Artículo de Revista Global 69

Figuras Marginales en Don Quijote: Maritornes y sus «desgracias y malos sucesos»

Este artículo examina el «caso» de Maritornes y las «desgracias y malos sucesos» que la llevan a la venta de Juan Palomeque. Con este episodio Cervantes participa en el debate sobre la prostitución y ofrece un comentario desde el que analiza las causas y conflictos que llevan a ciertas mujeres a comportarse «fuera de lugar». A 400 años de distancia, leemos en la prensa que en tres estados mexicanos el matrimonio es un indulto frente al abuso sexual contra menores de edad. Algunas cosas nunca cambian.

Figuras Marginales en Don Quijote: Maritornes y sus «desgracias y malos sucesos»

En el Quijote, a Maritornes se la describe directamente como «puta» y no es de sorprender, pues es también ventera, una ocupación que, como bien nos recuerda Juan Mal Lara en Filosofía vulgar, en la época era tenida por sospechosa: «No casarse con hija de mesonero es buen consejo, porque donde muchos van y vienen, y de tan diversas condiciones, alguno vino que agradó a la moça, o alguno a ella. Y quan malo sea esto, díganlo los experimentados, porque aun ay está la doncella tras siete paredes, y es menester grande aviso, ¿quánto más quando anda entre todos? (100)». En efecto, además de los mesones, las ventas de caminos y ciudades estaban generalmente asociadas con la prostitución, y las venteras, como atestiguan los siguientes y coloridos refranes de Gonzalo Correas, eran sinónimo de prostituta: «La liebre búscala en el cantón, y la puta, en el mesón», «Higa verde y moza de mesón, pellizcando maduran», «No compres asno de recuero, ni te cases con hija de mesonero» o «Ni costal de carbonero, ni moza de mesón sin agujero». Por lo tanto, teniendo en cuenta las prácticas que este tipo de dichos sugieren, las ordenanzas locales insistieron desde el principio en separar las actividades y negocios que se llevaban a cabo en mancebías y ventas. De hecho, si el negocio del comercio sexual quería tener un futuro, se hacía indispensable mantener ambos mundos separados, esto es, el de las tabernas y mesones por un lado, y el de las mancebías por otro.

En este sentido las ordenanzas eran minuciosas y prescribían que, incluso durante un viaje, las prostitutas y los rufianes solo podían pasar un tiempo limitado en estos establecimientos. Las penas para los que no respetaran tal disposición quedaban asimismo establecidas, pues: « […] las mujeres públicas y los rufianes solo podían permanecer en ellos [los mesones] medio día, si no querían perder ellas su ropa, o si reincidían ser desterradas» (Galán Sánchez, 161). Sin embargo, la repetición de las ordenanzas en lo referente a la presencia de las mujeres públicas en este tipo de locales, solo confirma lo común de tal práctica y su uso para el encuentro y la realización de transacciones sexuales. Por ejemplo, las Ordenanzas de Salamanca de 1619, tres años después de la muerte de Cervantes y, por lo tanto, de la publicación del Quijote, dictan que los mesoneros y taberneros se aseguren: «que no haya muger que gane con su persona pública ni secretamente ni biva escandalosamente, ni la consientan, aunque digan que es para su servicio» (citado por Lacarra Lanz en «La evolución», 75). En este sentido, no seguir las directrices de las ordenanzas no solo contravenía la ley, sino que también constituía un pecado.[1] Según un manual de confesión de la época, los venteros que permitían que estas mujeres trabajasen del comercio carnal en sus premisas cometían pecado: «Los mesoneros pecan mortalmente en las cosas siguientes[… ] Tener en su casa, o traer a alguna persona, de quien usen mal los huéspedes, o consentirlo a ellos o a otros» (Alcocer, 101-2). Sin embargo, un padre de mancebía, como eran llamados los administradores del burdel, no cometía pecado alguno en permitir que el negocio de la prostitución se llevara a cabo en su recinto.[2] Cuando uno de estos «padres» pregunta al padre Pedro de León (1545-1632), un jesuita que trabajaba en las cárceles y que atendía a prisioneros y prostitutas, si la salvación para él era posible dada la profesión a la que se dedicaba, el jesuita responde algo bastante interesante y práctico: «Yo le dije que si guardaba las ordenanzas justas y santas (que lo son, cierto como de santos Reyes) que sí podría[…] Pues todas estas cosas que mandan las leyes y pragmáticas de las casas públicas, guardaba este buen padre[…] y él vivía tan bien que se confesaba cada ocho días» (Herrera Puga, 41-2).

