Artículo de Revista Global 63

José Rafael Lantigua: “Nunca busqué ser crítico”

Artífice de la Feria del Libro, exministro de Cultura, miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, crítico literario, bibliófilo, ensayista, periodista y poeta, José Rafael Lantigua es un referente ejemplar en el ámbito de la promoción y difusión del libro dominicano, labor que desarrolló durante veinte años a través del suplemento cultural Biblioteca, que fundó y dirigió con pasión, constancia, dinamismo y generosidad. Antes que un crítico literario per se, su criterio crítico sobre el libro y la lectura lo ha ejercido desde la atalaya de la celebración libresca y la experiencia de lector empedernido y apasionado bibliófilo, cuya biblioteca personal y sentimental es la expresión de su afán quijotesco por crear una Babel de letras como celebrante de la palabra y del oficio fantástico e imaginario de concebir la vida como una biblioteca, como diría el inmenso Borges.

José Rafael Lantigua: “Nunca busqué ser crítico”

Para los lectores de Global, presentamos esta entrevista con José Rafael Lantigua, a propósito de la edición en siete volúmenes de su obra crítica reunida durante veinte años de ejercicio ininterrumpido de reseñas y comentarios de libros dominicanos y extranjeros en el diarismo nacional.

¿Qué representa para usted reunir en siete volúmenes sus recensiones críticas de veinte años de labor periodística semanal, de manera ininterrumpida?

Cumplir con una petición que, durante años, muchos lectores me hicieron, y atender el reclamo de mi propio interés. Han pasado casi doce años desde que Biblioteca dejó de existir y el diarismo dominicano no ha logrado compactar un suplemento con las características del que nos tocó fundar y dirigir. Los libros de nuestros autores, y no hablemos de los extranjeros, no encuentran espacio de difusión, salvo una que otra reseña social de la puesta en circulación, y solo en casos específicos. Salvar para la posteridad estos escritos, si acaso la posteridad terminase interesándose en este objetivo, es tal vez lograr que los autores cuyos libros merecieron nuestra atención sean buscados y leídos por los lectores de hoy y de mañana. Creo no equivocarme si afirmo que con esa amplia lista de autores y libros que Biblioteca impulsó puede confeccionarse un canon de la literatura dominicana y extranjera de esos veinte años de existencia de nuestro suplemento.

¿Por qué el título «Espacios y resonancias»?

Son dos vocablos de una frase de Octavio Paz que leí hace muchos años y que ahora no recuerdo de cuál de sus libros los extraje. Manejé por mucho tiempo este título, porque encaja perfectamente con el propósito de Biblioteca: abrir espacios a los autores consagrados y noveles, algunos incluso muy noveles, casi aprendices entonces y hoy con nombres reconocidos. Y dejar que fluyeran, en mis escritos, las resonancias que esos poemas, cuentos, novelas, ensayos, debían producir en el escenario de la literatura dominicana de la época. No pocos que nacieron en el espacio que Biblioteca les abrió, hoy tienen resonancia nacional y, en algunos casos, internacional.

¿Sus comentarios críticos sobre libros de la actualidad cultural dominicana constituyeron para usted un aprendizaje, una disciplina de lectura, un método de estudio o un autoexamen de la realidad histórica, literaria e intelectual del país durante los veinte años del suplemento literario Biblioteca?

Significaron todo lo que señalas y mucho más. Biblioteca fue un impulsor de lecturas, pero yo mismo me beneficié de esa andadura. Funcionó al mismo tiempo como una armadura para defenderme de los malos libros, y como una droga de largo efecto: soy desde entonces un adicto irremediable a la lectura.

¿Qué satisfacción siente un escritor, promotor literario y periodista cultural después de haber contribuido a difundir, divulgar y promover a tantos autores consagrados y emergentes que hoy tienen un sitial importante en las letras nacionales?

Podría decirte varias frases clisé, con las que habitualmente se responden este tipo de preguntas. Solo quiero creer que cumplí una tarea que nadie me encomendó, cuyo único objetivo fue compartir como lector mis lecturas con otros lectores. Nada más ni nada menos. Si esta tarea resultó una misión más trascendente que la yo me propuse, que sean otros los que la definan.

Contrario a muchos críticos literarios que son castrantes porque coartan carreras literarias, y que ejercen el oficio crítico con autoritarismo y armados de un aparato teórico, de un método académico que responde a una corriente crítica específica, el suyo ha sido un quehacer crítico matizado por la celebración, el entusiasmo y el estímulo como forma y método de lectura. De ahí que su teoría de la literatura es, en cierto modo, una experiencia de lectura, no una crítica que aleja al lector del autor o al lector del libro, sino que usted es un crítico que ejerció durante dos décadas el oficio no desde el ámbito académico –a pesar de que usted es un académico–, sino una crítica en el marco del periodismo cultural nunca vista en el país. ¿Qué opina de mis juicios y apreciaciones?

