Artículo de Revista Global 37

Juan Bosch y la arritmia de la historia

En el corto espacio de tiempo que duró su mandato presidencial, Bosch hizo aprobar una nueva constitución y diseño una reforma agraria que nunca se concretó. Se daban así los primeros e incipientes pasos dirigidos a solucionar unos males no exclusivos de este país, pues afligían el futuro incierto de toda América Latina: la falta de institucionalidad democrática avivada por la corrupción.

Juan Bosch y la arritmia de la historia

Tuve ocasión de expresar hace meses, en una conferencia que dicté en Madrid, cuál es el único título, si alguno tengo, que me permite glosar entre otras cosas algunos aspectos de la figura y obra de don Juan Bosch: consiste en el hecho de haberle tratado personalmente durante una breve pero intensa etapa, en la que menudearon nuestros encuentros con motivo de la edición española de su opúsculo El pentagonismo, sustituto del imperialismo.

Bosch había sido derrocado por un golpe militar. Los conmilitones que lo detuvieron para expulsarlo a Puerto Rico apenas siete meses después de que asumiera el cargo argumentaron, sin prueba alguna, su militancia comunista o procomunista. Pero independientemente de la amarga peripecia personal y del fracaso institucional para el progreso del país, en su período como primer mandatario comenzó un proceso de modernización de la República Dominicana que trataba de dar respuesta a lo que Bosch denominó como una arritmia histórica en su devenir.

Titulo de esta manera el artículo, “Juan Bosch y la arritmia de la historia”, con la seguridad de que este es un concepto no del todo conocido por el público dominicano actual. En el corto espacio de tiempo que duró su mandato presidencial, Bosch hizo aprobar una nueva constitución y diseñó

una reforma agraria que nunca se concretó. Se daban así los primeros e incipientes pasos dirigidos a solucionar unos males no exclusivos de este país, pues afligían al futuro incierto de toda América Latina: la falta de institucionalidad democrática avivada por la corrupción, una desigualdad social que alimentaba los sueños y las aventuras revolucionarias, una vulneración constante y culpable de los derechos humanos y un tributo a la violencia como forma de acción política capaz de rebajar el valor de la vida hasta extremos inimaginables.

Muchas de estas cosas, superadas hoy felizmente siquiera de forma parcial en algunos países de la región, mantienen un parentesco cierto con los defectos y carencias de la antigua metrópolis española, de la que esos países comenzaron a independizarse hace ahora doscientos años. La huella dejada por España en Santo Domingo, así como las relaciones tumultuosas y controvertidas en el interior de las elites gobernantes a ambos lados del Atlántico, hablan de no pocos paralelismos entre nuestras sociedades y, en cualquier caso, de una intensa relación que ha perdurado hasta la actualidad.

La figura de Bosch, disertando en Madrid o paseando por la playa de Benidorm, llegó a hacerse natural, casi cotidiana, para muchos españoles. El exilio, que durante siglos ha resultado un destino maldito para los pueblos que hablan nuestra lengua, convergió más tarde con la emigración de cientos de miles de personas que, en sus viajes de ida y vuelta a través del océano, han logrado, a veces con dolor, a veces con pletórica alegría, mantener una comunidad hispana unida y fértil frente a los avatares de la política y las insidias del poder.

Recuerdos coloniales

La Española fue la primera colonia europea del Nuevo Mundo y en su capital, la ciudad primada de América, se originaron también las primeras instituciones culturales y sociales coloniales: se construyeron las primeras fortalezas, las primeras iglesias y la primera catedral, se erigieron el primer hospital llamado de “los muertos”, la primera Universidad –tan pronto como en 1538– y el primer puerto de América.

Hasta finales del siglo XVI, La Española fue fuente de grandes beneficios para la metrópoli, gracias a sus riquezas minerales y a las plantaciones de azúcar, pero las minas auríferas se agotaron, los ambiciosos colonos buscaron El Dorado, el comercio de azúcar fue limitado por la metrópoli y la isla se despobló considerablemente, convirtiéndose en difusa frontera del imperio, asaltada de continuo por piratas y bucaneros.

