Artículo de Revista Global 26

Hacia políticas culturales: la economía creativa

Somos testigos de una época en la cual la originalidad, la imaginación, la inspiración o la ingeniosidad se vinculan de manera cada vez más directa a una parte de la economía dirigida por símbolos, textos, sonidos e imágenes: la economía creativa, uno de los campos más dinámicos de la economía mundial, que se posiciona, al mismo tiempo, como un espacio estratégico para el desarrollo y el futuro de las identidades culturales.

Hacia políticas culturales: la economía creativa

El siglo XXI se ha convertido en testigo de los rápidos y crecientes cambios tecnológicos que impactan directamente la forma de comunicarnos e informarnos, lo que ha modificado las formas tradicionales de producción y distribución de bienes y servicios culturales. Actualmente, se ha alcanzado un punto en el cual la comunicación se está convirtiendo en la esencia misma de la cultura moderna.

Para entender mejor esta realidad resulta necesario observar el emergente sector de la “economía creativa”, el cual se ha consolidado como uno de los campos más dinámicos de la economía mundial, al mismo tiempo que se posiciona como un espacio estratégico para el desarrollo y el futuro de las identidades culturales.

Esta “economía de la cultura” o “economía creativa” agrupa principalmente a las “industrias culturales”. Industrias en las cuales convergen factores tan diversos como el patrimonio, el comercio, la tecnología, prácticas sociales y culturales, la promoción turística, la propiedad intelectual o las artes. A la diversidad de factores que nutre esta economía creativa se suma el hecho de una convergencia de intereses que parten de diferentes lógicas tales como la gubernamental, la privada o la social.

De esta manera, hoy existen industrias que combinan la creación, producción y comercialización de contenidos que poseen una naturaleza cultural e intangible. Estos contenidos, generalmente protegidos por el derecho de autor, son comercializados e intercambiados tanto en forma de bienes como de servicios.

Según el Informe sobre la Economía Creativa, realizado conjuntamente por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y por la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (CNUCED), en el año 2005 las exportaciones internacionales de estos bienes y servicios fueron valoradas en 424,000 millones de dólares, lo que representó alrededor del 3.5% del comercio mundial.

Aún más, según datos de este mismo informe, las industrias que generaron este mercado de bienes y servicios experimentaron en la última década una constante tasa de crecimiento anual cercana al 9%.

De tal forma, el concepto de “industrias creativas”, que comienza a utilizarse cada vez más tanto en informes gubernamentales como internacionales, agrupa hoy en día un amplio e importante sector de la economía que experimenta un importante y continuo crecimiento.

Somos testigos de una época en la cual la originalidad, la imaginación, la inspiración o la ingeniosidad se vinculan de manera cada vez más directa a una parte de la economía dirigida por símbolos, textos, sonidos e imágenes; la economía creativa.

 

Mercado de ideas y sentimientos

Este emergente sector de la economía está constituido por micro, pequeñas, medianas y grandes empresas que utilizan como “materia prima” la creatividad y los sentimientos, operando tanto con capital privado como estatal.

De igual forma, y aún más importante de mencionar, es el hecho que este “mercado” de ideas y sentimientos se encuentra directamente relacionado con los modos de vida y valores simbólicos que fortalecen, cambian o debilitan la identidad colectiva de sus consumidores. Como se reconoció en la carta cultural Iberoamericana, “las actividades, bienes y servicios culturales son portadores de valores y contenidos de carácter simbólico que preceden y superan la dimensión estrictamente económica.”

Por esta razón, hablar de industrias culturales no solamente es hablar de un mercado emergente con diversas aristas. Es también hablar de actividades que solían sobrevivir con propósitos sociales definidos distintos a los del mercado, tales como ritos, tradiciones o costumbres, y que hoy se ven cada vez más interconectados al mercado y las actividades económicas.

De tal manera, aunque la economía de la creatividad se anuncia hoy en día como fuente de desarrollo y oportunidad tanto para países en desarrollo como para aquellos desarrollados, también suscita cuestionamientos sobre la interrelación entre los intereses culturales y económicos, los cuales suelen caracterizarse por bajos niveles de inversión y de capital necesarios para el funcionamiento de las medianas y pequeñas industrias culturales.

Por ejemplo, a través del estudio del Banco Interamericano de Desarrollo “Las industrias culturales en América Latina y el Caribe: desafíos y oportunidades” (2007) se cuestiona: ¿Pueden las políticas públicas promover el desarrollo dentro del sector? o, inclusive, ¿pueden las industrias culturales jugar un doble papel como modelo cultural y como impulsor económico de crecimiento?

Responder de manera oportuna a estas y otras nuevas interrogantes, surgidas en torno a la nueva vinculación entre cultura y economía, supondría considerar los diferentes aspectos económicos, institucionales y culturales que predominan en cada una de las diferentes regiones, países y ciudades.

En primer lugar, cada país utiliza una definición diferente de lo que las industrias culturales son y representan, incluyendo o excluyendo sectores o subsectores específicos. De igual manera, el presupuesto que el Estado invierte para regular, proteger, fomentar, liberar o controlar las actividades culturales varía sustancialmente.

De igual manera, cada país es testigo de diferentes formas y niveles de coordinación entre los diferentes sectores de las industrias culturales, así como de la existencia o carencia de información y estadísticas sobre la oferta, la demanda, el consumo, la distribución o la inversión existente en este sector.

Acceso al consumo y la producción

En el caso de la República Dominicana, el gasto estatal en materia cultural para el año 2002 (bid, 2007) se elevó al 1% del Presupuesto Nacional, lo que representa uno de los gastos gubernamentales más fuertes en el sector cultural en la región latinoamericana.

