Artículo de Revista Global 50

Juan Pablo Duarte, autor intelectual de la gesta de Independencia

Los esfuerzos encabezados por el patricio para lograr la Independencia Nacional son de valor extraordinario al examinar las circunstancias en las cuales libró batallas más allá del campo de combate, pues fueron contiendas sostenidas en el imaginario casi colectivo impregnado por ideas prohaitianas y anexionistas. El ideario de Duarte, tejido en los días de La Trinitaria, en la organización de las Juntas Populares –avanzadilla en cada una de las provincias en la adhesión a la Independencia– y las acciones de los primeros días de la nación, resulta un ejercicio político muy superior a los triunfos militares de quienes quisieron alzarse y desmoronar la naciente República Dominicana.

Juan Pablo Duarte, autor intelectual de la gesta de Independencia

Los acontecimientos que edifican nuestras vidas pueden, en muchas ocasiones, aparecer antes de nuestro nacimiento. El primero de enero de 1804 se proclamó en la antigua colonia francesa de Saint Domingue (1697-1804) el Imperio de Haití.[i] En la Constitución refrendada por el nuevo Estado se omitían los derechos del pueblo dominicano a un territorio propio y se echaba por tierra el primer artículo del Tratado Fronterizo de Aranjuez (1777).

El texto constitucional promulgado por sus prohombres establecía que los derecho de la nacionalidad eran privativos de la población negra (artículos 12, 13 y 14).[ii] Para hacer cumplir al pie de la letra esa Constitución, que suprimía todos los derechos de los dominicanos, se produjo la invasión de Dessalines de 1805. La familia de Juan Pablo Duarte ya había conocido un paréntesis de exilio en Puerto Rico, tras la irrupción violenta de Toussaint Louverture en 1801.

El hermano mayor de Juan Pablo Duarte, Vicente Celestino, patriota de la gesta de Independencia y prócer de la guerra de Restauración, nació hacia 1804 en Mayagüez. Ese año, Juan José Duarte compró la casa de la Cuesta de San Diego, contigua al solar del Almirante, donde se hallaban las Reales Atarazanas. Antes del nacimiento del Padre de la Patria nacieron María Josefa en 1810 y Manuel en 1811, quien falleció a los pocos días. Dos de los hermanos del patricio nacidos postreramente, Ana María y Manuel, también murieron en la niñez.

Los años de formación del fundador de la República fueron tortuosos. Una vecina, la señora de Montilla, le enseñó a leer y a escribir y los rudimentos del catecismo. Luego asistió a las clases particulares de Manuel Aybar y Manuel María Valverde. Cuando tenía nueve años comienza la dominación haitiana. Siendo un adolescente, su padre lo confió a Pablo Pujols, un comerciante que viajaría a Estados Unidos y a Europa para finiquitar algunos negocios. De su viaje junto a Pujols y a su tía política Josefa Santana, esposa de Prudencio Diez, lo que más le impresionó a Juan Pablo fueron «los fueros y las libertades de Barcelona». No fue desde luego un viaje de estudios, pues en 1831 actuaba como testigo del nacimiento de un hijo de Francisco Villeta, cuñado de su hermano Vicente Celestino. Sus biógrafos proclaman a Duarte como discípulo de Juan Vicente Moscoso, el llamado Sócrates dominicano. De esas enseñanzas no se tienen certidumbres. Influjo tuvieron, sin duda, las prédicas separatistas del padre Gaspar Hernández. Los otros aspectos de su formación los constituían la francmasonería, que era una pesebrera de ideas liberales, y su inclusión como furrier en la Guardia Nacional. Pero nada de eso explica su clarividencia política, expresada en su ideario, en el proyecto de Constitución y en algunos versos dispersos. Resulta lógico suponer que fue un autodidacta. En esos escritos se expresa una aspiración liberal que aún no hemos alcanzado.

