Artículo de Revista Global 41

La cinematografía joven en la República Dominicana

La cinematografía dominicana es joven si se compara con el desarrollo alcanzado por otros países latinoamericanos que han estructurado una firma línea estilística y conceptual a base del mantenimiento de una constante en su producción industrial. No obstante, la existencia de una nueva generación de cineastas dominicanos está marcando un camino de progreso pausado.

La cinematografía joven en la República Dominicana

Una vez el cineasta cubano Julio García Espinosa expresó: “Un país sin imágenes, sin cine, es un país invisible”. Esta frase sugiere, sin lugar a dudas, una profunda reflexión por la importancia que tiene el audiovisual en nuestros tiempos y el mantenimiento de su desarrollo para crear esa herencia cultural y colectiva que una nación necesita.

La República Dominicana, un país colocado “en el mismo trayecto del sol” como señaló nuestro poeta nacional, Pedro Mir, ha tenido un particular desarrollo en su filmografía que podemos afirmar que “la nuestra”, se debe analizar con otras medidas y nuevas nomenclaturas para poder entender los desafíos que ha tenido que enfrentar.

Si tomamos La leyenda de Nuestra Señora de la Altagracia, de 1923, realizada por un profesional de la fotografía y cultor de la imagen como el dominicano Francisco Palau, podemos afirmar que, desde esta primera etapa, el cine nacional tiene casi noventa años de existencia.

Sin embargo, esta iniciativa no produjo la chispa suficiente para estimular otras dentro del desconocido campo cinematográfico. Las causas podrían estar en la pobre interpretación hacia el conjunto de dinámicas que envuelven el engranaje de un vehículo poderoso que ayuda a canalizar los criterios comunes de visión y estatus cultural entre los habitantes de una nación.

La República Dominicana es uno de esos países que entre los vaivenes de una incipiente industria fílmica y los esfuerzos por lograr algo digno en términos de su capacidad productiva y creativa, no ha podido utilizar el medio cinematográfico para explorar los volúmenes culturales de su historia.

Todos los intentos fílmicos desarrollados en el país han demostrado la existencia de un cine dominicano, de un producto que sigue caminando por las rutas trazadas por cada realizador, pero sin revelar aún los mecanismos esenciales para captar esa idiosincrasia antillana que permita un entendimiento interno y externo del proceso que desarrollamos.

La tiranía cortó los intentos de hacer cine

El país es prácticamente joven en materia de producción cinematográfica de ficción, puesto que también la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo coartó totalmente este impulso. No fue sino hasta la desaparición física del tirano, en 1961, cuando se inauguró, con la producción de La silla de Franklin Domínguez, lo que se puede considerar como la segunda etapa de nuestra historia cinematográfica.

El filme de Domínguez intentó producir un comienzo valiente de la filmografía dominicana, sosteniéndose en un libreto de su autoría en el cual relata un asunto dominicano, pero mundialmente conocido: el régimen dictatorial de Rafael Leonidas Trujillo, que gobernó el país durante 31 años.

El profesor José Luís Sáez señala en su libro Historia de un sueño importado que la primera exhibición de este filme se realizó en el Teatro Colón de la ciudad de Santiago de los Caballeros y que luego se desplegó una campaña antes de su estreno en el Teatro Elite de la capital, el día 9 de febrero de 1963, en una función especial y que se exhibió varios días después en el Teatro Leonor. En el proyecto sólo actuó Camilo Carrau, con Clark Johnson en la dirección fotográfica; Phil Macy, en el sonido, e Israel Ortiz en la edición.

Después de Domínguez, varios fueron los arriesgados realizadores que se embarcaron en la odisea de hacer cine en el país, cayendo en las trampas del oficio. Luego otros cineastas prosiguieron con ansias diferentes y nuevas preocupaciones por avanzar en nuestra incipiente filmografía.

Agliberto Meléndez con Un pasaje de ida (1988); Alfonso Rodríguez con Tráfico de niños (1988), Un macho de mujer (2006) y Yuniol (2007); Ángel Muñiz con Nueba Yol I (1995), Nueba Yol II (1997) y Perico ripiao (2003); Pericles Mejía con Cuatro hombres y un ataúd (1997); Radel Villalona con Para vivir o morir (1996). También el periodista Jimmy Sierra, experimentado profesional del audiovisual, asumió el riesgo fílmico con su película Lilis (2005) sobre la vida del presidente dominicano Ulises Heureaux y con el thriller en El caballero de la medianoche (2008).

Elías Acosta continuó en el camino de propuestas de largometrajes con los títulos Los inmortales (2005), Código 666 (2006), basado en la novela escrita por Ángel Lockward inspirada en el caso del asesinato del niño Llenas Aybar, y Room Mate, filme aún no concluido.

José Enrique Pintor con sus tres largometrajes: La cárcel de La Victoria (2004), Sanky Panky (2007) y Santicló: la vaina de la Navidad (2008), logró propuestas tendentes a la maduración del cine nacional, junto a las aportaciones del cineasta Archie López que ofreció, en el tono de la comedia, productos rentables como Mi novia está de madre (2007), Cristiano de la secreta (2009) y Lotomán (2011).

