again, how can servants be well?

It is said that the poor

the sick, the dreamers and the

/ fools always go into exile.” (Báez, 2000: 40)

Ser mujer

Otro importante planteamiento reiterado en Dominicanish es la discusión en torno a la condición de la mujer. En este aspecto, Báez se nutre de la herencia del feminismo estadounidense de los setenta, ese que utilizó ampliamente la práctica del “performance” como instrumento de subversión. Báez bebe de esta fuente para adelantar su propuesta estética revolucionaria en el plano de la identidad de género. El fragmento de Dominicanish que mejor ilustra esta idea es el siguiente:

“Thanks to the Ganga, gracias

/ al ganjes [sic], los tígueres de Bengala no

/ enchinchan la sed, el salto del tíguere hace rato

/ que no es tántrico, thanks to the ganga bengal

/ tigers don’t move me, long gone tantric

/ attacks.” (Báez, 2000: 38)

El fragmento citado hace referencia a uno de los sujetos que mejor emblematiza, lamentablemente, al hombre dominicano. Hablo del “tíguere”, que en la tipología social dominicana equivale, entre muchas otras cosas, a una especie de don Juan que trasciende las barreras de clase. Por medio de alusiones a Nueva York y a la India (la “ganga” y el “ganjes”), Báez revela un sujeto femenino reconocido en su capacidad de autoformación e independencia. Este gesto crítico frente a los moldes de género vigentes en la cultura dominicana es otro de los elementos que permite llamar la atención sobre Dominicanish como propuesta de subversión, como el emblema de una pedagogía alternativa del sujeto dominicano de hoy. Asimismo, hay que coincidir con Silvio Torres-Saillant en su prólogo a la obra de Báez en el sentido de que “Como ilustración de una teoría de la dominicanidad, Dominicanish ofrece un marco ontológico abierto donde todo lo que cabe empíricamente en la vida de los compatriotas en la diáspora necesariamente ha de caber en la formulación de lo que somos como nación” (Báez, 2000: 16).

La producción cultural de la diáspora ofrece una salida audaz al sempiterno debate sobre lo cultural dominicano. Al abrir las puertas a una teoría de la dominicanidad que no depende de lo geográfico como su carta de naturaleza, Dominicanish reafirma el carácter azaroso y gestual del conjunto de interrelaciones en juego en todo proceso de formación identitaria individual o colectiva.

Néstor E. Rodríguez es catedrático de Literatura de la Universidad de Toronto. Realizó sus estudios en las universidades de Puerto Rico (Río Piedras) y Emory, en donde se doctoró en Letras Latinoamericanas. Ha publicado Escrituras de desencuentro en la República Dominicana (Siglo XXI, 2005), galardonado en México con el Premio al Pensamiento Caribeño, y Crítica para tiempos de poco fervor (Banco Central de la República Dominicana, 2009).

Bibliografía

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