Artículo de Revista Global 10

Ideas para una clasificación provisional

La diversidad cultural se expresa de muchos modos, y no existe uno que pueda representar el modelo para una definición única. Las características de la diversidad cultural son étnicas, políticas, geográficas y lingüísticas o bien se basan en creencias compartidas de tipo religioso o relacionadas con la supervivencia.

Ideas para una clasificación provisional

Las diferencias entre grupos étnicos vivientes, por un lado, y expresiones étnicas remanentes aceptadas por la generalidad de la sociedad son importantes para un estudio sobre la diversidad cultural, puesto que manejamos varios niveles de aceptación de la misma. Aceptamos la existencia del tipo de diversidad cultural que se centra en las identidades diferentes dentro de un mismo territorio, identidades que conforman culturas dentro de un estado, un territorio o un conjunto de sociedades. Modelos como el de los estados balcánicos son una buena razón para creer que las identidades se manifiestan en estos casos como diversas dentro de una totalidad que se expresa de modo plural. Otros modelos de diversidad cultural menos conflictivos son los relativos a sociedades como la española, por ejemplo, donde la pluralidad se ha autonomizado en gran parte y se revela en una integración que se organiza siempre considerando el Estado como el mecanismo de aglutinación.

En el área del Caribe, la diversidad se establece de otro modo y ha tenido su base de expresión en la dominación colonial que generó la fragmentación de las sociedades indígenas propiciando una mezcla cultural en la que lenguas, costumbres, formas de vida y modelos de creencia dieron lugar a un pluralismo atado, fundamentalmente, a las vertientes coloniales mismas. De ahí que se establezcan los patrones caribeños no ya como formas basadas solamente en la geografía de la cuenca o del espacio geopolítico donde el colonialismo estableció sus dominios, sino como un ámbito en el cual hay similitudes basadas en una secuencia que va desde la prehistoria hasta hoy, en la cual son importantes los ecosistemas, el modelo esclavista, la permanente migración ínter isleña y los modelos económicos que el capitalismo inauguró con la producción agrícola, el hato ganadero, la plantación con sus variantes, la dependencia aún de metrópolis europeas, y en el siglo XIX de las hegemonías nacientes, entre ellas la de los Estados Unidos de América. Esta diversidad por conformación histórica y cultural es bien diferente de las citadas antes, por cuanto responde y ha respondido a una visión y una concepción del Caribe como un espacio geopolítico en el cual lo plural es predominante, creándose la imagen de “lo caribeño” como una entidad que, a nuestro juicio, posee ingredientes hasta cierto punto inconsistentes cuando se habla de “la unidad en la pluralidad”.

El llamado “Caribe” son varias lenguas, varios idiomas créoles, y expresiones artísticas que, si bien poseen la impronta colonial, se manifiestan dentro de concepciones diversas. Las presencias hispanas, holandesa, danesa, francesa, inglesa y norteamericana producen matrices culturales variadas, dando a la identidad de cada lugar una personalidad propia que si bien puede ser concebida idealmente como expresión caribeña, es en el fondo la base de la diversidad creativa y cultural de las islas y aun de las costas que bañan la región. Las posteriores compuestas por hindúes, árabes de varias etnias, chinos e inmigrantes de otras nacionalidades siguen dando al Caribe materia prima para una especie de fermentación capaz de sugerir las variables de identidades fragmentarias en muchos casos. La continuidad de este Caribe en fermentación sigue reproduciéndose.

Dicotomías

Cuando vamos hacia lo que muchos consideran como diversidad cultural en su aspecto local tal como acontece en la República Dominicana, la problemática de establecer hasta dónde hay una relación de las identidades interiores con lo que hemos descrito antes de manera sucinta plantea la problemática de si entender nuestra diversidad como una expresión histórica que generalmente aterriza en lo folclórico, o si considerar que dentro de nuestro territorio existe la diversidad étnica que caracteriza los modelos balcánicos, europeos o plurales en general. Sin dudas, la visión de la diversidad cultural al interior de cada país, o de cada isla, o de cada lugar del Caribe, varía. En la República Dominicana no hay lenguas créoles, no existe un ghetto, y no hay sociedades capaces de, unificadas por designios culturales, influenciar en las decisiones de poder y mucho menos en el proceso de transformación social. La situación apunta en ocasiones hacia formas del pasado o relictos que en muchos casos fueron parte de nichos, más que ghettos desaparecidos. La cultura aborigen dejó un muestrario de elementos culturales¹ que son relictos de sus modos de vida, pero sabemos que el último ghetto aborigen fue el establecido en Boyá, luego del acuerdo entre Enriquillo y Carlos V. En lo relativo a los manieles de esclavos levantados, los mismos no lograron establecerse de manera tal que pudiesen ser considerados como núcleos permanentes de una cultura que incidiera y quedara vigente como una unidad político-social en al ámbito dominicano.²