Tan buenas intenciones son laudables. Sin embargo, se puede fácilmente interpretar, dadas las repeticiones de estas leyes y avisos en las Ordenanzas, de los proverbios antes mencionados y la literatura,[3] que el negocio de la prostitución nunca fue contenido completamente en el espacio que le fue asignado según las leyes. Otros lugares, tales como las ventas de los caminos y de las ciudades, fueron centros importantes de prostitución, tal como lo presenta el «caso» de Maritornes. Como analizaremos a continuación, con su narración Cervantes ofrece su particular visión y punto de vista sobre la situación en la que se encontraba el comercio carnal.

¿Y cuál era la situación del comercio carnal en la época? Para empezar, el último decenio del siglo XV se presentó particularmente movido en España en cuanto al tema del comercio carnal, y, como apunta Denis Menjot en Prostitutas y rufianes, «las mancebías […] se multiplicaron a partir de 1498, cuando las autoridades concedieron licencia a todos los que las solicitaron para construir nuevas casas-boticas para las prostitutas»(197). En efecto, a principios del siglo XVI ya había mancebías establecidas en las ciudades de Segovia, Cuenca, Toledo, Valladolid, Logroño, Madrid, Medina del Campo, Córdoba, Sevilla, Granada, Málaga y Salamanca (Lacarra Lanz, «El fenómeno», 270) y también era famosa por su tamaño la mancebía de Valencia, según comprobamos por los estudios de Manuel Carboneres y Carmen Peris citados en la bibliografía. Consecuentemente, toda esta atención prestada desde el poder a la organización del comercio carnal, a finales del siglo XV, pone en perspectiva el interés y el esfuerzo dedicado a ordenar tan desorganizado negocio.

De hecho, los Reyes Católicos abogaron por un decisivo control de la prostitución, y su apoyo fue fundamental para la legalización y funcionamiento de estos negocios, ya que pusieron todo de su parte para que la mancebía oficial triunfara. No se trataba, en realidad, de que los Reyes Católicos quisieran imponer a la sociedad una nueva moral sexual, sino de una simple cuestión práctica, que era mantener la paz y la tranquilidad en las ciudades. Desde el poder se pensaba que estos establecimientos bien estructurados y con unos límites bien definidos podían ser parte integrante de los instrumentos de control. Con su uso se evitarían reyertas callejeras entre rufianes por su control sobre mujeres, también disminuirían los raptos y violaciones,[4] y se evitarían prácticas como la sodomía, la barraganía y el concubinato. Sin embargo, el éxito de las mancebías, toleradas por las autoridades y apoyadas por una cada vez más avergonzada Iglesia católica, falló porque nunca tuvo la capacidad de contener un negocio que, por su propia naturaleza y condición, se negaba al orden y al control. De hecho, ventas y mesones ofrecieron, antes y después de que la prostitución legal fuera abolida en 1623, un espacio idóneo para la prostitución free-lance.

Como hemos comprobado, en el Quijote, igual que en la picaresca femenina, todos los casos de prostitución son ilegales, pero al contrario de la picaresca, en la que el personaje de la pícara-prostituta ofrece al lector/voyeur la oportunidad de observar y disfrutar de la naturaleza perversa y lujuriosa de estas mujeres, en el Quijote, Cervantes ofrece la oportunidad de penetrar en algunas de las causas y razones que llevan a estas mujeres a las situaciones en que se encuentran. De hecho, las circunstancias de Maritornes ofrecen un interesante punto de vista sobre cómo una fea y deformada prostituta asturiana es presentada por Cervantes de forma positiva y comprensiva. Este hecho no es coincidencia, sino que forma parte del debate que en la época estaba teniendo lugar respecto a los pros y los contras de la prostitución legal. Cervantes no solo participa en el debate y señala cuál es el problema con la prostitución legal e ilegal, sino que además, de una forma típicamente cervantina, presenta la otra cara de la moneda, es decir, el punto de vista de las mujeres y las razones que las han llevado a la situación en la que se encuentran.