La importación masiva de esclavos, aparte del oprobio moral que significaba, presentó un cambio formidable en el sistema económico y productivo de la isla y en la identidad cultural y social dominicana, producto desde entonces del mestizaje entre los elementos español y africano.

Podemos encontrar rasgos de ese ocasional paralelismo histórico entre nuestros dos países, y de la arritmia diagnosticada por Bosch, en las caóticas invasiones francesas de la península Ibérica y de la isla de Santo Domingo. La ocupación napoleónica y los acontecimientos revolucionarios iniciados en 1808 generaron una crisis en las colonias americanas que las autoridades españolas no pudieron superar.

Los criollos pasaron en poco tiempo de la adhesión a la metrópoli invadida, el fidelísmo, a la creación de instituciones propias, primero, y a las declaraciones de independencia más tarde, para terminar constituyéndose como repúblicas. En las colonias existía la confrontación entre peninsulares, nacidos en España, y criollos naturales de América, pero también entre diferentes comunidades étnicas. La protesta indígena se dirigía así contra las clases dominantes, sin distinción de sus orígenes.

En medio de esta confusión, en España el gobierno liberal surgido tras la primera traición constitucionalista de Fernando VII, no comprendió que en las revoluciones de América latía algo más profundo que la lucha contra el absolutismo, encarnado por la alianza del clero, la nobleza y la corona. Los liberales herederos de Cádiz, en cuyas cortes sesionaron desde un principio representantes de Santo Domingo, supusieron ingenuamente que el restablecimiento de la Constitución de 1812, aún no aplicada en América, y la convocatoria de cortes con la participación de diputados americanos serían suficientes para acabar con las revueltas y conflictos de ultramar.

En cualquier caso, los españoles no estaban en situación de intervenir en parte alguna del mundo, y mucho menos en sus lejanas colonias. En América, la aplicación de las reformas promulgadas

en Cádiz suscitó una profunda oposición entre las elites locales que pasaron directamente del antiguo fidelismo a la corona al reclamo independentista. El Plan de Iguala, que en 1821 declaró la independencia de México como una monarquía moderada bajo la autoridad de Fernando VII en tanto que emperador, fue en gran medida una reacción a los cambios impulsados por los liberales españoles, y en él se mantenían entre otras cosas los privilegios y fueros del clero. La formulación, en diciembre de 1823, de la doctrina de Monroe, por la que los Estados Unidos hacían pública su oposición a cualquier intervención militar europea en el continente, dejó finalmente a España sola ante una tarea poco menos que imposible.

De modo que la revolución liberal y burguesa que contribuyó en España a cambiar las estructuras de poder, siquiera de forma un tanto atribulada y vergonzante, no tuvo en la América hispana iguales consecuencias ni devino en parejos cambios políticos o sociales. Pero tampoco en la metrópoli las cosas se produjeron de forma lineal. La oposición conservadora al liberalismo español, en combinación con las disputas dinásticas, marcó el comienzo de una fractura histórica que ha perdurado casi hasta la actualidad.

Trujillo sale a escena

Durante las Cortes de Cádiz se acuñó en realidad la reyerta entre las famosas dos Españas, agrupadas ya entonces en sendos bandos: el de los liberales y el de los serviles; mientras tanto, la historia de la República Dominicana durante parte del siglo XIX y buena parte del XX fue una permanente reiteración de anarquías, sediciones, movimientos y levantamientos que desembocaron décadas después en la dictadura de Trujillo.

Los años treinta, como consecuencia de la Gran Depresión, marcaron en todo el mundo una eclosión de las ideas totalitarias que se combinaron fácilmente con las ambiciones de poder personal. En el trujillismo, como en el franquismo, la impostación ideológica se produjo sólo como justificación de ese poder casi deificado. Se construyó así toda una teoría del caudillaje, cuando es evidente que este no ha tenido otro sustento en la historia que el empleo de la violencia.

Es preciso no desdeñar el significado de la adhesión de extensas capas de la población a las figuras de los dictadores, que fue posible constatar en los casos dominicano y español, pero también es preciso comprender que tuvo lugar en medio de un ambiente de terror y persecución política que hacia imposible el ejercicio en libertad de cualquier opción por parte de los ciudadanos. Trujillo culminó en la República Dominicana el final de una deriva histórica secular que Juan Bosch se sintió llamado a corregir.