La base hispana de la sociedad colonial, pobre y mal controlada, produce como consecuencia una necesaria hibridación de valores y de formas culturales en las que los ingredientes de la cultura africana son en parte absorbidos y modificados por la sociedad en general.³ Vale dar un vistazo a las migraciones históricas citadas por autores como Harry Hoetink, Carlos Esteban Deive, Orlando Inoa, José del Castillo y aquellos que han trabajado sobre nuestra conformación étnica, para entender que desde un primer momento la sociedad dominicana se mestizó de manera general, produciéndose la hibridación de las formas culturales, las cuales dieron como punto de referencia en lo musical, en lo ritual, en lo material, expresiones que no se asentaron definitivamente como parte de un ghetto, sino como formas culturales centradas en tradiciones que la propia Iglesia Católica acogía con eclecticismo, como era el caso de las velaciones; la incorporación del campesinado a festividades como la del Santo Cristo de Bayaguana;⁴ el llamado Rosario de la Aurora desarrollado por los descendientes de esclavos de Los Mina en el barrio de Santa Bárbara, en la capital dominicana,⁵ o los fandangos, festividades en las cuales negros, blancos y mulatos compartían en la zona rural música y baile con acentos Afro-hispanos.⁶ Todo el calendario ritual dominicano está centrado en festividades que pueden considerarse híbridas.

Nuestra diversidad cultural apunta hacia una base hispánica, con elementos indígenas como formas de supervivencia, y aportes contundentes e indudables de elementos africanos, como una herencia cultural que se hizo fundamental en todo el Caribe. Entonces nuestra concepción de lo que consideramos diversidad cultural dominicana parte del hecho claro y establecido de que nuestras diferencias con modelos como los citados se producen debido a la ausencia de enclaves divisorios que pudieran influenciar decisiones políticas y sociales. Hasta el momento la concepción del “rescate de valores” nos da la pauta de que el esfuerzo que hacen las autoridades dominicanas es el de preservar relictos, mantener vigentes costumbres locales que pudieran desaparecer, pero que es imposible encontrar casos cerrados de identidad local separados de la identidad nacional. Podría señalarse como un notable caso de identidad cerrada, confrontadora del estado o diferente de los intereses del Estado mismo, la resurrección de las creencias de Olivorio Mateo y de la concepción mesiánica que le dieran los llamados “mellizos de Palma Sola”, atados a un mesianismo que enfrentó la concepción del Estado mismo, pero no como consecuencia de protestas orientadas a la transformación social, sino como respuesta a las creencias católicas y al dominio eclesiástico y político en lo relativo a la concepción de la divinidad y de sus maneras de expresión.

Olivorio Mateo, figura central sobre la cual se establecía el rito, alcanzó, como en casi todos los milenarismos, auto presencia de dios, y su culto se elevó al de una figura competitiva en lo político y en lo religioso cuando sus seguidores establecieron un nicho cultural contestatario en Palma Sola.⁷ Palma Sola podría ser, en cuanto a la diversidad cultural de orden identitario y cerrado, el modelo moderno único de confrontación entre el Estado, los valores burgueses y eclesiásticos y el ecosistema social.

Relictos

La tesis que planteo se basa en el hecho de que la diversidad cultural del tipo relicto no influye con notoriedad en las decisiones sociales, y en que la mayoría de las veces las mismas quedan como expresión folclórica, como modelo de lo que antes tuvo una importancia real. He tratado otras veces el tema de la recuperación de elementos culturales en desbandada, pero convertidos en “autoctonismo” de orden folclórico. En los últimos años la Unesco ha prohijado la necesidad de declarar como patrimonio social relictos que se plantean como una parte del pasado y que aún funcionan dentro de un ámbito limitado, al que vengo llamando “nicho”. El caso de los llamados “congos de Villa Mella” ilustra el punto, pero igualmente lo ilustra el reconocimiento de los llamados “Guloyas” en San Pedro de Macorís. Los Guloyas son parte del ghetto “cocolo” que se instauró con el auge del azúcar, y son en verdad una presencia tardía en la República Dominicana. Sabemos que como injerto cultural vienen hacia los años veinte del siglo pasado desde Saint Kitts y las islas inglesas, y que son la repetición de una modalidad afro-inglesa.

