Artículo de Revista Global 66

Hilde Domin y Erwin Walter Palm o el exilio entre islas

En 1940 Erwin Walter Palm y su esposa Hilde fueron acogidos en la República Dominicana debido a los estragos del antisemitismo en Europa. Durante los doce años de su estancia aquí, desarrollaron una intensa labor de estudio y documentación de nuestro pasado arquitectónico y urbanístico colonial. En este ensayo se destaca el papel de Hilde Domin, quien se convirtió en poeta entre nosotros, homenajeándonos al asumir como seudónimo el «Domin» de Santo Domingo y de Dominicana.

Hilde Domin y Erwin Walter Palm o el exilio entre islas

Estas líneas se orientan por vías no comunes. Primero sería el hombre, luego la mujer. Lo lógico sería comenzar por lo más conocido en nuestro ambiente, por Erwin Walter Palm (1910-1988), de profesión arqueólogo, en los hechos historiador del arte y estudioso del urbanismo colonial hispanoamericano. Luego vendría Hilde Palm, nacida Löwenstein, y cuyo nombre definitivo fue Hilde Domin (1909-2006), la esposa, la traductora, la asistente, la fotógrafa.

Aquí acentuaremos la trayectoria de Hilde. No es simple reivindicación feminista, sino sobre todo la recuperación de una autora que, sin trabajar conscientemente por ello, logró situarnos en una serie de mapas de la cultura contemporánea: en el de la solidaridad internacional al acoger refugiados judíos en los tiempos previos al Holocausto; en el de la creatividad, por haber nacido aquí como poeta.

La crudeza de la violencia que se expandía por Europa en los años 30, con el surgimiento del fascismo y el nazismo, justamente habría de convertir a la comunidad judía en una de sus primeras víctimas. Debido a ello, la joven pareja de intelectuales judío-alemanes había abandonado la Italia de sus estudios para trasladarse a Inglaterra, para prontamente buscar asilo en un país lejos de aquellos escenarios europeos. Emergió entonces la República Dominicana como uno de los poquísimos países que ofrecían refugio seguro.

Ahora que llegamos a los diez años de su partida –se nos fue el martes 22 de febrero de 2006, en su Heildelberg adoptiva–, ya no podremos hablar por teléfono y advertir ese tratar las palabras como telegrafiando desde alguna estación de tren de finales del xix. Porque así era Hilde, precisa, conversando con las palabras más ajustadas, como si fueran veredictos,  tal como lo recordara el crítico Marcel Reich-Ranicki.[1] Justo ahora se desenlían todos estos recuerdos que nos llevan y nos traen a un mundo gris de los años 40, a unos optimistas años de posguerra, a este primer lustro de un siglo xxi que ya no es lo que uno esperaba porque de repente lo blanquinegro del xx todavía sigue ajustándose a nuestro pies como para que no ascendamos lo suficiente.

Hilde se fue, pero la poesía queda como puente, como testimonio.

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Nace en Colonia el 27 de julio de 1909, dentro de una familia bien posesionada, con el apellido Löwenstein. Con 20 años se traslada a Heidelberg para estudiar Derecho y al año siguiente a Berlín. En la capital alemana participa en las grandes movilizaciones como joven socialdemócrata. En aquellos últimos días de la República de Weimar experimenta de cerca el surgimiento y eclosión del movimiento nacionalsocialista, e incluso acude a una manifestación para oír personalmente a la nueva gran figura de la política: Adolf Hitler, de quien ya había leído su libro Mein Kampf (Mi lucha). Cuando regresa a Heidelberg en 1931, conoce a quien será su hombre de toda la vida: Erwin Walter Palm.

Luego de estudiar bajo la tutela de Karl Jasper y Karl Mannheim, entre otros, de haber vivido en una atmósfera donde aún se sentía la presencia de otro profesor notable, Max Weber, esta pareja decide probar suerte en Italia. En 1932 ambos aprovechan una beca para trasladarse a Roma, y poco después a Florencia, donde obtendrán sus títulos de doctores en 1935. Dos años después regresan a Roma y se casan. Ante los avances del antisemitismo en Italia, deciden marcharse a Inglaterra en 1939.

Previsora, visionaria, el temprano conocimiento y la vivencia bajo la cotidianidad del nacionalsocialismo impulsaron y  aleccionaron lo suficiente a Hilde como para asumir esa particular ruta del exilio. Así se salvaron ella y sus padres.

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Si el tránsito por sus tres nombres –Löwenstein, Palm, Domin– enlaza con el pasado judío, la historia del siglo xx y la experiencia del exilio, el de su relación con nuestra Isla dominicana, podría percibirse desde tres perspectivas: la casualidad, la obligación y el agradecimiento, que es una manera de quedarse emocionalmente.