Una nueva generación avanza

Después de los aportes de un grupo de veteranos cineastas, una nueva generación se perfila como una garantía para asumir los compromisos necesarios de propuestas y alternativas del cine dominicano.

Luego de pasar por el mercado de los videoclips, Miguel Vásquez realizó Éxito por intercambio (2003), un relato sobre una pueblerina que llega a la ciudad a probar suerte como cantante. Este filme del joven realizador presentó una alternativa dentro de nuestro medio, intentando demostrar la calidad de un cine popular sin pretensiones y sin ánimos de competir con los estándares internacionales.

Otro realizador que ha actuado como catalizador para seguir la ruta del cine dominicano es Roger Bencosme, quien ofreció en Andrea (2005) la más arriesgada apuesta de género, tomando las estructuras del cine de terror y trasladando sus motivaciones al contexto dominicano.

Pero la sorpresa vino de un joven de apenas 20 años que tiene la correcta visión de que se puede hacer cine con una economía de recursos y con mucho talento y disposición. José María Cabral asoma la cabeza en la industria local con Excexos (2008), una cinta modesta sobre un joven de clase media alta que se ve involucrado en un torbellino existencial producto de las drogas, el alcohol y la vida desenfrenada.

Cabral, después de otros experimentos con la modalidad del cortometraje, termina de rodar Jaque Mate (2011), su segundo largometraje que se enfrasca en el género del thriller de acción.

Otro ejemplo es el joven dominicano Hiram Martínez, elogiado por su ópera prima, Four Death Batteries (2006), quien entró en su segundo proyecto basado en la novela del escritor dominicano Arturo Emilio Ureña, titulado El brazo.

José García, un joven realizador que posee una filmografía en el área del cortometraje, ha experimentado los bemoles del género del largo de ficción con un filme titulado Un cristiano de la secreta (2005); versión que fue reformulada en el 2009 por el realizador Archie López en codirección con el propio García. Juan Carlos Soñé también completó su ópera prima titulada Tu peor pesadilla (2006), aún no estrenada en los circuitos comerciales de exhibición. Otro aventajado realizador es Víctor Manuel Ramírez quien comenzó en 1997 con los cortometrajes; realizó en 2006 Espejismo, su primer largometraje de ficción.

Un interesante hito histórico en nuestra cinematografía vino cuando Jorge y Luís Morillo realizaron, hace varios años, un cortometraje animado de ocho minutos titulado 3 para banquete donde narraban la historia de un chivo, un pollo y un cerdo que, tras la sospecha de convertirse en los platos para la cena de Nochebuena, se escapan de la granja donde se encontraban para emprender una aventura en el exterior.

Esta semilla más adelante germinó en las cabezas de estos dos hermanos y junto a otros compañeros de faena resolvieron extenderla, convirtiéndose hoy en los pioneros del largo animado en el país con el producto titulado Tres al rescate (2011), que representa la introducción dentro del mercado local de la animación.

Aparte de los productos fílmicos realizados, en los cuales la comedia es el principal plato, le han dado a la animación el impulso necesario para convertirse en un género ampliamente explotado, su bajo costo con relación a una película de ficción con personajes reales la hace factible. Quizás el caso contrario es el largo tiempo que conlleva su desarrollo como proyecto fílmico.

Dos realizadoras y un excelente camino

Frente a todo este panorama surgen dos realizadoras dominicanas que han aportado las dos creaciones cinematográficas más importantes de los últimos diez años.

Laura Amelia Guzmán, con Jean Gentil (2011), y Leticia Tonos, con La hija natural (2011), han marcado una nueva ruta en el cinema dominicano.

Guzmán le debe su formación en el área del audiovisual a sus estudios en Altos de Chavón, donde cursó artes plásticas y fotografía. Después de dedicarse a la fotografía, asistió a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, especializándose también, en fotografía.

Durante ese período, se encargó de la fotografía de varios cortometrajes y documentales. Junto a su compañero Israel Cárdenas realizó su primer filme titulado Cochochi (2007) y Jean Gentil (2010).

Este último trabajo aparece en un momento crucial en nuestra evolución cinematográfica que, apartándose de la comercialidad simplista que han caracterizado a muchas películas dominicanas, muestra un discurso que promueve una aproximación a nuestras raíces y a la expresión social de seres humanos que compartimos la isla.

Con Tonos, la aproximación de desarrollar un cine con fuerte raíces de identidad nacional viene bajo una lupa similar a la óptica de Guzmán.

Leticia posee una maestría en Comunicación de la Universidad Internacional de Andalucía y un diploma en Cinematografía de The London Film School. Comienza como asistente de producción de la compañía Chea Films. Luego trabaja en la producción de anuncios y largometrajes a nivel nacional e internacional.