La victoria de Franco en la Guerra Civil constituyó, por nuestra parte, la del antiguo régimen frente a los ideales del liberalismo encarnados por la Segunda República, que pereció víctima del odio reaccionario, pero también de los excesos y utopías revolucionarias alimentadas en la Europa de la época. El diseño de sociedad contenido en los programas de burguesía liberal procede de la idea ilustrada de la felicidad, y así se hace explícito en la Declaración de Virginia, que inaugura la independencia de los Estados Unidos. El destino del hombre se identifica con la felicidad, entendida desde un punto de vista fundamentalmente material, como satisfacción de las necesidades de ese género.

La propiedad era el único instrumento que podía conducir a tal fin. La sociedad liberal se constituyó a partir de las decisiones y acciones de individuos que demandaban, en su conquista de la felicidad, un régimen de libertad de producción y distribución, en definitiva, una economía de mercado. El fracaso de este movimiento en la República Dominicana, lo mismo que en su suplantación por las oligarquías locales en muchas de las nacientes repúblicas de América, supuso la ausencia de una burguesía que propiciase la modernización del país.

Capitalismo tardío

Ese hecho sustenta más que ningún otro las denuncias de Juan Bosch respecto de la arritmia histórica padecida por la isla. Para Bosch, la dominicana es una sociedad de capitalismo tardío, y en sus cuentos resalta algunas consecuencias inmediatas de esto, como la marginalidad social, la lacerante extensión de la pobreza, o los procesos de la migración haitiana. Desde este punto de vista, el realismo mágico latinoamericano, que también fluye en la prosa y que logró la categoría de escuela literaria gracias al maestro Gabriel García Márquez, se revela como causa y origen a un tiempo del atraso de los países de Suramérica y el Caribe, de su retardo en la modernización.

Las revoluciones liberales aumentaron, allí donde se produjeron, el número de propietarios en beneficio de los sectores burgueses de la sociedad rural y urbana; Bosch conocía la importancia de estos procesos para lograr una institucionalidad política democrática y, junto a la creación de una nueva arquitectura constitucional, se planteó de inmediato la realización de su frustrada reforma agraria, que hubiera resultado clave en la lucha contra las oligarquías y los monopolios y cuyo intento por implementarla fue sin duda una de las causas de la caída del poder.

Su espíritu reformador con respecto a las libertades democráticas era explícito, pero conocía a qué fuerzas poderosas se enfrentaba. En un discurso ante la Cámara de Comercio de las Américas advirtió: “Cuando llegue la hora de actuar a fondo en la reforma agraria, todos ustedes oirán el clamor, la acusación de que el Gobierno de la República Dominicana es comunista […] Pero, tengan la seguridad de que aquí se hará la reforma agraria sin poner en peligro las libertades públicas y que llegaremos a donde haya que llegar para realizarla”.

Su empeño en poner en hora el reloj de la realidad dominicana chocó contra la cerrazón y el egoísmo de los poderosos y contra esa figura moderna del imperialismo que denominó pentagonismo, que en algunos aspectos pervive incluso en nuestros días.

La primera vez que Bosch habló públicamente en España fue en febrero de 1967, en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe, que daba alojamiento a los universitarios latinoamericanos en Madrid. Pronunció su discurso de pie –“por ser esta la primera vez que hablo en la tierra donde mi padre habló por primera vez”–, y se refirió precisamente a la arritmia histórica de su país, consecuencia, entre otras cosas, de su localización geográfica, que lo había convertido en “frontera imperial”.

Después de una clara y documentada exposición de las vicisitudes por las que pasó la isla desde que Colón puso pie en la misma, bautizándola como La Española, terminó su intervención con estas palabras: “Pronto llegará el momento en que el pueblo dominicano rompa la arritmia histórica que padece y armonice su paso con el resto de la América Latina pudiendo entonces ofrecer sus valores a los demás países del continente, que son sus hermanos, y a España, de quien se siente hijo”.

Entre las razones que explicaban esa quiebra del ritmo histórico, decía que estaban los frecuentes ataques de los piratas en el siglo XVI, que impidieron una comunicación regular con la metrópoli. La absorción por Francia y la subsiguiente reconquista por colonos españoles contribuyeron, igualmente, a que el país no pudiera incorporase al progreso experimentando por otras antiguas colonias hispanas.