También los nombres –y sus cambios– pueden contener huellas de destinos, asunciones, visiones. En sus 96 años de existencia, Hilde asumió semejantes identidades múltiples. La última, con la que le rinde un homenaje al país dominicano –de ahí viene el «Domin»–, fue también la posibilidad de reinventarse, de surgir de y con la poesía, como veremos más adelante.

Fue producto del azar el que los Palm arribaran a la República Dominicana el 6 de agosto de 1940, huyéndole a la expansión de un terror nazi que los atenazó desde un principio, desde 1933. Amarizaron en aquel verano de 1940 en las aguas de San Pedro de Macorís, luego de una agitada travesía que incluyó Jamaica, para llegar a la entonces Ciudad Trujillo.

Antes de la subida de Hitler al poder en ese año, estos estudiantes de Sociología, Derecho y Arte en Heidelberg, ya habían reconocido el peligro que se acercaba. Aunque el antisemitismo no tenía fuertes huellas en la vida cotidiana de Italia, la convivencia del Duce con el Führer rompería esa tradición de tolerancia. La visita de Hitler a Roma en aquellos años y la dureza de la cotidianidad bajo el fascismo mussoliniano no les dejaron otra opción que marchar a Inglaterra en 1939.

En Londres no cedieron al miedo colectivo. La búsqueda de una visa hacia el continente americano se convirtió en casi una obsesión. Ninguno de los países apetecidos les abría las puertas. En un consulado y otro les exigían grandes sumas de dólares que ellos no tenían. Ni los Estados Unidos ni México ni Argentina ni Brasil mostraron interés en acoger a esta pareja de jóvenes intelectuales judíos. Desalentados, fueron a parar al Consulado dominicano, y entonces sí se produjo el milagro.

La llegada de los Palm a la entonces Ciudad Trujillo tuvo lugar, por lo demás, en el contexto de la Conferencia de Évian-les-Bains, convocada en julio de 1938 por el presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt para discutir el tema de las cuotas de los refugiados judíos. La República Dominicana sería uno de los poquísimos países en abrir completamente sus puertas a esta inmigración.

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Hay que imaginar la llegada de la joven pareja al trópico, el italiano como lenguaje inicial de comunicación entre ambos, para no despertar sospechas, porque el alemán sonaba demasiado a «algo raro»; el panorama de un país abierto a cientos de europeos, pero herméticamente cerrado para sus propios habitantes.

Ciudad Trujillo vivía una gran animación en sus calles. Gracias al nuevo capital humano se modernizaban las artes, la cultura en general.

Ambos cambiaron el rumbo de sus primeras aspiraciones. Los sueños de arqueólogo del marido se transformaron en los de historiador de arte y urbanista. Hilde olvidó durante su estadía los estudios de política y sociología, cargando la cámara fotográfica y la máquina de escribir.

La candidez caribeña los acogió, salvándolos. Su asistencia a la tertulia que se realizaba en la casa de Francisco Prats Ramírez, en la calle Mercedes, fue un espacio mínimo para diluir ideas y aliviar las distancias.[2] En el año 2000, cuando me encontré con Hilde Domin en su viejo apartamento de Heidelberg, le pregunté cómo hacía para compensar esa vida de un solo clima en Santo Domingo, y me contestó que era relativamente fácil. «Abríamos la nevera, nos posábamos un momento, tratábamos de sentir ese frío», fue su respuesta.

En pocos años la labor de Erwin Walter y de Hilde sería monumental. Sin grandes recursos bibliográficos, con cinco años de práctica incomunicación con Europa a causa de la Segunda Guerra, sin poder salir de la Isla al menos hasta finales de ese decenio de los 40, con el dolor que significaba toda la familia del marido exterminada en los campos de concentración nazi y los padres de ella exiliados en los Estados Unidos y sin poder verlos más, las condiciones nunca fueron propicias para el pensamiento.

Los Palm pusieron todo el empeño, la dedicación, las fuerzas, donde no había gran cosa. Sacaron de estas piedras coloniales un cuadro de sus verdaderas y antiguas glorias. Contando con el apoyo de fray Cipriano de Utrera, con los recursos que brindaba la Universidad de Santo Domingo, con el consejo de lejanos conocidos –como el historiador de arte Erwin Panofsky–, los Palm desarrollaron una labor titánica. Erwin Walter pudo presentar en aulas universitarias, en congresos internacionales y a través de la prensa un conjunto de textos que harían variar las líneas de conocimiento del pasado colonial, refundando desde esta Isla los estudios de historia de la arquitectura del Nuevo Mundo.

En 1950, la presentación de una exposición de arte colonial, que por primera vez reunió lo poco que nos quedó de aquellos siglos, fue uno de sus hitos. Catalogando los tesoros de la catedral Santa María la Menor, valorando las piezas de colecciones privadas, en aquella muestra se presentó en conjunto parte de una herencia que hasta entonces nos había resultado indiferente.