Cuando llegan son ya un híbrido: redoblante militar inglés, flauta dulce, vestimenta de tipo irlandés modificada, leyenda bíblica como base y ritmo africano. El premio de la unesco, a nuestro juicio, debió ser compartido con los cocolos de Saint Kitts y las islas inglesas donde el espectáculo Guloya (voz procedente de la bíblica Goliat) ha sido parte de la comunidad total y elemento local que comparte toda la isla, a diferencia de su presencia dominicana que es en parte una expresión de transferencia de la provincia de San Pedro y, en lo laboral, de la industria decadente del azúcar. Permanencias de este tipo, como la “calenda” y el “bamboulá”, se han producido como parte de nuestro folclore de inmigración con los libertos traídos a Samaná por Boyer.⁸ Muchas veces la concepción de la etnicidad se manifiesta como parte de una tradición en ocasiones estancada. En muchos lugares del país donde la presencia antigua de los inmigrantes fue importante, los relictos son parte de identidades locales insertas, claro está, en la identidad cultural y nacional de los dominicanos. La razón por la cual se debe dar protección a estas expresiones es, precisamente, la de que las mismas son parte de nuestra historia, explican procesos, aunque funcionalmente estén distantes de nuestro modo de vida general. Son, al fin y al cabo, valores históricos. Lo que habría que evitar es convertirlos en valores de exhibición agregándoles novedades de última hora y presentarlos para un público que determina, por su gusto de lo exótico y de la deformación, una transformación innecesaria y letal. Me refiero con ello a los programas turísticos que atentan, muchas veces, contra la realidad cultural y la tradición. Pero igualmente a los televisivos y de espectáculos que se orientan hacia esa línea. Sin embargo, presentados como base de nuevas formas creativas, sin tratar de dar esas formas como las originales, apuntan hacia posibilidades nuevas de usar su riqueza como parte de nuestra cultura moderna. Una de las características que Harry Hoetink ha señalado como elemento importante en la fusión de las expresiones culturales dominicanas es el eclecticismo de la misma, la capacidad de absorción y de asimilación de formas en principio ajenas a la base originaria indo-hispano-africana.⁹ En tal sentido, la novedad es un paso importante en las lides de la creatividad.

¿La primera comunidad de intereses?

La primera comunidad de intereses en lo que sería luego el estado-nación dominicano pareció darse parcialmente con Hernando Montoro y la acción de las devastaciones de Osorio.¹⁰ Montoro enarboló, como es sabido, valores locales y políticos al oponerse a las reglas de la monarquía contra el monopolio monárquico. Líder de una facción si no anticolonial, desapegada y opuesta por razones económicas a la monarquía, consolidaba valores nuevos que han sido bien tratados en la novela de Carlos Esteban Deive titulada Las devastaciones. El desplazamiento de las poblaciones no hizo otra cosa que generar mayor pobreza colonial, entregar a la postre el territorio occidental de la isla a Francia, y convertir en frontera un espacio inmenso que por sus nuevos modelos de explotación intensiva, basados en la esclavitud y el azúcar, se convertía en mercado sustancial de la producción de la parte oriental de la isla. El esclavo de la parte oriental discriminaba al de la parte occidental. El modelo de producción esclavista francés en las colonias era bien diferente del modelo hispano que desde el mismo siglo XVII se basó en el hato ganadero. Nuestra diversidad cultural se iniciaba primariamente por la pobreza y la falta de verdaderos centros urbanos, en una mezcla de creencias hispanas y africanas. El marco precapitalista imperaba. La conformación fenotípica era la de una sociedad mulata en más de un 75 por ciento, donde la diferencia racial tenía menos importancia que en el territorio ocupado por los franceses.¹¹ Las lenguas africanas no funcionaron generando un créole dominicano y los escapados de la parte occidental se integraron en ocasiones en asentamientos y nichos organizados por la colonia, como lo fuera el poblado de San Lorenzo de Los Mina. La conformación étnica temprana del dominicano, o de quienes seríamos dominicanos, se producía como una manera de supervivencia, en la cual la mezcla racial de las zonas rurales y apartadas hablaba de una sociedad sin los prejuicios de los altos dignatarios de la corona, los cuales, de cualquier modo, se ayuntaban con mulatas y negras, tal y como lo revelan importantes trabajos como los de J. Marino Incháustegui y el propio Carlos Esteban Deive.¹²

