Artículo de Revista Global 46

Historia de las relaciones domínico-haitianas

La dialéctica del desarrollo de las industrias culturales no es unidireccional. Por la autopista por donde corren las imágenes, sonidos, conceptos y costumbres que han logrado la exitosa “americanización” del mundo globalizado, también lo hacen, pero en sentido contrario, las emisiones culturales de la periferia. Tras el éxito arrasador de Hollywood, el cautivador universo creado en Bollywood remonta la corriente e impacta en el centro de la matriz que marcó su origen. De la manera en que se asuma esta potencialmente fecunda pluralidad, depende el futuro de las industrias culturales… y de la humanidad.

Historia de las relaciones domínico-haitianas

Historia de las relaciones domínico-haitianas es una obra elaborada por el embajador Alberto Despradel y Cabral, abogado experto en Derecho Internacional, profesor uni­versitario, diplomático con más de treinta años de experiencia y autor de varias obras relacionadas con su oficio entre estas, un Manual de diplomacia, de memorable recordación escrito al alimón con Miguel Reyes Sánchez, que es, además, coautor del libro mencionado. Al hojear la trayectoria de ambos autores nos damos cuenta de que esta obra ha sido ideada por dos intelectuales de gran solvencia. Todas esas condiciones han quedado manifiestas en la atri­bución del Premio Anual de Ensayo en el renglón de historia documental, que le ha otorgado en este año (2012) el Ministerio de Cultura.

  • Miguel Reyes Sánchez lleva en su haber dos profesiones, la de economista, con experiencia en el Banco Central, y la de abogado y diplomático, ducho en la política internacional. Tal como ates­tiguan sus libros entre los que tienen primacía las obras sobre las cumbres iberoamericanas y sobre la política internacional, centrada en la configura­ción multipolar del mundo.
  • De Alberto Despradel hay que decir que tie­ne sobrada experiencia del ejercicio diplomático como embajador en Haití, diplomático itinerante en Europa, profesor de Relaciones Internaciona­les, y de esto dan cuentan sus misiones y sus pu­blicaciones.

La obra ideada por estos dos intelectuales constituye un aporte significativo a la historia di­plomática de las dos naciones que comparten la isla La Española. Cuando hablamos de historia diplomática nos referimos a la historia que se de­ de­riva de la relación de los dos Estados, plasmada, primariamente, en tratados, convenciones, arbi­trajes, notas diplomáticas, contratos, acuerdos, declaraciones y protocolos. En segundo lugar, el ensayo se proyecta en el análisis y la experticia de la documentación que incluye las dos etapas de nuestras formaciones nacionales:

  • La pre estatal, que surge en las paces de Ni­mega (1678), que dio por cumplido la ocupación de La Tortuga, en el Tratado de Ryswick (1697) y en el Tratado de fronteras de Aranjuez (1777), expresión del momento de gloria de la diploma­cia española del conde de Floridablanca y del esclarecido Carlos III y en el Tratado de Basilea (1795), manifestación de la decadencia de España, y de los desaciertos de Manuel Godoy –regente de Carlos IV, duque de Alcudia y príncipe de la Paz–. En todos se echa de ver la afirmación de los poderes de las dos metrópolis que se enseño­rearon en el territorio de La Española, a partir del siglo xviii, siglo de la dualidad territorial y política de la isla.
  • La etapa estatal para nosotros comienza en 1844, con la circunstancia de la guerra domíni­co-haitiana, con los diferendos fronterizos que concluyen en 1936, con el addedum del general Trujillo al tratado de 1929. A partir de esta fecha cesaron las disensiones fronterizas y comienza un período marcado por los conflictos de vecindad. Toda esa documentación es porción princi­palísima de nuestra historia diplo­mática. En la obra se recogen las menudencias que han ocupado a los diplomáticos y a las autoridades de ambos Estados desde antes del nacimiento oficial de la colonia de Saint Domingue, pesebrera de lo que actualmente se conoce como Haití, hasta las notas y relaciones del actual gobierno del presi­dente Leonel Fernández del año 2011.