Preferiría no denostar ni menospreciar ninguna carrera literaria dentro del ámbito de la crítica. Fíjate. Todos los críticos reconocidos de hoy y de ayer fueron objeto de mis comentarios, y en ellos plasmé no solo mi respeto por su labor o por las enseñanzas que, sin duda, recibí, y aún recibo, de sus libros y teorías literarias, sino también mis discrepancias con determinadas observaciones o juicios, algo que de ninguna manera constituye una ofensa a sus merecimientos. Nunca busqué ser crítico, no fui ni a España ni a París a formarme como tal. Yo era un simple lector que un día entendió que debía compartir sus lecturas, no deseaba que fuese un hacer solitario, sino que buscaba encontrar amigos con quienes debatir sobre un texto o celebrar alguna creación literaria. Tuve claro siempre que mis páginas debían estimular, a tono con lo que un día me señaló un maestro, el poeta Antonio Fernández Spencer, que dijo que en un país como el nuestro la crítica que se necesitaba era la que vinculara a los lectores potenciales con el libro, y no la que los alejara de este bien cultural. No sé si lo logré, pero solo eso intenté hacer.

Su vocación crítica y de conciencia de la difusión de la lectura, o, más bien, esa necesidad de compartir sus experiencias de lectura de libros dominicanos y extranjeros de calidad, ¿de dónde le vino o le surgió?

De nadie en particular y tal vez también de muchos. Nadie me enseñó, ni me orientó, para que me convirtiera en comentarista de libros. Hay antecedentes en mi biografía personal de profesores del bachillerato y de la universidad –el propio Fernández Spencer, Mariano Lebrón, Malaquías Gil, Esthervina Matos, entre otros, en la unphu, y antes, el padre José Luis Álvarez y don Ricardo Miniño, en la pucmm (este último con quien comparto escaño en la Academia Dominicana de la Lengua)– que influyeron en mi disciplina como lector y en mi formación como escritor. Ninguno de ellos forjó en mí la vocación crítica, aunque sí, con toda seguridad, crearon en mí la necesidad de compartir mis lecturas.

Después de la salida del ciclo histórico de Biblioteca, en 2003, ¿Cómo usted ve el panorama de la crítica literaria en el país, y del periodismo cultural en la prensa local? ¿Hay un vacío dejado por este suplemento o ha sido llenado por otros medios impresos o digitales?

Obviamente, todos saben que ha desaparecido la crítica de libros, que apenas hay reseñas, muy pocas, en algunos medios. El periodismo cultural atiende más las virutas faranduleras y los escarceos de los mentideros culturales que la propia cultura, en su sentido más amplio y trascendente. Queda un solo suplemento que no es propiamente literario, pero sí cultural, en el diario Hoy. Pero vivimos otra etapa y cursan desde hace rato otros intereses y otras premisas en la conducción del diarismo nacional. Nuestra literatura no está huérfana de críticos, como se suele repetir, sino de espacios para una crítica que promueva y expanda el interés por la lectura. Los medios digitales tal vez puedan abrir ese espacio que se encuentra cerrado desde hace tiempo.

¿Cuál será el destino de los suplementos culturales en el país y el mundo? ¿Están en crisis o se han transformado? ¿Qué hace falta? ¿Qué tan necesarios son o fueron? ¿Por qué han desaparecido?

No han desaparecido por crisis en la cultura. Han desaparecido por una nueva visión, más comercial, de los medios impresos de gran calado. Hubo una época en que se podían sostener estos suplementos sin que nunca les llegase un anuncio. Se consideraba un honor tener un suplemento cultural, aunque tal vez nunca se vio la trascendencia de ese honor. Movimientos literarios, carreras intelectuales, nombres y obras importantes surgieron en esos espacios, y hoy día es lo que queda en la historia de esos diarios de forma más resaltante. Empero, hoy, por costos y demandas del mercado se hace imposible sostener un suplemento literario o cultural sin publicidad. Hay que ser objetivos. Esa es la pura verdad. Las revistas cumplen un rol pero secundario, sobre todo en países como el nuestro –y no somos excepción, hay muchos otros países en esa línea– donde no tenemos una población lectorial relevante ni de libros ni de revistas. Cuando la crisis económica de Argentina, el barrilito y aquellas cosas, los diarios cerraron sus suplementos literarios, en un país donde había competencia en este renglón por su larga y ejemplar tradición cultural. Un grupo de intelectuales jóvenes decidió llenar el vacío creando un suplemento que al diario que le correspondió difundirlo no le costaba un centavo. Así salvaron los argentinos su largo prestigio y su vinculante tradición cultural y literaria.