Bosch tenía muy claras las razones históricas, políticas y sociales por las que la realidad dominicana era la que era tras la caída del dictador Trujillo: una sociedad atrasada, con grandes carencias en todos los órdenes, sobre todo en instrucción pública y alimentación, y con una propensión a los levantamientos revolucionarios que se inscribían en la geopolítica global de la época cuyas causa reales eran finalmente el hambre, la pobreza y la falta de educación.

Bosch conoció la realidad dominicana también a través del contacto que mantenía con los campesinos de su época, gente sin educación pero poseedora de un espíritu solidario y de principios morales sólidos, con gran sensibilidad social. Sus observaciones contrastan con la mayoría de los intelectuales del momento, para los que el hombre era arisco y pícaro, sembrador de revoluciones y protestas allá por donde fuere, frente al urbanita culto y portador de valores de la civilización. Por último, el secular atraso que Bosch

contempla en la sociedad de su país, que visitó de punta a cabo, lo atribuye al paso que “durante tres siglos nos agotó a España”.

Durante la época colonial, Santo Domingo perdió el tiempo de la historia, se quedó atrasada y aislada en relación al resto de los países caribeños y latinoamericanos. En esto se basa “don Juan” para defender su teoría de la arritmia política y económica de la sociedad dominicana. Esta arritmia era la causa de que no s e hubiese desarrollado una clase gobernante moderna ni tampoco un movimiento proletario y obrero organizado. Fueron los grupos conservadores reaccionarios, por mejor decir, representantes de un capitalismo arcaico y rural, quienes históricamente dominaron la sociedad dominicana, la república fue un país de capitalismo tan tardío que el primer establecimiento capitalista como tal recién se fundó en 1874 –a pesar de que en 1515 fue aquí donde por primera vez se fabricó azúcar en América–.

El primer banco de propiedad totalmente privada abrió su puerta en 1963; llama la atención este subdesarrollo de las estructuras económicas del país durante la colonia, que luego perpetuaron los regímenes de los diversos caudillos, frente, por ejemplo, a lo sucedido en Cuba, que terminó siendo una sociedad capitalista en muchos aspecto más avanzada que la propia España. Lo sucedido en la República Dominicana se debió, sin duda, al acogotamiento a España y por España que Bosch denunció, y que devino en gran parte en un fracaso de la oligarquía azucarera en tiempo tan temprano como el siglo XVI, después de que la corona española le prohibiera vender su producción en Flandes.

Los ingenios fueron abandonados o desmantelados a partir de 1580. Ese fracaso coincidió con la incapacidad de España para mantener un comercio normal con el país. Los artículos que necesitaba la población llegaban con retraso de varios años y en tan poca cantidad que su precio subía de manera escandalosa. Esto era así porque no podían llegar aquellos barcos que algunos años antes venían a La Española para cargar azúcar. Las naves que arribaban a finales del siglo XVI lo hacían por la costa norte y no en busca de azúcar sino de cueros de res, que cambiaban por las mercancías que transportaban: ron, calzados, herramientas, todo lo cual entraba al país de contrabando.

Se construyó así una economía de trueque, en la que la moneda no jugaba ningún rol. Era, como en la canción, un país y un tiempo de cambalache, y aún cambalache limitado. A tal extremo que hasta los sacerdotes bautizaban, consagraban matrimonios, bendecían entierros y cantaban misas de “carneros, pieles y frutos”.

Durante el siglo XVII, la porción de la isla que siguió siendo española fue empobreciéndose, y el retraso económico se hizo sentir de manera prolongada durante los siglos XVIII y XIX.