Los documentos compendiados bastarían para justificar la importancia de esta obra, fuente en la que podrán saciar su curiosidad di­plomáticos bisoños, y de donde aún se extraen muchas enseñanzas. El único documento, y quizás pueda ser una laguna subsanable en una próxima edición, fue el Tratado de París de 1814, mediante el cual Napoleón restituía todas las ventajas obtenidas por Francia en el Trata­do de Basilea y renunciaba a cualquier situación jurídica derivada de este tratado. Esa notabilísi­ma documentación ha sido acompañada de una antología de reflexiones, de autores haitianos y dominicanos, donde se ven aún más las diferen­cias y los desacuerdos que han acompañado las interpretaciones de muchas circunstancias histo­riográficas, vividas de un modo muy distinto por haitianos y dominicanos.

En este punto quiero detenerme porque cada uno de esos enfoques refleja las actitudes que se manifiestan en el trato de las cuestiones diplomáti­cas. No hay que tenerle miedo a las ideas y hablar con pensamientos a medio pensar, pláticas balbu­ceantes, donde se parapetan las segundas intencio­nes. He agrupado en unas diez tesis estos aspectos, que aparecen copiosamente referidos en los más de doscientos pasajes de los autores citados.

Tesis 1. La invasión y la confrontación

Los haitianos consideran que los dominicanos están obsesionados con la idea de la invasión. Varios pasajes de los autores haitianos muestran esta preocupación. Según algunos autores, esos miedos y reticencias son un espantajo inventado por el pensamiento conservador y, presuntamente, antihaitiano. Las cir­cunstancias creadas por los copiosos desplazamientos migratorios con­vierten ese fantasma en una pasmosa realidad.

Los haitianos sustentan la idea de que los dominicanos se mantienen dentro de una lógica de la confron­tación. Es un lenguaje que nace de las relaciones entre los individuos y no entre los Estados. La tolerancia, la amistad, las buenas re­laciones con el Estado haitiano no significan, ni puede significar, que los dominicanos renuncien a sus derechos territoriales, a la aplicación de sus leyes migratorias ni a su proyecto nacional. Y, sin embargo, el ejercicio de la autodeterminación, el derecho a repatriar personas extranjeras que han entrado violando nuestras fronteras, se convierte a los ojos de estos pensadores en una violación de los derechos humanos. Se ha criminalizado el ejercicio de nuestra propia soberanía, y eso, desde luego, resulta inaceptable. El mundo intelectual dominicano, en grandes proporciones, ha renun­ciado al Estado nación de 1844. Pero esa visión no es compartida por el conjunto de la sociedad que tiene unas convicciones y unos principios fun­dados en la historia y en la independencia del Es­tado dominicano.

Tesis 2. El problema haitiano es psicológico

Hay una enorme cantidad de autores que se ha comprometido en presentar el problema que separa los intereses de los dominicanos y de los haitianos como un problema psicológico. Es de­cir, como algo que transcurre no en la realidad geopolítica, sino en la psique perturbada de al­gunos dominicanos. Esto es, se trata de discri­minación, racismo o de ideologías hostiles. Todo eso ha servido para declamar una leyenda ne­gra. En algunos casos, hemos comenzado por ol­vidar que Haití no es un problema interno de la República Dominicana, que nuestras dificulta­des no están generadas por ninguna de esas lec­ciones de psicología de andar por casa, sino por un problema geopolítico de desigualdades de las economías, de las riquezas y del desarrollo, punto del cual nosotros no somos responsables, sino más bien víctimas. Que toda esa leyenda ha sido enarbolada para producir una derrota psi­cológica en nuestra diplomacia, para echar a un lado las consecuencias de la postración de Haití, sustituyendo la reflexión por un cotilleo de ver­duleras. Se descalifica con insultos zafios a todo el que no se deja chantajear. De este modo, cir­cunstancias concretas, verificables, son converti­das en ficciones subjetivas, circunscritas a unas cuantas cabezas.