Los propósitos de la dominación haitiana

La política de reunificación de la isla bajo el señorío de la República de Haití realizada en la jefatura de Jean Pierre Boyer tenía varios objetivos, que fueron muy prontamente entrevistos por el patricio, y cabalmente enfrentados.

  1. Destruir el sistema de propiedad de la tierra. De este modo, las antiguas tierras comuneras pasaban expeditivamente al dominio del Estado haitiano y fueron repartidas a los soldados de ese Ejército.
  2. Expropiar a la Iglesia y anular su influjo ideológico en el ideal de Independencia. Todas las fiestas religiosas fueron suprimidas, y algunos templos, convertidos en almacenes.
  3. Todos los actos oficiales del Estado debían ser exclusivamente en francés (circular de Boyer de 1824). Ni la justicia ni la administración ni la enseñanza podían hacerse en lengua española.[iii]
  4. Se firma el acuerdo con la compañía de Jonathan Granville con el objeto de traer a los esclavos libertos de los Estados Unidos a la nueva nación negra del continente. A todos los negros llegados de Estados Unidos se les distribuían tierras, se les pagaba el pasaje de las embarcaciones y se les reconocían los derechos de los nacionales. En cambio, aquellas familias blancas dominicanas que habían emigrado al comienzo de la Ocupación fueron expropiadas y sus derechos les fueron anulados.[iv]
  5. La política educativa de Boyer tuvo carácter oscurantista. Así la califica Edner Brutus en su obra L´Instruction publique en Haiti. No solo cerró la Universidad de Santo Domingo, sino varios liceos y centros de enseñanza en el territorio haitiano.[v]
  6. En 1825, Boyer le propuso a Francia una indemnización para desinteresar a los colonos blancos expulsados por el nuevo Estado y, de este modo, lograr el reconocimiento pleno de su independencia y la eliminación de los derechos del grupo más antiguo de Saint Domingue, los colonos franceses. La contribución exigida por Charles X fue de 150 millones de francos. Solo se solventaron unos 90 millones. De esa porción se impuso la contribución extraordinaria de 30 millones de gourdes, de 1827 a 1836, a los dominicanos. Paradoja: suprimieron nuestra independencia y nos obligaron a pagar la de ellos.

He aquí el teatro de operaciones de la obra patriótica de Juan Pablo Duarte.

Vicisitudes del ideal de independencia

Una porción de los prohombres de la etapa de la Independencia pensaban que, habida cuenta de las circunstancias que vivía entonces el pueblo dominicano, resultaba prácticamente imposible realizar ese anhelo. De modo que el proceso de independencia dominicana se dividió desde los días iniciales en dos vertientes:

  • La que encabezaron los separatistas, que entendieron que la guerra domínico-haitiana terminaría restableciendo la hegemonía de la nación que por veintidós años cabales había dominado a los dominicanos.
  • La vertiente de aquellos que creyeron que la única solución era la independencia pura y simple, grupo, al parecer, minoritario y con menos apoyos, en cuya avanzadilla se hallaban los trinitarios y, muy particularmente, su inspirador, Juan Pablo Duarte.

Metamos el escalpelo en cada una de las opciones.

El separatismo inicial terminó adoptando una postura anexionista. Desde antes de la fundación de la República, el 27 de febrero de 1844, había personalidades influyentes en la vida nacional que entendieron que la única forma de contener el expansionismo haitiano era mediante una intervención internacional. Ensayaron, entonces, tres soluciones:

  1. Ponerse a buen recaudo, mediante un protectorado de una gran potencia que impidiese las represalias de la recién iniciada guerra con Haití (plan del cónsul Levasseur, plan del cónsul Saint Denys);
  2. Ceder una porción de territorio a cambio de una protección militar que obrara como un valladar a la expansión de los haitianos en nuestro territorio;
  3. Anexionar a la República a una gran potencia que trazara la raya de Pizarro a los haitianos. A ese ideario consagraron sus esfuerzos los hombres más influyentes de época:

– Pedro Santana (1801-1864), el líder militar de la Independencia, presidente en tres ocasiones (un primer gobierno de 1844-1848, un segundo gobierno de 1853-1856 y un tercero de 1858-1861) y figura principalísima de la Primera República.