Esa mezcla racial y cultural prohijaba la ausencia del ghetto. El amor generalizado de los dominicanos por los toques africanos proviene del fandango o fiesta que hacía mezclas instrumentales en las cuales los membranófonos eran fundamentales, como lo son o eran los toques de origen congo, toques los más comunes en nuestra música velatoria rural y en los bailes afrohispanos. Desde el siglo XVII, el fandango ocupó una parte lúdica de la vida rural. La mezcla religiosa hispano-africana es rica en expresiones como ésta y vale citar las festividades de San Juan y las fiestas de la llamada Sarandunga en el norte de Baní, donde el santo es adorado, bautizado y los toques de los bailes que componen el momento lúdico responden al más profundo sentido de la música conga. La Sarandunga se baila en parejas, los movimientos son afros y los pasos hispanos, el bakunao o golpe de cintura emerge en ocasiones, y la visita del santo a las casas de la comunidad de La Vereda responde al rito católico de la visitación con la finalidad de llevar paz, amor y prosperidad al que lo acoge y le da techo. Me explico: hay también diversidad cultural en las etnias que dentro de un mismo territorio tienen tradiciones, rituales, historia y modos de vida diversos, pero existe diversidad cultural igualmente, aunque de otro modo, en sociedades más o menos homogéneas que, compartiendo los mismos valores, presentan nichos producto de tradiciones que en su momento formaron parte de su base histórica. Sobre esta premisa consideramos que en la República Dominicana el proceso de mezcla cultural integró expresiones que ahora parecen esfumarse debido al proceso de globalización, a las notables influencias de la televisión, la radio, la prensa y las idas y vueltas de emigración-inmigración. 

La cultura es funcional

Es muy posible que una expresión cultural desaparezca cuando no tiene justificación social. En el folclore dominicano el “canto de hacha”, los pregones, muchas tradiciones de medicina botánica, ritmos antiguos, amuletos, décimas, adivinanzas, cuentos de camino, ex votos, y otras expresiones que eran fundamentales para la ex presión de lo cotidiano han ido desapareciendo, lo mismo que palabras, refranes, ritos, costumbres y leyendas, mientras se incorporan nuevas expresiones transformadoras aceptadas dentro del contexto rural y de plantación, como son el llamado gagá, y en todo el territorio el vudú, con divisiones o loás dominicanos que actúan de acuerdo a la vida cotidiana y las necesidades más perentorias de los que invocan su ayuda. Pero también la influencia nórdica de músicas, bailes y ritmos nuevos es estudiable y costumbres que sustituyen la moral local o que confrontan viejas fórmulas culturales ancestrales.

Vale decir que la diversidad creativa, mal incentivada, fuera de toda política estatal, ha sido en gran parte abandonada por la facilitación de fusiones y formas importadas que, debido al comercio y la implantación, anulan las modélicas formas nacionales que pudieran aún ser funcionales. Una política orientada a la diversidad creativa necesita estudios sociológicos con plantillas en las que se establezcan las prioridades del Estado.