Tesis 3. Ideologías enfrentadas debido al problema haitiano

Al presentar los razonamientos de Manuel Artu­ro Peña Batlle los autores le añaden esta coletilla: “el principal exponente del pensamiento conser­vador”. Se trata de una descalificación selectiva. Jean Price Mars, flanqueado por sus discípulos Lorimer Denis y Francois Duvalier, el fundador de la negritud en Haití, movimiento excluyente y racista, y fue, además, duvalierista consumado, embajador y canciller de la sangrienta dictadura de Duvalier, pero nadie le enrostra ese pasado. Y no lleva ninguna coletilla que lo ultraje en todos los pasajes, y vaya que son muchos, citados en esta obra. Digamos de pasada que Susy Castor y Gerard Pierre Charles, ambos socios ideológicos del Partido Comunista de Haití, aparecen menu­damente mencionados en la obra. Y esa informa­ción, que leída antes del pasaje tendría el mismo efecto que un sambenito, no aparece. Entre los dominicanos esa denominación que hace la dis­tinción entre conservadores y liberales no tiene ninguna pertinencia. En primer lugar, porque los liberales no tienen una superioridad moral sobre los conservadores. En el caso dominicano, liberales y conservadores mantienen su lealtad al Estado nación fundado en 1844, y propenden a que se mantenga inalterable el resultado históri­co de nuestra independencia del influjo haitiano. Desde luego, la palabra liberal solo es aplicable a los partidarios de la democracia, aquellos que echaron canas soñando con importar, por piezas o completamente, los sistemas totalitarios que se desplomaron con el muro de Berlín en 1989, no forman parte del liberalismo. La relación del Estado dominicano con el Estado haitiano no se halla mediada por la ideología, ni es cuestión de gustos ni debe tener costos políticos, sino que se fundamenta en la defensa de nuestros intereses nacionales, cuyas matrices están claramente des­lindadas: 1. Haití no es un problema interno de la República Dominicana. 2. No tenemos obliga­ciones extranacionales ni extraterritoriales con los haitianos. 3. No se le pueden traspasar a los dominicanos los problemas de otro Estado. La diplomacia dominicana solo puede ponerse al servicio de la continuidad histórica de la nación, cualquier otra servidumbre puede tenerse como superflua y vacía de contenido. Nosotros estamos aquí para continuar la obra y las tareas que nos dejó Juan Pablo Duarte, de mantener inalterables los resultados históricos de 1844. La diplomacia no se halla encorsetada a una idea del donjuanis­mo, sino a la defensa de unos valores y de unas ideas y de unos principios que, en el caso nuestro, no tienen por qué ser nebulosos ni embrollados.

Tesis 4: La República Dominicana no fue un desprendimiento de la unidad nacional de Haití

Se trata de una interpretación desconectada de la documentación dominicana, deslegitimar nuestro proceso de independencia, presentándolo como un desprendimiento de la unidad nacional de Haití, como si nuestros derechos y nuestras rei­vindicaciones fueran letra muerta. La historia de Santo Domingo se escribe so­bre un período más largo que la historia de Haití, etapa que incluye el pasado indígena y el pasado colonial correspondientes a las postrimerías de los siglos XV, XVI y XVII. Toda La Española pertene­ció a la Corona de España desde 1492 hasta 1697, cuando amparada en el Tratado de Ryswick surge la colonia francesa de Saint Domingue, y lo que postreramente sería su heredera, Haití es un fe­nómeno que comienza a formarse strictu sensu en los albores del siglo xviii. A comienzos de 1700, según el Censo de Marina de Francia, había en Saint Domingue 13,000 habitantes. No olvidemos que el asentamiento francés de la isla La Tortu­ga, amparado en las paces de Nimega (1678) y de Ratisbona (1684), fue ca­balmente destruido en la Batalla Real de la Limonade, el 21 de enero de 1691. Por lo tanto, el asentamiento de 1697 resulta del tratado firmado en el Castillo de Ryswick entre el rey Luis XIV y Felipe IV, ambos de prosapia borbónica, tenía ya un carácter oficial y a partir de este Francia tomaba las riendas en su nueva colonia con un proyecto netamente colonial. Siendo Haití heredera de Saint Domingue, un fenómeno del siglo XVIII, no hay argumentos documentales que puedan demostrar que los dominicanos cons­tituíamos una unidad nacional con Haití. Eso es una falacia que se pasea como una aura tiñosa en la historiografía haitiana. La existencia de Haití es un hecho muy posterior a la formación nacio­nal dominicana. Durante dos siglos cabales toda la isla estuvo en el absoluto dominio del pueblo que tiene todas las primacías de América. Esa cer­tidumbre historiográfica echa por tierra la tesis de que el movimiento de nuestra independencia destruyera la unidad nacional de Haití.