El trabajo de los Palm se extendió más allá de los límites de la Ciudad Colonial. En Jacagua, en las ruinas de la Vega Vieja, en Palenque, en Boyá, en las ruinas del ingenio de Engombe, en todo lo que hubiese un rastro de colonia, ahí estaban los Palm, con sus apuntes y sus registros fotográficos.

Hilde captó la imagen del Santo Domingo previo a las catastróficas intervenciones que comenzarían en 1955 con la del Alcázar de Colón. Junto a ella estaban dos artistas del lente: Ettinger, que estuvo brevemente en el país, y el austríaco Conrado (Kurt Schnitzer). Por primera vez nuestros monumentos coloniales se registraban en conjunto, pensándose para una publicación científica, con un concepto novedoso desde el punto de vista de la composición fotográfica.

La serie de investigaciones de los Palm desembocaría en el texto fundamental para el conocimiento de la Ciudad Primada de Indias: Los monumentos arquitectónicos de la Española, con una introducción a América, impreso en Barcelona en 1955, al año siguiente de la partida de los Palm. Al fin se superaban los textos de Bernardo Pichardo, Luis Alemar y el mismo fray Cipriano, quienes habían destacado solo el aspecto histórico de la ciudad, sin vincularlo con su arte y arquitectura. Aunque auspiciado por la Universidad de Santo Domingo, en realidad este texto se editaría gracias a instituciones norteamericanas.

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Es sugerente la lucha de Hilde por grabar su nombre a partir de la nada. Ya lo explicaba también el crítico Reich-Ranicki al hablar de la manera en que la poesía alemana se dividía en dos grandes esferas, la una «festiva, sacerdotal, sacral, desde Hölderlin hasta Stefan Georg y Paul Celan, y [la otra] secular y racional, más vinculada a la lógica que a los oscuros instintos, esa corriente en la que se sitúan Schiller y Heine y también Brecht»,[3] preguntándose a seguidas dónde situar a Hilde Domin.

Sus primeros libros, Herbstzeitlosen (1955) y Nur eine Rose als Stütze (Solo una rosa como apoyo, 1959), fueron toda una revelación. Su poética constituyó uno de los hitos de la literatura alemana de posguerra, por la sencillez de la exposición y la contundencia de las imágenes cotidianas. Es curioso que cuatro años antes, Erwin Walter Palm integrara en el título de su primera publicación en Europa el mismo elemento de la naturaleza: Rose aus Asche. Spanische und Spanisch-Amerikanische Lyrik seit 1900 (Rosa desde la ceniza. Poesía española e hispano-americana desde 1900), en Piper Verlag. Más curioso aún es que sumara entre los 12 poetas de nuestra América –entre los que se podrían mencionar a Gabriela Mistral, César Vallejo y José Lezama Lima– a dos dominicanos: Moreno Jimenes, con su Poema de la hija reintegrada, y Héctor Incháustegui Cabral, con Canto triste a la patria bienamada.

Ahí estaban las rosas, rosas amarillas, sus preferidas, en la iglesia de San Pedro, en Heidelberg, en un entierro donde también estaban Bach y Messian, junto a otras rosas blancas y rojas, sus poesías, esta vez no leídas por la autora, sino cantadas, recitadas, sentidas por todos. Sobre su féretro, aquella paloma de madera que durante tantos años había estado cerca de su escritorio.

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Vueltos a Europa en 1954, reinsertados en el medio académico y literario, los Palm nunca olvidaron esta Isla.

Se reubicaron en Heidelberg, la ciudad de su juventud universitaria. Erwin Walter Palm ocupó una cátedra especialmente creada para él, de latinoamericanista. A Hilde la tocaría el rayo del éxito tras la publicación de Nur eine Rose als Stutze. Su estrella brillaría, además, como ensayista, como conciencia de un país donde todavía las tenazas del totalitarismo hacían a veces el aire irrespirable.

Como bien había señalado el entonces embajador alemán en Dominicana, Karl Kohler, en el periódico Jüdische Allgemeine Zeitung en su edición del 6 de marzo de 2006, Hilde Domin –se podría decir lógicamente que también su esposo Erwin Walter– era un «puente». Gracias a ellos no solo estaba fluyendo el conocimiento sobre Latinoamérica al país germano, sino también el de España. Mientras el señor Palm daba a conocer la poética de la Generación del 27, la señora se ocupaba de su narrativa. Lorca y Alberti fueron las traducciones más celebradas. A partir de los 60, a la gran cultura mexicana –la de la hermosa ciudad de Puebla– le tocaría el turno.

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Ligero de equipaje

No te has de acostumbrar

Una rosa es una rosa

Pero un hogar

no es un hogar.