El antropólogo norteamericano Marshall Shalins ha hecho énfasis en que una cosa es la cultura vista como algo relacionado con el humanismo y otra es la visión que habremos de tener de ella si la consideramos “como el conjunto de rasgos distintivos que caracterizan el modo de vida de un pueblo o de una sociedad”.¹³ El autor señala que esta visión contradictoria se basa en la confusión académica. Puesto que la cultura es expresión del modo de vida, su estudio antropológico debe partir de la posibilidad de colocarla en un primer plano del quehacer político para incentivar el desarrollo total de la sociedad. En tal sentido, y dentro del país, el establecimiento de aquellas especificidades que determinan la identidad cultural, su reconocimiento y posibilidades potenciales, son la base para la creación, mejoramiento y protección del capital humano necesario para enfrentar y neutralizar los procesos de globalización que amenazan con homogenizarnos. En este caso, homogenización querría decir eliminación de los valores de la identidad para el insuflamiento de valores globales, comunes a todo un sistema, y capaces de permitir el manejo de nuestras culturas y de nuestros modelos de vida. En tal sentido el sistema global atentaría contra la diversidad, punto clave, en algunos casos, de la propia identidad. En esa nueva visión, defensora de la pluralidad interior, cabe la asimilación, creación, promoción y adaptación de una tecnología adecuada a los valores de la identidad. En las circunstancias actuales, tal y como dicen los integrantes de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo refiriéndose a logros en los cuales la tecnología no ha sido óbice para mantener vigentes los valores locales, puede afirmarse que “se ha logrado pasar con éxito del sistema global al local cuando los factores culturales han sido tenidos en cuenta explícita y cuidadosamente. Esas transferencias requieren innovación técnica, económica y social, conforme los pueblos recuperan la iniciativa. Por lo tanto, hay que prestar especial atención al saber lo que cada cultura ha aportado al patrimonio intelectual del mundo”.¹⁴ El novelista mejicano Carlos Fuentes señalaba hace ya tiempo que una de las salidas para escapar de la presión global de cara al siglo XXI era buscar, incentivar soluciones propias aupando una política de creatividad local. Confiaba en que poseíamos, en el caso latinoamericano, la imaginación, la tradición y las reservas para organizar “nuestros propios modelos de desarrollo”. La diversidad cultural no es, por lo tanto, el relicto que en países como la República Dominicana se da como folclore de la diversidad, sino que debe ser también la experiencia acumulada, recreada en diversas formas y esto es diversidad para modificar favorablemente nuestro entorno haciendo posible modos de vida mejores.¹⁵

Propuesta y cierre

  1. El origen étnico dentro de una sociedad global es el tipo de identidad diversa producto de la fragmentación de un territorio en función de las identidades que contiene. Caso de los Balcanes y sociedades-estado en las cuales hubo y hay nacionalidades y lenguas diferentes. Vale entonces decir que se trata de lo que podríamos llamar “diversidad balcanizada”. Estas identidades pueden ser confrontadoras de otras y sus diversas culturas están generalmente desasimiladas las unas de las otras.
  2. Sociedades nacionales con presencias autónomas establecidas que forman parte, desde el punto de vista del desarrollo cultural, de la propia sociedad global, donde lo diverso es parte de una totalidad aceptada.
  3. Sociedades como las antillanas y caribeñas que, compartiendo un desarrollo colonial capitalista más o menos común, se presentan como entidades con gran influencia y hasta dependencia de los viejos lazos coloniales. La pluralidad es uno de sus puntos de referencia. Los créoles son parte de su identidad y la criollidad un elemento común a muchas de ellas.

En los modelos caribeños existen diversidades culturales interiores, relictos de la vida colonial, y valores actuantes de una hibridación producto de la permanente inclusión desde el siglo XVI hasta nuestros días de migraciones naturales o forzadas. La posibilidad de ghettos no se percibe y en cambio sí el “nicho cultural”, que es un relicto característico de sociedades originarias o de otras llegadas más tardíamente con experiencias aún vigentes y que están imbricadas sin traumas sociales, como parte del Estado nacional. Este tipo de modelo podría ser común igualmente a muchos lugares de África y de Oceanía, donde el proceso colonialista generó, como en el Caribe, sociedades fragmentarias imponiendo lenguas y culturas con tendencia a las hibridaciones.

Marcio veloz Maggiolo, dominicano (1936), es doctor en Historia de América de la Universidad de Madrid, licenciado en Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Profesor, escritor, ganador del Premio Nacional de Ciencias por su obra antropológica y Premio Nacional de Literatura por su labor como narrador. Parte de su literatura creativa y antropológica aborda los temas del mestizaje, la diversidad cultural y la identidad dominicana.