Por el contrario, en este mismo país se desconoce cuál es el monto generado por las importaciones y las exportaciones de bienes creativos, las cuales, por ejemplo, en el caso brasileño generaron 2,192 millones de dólares para las exportaciones, con un monto de 745 millones de dólares para las importaciones (CNUCDE/PNUD 2008). De tal forma, resulta hoy en día complicado situar a la República Dominicana dentro del análisis comparativo en materia de economía creativa, la cual para los países en desarrollo se sitúa a escala mundial de la siguiente manera. Con relación a la industria cinematográfica, se sabe que en la República Dominicana la realidad de la piratería representa un problema que afecta la audiencia en los cines, la rentabilidad en la proyección de películas nacionales e internacionales, así como los requerimientos en el aumento del número de salas en el país. Una película pirateada cuesta entre 50 y 80 pesos dominicanos (de 1.50 a 2.50 dólares). En contraste, una entrada para el cine en la República Dominicana cuesta entre 100 y 180 pesos dominicanos (de 3.00 a 5.50 dólares).

Por otra parte, la República Dominicana es una gran importadora de libros, siendo sus exportaciones prácticamente nulas o no significativas. En torno al 70% de los libros de interés general que se comercializan en el mercado son importados.

La industria discográfica, que también se ve sumamente afectada por la piratería, encontró su apogeo en la década de los setenta y ochenta con una promoción artística popular importante. Sin embargo, poco a poco, solamente fueron quedando aquellas compañías que fueron contratadas por compañías multinacionales.

Siguiendo estos ejemplos, puede advertirse que actualmente la capacidad tecnológica juega un papel importante en la competitividad de las industrias culturales. Los productos de la industria cultural, que representan una expresión importante y tradicional de la cultura y de la creatividad en Latinoamérica, están siendo, cada vez más, controlados o producidos en el exterior por industrias extranjeras, lo que redunda en una pérdida de beneficios económicos y de identidad al tiempo que limita el crecimiento de estas industrias a los países más ricos del mundo.

La siguiente tabla muestra esta tendencia, la cual sugiere que el gran poder económico de las industrias creativas se encuentra en manos de los bloques económicos más fuertes, los cuales poseen una fuerte legislación e incentivos en materia cultural, al mismo tiempo que cuentan con la tecnología de punta.

Otros dos ejemplos que confirman lo anterior son Internet y la producción cinematográfica. Para el primer caso, se sabe que en 2006, en la región latinoamericana 18.8 personas de cada 100 usaron esta importante herramienta de transmisión simbólica, a diferencia de las 47.8 y 68.4 personas de cada 100 que lo hicieron en Europa y Norteamérica, respectivamente.

En el caso del cine, se sabe que de las 20 principales compañías audiovisuales, siete se encuentran en Estados Unidos y tres en Francia, lo que representa que dos países centralizan la producción del 56% del volumen comercial que producen estas 20 compañías (44.7% en Estados Unidos y 12% en Francia).

La acción estatal

Ante esta realidad, la promoción y protección de los derechos culturales así como de la diversidad cultural se torna compleja, sobre todo ante la lógica mercantilista y de entretenimiento que rige las industrias culturales corporativas, la cual tiende a desvalorizar las expresiones culturales de sus contenidos de afirmación identitaria subordinándolas a la renta de la especulación mediática.

Inclusive, esta lógica mercantilista ha vinculado el concepto de desarrollo con una visión modernizadora y homogeneizante en la cual generalmente se considera a la diversidad como un obstáculo.

En este sentido, considerando la interdependencia de la dimensión social y económica de la cultura, el papel del Gobierno resulta inevitable para diseñar e implementar aquellas políticas que generen las condiciones de posibilidad para que los diferentes actores culturales se expresen, se relacionen entre sí y lo hagan en condiciones de mayor igualdad.

De ahí la urgencia de crear espacios de reflexión e investigación que busquen hacer frente a los desafíos y oportunidades que la economía creativa representa en Latinoamérica, convirtiéndose en una necesidad el desarrollo de indicadores que permitan medir la interrelación entre los intereses culturales y económicos, la fuerte industrialización de la producción cultural y el desarrollo tecnológico sin precedentes en la información y la comunicación.

Resulta entonces crucial, para cualquier institución de la que dependa la gestión de políticas públicas culturales, tomar en sus manos la responsabilidad de avanzar en materia de diseño, evaluación y cooperación de política pública cultural, lo cual deberá, entre otros importantes aspectos, poder vincular con mayor fuerza las políticas culturales con las políticas económicas, comerciales, sociales y fiscales.

Alexandre Costa es colaborador de la Sección de Industrias Creativas de la Unesco. Tiene un máster en Comercio Internacional por la Escuela Superior de Gestión, de Francia.

Daniel Coulomb es especialista asistente del Programa del Sector de Ciencias Sociales y Humanas de la Unesco. Tiene un máster en Políticas Públicas Comparadas de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales-México.

Bibliografía

BID, Las industrias culturales en América Latina y el Caribe: desafíos y oportunidades, Washington, 2007. Carta Cultural Iberoamericana, XVI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, Uruguay, 2006.

GARCÍA TOMÁS, Esther, El sector del libro en República Dominicana, Cámara de Comercio e Industria de Madrid, 2002.

PNUD Y CNUCED, Informe sobre la economía creativa 2008: el desafió de evaluar la economía creativa para elaborar políticas responsables, Naciones Unidas, Nueva York, 2008.