Tesis 5: La independencia dominicana fue obra de una parte del país desconectada del esfuerzo nacional

La tesis que campa por sus respetos, fundamenta­da en opiniones de Leslie Manigat, Susy Castor, Francois Dallencourt, Francois Blancpain y otros, es que la independencia dominicana obedeció a un movimiento elaborado por los grupos conservado­res, y trata de despojar de sus valores intrínsecos al movimiento creado por Juan Pablo Duarte. A este respecto conviene establecer que la independencia dominicana fue un movimiento dotado de legitimi­dad, emprendido por el más antiguo de los pueblos nuevos, dotado de todas las primacías americanas: primer asiento europeo, primacía en la industria, en la Real Audiencia, en las ciudades, en las cate­drales y órdenes religiosas, en las universidades y centro principal del emplazamiento europeo en los primeros cincuenta años de la colonización espa­ñola en América. Cuando se comienza a construir Saint Domingue, ya se había producido en Santo Domingo la homogeneización lingüística, religiosa y cultural que nos había dado la fisonomía de una comunidad de destino. Nuestro emplazamiento precede, cuando menos, en dos siglos de vida al en­clave francés, nacido de las consecuencias del Tra­tado de Ryswick (1697). Teníamos como primer pueblo nuevo de América derecho a una nacionali­dad y a un gobierno propio. Para los dominicanos resulta fundamental la enseñanza de la historia. Tienen que conocer su pasado, cómo se produjo su independencia, cuá­les son los riesgos de volver a un estado anterior a ese hecho y rendirle culto al esfuerzo de esos próceres. Por razones estrictamente históricas entre nosotros el pasado debe permanecer vivo, porque es la única forma de mantener nuestra lealtad a los resultados históricos de nuestra in­dependencia.

Los historiógrafos haitianos manifiestan un odio por la élite colonial de la cual ni su lengua ni su religión ni sus costumbres constituyen por­ción básica de su entronque profundo. Esa visión se vuelve resentimiento hacia las élites del presen­te. En varios pasajes se advierte que los haitianos desearían importar esos desgarramientos a los dominicanos para producir la utopía de la unión de todos los pobres de La Española en contra de las oligarquías de ambas naciones, y de ese caos revolucionario fundar una nación unida con ellos. Si esto no es mitomanía, ¿qué es, entonces, la mi­tomanía? Desde luego que esas ilusiones se hallan muy alejadas de nuestra realidad.

Tesis 6: La Revolución haitiana es una epopeya de la libertad

La fascinación por las revoluciones a veces ge­nera una admiración inexplicable sobre algunos fenómenos históricos. La revolución casi siempre fascina por el espectáculo de los baños de sangre, por los linchamientos, por el desahogo de todos los bajos instintos. Es, en muchas ocasiones, un carnaval sangriento. Sin embargo, lo que im­porta de todas las revoluciones son las formas de convivencia que resultan plasmadas en las cons­tituciones y en el derecho postrero a la fiesta re­volucionaria. La cuestión puede ser examinada desde dos vertientes:

  1. La de los hechos históricos verificables.
  2. La de la significación e interpretación de los acontecimientos.

La pérdida de la colonia de Saint Domingue se debió a tres factores adversos:

  • La mortandad de la fiebre amarilla: 25,000 de los 35,000 soldados llegados de Francia en la expedición de Víctor Emmanuel Leclerc fallecie­ron a consecuencia de la fiebre amarilla, inclu­yendo a Leclerc y a todo su estado mayor.
  • La acefalía de la expedición napoleónica dejó al mando a oficiales sin experiencia, que rin­dieron la plaza ante los ingleses que, hallándose en guerra con Francia, hicieron causa común con la rebelión de esclavos.
  • El bloqueo naval de Inglaterra impidió que los avituallamientos de Martinica y de Guadalu­pe auxiliaran a las tropas francesas.