Desiste el perro faldero

que te colea

desde los escaparates.

Él se equivoca. Tú

no hueles a quedarte.

Hilde Domin se convirtió en la gran dama de la literatura alemana de posguerra. En un ambiente donde aún se sentían los aires de Else Lasker-Schüler, donde la bravura de Ingeborg Bachmann era insignia femenina, Hilde se convirtió en vaso comunicante, por su situación de mujer, de judía y de exiliada que retornaba.

En los innumerables homenajes y premiaciones que se le concedieron en sus 96 años, siempre se destacó la simpleza de su poesía. Hay que pensar en el diálogo histórico que la poesía alemana había llevado con la filosofía y con los acontecimientos dramáticos de las guerras en el siglo xx: Rainer Maria-Rilke y Paul Celan podrían ser dos de sus paradigmas esenciales.

Hilde Domin se filtró en el gusto y en la conciencia del público porque le devolvió al idioma alemán la ligereza de la cotidianidad y la gravedad de los sentimientos hacia el otro, hacia la naturaleza.

Los alemanes, no aficionados a la poesía como los latinoamericanos, reconocieron, sin embargo, la fuerza de estos versos y desde los años 60 no hubo manual de literatura para la enseñanza donde no hubiese textos de Hilde Domin.

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Erwin Walter Palm falleció en 1988. Hilde en 2006.

Sus textos autobiográficos, reunidos bajo el título Aber die Hoffnung (Pero la esperanza), y la hermosa traducción que Roberto Marte hiciera de ellos,[4] quedan como testimonios de aquellos años de esfuerzos, sacrificios, esperanza, amor.

A pesar de lo cruento de la dictadura trujillista, la imagen de la ciudad y su gente se les reveló a ellos en forma de un país acogedor, donde aún era posible la amistad, la sensación de comunidad. La relación de los Palm, al mismo tiempo, habría de sufrir los traumas esenciales de todo exilio, puntualmente revelados en el epistolario de ambos.[5] Como muy bien lo describe Marion Tauschwitz en su biografía,[6] en Hilde Domin se combinaron igualmente el amor, el sufrimiento, la pasión, con el «dramatismo político» de todos los años que les tocó vivir.7

A ese punto nos llevaron los días, al monumento que es la obra de Erwin Walter Palm y Hilde Domin: al sacar el lirismo de las piedras y la bondad de las manos que a pesar de todas las oscuridades siempre podrán esconder un dejo de ternura.

Así es la última imagen que tengo de Hilde Domin, en la mesa de aquel restaurante donde brindamos por la Orden de Duarte, Sánchez y Mella, que el Gobierno dominicano le concediera en noviembre de 2005, tres meses antes de su sentido fallecimiento, la culminación de un vínculo que seguirá creciendo, gracias a ese eco de su poesía y a la estela de sus días en esta Isla por donde ellos, Hilde y Erwin Walter, seguirán caminando.

Miguel D. Mena realizó estudios de Sociología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y en la Universidad Libre de Berlín; es editor y urbanista.

Notas

[1] «Laudatio von Marcel Reich-Ranicki anlässlich der Literaturpreisverleihung an Hilde Domin (1995)»,  <http://www.kas.de/wf/de/71.4219>. [Consulta: 30-11-2015).

[2] Erwin Walter Palm, «Erinnerungn geschrieben und erzählt», en Ibero-amerikanisches Archiv, Neue Folge, vol. 15, n.o 4; Erwin Walter Palm, Erinnerungan und Texte Ibero-Amerika nisches Archiv, Neue Folge, vol. 15 n.o 4.

[3] «Wir haben in der Poesie zwei große Ströme – den feierlichen, priesterlichen, sakralen von Hölderlin bis zu Stefan George und Paul Celan und den weltlichen und rationalen, der der Logik mehr als den dunklen Trieben verbunden war, den Strom also, für den Schiller und Heine stehen und Brecht. Goethe übrigens gehört hierhin und dorthin, er vereint (wie kein anderer) beide Ströme. Und Hilde Domin?», <http://www.faz.net/aktuell/feuilleton/buecher/marcel-reich-ranicki-hilde-domin-ausserhalb-jeder-regel-1304881.html>. [Consulta: 30-11-2015].

[4] Hilde Domin, «Escritos autobiográficos sobre Santo Domingo», Santo Domingo: Librería La Trinitaria, 1999.

[5] Hilde Domin, «Die Liebe im Exil. Briefe an Erwin Walter Palm aus dem Jahren 1931-1959», Frankfurt a. M.: S. Fischer Verlag, 2009. Editado por Jan Bürger y Frank Druffner.

[6]«Hilde Domin: Dass ich sein kann, wie ich bin. Biografie», Mainz am Rhein: Verlag André Thiele, 2011.

[7] Ibídem, p. 12.


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