Artículo de Revista Global 46

Funeral del prócer civil Emilio Prud’homme

El poeta y autor de la oración patria fue un hombre-total. Falleció el 21 de julio de 1932, a la edad de 75 años. Las imágenes de sus honras fúnebres, declarado Día de Duelo Nacional, muestra que la República lo despidió con amor y veneración.

Funeral del prócer civil Emilio Prud’homme

Cada época es un río en crecida, pero en su cauce, y cada hombre-época tiene una orilla viva de la cual se apropia su cuerpo. No hay autorrealización en los hombres-época, lo que hay es esencias de ser un constructor o un destructor de su destino y del de otros. A lo lar­go de los siglos, en nuestros siglos, es la historia la metáfora donde nos apoyamos para estar a salvo del olvido, estudiando la vida de indi­viduos que unieron su destino a la fidelidad del deber. El deber es una actitud, no una paradoja o un tor­mento; el deber es un modo de ser-en-el-mundo que nos hace totales, personas totales o un ser total. Total es el hombre, y reconocido como tal si su vida y obra de gran­deza humana es para despertar a la felicidad a su pueblo. Total es el que tiene la virtud de estimular el germen de la verdad y asumirla éti­camente sin extenuarse.

Cada época tiene sus hombres totales y otros que perecen en la rígida fosilización del olvido, sin la gracia del círculo cerrado. Sin embargo, cada época trae un ele­mento básico en el carácter de los hombres: el orgullo de quienes se embriagan en el fervor popular colectivo de la adulación, o la hu­mildad de aquellas cumbres del pensamiento que encienden la vo­tiva luz de la eternidad de los que albergan en sus almas la nobleza.

El hombre-total no necesita de la adulación, razón por la cual la humanidad que conoce de cómo los pueblos, a veces, extrañan el anhelo del servicio desinteresado del hom­bre-total, lo evocan, lo sublimizan y privilegian su historia.

Epocal presenta a un hombre-total, al prócer, maestro y civilista Emilio Prud’homme, autor de la oración de la patria, el poeta del Himno Nacional, fallecido el 21 de julio de 1932 a la edad de 75 años, a través de las imágenes de sus hon­ras fúnebres el Día de Duelo Nacio­nal, en que la República lo despidió con amor y veneración porque: “Su himno era su alma, como su senti­miento era su patria”.

Tibio aún el cerebro por el calor del pensamiento, vibrante el corazón por la tonificación del ideal, fuerte y vigilante el espíritu en el presen­timiento de que su materia se había hecho frágil a los embates del dolor, es cadáver ya el hombre que más larga enseñanza de virtud y manse­dumbre derramó sobre la conciencia nacional por varias generaciones.

Emilio Prud’homme representa el viviente simbolismo del hombre en lucha con la vida y que al fin la ven­ce sin que la violencia haya mancha­do un solo momento de sus luchas.

Nace pobre, casi miserable y olvidado, en la ciudad de Puerto Plata. En los primeros años de su vida es traído por su madre a la capital de la República, como si aquella santa mujer quisiera por un feliz presentimiento de su amor maternal, vislumbrar los caminos que más tarde habría de recorrer su hijo estimulado por su sed de sabi­duría y poseído del ansia suprema de ascender. Sin que precise a mi discurso de este momento escudri­ñar en los secretos de su vida, creo que allí mismo, en los comienzos de su carrera cerrada hoy al correrse sobre su cadáver el frío sudario de la tumba, empezó a cerrarle el paso el infortunio. Fue así como en idas y venidas desde la ciudad capital a su pueblo natal se pasaron los pri­meros años de su adolescencia; y fue así como más tarde, radicado ya en esta ciudad, hubo de empu­ñar las herramientas del obrero y ganar, de este modo, el sustento de su vida.

Si la historia no nos ofrecie­se ejemplo constante de la trági­ca curva seguida por la vida de todos los humildes, este sería un caso de largas y especiales consi­deraciones”, Rafael Vidal, “Ora­ción fúnebre ante el cadáver de Emilio Prud’homme, en: Mi Li­bro Azul, obra póstuma de Emilio Prud’homme, Ciudad Trujillo: Impresora Dominicana, 1949, p. 197-198.

Sobre las imágenes

Volviendo a ver estas fotografías so­bre el entierro del Maestro Emilio Prud’homme nos preguntamos si tiene historia la muerte.

La historia es una política del deber-ser, que nos queda como le­gado de lo radicalmente fortuito y arbitrario de la voluntad firme de los opuestos al moldear lo huma­no. La historia puede ser un adiós como antítesis de la vida que rompe una existencia anterior. ¿Cuándo la muerte es una historia, un presagio o un escenario comprendido entre el principio y el final? Recordemos que nadie sale ileso de ese absoluto privi­legio de la vida cuando su concien­cia es precedente a lo inmóvil y a lo racional. He aquí la polaridad que los individuos redescubren cuando comienzan su debate con la eterni­dad o cuando las ideologías son un superfluo hablar o pensar.

Justo es saber que los hombres culminan sus vidas de forma irrepe­tible a la de otros, porque cada uno tiene el carácter de moldear una autoafirmación personal que aflo­ra como una marcha ascensional al momento de la partida. Esos hom­bres son consecuencia de un ideal de una época. Vivos representan el es­clarecimiento; muertos la dimensión humana de la cumbre de la voluntad favorecida por la nobleza del alma.