Desde el punto de vista de la significa­ción e interpretación de esos acontecimientos, el régimen revolucionario que aparece trufado de elogios desmesurados, restableció el sistema de plantación, que era una esclavitud enmas­carada; la triste célebre corvee, que provocó las olvidadas jacqueries o luchas de los esclavos. El sistema de plantación fue seguido cabalmen­te por Toussaint Louverture, que se mantuvo diez años en el poder (1792-1802) sin proclamar la independencia; siempre se consideró un sol­dado de Francia y, además, temía que el poder cayera en manos de los negros extranjeros, los bozales ( peaux sales, pieles sucias). Jean Jacques Dessalines, asesinado en la emboscada de Pont Rouge en 1806, y el rey Henri Christophe, que fue el más exitoso y acaso el más admirable de los gobernantes decimonónicos de Haití, ambos restablecieron la esclavitud, convirtieron en letra muerta los derechos legados por el gesto revolu­cionario de la Convención francesa que dio po­deres a los comisionados franceses Sonthonax y Polverel para abolir la esclavitud.

Tesis 7: La Constitución de 1805 plantea un conflicto geopolítico entre los dos pueblos que compartían La Española

Por más declamaciones revolucionarias que se manifiesten a propósito de la Revolución haitia­na, cuando se examina el texto constitucional de 1805, se ven con claridad y sin extravagancias verbales los reales alcances del nuevo Estado.

El artículo 1. Proclama el nacimiento del Im­perio de Haití, y en este se expresa en el carácter netamente expansionista de los fundadores del Estado haitiano, que surgió con el nombre de Imperio de Haití.

El artículo 15. Establece que el im­perio es uno e indivisible. Esa idea se contrapone al derecho a la autodeter­minación de los dominicanos, y resulta y resultará siempre inaceptable para todos los dominicanos que los haitianos pretendan extender su domina­ción más allá del territorio de la colonia histórica de Saint Domingue (1697-1804).

El artículo 18. Proclama que son parte del Im­perio de Haití, Samaná, La Tortuga, la Gonave, las Cayemites, la Isla Vaca y la Saona y otras ad­yacentes. En otra apostilla se dice que el límite del imperio es el mar.

El otro aspecto constitucional conflictivo lo constituye el carácter negrocéntrico del acta constitucional haitiana. El artículo 12 establece que “ningún blanco, cualquiera que fuese su ori­gen, podría poner los pies a título de amo o de propietario y no podrá en el porvenir adquirir propiedades”. O sea que el derecho de propie­dad le quedaba totalmente vedado, basándose en el color de la piel. El artículo 14 establecía “que los haitianos serían reconocidos exclusiva­mente como negros”. A pesar de toda la grandi­locuencia de las declaraciones de Michel Acacia, en las páginas 120 y 121, sobre la Revolución haitiana y su significación, esa constitución no fue seguida en ningún otro país del mundo. Los efectos de la aplicación de esos ideales negrocén­tricos e imperiales fueron padecidos exclusiva­mente por los dominicanos, en los que se tradujo como opresión y anulación de su derecho a la autodeterminación.

Tesis 8. La conspiración de las potencias del mundo en contra de Haití

Entre los haitianos se ha fraguado un ideal para­noide de que sus sucesivos fracasos se deben a que son víctimas de una conspiración de las potencias del mundo. Así se ve en Michel Acacia y en Eddy Etienne, e incluso le atribuyen un discurso a ese ad­versario presunto culpable de la desdicha haitiana.

Durante la etapa de gloria de Henri Christo­phe, numerosos comerciantes y hombres de negocios quisieron instalarse en Haití, pero se quedaron con sus comptoirs en las costas; el país permaneció cerrado a la inmigración exterior. Según las leyes de esa época, la haitiana que se casaba con un blanco perdía ipso facto la nacio­nalidad debido a las extravagantes ideas revo­lucionarias, plasmadas en su Constitución, que restringían el goce del derecho de propiedad y de nacionalidad, fundándose en la raza. La sociedad haitiana, a pesar de su vincula­ción con el mercado mundial, durante la época de Christophe, finiquitó cerrándose al mundo.