– Buenaventura Báez (1812-1884), el líder político de mayor relevancia en la Primera y en la Segunda República. Alcanzó la presidencia en cinco ocasiones: 1849-1853, 1856-1858, 1865-1866, 1868-1874 y, finalmente, 1876-1878.

Ambos fueron partidarios primero del Plan Levasseur, que consistía en obtener la protección de Francia para contener el proyecto expansionista haitiano. Parejamente, fueron partidarios del Plan Saint Denys, una réplica de esos propósitos. No resultaba extraño en aquella época que  las naciones débiles se colocaran bajo la sombrilla de un Estado poderoso. La enajenación de una porción del territorio a cambio de la protección militar aparece como un fantasma que tiene su origen en la asimetría geopolítica de los dos Estados que comparten la soberanía de la Española. Hubo varios planes para enajenar la península de Samaná. Luego quedaba la opción anexionista. Ese ideal se mantuvo en el candelero durante el ejercicio político y militar de Pedro Santana y de Buenaventura Báez. Los dos caudillos que dominaron los primeros cuarenta años de la Independencia habían adoptado ese credo. Tras la Anexión consumada por Pedro Santana en 1861, este fue exaltado por la reina Isabel II con el título pomposo y grandilocuente de marqués de Las Carreras; a Báez, que se hallaba en Europa, en diligencias que tenían el mismo propósito, se le otorgó el título de mariscal de campo del Ejército español.

¿Cuáles son las razones que hicieron que una porción de los próceres de la guerra de Independencia abrazaran el ideal anexionista? Fundamentalmente tres:

  1. La superioridad militar de los haitianos. Tenía entonces el Imperio de Haití 50,000 soldados, mientras que en el campo de las operaciones los dominicanos no lograban superar los 10,000 combatientes;
  2. La superioridad económica. Haití tenía una economía trece veces mayor que la dominicana;
  3. La superioridad demográfica de los haitianos. Haití tenía una población en 1844 que rondaba los 800,000 habitantes, mientras que los dominicanos alcanzaban apenas las 240,000 almas. A los grupos que creían que la única forma de contraponerse al ideal expansionista haitiano era echando mano de una solución internacional, se les ha tildado de conservadores. Palabra imprecisa, que responde fundamentalmente al deseo de legitimar y hacer propaganda de un ideario político relacionado con el presente. Dicho en pocas palabras: al deseo de inventarse predecesores que tienen algunos políticos. En realidad, si se puede hablar de un grupo conservador, habría que hallarlo en los grupos prohaitianos, que quisieron mantener el dominio expansionista haitiano y el orden contra el cual ambos grupos –los anexionistas y los partidarios de la independencia pura y simple– lucharon, que era ponerle punto final al influjo haitiano en Santo Domingo.

Cuando se examinan las circunstancias, se comprende en toda su magnitud la extraordinaria obra del patricio Juan Pablo Duarte. El ideal de independencia representado esencialmente por su ejercicio político resulta muy superior a los triunfos militares de un Pedro Santana. El papel desempeñado en la conjura de Praslin para derrocar a la dictadura de Boyer; toda la preparación ideológica de la proclamación del 27 de febrero de 1844 que se había tejido durante los tiempos de La Trinitaria; la organización de las Juntas Populares, que fueron la avanzadilla en cada una de las provincias en la adhesión a la Independencia; todo ese esfuerzo se halla encabezado por Juan Pablo Duarte. La lucha de este hombre extraordinario se libró, al mismo tiempo, en tres frentes:

