Artículo de Revista Global 23

La dominicanidad de Oscar Wao

La entusiasta recepción que ha tenido la novela de Junot Díaz, The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, obra representativa de la nueva narrativa de los Estados Unidos, hace que se pueda pasar por alto el hecho de que también debe ser leída como perteneciente a la literatura dominicana. Esta dualidad -presente de manera radical- es la realidad cotidiana de la diáspora dominicana en Estados Unidos, que se desenvuelve, en términos generales, “con un pie aquí y el otro allá”.

La dominicanidad de Oscar Wao

La novela de Junot Díaz, The Brief Wondrous Life of Oscar Wao (La maravillosa vida breve de Oscar Wao), toca varios de los temas que Lucía M. Suárez asigna a la producción cultural de la diáspora (tanto haitiana como dominicana) de la isla La Española: “[…] la supresión de las historias de los subalternos, violación, esclavitud infantil, violencia familiar y sexismo, invisibilidad de ciertos grupos…” (Suárez, 2006: 9),² pero, además, es una meditación sobre la condición de la dominicanidad en el siglo XXI y la producción de la masculinidad dentro de la comunidad dominicana en Estados Unidos. En consonancia con el poema de Derek Walcott que funciona como epígrafe: “Yo sólo soy un negro colorado que ama el mar, tengo una buena educación colonial, tengo holandés, negro e inglés dentro de mí, y o soy una nación o no soy nadie”,³Junot Díaz plantea a través de Oscar Wao una nueva manera de ser dominicano y una nueva manera de ser estadounidense. La nación se desliza en un continuo transnacional entre la República Dominicana y Estados Unidos. Así también sucede con los personajes que viajan entre uno y otro lugar y que, al mismo tiempo, negocian dos realidades culturales diferentes.

La novela marca claramente un origen de la nación dominicana: “Dicen que vino de África, en los gritos de los esclavizados; que fue la maldición mortal de los taínos, proferida al tiempo que un mundo perecía y otro comenzaba; que fue un demonio traído a la Creación a través de la puerta de pesadilla abierta en las Antillas, Fucú americanus […]”.⁴

En el principio de la historia dominicana están los negros, luego los taínos y, ambos, con la llegada de los españoles, sufren el fucú, que es lo que va a definir la historia dominicana a partir de 1492. Para el narrador, el mito iniciador de la nación dominicana es la maldición y la esclavitud, no el encuentro pacífico entre los españoles y taínos. Una cultura que tiene su origen en la violencia más brutal no puede generar otra cosa que violencia contra todos aquellos que, por alguna razón u otra, no pueden acceder al poder, especialmente al poder político.

El narrador utiliza su pertenencia al grupo étnico para investir de veracidad las afirmaciones que va a verter en las notas al pie de página: “Para aquellos que se perdieron sus dos segundos de historia dominicana”.5 Las notas funcionan como una revisión de la historia oficial en el modo en que tratan a los personajes históricos: se realzan los subalternos (Anacaona, Hatuey); se comparan las rebeliones indígenas contra la conquista española con la lucha contra España en Cuba (Máximo Gómez) o Estados Unidos en Vietnam (Ho Chi Minh) y se desmitifica, a través de la burla y los epítetos, a personajes importantes del discurso tradicional (Trujillo y Balaguer serían los principales ejemplos).

Masculinidad dominicana

Al presentarlo a los lectores, lo primero que el narrador destaca es la manera en la cual Oscar Wao no se ajusta a la definición cultural de la masculinidad dominicana: “Nuestro héroe no era uno de esos dominicanos de los que todo el mundo habla: no era un jonronero o un bachatero pegao, tampoco un playboy con millones de chicas atrás. Y exceptuando un período al principio de su vida, el tipo nunca tuvo mucha suerte con las hembras (qué poco dominicano de su parte)”.⁶

Pelotero, bachatero o playboy son las ocupaciones deseadas por la masculinidad dominicana; el éxito con las mujeres es la prueba principal. Oscar Wao no encaja dentro de ninguno de estos moldes.

Es importante resaltar el hecho de que quien traza la conducta masculina que se espera de Oscar es su madre: “Cuando Oscar lloriqueó, muchachas, Mamá de León casi revienta. ¿Tú tá llorando por una muchacha? Ella levantó a Oscar por la oreja. ¡Mami, para, gritó la hermana, para! Mamá de León lo lanzó al piso. Dale un galletazo, jadeó, a ver si la putica te respeta”.⁷

La mujer refuerza e impone el estereotipo masculino y el abuso contra las mujeres; más adelante el narrador cuenta que la madre le decía a Oscar: “Tú no eres una mujer pa’ quedarte en la casa”.⁸ Pero Oscar es de una masculinidad diferente; de hecho, es una a-masculinidad, para los estándares dominicanos: “Si él hubiera sido un negro diferente, a lo mejor hubiera considerado el galletazo. No era solamente que no tenía el tipo de padre que le enseñase cómo ser un hombre, simplemente carecía de las tendencias agresivas y marciales”.⁹

Aquí emerge por primera vez en la novela el tema del padre ausente. Esto establece una diferencia con la narrativa de la diáspora dominicana escrita por mujeres, donde la figura del padre está presente como abusador, ignorante y conservador. En Oscar Wao los padres están ausentes –como el de Oscar– o son inútiles y cobardes –como Abelardo, el abuelo de Oscar–.