Notas

  1. Bernardo Vega nos ha dejado un buen resumen de estas supervivencias, entre las que se citan el conuco, el cultivo de roza, el uso casi desaparecido de montículos agrícolas, alimentos como el maíz y el casabe. Usos como el del tabaco, sistemas de pesca con redes, barbasco, toponimias y otras expresiones.
  2. Un importante proceso de hibridación se produce ya antes de mediados del siglo XVI, cuando Enriquillo une a sus hombres esclavos alzados contra la corona. Sería quizás el momento inicial de acuerdos bélicos entre sociedades y culturas de origen diverso en las Antillas.
  3. Carlos Esteban Deive analiza la situación en Identidad y racismo en la República Dominicana. Al hacer estudios importantes sobre el proceso de hibridación, con gran acopio documental, el autor ha contribuido a equilibrar la visión cultural de la sociedad dominicana.
  4. La fiesta, a comienzos de año, se basa en la tradición hatera de obsequiar un becerro al Santo Cristo de los Milagros, representado por la Iglesia católica. La ofrenda va a los fondos de la misma para obras sociales. El complejo festivo es importante, y las peregrinaciones al lugar recuerdan los tiempos en que fue fundada la villa y los milagros que el Cristo ha hecho.
  5. El Día de Santa Bárbara, los descendientes de esclavos del poblado ribereño de Los Mina, en la parte norte del río Ozama, celebraban la festividad en la planicie de la iglesia de Santa Bárbara. Se usaban tambores, fotutos de bambú, como los del gagá, y las celebraciones duraban varios días.
  6. El fandango no es un tipo de música, sino un modelo de diversión. Su más importante característica es la conjunción de elementos culturales de diverso orden. Común a muchos puntos de América, el nombre se discute en Glosario de Afronegrismos como de varias procedencias, incluyendo el árabe. En el libro, Fernando Ortiz apunta hacia un origen mandinga, puesto que en ese dialecto la palabra “fanda” significa convite, “dar de comer”, “fiesta donde se come”.
  7. La matanza de Palma Sola, gestada por políticos y militares durante el ejercicio del poder del Consejo de Estado que en 1962 regía el país, puede ser considerada como un caso importante de etnocidio político. Igualmente la del año 1937 ordenada por Trujillo contra las poblaciones haitianas del noroeste del país. Ambos fenómenos ocurrieron contra gente indefensa y como una confrontación del Estado con intereses contrarios al mismo. (Ver bibliografía citada).
  8. Jean Pierre Boyer, presidente de Haití en 1822, al poco tiempo de invadir la parte oriental de la isla liberó los esclavos y produjo asentamientos de metodistas norteamericanos negros en Samaná y Puerto Plata, propiciando, además, la repartición de tierras a la población. La incorporación del protestantismo y de las festividades religiosas y athens o cánticos, así como costumbre rurales importadas fueron elementos que enriquecieron la vida dominicana. En Samaná se produjo un conato de lengua créole que alcanzó únicamente el ghetto norteamericano.
  9. Al hacer mención de la capacidad del dominicano para asimilar grupos no locales que incluyen canarios isleños, judíos, peninsulares, cubanos, puertorriqueños y haitianos que vivían “tranquilamente” hacia 1871 en nuestro territorio, Hoetink destaca la capacidad del dominicano para adaptarse a nuevas formas de cultura.
  10. Carlos Esteban Deive, en su novela Las Devastaciones, Premio Siboney, logra un formidable cuadro del momento en que el contrabando auspiciado por las propias autoridades hispanas conformaba en la costa norte una sociedad pequeña y alejada de los valores de la monarquía. Los temores de Felipe II y III de que el protestantismo se expandiese y la falta de control para detener las riquezas que se producían fuera de la ley y del monopolio generaron una gama de valores nuevos de pobladores criollos contra la corona, produciéndose una ruptura que dio al traste con las poblaciones de la costa norte y occidental de la isla.
  11. La mayoría de las estadísticas coinciden en que la mezcla racial a finales del siglo XVIII estaba conformada aproximadamente entre un 75 y un 80 por ciento de población mestiza.
  12. Ambos autores hacen referencia, usando documentos del Archivo de Indias de Sevilla, a la vida dispendiosa y a la corrupción que carcomía la colonia a partir de mediados del siglo XVI, y aún antes. (Ver bibliografía)
  13. Marshall Shalins ha escrito importantes obras sobre culturas tribales, y sus estudios etnológicos sobre parentesco son de suma importancia para entender el proceso de la diversidad cultural en el orden tribal.
  14. Se puede encontrar información más detallada en el texto Nuestra Diversidad Creativa, Informe de la Comisión de Cultura y Desarrollo, trabajo realizado bajo la coordinación de Javier Pérez de Cuellar, México, 1997.

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