Hombres-historia; hombres-épo­cas, muchos de los cuales pueden ser invisibles sino dan cumplimien­to a su misión histórica. Así, la cús­pide de la misión histórica se ejerce desde los derechos políticos y civi­les, a veces, de quienes construyen desde sus vidas una época. Las épocas son una forma humana de representar la configuración de la cultura, el ámbito de los valores, la diversidad de sus contraposiciones, los signos de los cuales se apropia, las formas de calidad representa­tivita de cada creación que se en­gendra en la complejidad de las tensiones sociales y humanas.

No en vano Ramón Emilio Ji­ménez escribió para Mi libro Azul recopilación póstuma del autor de nuestro Himno Nacional: “Como en Prud’homme la calidad moral del hombre era como el foco de irradiación de todas sus fecundas actividades, puso en todas ellas el poder de su bondad de corazón. La bondad en él proveía el arsenal psi­cológico para la noble lucha a que consagro su vida entera”.1

La anterior reflexión nos hace preguntarnos ¿Qué es la historia? ¿Una huida de lo continuo, arena movediza del tiempo, “cosas” hu­manas, épocas, acontecimientos, tributos a la vida? ¿Qué es la histo­ria? ¿Hazañas como inconsciencia del fanatismo, tensiones, contrapo­siciones, rebelión que traen las cir­cunstancias que abarcan y afectan los símbolos visibles de la vida?

¿Es la historia, acaso, el látigo del espíritu civilizador? Ordina­riamente la historia es la afirma­ción del movimiento, del saber, un punto que separa al mito del ser del velo del cosmos; un orden cuantificado con métodos, engen­drado en el desenvolvimiento de los siglos.

La historia sería no visible sin la síntesis que trae la palabra y sin la redención sacramental de la ima­gen. Palabra-tiempo-imagen es el problema de la historia; es hacer al hombre cognoscible en el mundo, agitación de la esférica forma de los sucesos. ¿De dónde proviene la his­toria sino del arca de la libertad de la imagen, de la idea, de un indo­mable sumario de plenitud y abun­dancia de la acción?

Civilización es una fértil pala­bra, una encantadora piedra desde la cual se bosqueja el predominio de una realidad, realidad que se arroja a la sombra de la evolución.

De este fluir pasemos a esta otra afirmación de Ramón Emilio Jimé­nez sobre el hombre-total, el poeta, prócer, maestro y civilista Emilio Prud’homme: “Mucho tiene que agradecerle la parte de la juventud de su tiempo que estuvo en contac­to íntimo con su personalidad re­cibiendo de ella la fortaleza moral y la belleza de la acción como eje y ritmo de la vida humana; y mu­cho tiene, por tanto, que estimarle y agradecerle la sociedad a cuyo servicio abrazó la causa de la edu­cación, en bien de la cual llevó a la gracia del canto los más delicados sentimientos”.2

El cuerpo inerte, sin vida de Prud’homme, descansado en un fino ataúd de madera con la en­voltura de la bandera nacional en el carro fúnebre, fue llevado hacia su morada final en la Capilla de los Inmortales con los más altos honores que confiere el Estado do­minicano a uno de sus ilustrísimos hijos, fue el del último civilista de la República que cruzara la arcada puerta del Conde, conocida como Altar de la Patria, para recibir los tributos de una multitud de conciu­dadanos, y entre ella una juventud dominicana a la cual había dicho en 1878: “No inclines, juventud, ante el tirano la frente, que de­muestras cobardía: coge el arma, y asquea tiranía que te oprime, des­truye con tu mano”.

Este egregio hombre inmortal, apóstol de la palabra sagrada, fue despedido para la eternidad por una muchedumbre entonando las letras gloriosas del himno que él escribió para que los dominicanos tengan amor patrio y fe en la Patria.

La vida de Prud’homme nos hace comprender que el honor no puede ir del lado del brazo de la conveniencia, que la dignidad es el único sentido práctico que puede tener el honor; que la palabra es un cañón invisible y oprimir la libertad es oprimir a la palabra. Ni grandes ni fuertes pueden contra la palabra.

El credo nacionalista invocaba que la República restaurada de la intervención militar de tropas nor­teamericanas de 1916 tiene que ser “absolutamente independiente, ab­solutamente libre y absolutamente soberana”. Emilio Prud’homme contribuyó a ello, a la redención de la patria.

Ylonka Nacidit-Perdomo es inves­tigadora senior de género. Es poe­ta. Autora de Contacto de una mirada (1989), Alfonsina Storni: a través de sus imágenes y metáforas (1992), Luna barroca (1996), Papeles de la noche (1998), Sobreaviso (1998), entre otros. En Clave Digital publicó la columna titulada Mirada en Sepia. Labora en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Notas

1 Mi Libro Azul, p. XVIII y XIX

2 Ibidem, p. XVII

Bibliografía

Mi Libro Azul, obra póstuma de Emilio Prud’homme (Ciudad Trujillo: Impre­sora Dominicana, 1949) p. 197-198.


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