  • En el militar. Porque el mando encabezado por el caudillo Pedro Santana había perdido la brújula. Su heroísmo indudable se hallaba mediatizado por la idea de anexión a una potencia extranjera. El golpe del 9 de junio fue el canto del gallo del ideal independentista. Por primera vez, los independentistas tomaron el control de la guerra, con el auxilio del general José Joaquín Puello. Todos los partidarios del anexionismo se asilaron en la residencia del cónsul Juchereau de Saint Denys. Allí acudieron Buenaventura Báez, Manuel Joaquín Delmonte, Francisco Javier Abreu, Francisco Ruiz y Valentín Delgado. La Junta Central de Gobierno quedó entonces presidida por Francisco del Rosario Sánchez. Duarte, aupado por su rango militar, recorre las provincias del Cibao. Mella, durante una parada militar, lo proclama presidente. Todo parecía ir de perlas. Pero el hecho no generó entusiasmo en Francisco del Rosario Sánchez. Su temperamento tornadizo hará naufragar el destino de la guerra. La Junta Central Gubernativa, presidida por Francisco del Rosario Sánchez, encomienda el mando del Ejército del sur al propio Sánchez, para relevar al general Pedro Santana, para que se reponga del duelo de la muerte de su hermano mellizo, Ramón (fallecido el 15 de junio), y se ponga al frente de sus negocios. Inexplicablemente, Sánchez no se presenta y se envía a Esteban Roca para sustituir en el mando al general Santana. La tropa se mantuvo a favor de Santana, quien, aupado por el gesto de desobediencia al mando civil, marchó a Santo Domingo para dar el contragolpe del 15 de julio. Una vez consumado el contragolpe de Estado contra los trinitarios, Sánchez, también inexplicablemente, acepta pertenecer a la nueva Junta de Gobierno encabezada por Santana. Tres días después fue encarcelado. El 22 de agosto se proclama el decreto de expulsión del país de los trinitarios encabezados por Juan Pablo Duarte, Ramón Matías Mella, Francisco del Rosario Sánchez, Juan Isidro Pérez, Gregorio del Valle (Resolución 17 de la Junta Central Gubernativa, Colección de Leyes y Decretos de 1844). La persecución contra Juan Pablo Duarte fue sañuda. Pudo salvar la vida por la intervención del influyente Abrahán Cohen, quien solicitó que le fuera conmutada la pena capital a la que se le había condenado por el destierro. De este modo concluyó la carrera militar del general Juan Pablo Duarte.
  • En el aspecto político, Duarte demostró una enorme sagacidad estratégica para sumarse a la conspiración contra Boyer incubada en Haití y mantener en sordina el objetivo de la independencia. Los haitianos le declararon una guerra psicológica, acusando al movimiento febrerista de querer restablecer la esclavitud, con miras a sembrar desavenencias entre los dominicanos y obtener el respaldo masivo de los batallones 32 y 33, constituidos fundamentalmente por hombres de color. Todos los 3,000 criollos, salvo cuatro, se decantaron a favor de la causa dominicana. Duarte, que conocía al dedillo la capacidad de intriga de los haitianos, escribió su teoría de la unidad de razas, espulgada en los ingentes trabajos historiográficos de D. Vetilio Alfau Durán. Una redondilla empleada por el patricio resume todo su pensamiento:

Los blancos, morenos

Cobrizos, cruzados

Marchemos serenos

Unidos y osados

La patria salvemos de viles tiranos

Y al mundo mostremos que somos hermanos.

Observamos una concepción que luego sería esgrimida por el apóstol de América, José Martí. Dominicano es más que negro, más que mulato y más que blanco. Nuestra independencia se fundamenta en raíces culturales, no en el predominio de una raza. La lengua, la religión, las costumbres, las tradiciones, la historia, nos han forjado como una porción principalísima de la América hispana. Estas mismas ideas aparecen reiteradas en su Proyecto de Constitución, amparadas en el principio de la igualdad.

  • La tercera de las batallas tuvo que librarla el patricio contra la incomprensión de los dominicanos. Fue tachado de anarquista, de romántico, de iluso, por parte de sus opositores. En algún momento, sus ideales fueron abandonados por los propios trinitarios. En 1856, Ramón Matías Mella viaja a España para obtener un protectorado o un tratado de anexión que nos librase de la pesada carga de la guerra con Haití, y Sánchez en más una ocasión se mostró partidario de pareja solución, cuando se había convertido en un valido de Buenaventura Báez.