Para comprender la situación, basta con leer un cronista tan atento como Eugenio María de Hostos que en 1887 estuvo en el Cibao. He aquí cómo lo describió: “Cuando uno viaja por los caminos públicos de la República, se maravilla de la soledad que le rodea. Sólo, de vez en cuando, descubre algún campo desarbolado para lugar a un conuco, que es como allí se llama el cultivo pequeño que aquí se llama chácara; generalmente, no siempre, se ve entonces en el fondo del terruño en cultivo un campo, y acaso una figura humana inclinada sobre el suelo trabajando o discurriendo por la heredad en busca de algún fruto o atisbando con curiosidad y con recelo el paso del viandante […] la mayor parte de las veces transita el viajero largas leguas por entre monumentales alamedas naturales que se pierden de vista a lo largo y a lo alto, sin encontrar más que de paso algún hombre desnudo de medio cuerpo para arriba que de un seno de la selva pasa y desaparece en otro seno de la selva”. El porcentaje de la población campesina dominicana en aquella época rondaba el ochenta por ciento.

Todo ello desembocó décadas más tarde en la dictadura de Trujillo. Para Bosch, esta fue causada por el atraso histórico de la sociedad dominicana y la inexistencia de la burguesía media que impulsara el capitalismo. En su libro explica: “La tiranía trujillista fue consecuencia de los males dominicanos. Pero la perpetuación y el monstruoso desarrollo de esa tiranía obedecen a dos razones determinantes: una es la arritmia histórica que mantuvo al país al margen de las corrientes capitalistas, lo que ofreció a Trujillo la oportunidad de convertirse en el empresario de un desenvolvimiento industrial y financiero que ya no se podía demorar más; otra, que el clima económico industrial y financiero internacional permitió al dictador desenvolver al máximo sus empresas capitalistas bajo un sistema de terror político internacionalmente protegido”. Luego añadía: “Lo que le ha dado consistencia o perdurabilidad al trujillismo no es su carácter de tiranía política, sino la transformación del país en una empresa capitalista despiadada, de la que solo Rafael Leónidas Trujillo es propietario, y a la cual sirven de instrumentos incondicionalmente el gobierno civil y las fuerzas armadas”.

Sin embargo, y paradójicamente, como sucedió también durante el franquismo, la prolongación en el poder del tirano devino en un suerte de estabilidad del terror que propició una cierta institucionalización o estructuración del país y la creación de una incipiente clase media, sobre la que más tarde podría encontrar sustento la propia democracia.

Fue intento de Juan Bosch en su etapa de gobierno, terminar con la arritmia dominicana, modernizar las estructuras económicas del país e institucionalizar la vida política. La violencia de las oligarquías aliadas con la geopolítica que él tildó de pentagonista no le dieron siquiera tiempo a fracasar en el empeño, quizá porque intuían que este hubiera tenido éxito.

La oligarquía fue organizada después de la muerte de Trujillo, o por mejor decir en su última etapa. Según Bosch, apareció en el campo político en 1961 aunque se hallaba en proceso de formación desde finales del siglo XIX. A partir de 1945 se creyó ya bastante fuerte para lanzarse a ron, calzados, herramientas, todo lo cual entraba al país de contrabando.

Se construyó así una economía de trueque, en la que la moneda no jugaba ningún rol. Era, como en la canción, un país y un tiempo de cambalache, y aún cambalache limitado. A tal extremo que hasta los sacerdotes bautizaban, consagraban matrimonios, bendecían entierros y cantaban misas de “carneros, pieles y frutos”. Durante el siglo XVII, la porción de la isla que siguió siendo española fue empobreciéndose, y el retraso económico se hizo sentir de manera prolongada durante los siglos XVIII y XIX. A partir de 1945 se creyó ya bastante fuerte para lanzarse a la lucha por el poder y entonces comenzó una batalla contra el régimen incipiente burgués instaurado por el dictador.

“La arritmia histórica de nuestro país –confesaría Bosch– nos ha dado más de una vez ese caso de desarrollo económico y social fuera de orden. Lógicamente debimos tener una oligarquía antes que una burguesía, pero no sucedió así a causa de esa arritmia característica de la historia dominicana.”

José Cordero Michel coincidiría más tarde con Bosch en diagnosticar las razones del fracaso de la democracia: “La ausencia de una burguesía organizada podrá acarrear graves consecuencias políticas y sociales. Su incapacidad para lograr las transformaciones democráticas que hacen falta en el país tendrá uno de esos dos resultados: o bien el Ejército será otra vez la incubadora de nuevos dictadores, o bien la clase obrera que tomará la iniciativa de un movimiento democrático se podrá transformar fácilmente en un movimiento de carácter socializante”. La historia se encargaría de demostrar lo acertado de estas predicciones. Su plasmación en la realidad retrasó aún más la recuperación democrática del país.