Empezando por el nombre, Maritornes es una «María al revés», y según Augustín Redondo, lo contrario de María, la madre de Cristo (Redondo, 232). La ventera es también una de esas conocidas como «Marimontón», y según Redondo el nombre sugiere «amontonarse», que comúnmente significa «amancebarse» y monte, en la lengua de germanía, hace referencia a la «mancebía» (Alonso Hernández, 538). Sin embargo, Maritornes también presenta similitudes con María Magdalena y con la imagen de la prostituta con el «corazón de oro», como muchas de sus intervenciones lo prueban. Por ejemplo, la asturiana es la única que ayuda a Sancho después de la paliza que sufre en la venta, y sacia su sed con vino que compra con dinero de su propio bolsillo: « […] porque en efecto, se dice que della que, aunque estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana» (158). Naturalmente, como ventera, el trato al que se refiere el narrador es el negocio de la prostitución ilegal. Sabemos de ello porque Maritornes había concertado con el arriero: « […] que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado palabra de que estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase» (145). Aunque estos crudos encuentros sean el día a día de su realidad, Cervantes también apunta a una prehistoria de Maritornes. Y aunque esta prehistoria pre-venta nunca se cuenta realmente en detalle, pues solo sabemos que «desgracias y malos sucesos la habían traído a aquel estado», queda desdibujada con esta frase la realidad en la que muchas mujeres de la época se encontraban. De hecho, muchas prostitutas llegaban al negocio después de una incumplida promesa de matrimonio, que iba seguida normalmente por un encuentro sexual consensuado al que seguía el abandono,[5] una violación, asaltos y, claro está, la pobreza en general.[6] No hay duda de que Maritornes había sido víctima de uno de estos incidentes.

Otro factor que apunta al abuso sexual como origen de «las desgracias y los malos sucesos» que la habían llevado a su situación, es el hecho de que Maritornes está desplazada de su lugar de origen, su Asturias natal. Aparentemente, al contrario de los casos de las ciudades del sur o del centro de España, donde las mancebías legales se habían establecido rápidamente, en el norte había una ausencia completa de este tipo de establecimientos: «De las mancebías reglamentadas gallegas, cántabras y asturianas apenas se tiene noticia, y es probable que nunca llegaran a establecerse» (Bazán Díaz, 55). Parece ser que la ausencia de burdeles y de la prostitución legal, mezclada con una aparente laxitud de la moral sexual de los campesinos en las regiones norteñas, provocó la intervención de la Inquisición. Además, es posible que, como bien ha demostrado Allyson Poska en el caso de Galicia, lugar que ofrece una situación similar a la región de Asturias, Maritornes haya sido exiliada por haber tenido relaciones sexuales ilícitas: «En lo que se refiere a las gallegas solteras, el momento de más riesgo para ellas en cuanto a la Inquisición se refiere, fue entre los años 1580 y 1620, cuando la Inquisición se empezó a interesar menos por las actividades de los judíos y los moriscos y a meterse más en los asuntos que tenían que ver con las creencias y los comportamientos de los cristianos viejos. Durante este período, la Iglesia y la población española se encontraron en desacuerdo en cuanto al sexo»[7] (78). Poska añade además: «Aunque el exilo era el castigo más frecuente, es difícil saber su efecto en las campesinas. Si de hecho estos castigos se llevaron a cabo, las mujeres podrían encontrarse en circunstancias extremas, desplazadas de sus casas y separadas de sus familias[8]» (83).

En este sentido, la cristiana vieja Maritornes ofrece a Cervantes la oportunidad de comentar y pronunciarse sobre cómo estas mujeres hacían frente a este tipo de situaciones. Otro aspecto que la marca como un personaje marginado es el hecho de que es «fea». Lejos de bellezas como Dorotea, Leandra, Marcela, Zoraida y la mayoría de las mujeres cervantinas, con las que Maritornes comparte otras características, como el hecho de haber sido víctima de los abusos de los hombres, la ventera asturiana es descrita como: «[…] llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas»[9] (143).

De hecho, la fealdad de Maritornes la sitúa como un tipo particular de prostituta, una que satisface las necesidades de clientes de segunda o tercera clase, tales como arrieros, ciegos mendicantes o viejos locos como Don Quijote: «Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero» (148). Obviamente, la «fealdad» no excluye del comercio sexual, como la novela picaresca Vida y costumbres de la madre Andrea demuestra, pues incluso feas prostitutas a las que Andrea describe como «espantajo de la lascivia y cara que de balde era cara» (66) tienen negocio abundante, ya que hay clientes ciegos o ciegos de lujuria, a los que no les importa la belleza, a lo que la fea responde que «A falta de pan con ojos bueno es sin ellos» (68). No se arrepiente porque en poco tiempo le llueven los clientes. Sin embargo, la fealdad de Maritornes como personaje marginal trasciende, adquiriendo bajo la pluma de Cervantes complejidad y belleza interna. Nada es lo que parece en manos del maestro, y una campesina analfabeta, prostituta fea y de ínfima clase ofrece un ejemplo incomparable de compasión humana y de honor que no está presente en personajes de alto linaje y de rancio abolengo.