Cuando Duarte salió del puerto de su ciudad natal con destino a Hamburgo (Alemania), un 10 de septiembre de 1844, no imaginaba que esos serían los últimos recuerdos de la ciudad de Santo Domingo. Unos meses después se hallaba en Saint Thomas, y el 25 de marzo 1845 se encontró con su madre, sus hermanos y sus tíos deportados por orden del general Santana en la ciudad de La Guaira. Vendieron lo que pudieron. Su hermana Rosa llegó deshecha por el fusilamiento de su novio, Tomás de la Concha. Durante un tiempo Duarte se dedicó al comercio en el puerto de Carabobo, y luego, atraído por el exotismo y la extrañeza, se fue a vivir a San Carlos de Río Negro, en la selva amazónica, donde permaneció unos doce años viviendo entre los indios yanomami y enterrado en épocas pretéritas.

En aquellos años sombríos, sus familiares lo dieron por muerto. No se enteró siquiera de la muerte de Manuela Diez, su madre, acaecida en 1858. Volvió a Caracas en 1862, y al saber que se había producido la anexión de la República a España, decidió vender la casa familiar de Caracas en 1,100 pesos. Era el único patrimonio que poseía. Al venderlo, pasarían a ser pobres de solemnidad. Y con el monto de la venta preparó una expedición, le acompañaban el venezolano Candelario Oquendo, Manuel Rodríguez Objío –entonces su secretario, quien una vez llegado al país lo abandonaría–, su hermano Vicente Celestino y otros. En una correspondencia refiere este episodio: «Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que, empezando por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República, ha concluido por vender al extranjero la Patria, cuya independencia jurara defender a todo trance, he arrastrado durante veinte años la vida nómada del proscripto».

Al cabo de veinte años, Duarte regresa por Guayubín para sumarse a la guerra de Restauración. Todos sus acompañantes fueron asignados a su puesto de guerra: Candelario Oquendo fue nombrado general de brigada en el bando comandado por el general Gaspar Polanco, y su hermano Vicente Celestino entró como combatiente en las tropas encabezadas por el general Gregorio Luperón. Por infidencias de Manuel Rodríguez Objío, convertido por arte de birlibirloque en secretario personal de Luperón, se le vedó la entrada en el campo de batalla. Discretamente, se le sacó del país con el ardid de una misión diplomática a Venezuela. Tras regresar a Caracas, logró reunir por suscripción unos 800 pesos para la causa dominicana, y sus diligencias ante el presidente de Venezuela, Guzmán Blanco, apenas lograron recaudar unos  300 pesos. Esos fondos los envió como contribución a la guerra restauradora. Con la llegada de Juan Pablo Duarte se instalaron todos en Caracas en la casa número 54 entre las calles de Pájaro y Zamuro, vivienda que pertenecía a Rosa Duarte. Y, por hallarse todos en la miseria absoluta, hubo que hipotecarla, pasando todos a ser inquilinos. Allí instaló Duarte un taller de velas y escapularios, y vivió sus últimos en una pobreza espantosa. Nunca le fue comunicada la restauración de la independencia. En 1875, el presidente Ignacio María González le envió una correspondencia invitándole a visitar el país. Duarte falleció al año siguiente de una tuberculosis.

Fue entonces cuando sus familiares notaron que la correspondencia había permanecido intacta. Fue enterrado sin pompa, sin protocolos y sin la bandera de la patria que ayudó a levantar con su esfuerzo y que aún hoy es la expresión viva de su pensamiento, ni siquiera se dedicó una lágrima a su incomparable grandeza.

Pensamiento vivo del Padre de la Patria

Pero en los grandes hombres la muerte no es el fin. Los grandes principios con que orientó su participación en la vida nacional permanecen vivos, y son la fuente nutricia para preservar el sentido inicial de nuestra vida como nación.