Al mismo tiempo que delinea esta masculinidad atípica, Díaz también establece varios modelos de feminidad diaspórica. Siguiendo el desarrollo de los personajes femeninos de la novela de Díaz, se puede establecer una comparación entre el rol asignado a las mujeres de la diáspora en Oscar Wao frente al otro modelo planteado por Josefina Báez en Dominicanish.

En esta última obra la feminidad es, explícitamente, transgresora, mientras que en la novela de Díaz hay múltiples variantes que van desde lo tradicional (La Inca, Beli) hasta lo rebelde (Lola) pasando por la contradicción entre independencia económica y dependencia de género (Ybón). Más adelante observarmos como Díaz plantea dos visiones de la diáspora femenina dominicana a través de los personajes de Beli, la madre de Oscar e Ybón, de quien Oscar se enamora en Santo Domingo.

Raza Si Oscar desafía las convenciones de la masculinidad dominicana también desafía las expectativas estadounidenses respecto a la raza: “¿Tú quieres saber realmente qué se siente ser un X-Man? Trata de ser un chico de color, inteligente y lector, en un gueto americano contemporáneo. ¡Mama mía! Es como tener alas de murciélago o un par de tentáculos saliéndote del pecho”.¹⁰

Así, Oscar está doblemente excluido: de la comunidad masculina dominicana por su falta de agresividad en todos los órdenes y de la sociedad estadounidense en general por ser nerd y negro. Mary Bucholtz alega que ser un “nerd” es uno de los modos de ser “hiperblanco” dentro de la sociedad estadounidense: “Esta identidad, el nerd, está racialmente marcada precisamente porque los individuos rehúsan participar en prácticas culturales que se originan a lo largo de líneas raciales y, en vez de ello, construyen sus identidades mediante el acercamiento a los recursos simbólicos de una blancura extrema, especialmente los recursos del lenguaje. Los nerds son miembros de una categoría social estigmatizada que son estereotípicamente catalogados como intelectualmente sobresalientes y socialmente inadaptados”.¹¹

Esta descripción se ajusta a las características de Oscar Wao, que el narrador destaca a lo largo de toda la novela: Oscar es un graduado universitario, escritor en ciernes, profesor de secundaria, sin ningún éxito con las mujeres y con escasos amigos.

Fucú

En la novela de Díaz, los personajes cargan con el peso de la historia en sus vidas cotidianas (el fucú). La historia dominicana es vista como una sucesión de infortunios producto de la maldición ancestral que ha caído sobre la isla desde la llegada de los españoles. Díaz revisa la historia toria y teje su propia trama para explicarla. En esta revisión histórica, la Era de Trujillo es preponderante y Díaz dedica un capítulo completo a detallar los efectos del trujillato en la vida cotidiana, pero también en la configuración geopolítica de la isla. Respecto a la masacre de 1937, el narrador asegura: “Y en cuanto a la históricamente fluida frontera con Haití –que más que frontera era un bacá– el Cuatrero Fallido se convirtió en el Dr. Gull de From Hell; adoptando el credo de los Arquitectos Dionisiacos, aspiró a convertirse en un arquitecto de la historia, y a través de un horrible ritual de silencio y sangre, machete y perejil, oscuridad y negación, impuso una verdadera frontera sobre los países, una frontera que existe más allá de los mapas, que está marcada directamente en las historias e imaginarios de un pueblo”.¹²

Para Díaz, la frontera domínico-haitiana es una construcción artificial impuesta por la violencia del trujillato. La frontera, al igual que el concepto de raza, no tiene una realidad física, pero sí tiene consecuencias reales. Aquí cabe destacar dos conceptos claves: silencio y negación. Estos han sido los conceptos a través de los cuales se ha lidiado con la masacre de 1937 y, al hacerla parte de la narrativa dominicana y haitiana, escritores como Freddy Prestol Castillo (El Masacre se pasa a pie), Edwige Danticat (The Farming of Bones) y Díaz, intentan mantener viva la memoria histórica. El silencio en Oscar Wao no sólo rodea lo sucedido en octubre de 1937 sino que abarca prácticamente toda la Era de Trujillo; la situación de Abelardo Cabral, que cae en desgracia con Trujillo por negarse a ofrecerle su hija mayor, simboliza la nación dominicana bajo la dictadura: “Los otros Cabral no son de mucha ayuda tampoco; en todos los asuntos relativos a la prisión de Abelardo y la subsiguiente destrucción del clan hay un silencio que se mantiene a lo largo de generaciones, que desarma todos los intentos de construcción narrativa. Un susurro aquí y allá, pero nada más”.¹³