La actividad de Juan Bosch como gobernante se frustró bruscamente en sus proyectos de modernización, pero fue un visionario que se adelantó a su tiempo. Su grandeza añadida reside en su propia trayectoria vital, en su sentido cívico, su honradez y su denuncia de la corrupción. En sus obras se refleja un afán de comunicarse con el otro, de dirigirse al otro como única manera de construir la convivencia. En su novela La mañosa, y en sus cuentos, desmenuza la sociedad dominicana, como lo hace con la América Latina en general, en sus ensayos históricos sobre Simón Bolívar o Costa Rica. Sin embargo, su dedicación al trabajo político lo apartó de su muy fecunda creación literaria e intelectual. Estaba convencido de que sólo fuerzas organizadas y en el ejercicio del poder serían capaces de vencer la desigualdad y alcanzar la justicia social y la libertad para los ciudadanos.

Activo, pragmático y… periodista

Los dos partidos políticos que fundó son la muestra de su activismo, su pragmatismo en la acción y su convicción en los principios. La crisis personal y política que le causó la ocupación norteamericana de 1965 le indujo a nuevas visiones, a revisar el proceso histórico de la formación de clases en la sociedad dominicana, a la búsqueda de nuevos caminos que dieran respuesta a los interrogantes políticos de la época.

Profundizó de nuevo en las razones de esa arritmia histórica, en la deformación de la pequeña burguesía y en las responsabilidades de la conquista y la colonización españolas que dieron origen a la composición de una sociedad de castas. Combinando pensamiento y acción de trabajo para organizar las masas, educó las bases de sus votantes a través de la radio, multiplicó el contacto con la gente, alertó al pueblo sobre su propia capacidad de organización.

La honestidad, el trabajo y la ética como propuesta de la administración pública fueron su lema. Por un momento, en lo peor de la depresión causada por su exilio, llegó a imaginar que la democracia había fracasado para siempre en América Latina y a sugerir respuestas y modelos de otro género, pero más tarde retomó su protagonismo democrático y su fe en los ciudadanos y en las instituciones.

Su utopía revolucionaria se encarnó entonces en sus deseos de modernización. Su doctrina sigue estando vigente en la medida en que sus principales reivindicaciones, libertad y justicia social, constituyen el meollo de cualquier programa político avanzado. En definitiva, la lucha por los derechos humanos fue el objetivo de su vida y de su obra.

Pero, tan importante como el Bosch político, el pensador y hombre de Estado, fue el escritor y el periodista, que nos dejó en sus libros y en su abundante producción de artículos el legado de alguien profundamente enamorado de nuestra lengua. “El periodista es un escritor, y si no lo es, no puede ser periodista a plenitud; y para todo aquel que desempeñe un oficio de escritor el género a que se dedique será un barco que navegará bien si lleva en la popa una hélice que se mueve impulsada por una máquina, y las máquinas se niegan a trabajar si les faltan piezas, bielas, cilindros. La máquina que mueve el barco en que van juntos todos los que trabajan con palabras, sean periodísticas o sean literarios, es la lengua, y en el caso nuestro, la lengua española”.

Estas palabras fueron pronunciadas por “don Juan” ante una numerosa concurrencia de estudiantes de periodismo. Bosch consideraba a la palabra escrita como “el tesoro más valioso del género humano” por ser el instrumento que permite al hombre acumular conocimientos de generación en generación y a lo largo de ese proceso crear un bien de incalculable valor para toda la humanidad, la sabiduría acrecentada a través de miles de años. “Porque sucede, señores, que los conocimientos se reciben, se acumulan y se transmiten sólo a través del lenguaje, sea hablado o sea escrito”.

Bosch se acercó al habla de pueblo en su contacto con la gente del Cibao, pero fue poseedor de una prosa recia, culta, elaborada. Su veneración por la lengua común de la hispanidad adquiere hoy, a nuestros ojos, un valor acrecentado.