  1. El principio de autodeterminación de los dominicanos expresado en este pensamiento: «Nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera o se hunde la isla».
  2. Principio de lealtad al ideal con que se inició la fundación del Estado dominicano –lealtad a la cultura, a la lengua, a las tradiciones, al pasado y a todos los próceres que construyeron nuestra gloriosa nación– y manifiesto en otro pensamiento: «Entre haitianos y dominicanos no es posible la fusión».
  3. La patria constituye nuestra comunidad de intereses. Idea que se halla reflejada en estos pensamientos: «Trabajemos por y para la patria, que es trabajar para nuestros hijos y para nosotros mismos» y «Vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor».
  4. El principio de la justicia, como doctrina rectora de todos los actos de la vida: «Sed justos lo primero, si queréis ser felices. Ese es el primer deber del hombre, y ser unidos y así apagaréis la tea de la discordia y venceréis a vuestros enemigos, y la patria será libre y salva. Yo obtendré la mayor recompensa, la única a la que aspira, al veros libres, felices, independientes y tranquilos».
  5. El Estado de derecho y la soberanía radicada en el pueblo son dos principios fundamentales de este ideario. Quedan formulados en estos pensamientos:
    «Toda ley supone una autoridad de donde emana, y la causa eficiente y radical de esta es, por derecho inherente, esencial al pueblo e imprescriptible de su soberanía»
    «La Nación está obligada a conservar y proteger por medio de leyes sabias y justas la libertad personal, civil e individual así como la propiedad y demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen».
  6. En resumidas cuentas, Duarte nos invita a conservar el derecho al gobierno propio, sin interferencias extranjeras. Llama enemigos de la patria a todos aquellos que adversan los resultados históricos de nuestra Independencia de 1844. Así queda proclamado en estas palabras: «Los enemigos de la Patria, por consiguiente nuestros, están todos muy acordes en estas ideas; destruir la nacionalidad aunque para ello sea preciso aniquilar a la Nación entera».
    Hemos llegado al bicentenario de su nacimiento. Su pensamiento sigue siendo el de un rebelde, un patriota intransigente, que no se pliega al cálculo ni a la componenda. Expresado en estas palabras: «Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos, serán siempre víctimas de sus maquinaciones».

Manuel Núñez estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de París, donde obtuvo su licenciatura y maestría e hizo sus estudios de doctorado en Lingüística Aplicada. Ha sido profesor en varias universidades y en el Instituto de Altos Estudios del Ministerio de las Fuerzas Armadas. Es autor, entre otras obras, de El ocaso de la nación dominicana (2002), Peña Batlle en la Era de Trujillo (2008) y Los días alcionios (2011).

[i] Article 1er:
Le peuple habitant l’île ci-devant appelée Saint-Domingue, convient ici de se former en Etat libre, souverain et indépendant de toute autre puissance de l’univers, sous le nom d’Empire d’Haïti.

[ii] Article 12:
Aucun blanc, quelle que soit sa nation, ne mettra le pied sur ce territoire, à titre de maître ou de propriétaire et ne pourra à l’avenir y acquérir aucune propriété.

Article 13:
L’article précédent ne pourra produire aucun effet tant à l’égard des femmes blanches qui se sont naturalisées Haïtiennes par le gouvernement qu’à l’égard des enfants nés ou à naître d’elles. Sont compris dans les dispositions du présent article, les Allemands et Polonais naturalisés par le gouvernement.

Article 14:
Toute acception de couleur parmi les enfants d’une seule et même famille, don’t chef de l’Etat est le père, devra nécessairement cesser, les Haïtiens ne seront désormais connus que sous la dénomination génériques de noirs.

[iii] Colection de Lois de Listant Pradine.

[iv] En la colección de leyes y decretos de Listant Pradine pueden consultarse las peticiones de familias emigradas dominicanas que al retornar fueron tratadas como extranjeros, y despojadas de todos sus derechos.