El ejercicio crítico en usted es un acto de generosidad, altruismo y pasión lectora, de apertura estética, pluralidad de criterios y una vocación inquebrantable por promover y difundir el libro y el autor dominicanos. ¿Cómo logró este equilibrio, sin caer en la tentación de la diatriba, la crítica estéril y castrante –que las hay–, el terrorismo intelectual y la teoría dogmática?

Por la apertura. Todos tenían cabida y todos sabían que podían contar con Biblioteca como espacio para dar a conocer sus creaciones literarias o sus juicios sobre la literatura dominicana. En una ocasión me llegaron con la propuesta de un plagio atribuido a un reconocido escritor y negué mi espacio para esos fines. Otras veces, tuve que servir el escenario para debates con altura sobre el quehacer de la literatura entre escritores de visiones encontradas. Alguna vez, he de decirlo, caí en el error de admitir algunos artículos que resultaban frívolos e hirientes, pero a tiempo los “sacaba del aire”, pues eso no iba en consonancia con mi visión del ejercicio que realizaba en ese momento. Mantener el equilibrio en una sociedad literaria donde todos tienen su enemigo preferido no fue tarea fácil.

En los comentarios de la contratapa de cada volumen de Espacios y resonancias he visto que todos los autores coinciden en expresar sobre usted –y Biblioteca– una profunda gratitud y una gran satisfacción por su labor tesonera, generosa y entusiasta al fundar un suplemento plural, dinámico y vivo en las letras nacionales, donde vieron reseñar sus obras ¿Qué satisfacción le deparan y qué opinión le merecen?

Una inmensa ola de gratitud me recoge las vísceras y el corazón, hasta llegar al cerebelo. A veces creo que estoy mereciendo ya el Premio Nobel. Son actitudes fraternas, encomios de la gratitud y la amistad que yo busco reciprocar del mismo modo. Ayer y hoy. No he cambiado en nada mis principios en este sentido.

¿Siente usted que cumplió una misión cultural en la difusión del libro y la lectura?, ¿Percibe que su legado ha dejado frutos tangibles, descubierto talentos literarios y haber contribuido a la formación de una tradición lectora y autoral en el país?

Mi obra habla por sí sola. Sin falsa modestia.

¿Cómo se siente y cómo logró reunir su obra crítica de Biblioteca en estos siete volúmenes, lo que supone, a mi juicio, una ardua labor de autoedición –o edición– y cuidado, tan difícil y titánica, una tarea que pienso tan compleja como la de escribir y editar, en su momento, cada semana el cuerpo de este suplemento, que incluía no solo estas reseñas, sino también su editorial, noticias literarias nacionales y extranjeras, a veces entrevistas y reportajes, es decir, un conjunto de expresiones literarias o géneros, y que realmente era un ejercicio intelectual ciclópeo y consagratorio?

Ha sido una labor de casi un par de años. Nunca pensé que iba a resultar tan ardua y difícil. Me siento regocijado por los prólogos que acompañan cada volumen, todos de personalidades relevantes y respetadas de nuestra intelectualidad y del exterior. Y, como bien dices, no son siete, son ocho volúmenes, porque no son solo los siete de Espacios y resonancias, sino el libro de 550 páginas, La palabra para ser dicha, publicado en 2012, que recoge los «editorialitos» de Biblioteca, los «Mi acento», que, al decir de varios escritores y periodistas amigos, eran lo primero que buscaban en el suplemento. Ahí está pues la historia de la literatura dominicana durante veinte años. Y mi historia personal como activista literario nacional. Una labor y una historia que tal vez no concluyó en 2003, pues los trabajos que componen el volumen VI de Espacios y resonancias, subtitulado «Exordios y encomios» atestigua que, en medio de otros oficios e intereses, continué presentando y comentando libros, y resaltando autores que merecían, y siguen mereciendo, la atención entusiasta de sus congéneres, de sus compatriotas, a ver si algún día podemos decir que se ha forjado, al fin, una verdadera sociedad de lectores entre nosotros.

Basilio Belliard es poeta, ensayista y crítico literario. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Tiene un máster en Filosofía por la Universidad del País Vasco y la uasd, con una tesina titulada «Filosofía y poesía: una relación histórica de atracción y repulsión». Entre sus publicaciones destacan Diario del autófago (poesía, 1997), Vuelos de la memoria (poesía y ensayo, 1999), Poética de la palabra. Ensayos de teoría literaria (2005), Sueño escrito (Premio Nacional de Poesía, 2002), Balada del ermitaño y otros poemas (2007), Oficio de arena (minificciones, 2011), Soberanía de la pasión (ensayo, 2012) y El imperio de la intuición (ensayo, 2013). Actualmente es director de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura y director-fundador de la revista País Cultural.


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