De este modo, la única manera de recuperar la memoria y poder combatir y superar el trauma es la reconstrucción narrativa. El narrador, Yunior, es quien se va a encargar a través de la historia que nos cuenta de llenar “las páginas en blanco” de los Cabral. La página en blanco es una expresión sumamente importante en la producción cultural y en la cultura popular dominicana. En su libro Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo, Joaquín Balaguer dejó una página en blanco donde se inscribirían los nombres de los asesinos del periodista Orlando Martínez, asesinado en 1975.

La historia dominicana reciente (sobre todo la de la Era de Trujillo) está llena de páginas en blanco que solo pueden ser llenadas realmente mediante la ficción. Tanto novelas como La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, como las novelas dominicanas recientes sobre la izquierda y los 12 años de Balaguer (1966-1978) son una respuesta a este vacío histórico; desde la literatura se intenta dar la respuesta que no se encuentra ni en la historiografía ni en el sistema político dominicano actual.

Al hacer su reescritura de la historia dominicana, Díaz acoge los mitos de origen planteados por los tradicionalistas, pero los subvierte: los taínos están presentes al principio pero se privilegia la resistencia (Hatuey) y la figura femenina (Anacaona) sobre el indio asimilado (Enriquillo). En cuanto al elemento negro en la cultura dominicana, Díaz lo da por un hecho aceptado, pero esto lleva a un enigmático silencio sobre figuras negras paradigmáticas como Lemba o Diego de Ocampo. Anacaona es llamada “La Flor Dorada. Una de las Madres Fundadoras del Nuevo Mundo y la india más hermosa del mundo”.14 Se reescribe el mito de la dominicanidad como mezcla de taíno y español pero dándole preponderancia al elemento indígena, y no menciona explícitamente el elemento negro, pero su narrador habla con la voz negra (afro-dominican-american) del emigrante que se fue a Estados Unidos; parecería que no hay que dudar nunca de la negritud del personaje y, por ende, de los dominicanos en general, por lo que se hace necesario retomar y rehacer, desde abajo, el mito que toma forma literaria en Enriquillo.

Respuestas a los silencios

Oscar Wao se convierte de este modo en el anti-Enriquillo; en un conjunto de respuestas a los silencios dominicanos. Aquí la novela pasa de ser una “historia americana” sobre inmigrantes de New Jersey para convertirse en una lucha intradominicana por los valores históricos que deben privilegiarse. Díaz enfrenta tanto los mitos fundacionales (indios y españoles mezclados armoniosamente en la figura de Enriquillo) como los nacionalistas tradicionales (los dominicanos como los antagonistas de los haitianos, la irreconciliabilidad de ambas nacionalidades) y también lucha contra el nuevo mito (la irreconciliabilidad de los domínico-americanos y los dominicanos de la isla) propuesto por escritores como Manuel Núñez en El ocaso de la nación dominicana.

Para Díaz, en la historia oral está la memoria dominicana y la literatura es un intento de rescatar esta historia y sistematizarla: “Lo extraño fue que ninguno de los libros de Abelardo, ni los cuatro que escribió ni ninguno de los cientos que tenía, sobrevivió. Ni en un archivo, ni en una colección privada. Ni uno. Todos se perdieron o fueron destruidos. Cada papel de su casa fue confiscado y supuestamente quemado. ¿Quieres saber algo escalofriante? No hay ni una sola muestra de su caligrafía”¹⁵

El estado de lo escrito en la historia de Abelardo es el estado de lo escrito en la historia dominicana; para reconstruirla hay que acudir a los testimonios orales de los supervivientes, de los cómplices, de los victimarios. Es sintomático que todavía el Archivo General de la Nación, en la República Dominicana, no se atreve a dar acceso general al Archivo del Palacio Nacional en lo referente a la Era de Trujillo. Todo ello por temor a lo que pensarán los familiares de los que allí se mencionan. Gran parte de los datos recabados por Vargas Llosa para escribir su novela sobre Trujillo surgieron de relatos orales que, una vez publicada la novela, fueron vehementemente negados por familiares y allegados a las personas involucradas.