Haití heredó el formidable aparato produc­tivo de la colonia más productiva del mundo que fue Saint Domingue. Una vez concluidas las hostilidades, desconoció el derecho de los blan­cos a vivir, a la nacionalidad y a la propiedad. No hay que olvidar que el asentamiento blanco en La Tortuga y la creación de Saint Domingue fueron anteriores a la llegada de los negros, que incluso hubo una época cortísima de predomi­nio blanco, cuando la colonia se construía con los conscriptos y los famosos bagnards. Francia, para reconocer semejante independencia que no tuvo precedentes en el mundo, exigió que esos colonos, cuyas propiedades y ciudades eran uti­lizadas exclusivamente por los negros, fuesen indemnizados. Se produjo la paradoja que para pagar su independencia nos quitaron la nuestra. Obligaron a nuestras provincias a cargar con el fardo mayor. Nosotros pagamos con el desmon­te de nuestros bosques. Tal como aparece ilus­trada por las relaciones de Madiou y Beaubrun Ardouin.

Tesis 9. El fundamento de la nación dominicana no es la raza, sino la cultura

Dominicano es más que negro, más que blanco, más que mulato, estoy, desde luego, parafrasean­do a José Martí. Los dominicanos, a diferencia de los haitianos, no están sujetos a vivir en la esclavi­tud del color. Tampoco estamos dispuestos a im­portar los conflictos de razas que han penetrado copiosamente en la sociedad haitiana y desgarran las relaciones entre los distintos grupos sociales. El prisma del color que aparece en más de diez pasajes de los autores haitianos no era, ni podía ser, el principio en el cual fundar la unidad con los dominicanos. Obsesionados con una especie de sionismo negro, los haitianos imaginan que en los negros dominicanos hallarían los partidarios de esa unidad perdida.

Tesis 10. La vinculación con África

Este hecho, en el cual algunos intelectuales hai­tianos ven como una fórmula de acercamiento entre las dos naciones de La Española, tampo­co significa un abandono de nuestros intereses. Hace diez años le explicaba las circunstancias de nuestro país al presidente de los ACP, que en aquel punto y hora era Peter Maganda, y recuer­do do, como ahora, la respuesta del gran dirigente de la política internacional. África comprende más que cualquier otro continente la situación de los dominicanos con relación a los haitianos, porque en África se ha producido desagregación de poblaciones entre Ruanda y Burundi, entre Camerún y sus vecinos, entre la Costa de Marfil y sus vecinos, y la raza no desempeña ningún papel en la destrucción de las soberanías de esos Estados. La cultura negra común no existe. Solo en la mente de ideólogos y de personajes que no respe­tan la especificidad de los pueblos. En esa parte del mundo todos son negros, y acaso proceden de orígenes próximos, y hay naciones diferenciadas, con intereses, con proyectos y con propósitos dis­tintos.

Como se sabe, soy nacionalista. Mi naciona­lismo nunca ha estado de vacaciones. Porque la República Dominicana es un equilibrio de las po­blaciones, de las culturas, de las economías. Si se rompe ese equilibrio que somos, los resultados históricos, creados por la situación de 1844, que­darían convertidos en aguas de borrajas.

En vista de esto, para nosotros esta obra no nos pone delante de una disyuntiva. Porque no hay vacilación en las lealtades. La obra se lee, al mismo tiempo, como un oropel de circunstancias de nuestra historia diplomática y como una con­figuración polémica en la que llueven los puntos de vista de unos y de otros, y en las que se vive, como he vivido yo al leerla, el drama de nuestra dualidad territorial y política.

Gracias a los embajadores Despradel y Reyes Sánchez por este rico retablo, en el que sin miedo a las ideas, sin miedo al miedo, les expresan nues­tra lealtad a los fundadores de la República.

Manuel Núñez estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de París, donde obtuvo su licencia­tura y maestría e hizo sus estudios de doctorado en Lingüística Aplicada. Ha sido profesor en varias universidades y en el Instituto de Altos Estudios del Ministerio de las Fuerzas Armadas. Es autor, entre otras obras, de El ocaso de la nación dominicana (2002), Peña Batlle en la era de Trujillo (2008) y Los días Alcionios (2011).


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