Al mismo tiempo, el personaje de Maritornes y sus «desgracias y malos sucesos» refleja la dificultad que existía en la época de identificar claramente quién era una prostituta legal, ya que, como la ventera atestigua, también la prostitución se movía en la ilegalidad. De hecho, las mujeres que vivían del comercio sexual se resistían a la clausura en la mancebía que el sistema les exigía, pues como la madre Magdalena de San Jerónimo apunta: «Las mugeres moças que […] llegada la noche, salen como bestias fieras de sus cuebas á buscar la caça; ponénse por essos cantones, por calles y portales de casas, combidando a los miserables hombres que van descuidados, y hechas laços de Satanás, caen y hazen caer en gravíssimos pecados» (308; la cursiva es mía). Esto era, sin duda, lo que más temían los custodios de la moral: la confusión y el no saber distinguir a la buena de la fea o de la mala. Esto es precisamente lo que le gusta explorar a Cervantes.

Enriqueta Zafra es profesora asistente en el Departamento de Lenguas, Literaturas y Culturas de Ryerson University, Toronto (Canadá). Sus áreas de investigación incluyen la cultura y la literatura de la España de los siglos XVI y XVII, en particular Cervantes y la novela picaresca. En la actualidad está investigando la literatura relacionada con las mujeres aventureras. Y ha creado una web documental sobre el tema: <http://ryerson.ca/piedrarodadera>.

Notas

[1] La naturaleza de la confusión sobre quién estaba cometiendo un pecado y por qué, fue razón suficiente para hacer que la Iglesia tomara nota de las inconsistencias y dudas que las diferencias entre las leyes de Dios y las de la ciudad estaban suscitando entre los súbditos; por ejemplo, la vecina de Antequera que dice: «que era verdad que había dicho que echarse los hombres con las mujeres de la mancebía no era pecado, y que por entonces lo creyó así, pues el rey permitía que hubiese aquellas casas» (citado por Galán Sánchez, 162).

[2] Tampoco cometían pecado los que creaban tales leyes, pues «los que gobiernan no solo no pecan en no prohibir las casas públicas […] pues no lo hacen para que sus súbditos ofendan a Dios que esto sería malo; si no porque no cometan otros mayores delitos, lo cual es santo y bueno» (Farfán, 736).

[3] En la picaresca femenina, con excepción de la protagonista Andrea, que es «madre de mancebía» en Vida y costumbres de la madre Andrea, todas las pícaras-prostitutas practican la prostitución fuera del recinto de la mancebía. Véase Zafra, Prostituidas por el texto, para el tema de la prostitución en la picaresca. También en el Quijote, en donde además de Maritornes, tenemos el caso de la Tolosa y la Molinera, a las que don Quijote encuentra en otra venta de caminos (43). De igual forma, la prostituta de la ínsula de Sancho practica la prostitución por los caminos (892), y debido a la prohibición de tal práctica, Sancho le recuerda los doscientos azotes que le esperan si continúa con tal comportamiento.

[4] Parece ser que la existencia de burdeles sí contribuyó en algunos casos a la disminución de delitos de índole sexual. Es el caso de las ciudades de Dijon (10,000 habitantes) y Valencia (40,000 habitantes): en la primera, donde no había mancebía, el número violaciones era de 3.8 al año; mientras que en Valencia, con una población mayor, el número de violaciones era de un caso cada dos años (Pérez García, 115-116).

[5] Este es el caso de otros personajes del Quijote, como Dorotea, que es seducida por don Fernando, el cual le promete matrimonio, y después de consumarlo, la abandona. También Leandra sufre el mismo abuso a manos del soldado Vicente de la Roca. Es interesante notar el origen de sus «desgracias» y el futuro que la aguardaba, pues después que la traen ante su padre: «[…] preguntáronle su desgracia; confesó sin apremio que Vicente de la Rosa la había engañado, y que debajo de su palabra de ser su esposo la persuadió que dejase la casa de su padre; que él la llevaría a la más rica y más viciosa ciudad que había en todo el universo mundo, que era Nápoles» (508; la cursiva es mía).

[6] Ver los estudios de Barahona, Perry, Moreno Mengíbar y Vázquez García, que han abordado estos temas en profundidad.

[7] «As far as single Galegas were concerned, the greatest chance of coming into contact with the Inquisition was between 1580 and 1620 when the Inquisition became less interested in the activities of converted Jews and Muslims and more concerned with the beliefs and behaviours of Old Christians. During this period, the Church and the Spanish populace often found themselves at odds over sex».

[8] «Although exile was the most frequent punishment, it is difficult to know its effect on these peasant women. If indeed these punishments were enforced, the women could find themselves in dire circumstances, displaced from their homes and separated from their families».

[9] Véase la ilustración y descripción de la adaptación gráfica del Quijote de Rob Davis para hacerse una idea de la asturiana.

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