La hija natural (2010) se convierte en su primera producción de largometraje donde revela su inquietud por la exploración de las convicciones mágico-religiosas presentes en nuestra actividad e idiosincrasia cultural.

Espacios de formación

A la Escuela de Cine de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) hay que reconocerla como el principal núcleo académico de formación cinematográfica del país, aunque sus deficiencias técnicas y de equipamiento han reprimido el impulso real que necesita para convertirse en una escuela capaz de enfrentar los nuevos retos que se presentan con la promulgación de la Ley para el Fomento de la Actividad Cinematográfica en la República Dominicana.

No obstante, después de una labor que comenzó en 1979 con la creación de la Escuela de Cinematografía del Departamento de Artes de la UASD, se puede afirmar que existe una generación de cineastas promovida dentro de sus aulas que ha empezado a defender el espacio que le pertenece por derecho, sin importar las precariedades del medio y las deficiencias en la utilización del lenguaje fílmico. Todos van uniendo sus esfuerzos en procura de producir trabajos con compromisos sociales significativos en la filmografía dominicana.

César Gautreaux se convirtió en el primer egresado de esa escuela en producir un largometraje para el cine. El tercer mundo (2004), realizada en formato digital, le sirvió a este cineasta para completar su dedicación y empeño por el desarrollo dentro del audiovisual.

Humberto Espinal, con El sistema (2006), continuó los pasos de Gautreaux y aportó su cuota como generación y demostró que se puede hacer cine en cualesquiera de las condiciones presentes.

En el caso de Robert Cornelio, también egresado de la UASD y tras sus experiencias necesarias en la rama de los cortometrajes, se puede señalar que es el que tiene más preocupaciones por seguir la trayectoria del cine de género, en este caso, con un filme de suspenso que ya se apresta a estrenar bajo el nombre de Enigma (2008).

Otros, también asumen sus compromisos en la medida de sus posibilidades. Henry Vásquez, experimentado editor, se sometió al rigor de su primer largometraje realizado en HD titulado La venganza de un hombre (2007). Danny Arroyo con Corazones perdidos (2006); Luis Corporán con La oveja negra (2006), y Vicente Pérez con Barrio peligroso (2006); Bladimir Abud tiene en proceso La lucha de Ana, y Francisco Disla, con La casa de San Juan (en proceso), también han hecho sus aportes al avance filmográfico dominicano en la condición de importante generación de relevo.

A nivel estatal también las labores educativas han sido continuadas, esta vez a través del Centro de Estudios en Comunicación Audiovisual (CENECA), dependencia de la Corporación Estatal de Radio y Televisión (CERTV), una institución de enseñanza técnica media con las escuelas de Televisión y Radio.

El Ceneca mantiene un acuerdo con la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y la Universidad del Caribe (Unicaribe) mediante un convenio con CMRTV, y mantiene relaciones académicas e intercambio cultural con organismos internacionales. Durante el año programa cursos en distintas regiones del país de forma gradual, a fin de facilitar el acceso de la población a los mismos.

Unido a estos proyectos de educación cinematográfica surgió en 2004 otro que pretende dar también respuestas a las necesidades de formación en el área.

En Santiago de los Caballeros, y por iniciativa del productor dominicano radicado en la ciudad de Nueva York Adrian Agramonte, se fundó el Instituto de Cine de Santiago (INCINES), una escuela con el objetivo de ofrecer una formación sistemática teórica y práctica a todos aquellos interesados por el cine y la comunicación audiovisual. Dentro de las especialidades que ofrece se encuentran la producción, filmación en celuloide, grabación de sonido, diseño de sonido, arte del director, guión, cámaras, luces, dirección de actores, edición de video, presupuesto y filmación digital. Hay que mencionar la labor de enseñanza del Instituto Global de Multimedia (IGM), un centro educativo en el área de multimedia dedicado a capacitar a jóvenes y experimentados profesionales en las artes audiovisuales, concentrándose en la producción de cine y televisión.

El proyecto más reciente es la Escuela de Cine que funcionará en el espacio del Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA) que proveerá a los jóvenes interesados un currículo de enseñanza en materia de cinematografía y audiovisual en general.

De esta manera, el cine dominicano, con el impulso de Ley para el Fomento de la Actividad Cinematográfica en la República Dominicana, sigue su trayectoria como un proyecto en gestación bajo la responsabilidad de una generación de jóvenes realizadores que tiene la misión de crear un atractivo cine local con verdadera identidad nacional.

Félix Manuel Lora es licenciado en Comunicación Social, profesor del Departamento de Comunicación de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Es autor del libro Encuadre de una identidad audiovisual y del documental Un rollo en la arena, ambos sobre la historia del cine dominicano. Ha impartido varios talleres de apreciación cinematográfica y dictado conferencias sobre el cine dominicano tanto en el país como en el extranjero.

Bibliografía

Lora, Félix Manuel: Encuadre de una identidad audiovisual. Santo Domingo: Editora Valdivia, 2007.

Sáez, José Luis: Historia de un sueño importado. Santo Domingo: Ediciones Siboney, 1982.


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