De la palabra a la opinión pública

Desde hace décadas vengo insistiendo en que el patrimonio cultural de nuestros pueblos está basado en el uso unitario del español, esa herramienta fundamental para su desarrollo. No existe en el mundo un idioma tan unido como el nuestro. Lo más de cuatrocientos millones de hispanohablantes se rigen por el mismo diccionario, la misma gramática y una regla ortográfica única. En el mundo de la globalización, esto constituye un acervo formidable.

En el atribulado mundo de hoy, no poseemos el capital, la tecnología ni las armas, pero somos, desde luego, dueños de una cultura global, casi planetaria, basada precisamente en el uso del español. La invención del alfabeto significó el proceso tecnológico más revolucionario en la historia

de la humanidad.

La posibilidad de reproducir gráficamente los sonidos articulados que ya utilizaban nuestros ancestros, y de codificar y almacenar así la expresión del conocimiento, es lo que hace superior a la especie humana sobre todas las demás. Hasta en los libros sagrados la palabra se configura como el origen del universo. Pero no la palabra a secas, sino el logos, el pensamiento racional. En algunos ensayos he especulado por eso sobre la relación tormentosa que con la palabra parece tener el Dios creador, cuyo nombre era impronunciable para los judíos primitivos, siendo el sonido Yavé una derivación impropia de lo que en realidad resultaba solo la expresión de un aliento no articulado, de una invocación sin rasgos definidos. Utilizando la palabra como una voz de mando, Dios crea el universo (hágase el sol, la luna y las estrellas) y cuando se enoja con los constructores de zigurat de Babel los castiga precisamente con la dispersión de lenguas, en un mundo en el que inicialmente todos debían hablar un solo y único idioma.

Siglos más tarde, el mismo Dios se encargará de levantar el castigo en Pentecostés, otorgado a los apóstoles el don de lenguas, y encomendándoles un nuevo mandato: Id y predicad. Id, y convenced.

La palabra, he dicho, después de sus orígenes se constituyó como una voz de mando, pero también como expresión del pensamiento. Aristóteles definió a los hombres como animales que hablan. Los definió también, como muy bien señala el profesor Lledó, como animales políticos. Es decir que lo que el filósofo griego entendía como humanidad es algo muy parecido a la ciudadanía, si no es lo mismo. Este concepto de ciudadanía es inherente a todo el desarrollo democrático. “Nos queda la palabra”, era el título del famoso recital de un cantautor español, basado en unos versos memorables de Blas Otero, poeta cuyas estrofas iluminaron las mazmorras del franquismo.

“Si abrí los labios para el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra”, Miguel Hernández, que murió en uno de esos calabozos preso de la tisis, y cuyo centenario celebramos este año, se preguntaba tras las rejas: “¿Quién encierra una sonrisa? ¿Quién acorrala la voz?”. Como ellos, como tantos otros, Juan Bosch creía en el inmenso poder de la palabra. “El arma más poderosa con que puede contar una nación no es la bomba H ni el anticohete orbital, es la opinión pública mundial”, escribió en el última página de su libro El pentagonismo, sustituto del imperialismo.

Hoy esta opinión discurre a una velocidad y por unos caminos que el propio Bosch no podría siquiera imaginar. La globalización, con todas sus renuncias y amenazas, es el ecosistema en el que la política y la economía, la cultura y las relaciones sociales, han de desenvolverse. En estas circunstancias cobra aún mayor significado la frase final del citado ensayo del presidente que pone de relieve su fe en el diálogo y en la inteligencia a la hora de acabar con las injusticias, frase con que quiero poner término: “La simple palabra de Jesús acabó siendo más poderosa que las arrogantes legiones de Roma” –Juan Bosch dixit–, y la historia, ya por fin sin arritmia alguna, lo confirmará.

Juan Luis Cebrián Echarri es periodista, escritor, académico y empresario de la comunicación. Cursó estudios de Humanidades en la Universidad Complutense y se graduó por la Escuela Oficial de Periodismo en 1963. Fue director-fundador del diario El País (1976-1988), fue presidente del Instituto Internacional de Prensa (1986-1988). En noviembre de 1988 dejó la dirección del diario para hacerse cargo del Grupo Prisa como consejero delegado. Desde 1996 es miembro de la Real Academia Española. Es autor de numerosos artículos y libros.