Redefinir la dominicanidad

No sólo se trata de resituar los mitos históricos dominicanos sino que Oscar Wao redefine la manera en la cual se va a entender la dominicanidad actual. El narrador y sus personajes constantemente apelan a un nosotros que abarca tanto el continente como la isla. ¿Cuál es este nosotros? No hay una respuesta definitiva y satisfactoria; los personajes se inscriben dentro de ese nosotros exílico del que habla Julio Ramos en Divergent Modernities, al referirse a Escenas norteamericanas de José Martí: “Como muestra ‘Coney Island’, las Escenas [Norteamericanas] eran muchas veces dirigidas a un público denominado nosotros –un nosotros del cual el sujeto estaba sin embargo alejado–”.16 Este nosotros es realmente un nos-otros. Al igual que Martí, los personajes de la novela se refieren a un nosotros del que están separados por una condición de diáspora o exilio o expulsión. La condición de estar en “fuera”, “en los países”, “en el exterior”, se convierte en un posicionamiento estratégico (Ramos, 2001: 207). El nosotros de la novela crea afiliaciones, incluye al lector dentro del universo afectivo del narrador y de los demás personajes. Al usar este nosotros Díaz sitúa la dominicanidad fuera de un continuo geográfico o biológico para colocarla un dominio político-cultural (Ramos, 2001: 211).

La dominicanidad en Oscar Wao es flotante y fluida; y no necesariamente pasa por estar anclada telúricamente en la isla, sino que es fruto de compartir mitos y experiencias límites comunes. Pero compartir estos mitos y experiencias comunes no está vinculado a una nostalgia placentera que todo lo ve de color de rosa. Díaz no teme el señalar que así como se trasplanta un pedazo de la República Dominicana al Alto Manhattan también se trasplantan los prejuicios: “[…] los grupos de limosneros en cada semáforo (tan negros, se dio cuenta, y su madre dijo, despectivamente, maldito haitiano)”.¹⁷

Los padres de la diáspora reproducen el patrón que aprendieron en la República Dominicana, el antihaitianismo y la negrofobia. En la segunda generación la situación es mucho más sutil: una de las amigas de Lola es mitad dominicana, mitad haitiana, pero esto no impide que Lola le diga a Yunior: “Yo soy prieta, Yuni, pero no soy bruta”,¹⁸ reproduciendo así el estereotipo racial dominicano que pinta a los negros como estúpidos.

La visión de la dominicanidad que se desprende de la totalidad de la novela es de una identidad fragmentada, fluida, una “rayanidad” que ocupa un espacio abierto a la creación de diferentes formas de ser dominicano. Un ejemplo palpable de la transformación por la que ha atraviesa la sociedad dominicana debido a la migración, especialmente la femenina, es el contraste entre Ybón y Beli. Si la casa que Beli le compró a su madre es “the house that Diaspora has built”,19 también la de Ybón comparte esa condición y ambas representan la aportación de la diáspora a la economía insular.

Ambas casas se encuentran una al lado de otra en el Mirador Norte, un barrio de clase media alta de Santo Domingo; en este espacio urbano concurren dos mujeres que han logrado ascender económicamente en la sociedad dominicana gracias a su trabajo en el exterior, pero que se ven enfrentadas por el aspecto moral: “La mamá de Oscar compró su casa con dos turnos en su trabajo. Ybón compró la suya con dobles turnos también, pero en una vitrina en Amsterdam”²⁰Aquí se presentan los dos aspectos de la diáspora femenina dominicana: la emigración hacia Europa se caracteriza por la prostitución; la emigración hacia Estados Unidos por los trabajos mal pagados. Para el narrador ambas son válidas, pero no así para la abuela y la madre de Oscar, quiénes no se cansan de llamar “puta” y “cuero” a Ybón: “¿Tú no sabes que esa mujer es una PUTA? ¿Que compró esa casa CULEANDO?”.²¹

Fracturas

Díaz presenta todas las fracturas de la sociedad dominicana y cómo éstas migran con los viajantes, pero deja abierta la posibilidad de un cambio en las futuras generaciones, que se ve reflejado en la hija de Lola (¿domínico-americana, dominican-york, dominicana, americana?), resguardada contra el fucú por la magia y la tradición: “He aquí la niña: la hermosa muchachita […]. Pero en un collar alrededor de su cuello: tres azabaches: el que usó Oscar cuando era bebé, el de Lola y el que La Inca le dio a Beli cuando llegó al Santuario Poderosa magia de los viejos. Tres barreras contra El Ojo”.²²

En Oscar Wao la sociedad dominicana transinsular aparece como un espacio que, si bien reproduce las virtudes y defectos de la isla, es el lugar donde la esperanza de mejora económica y otra manera de ser dominicano son posibles.

Arturo Victoriano es agregado cultural de la República Dominicana en Canadá; cuenta con una maestría en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Toronto, donde cursa actualmente estudios doctorales y ha sido traductor de textos académicos al español y al inglés.

Notas

¹ El premio Pulitzer establece específicamente que es otorgado: “For distinguished fiction by an American author, preferably dealing with American life”. La novela también ha obtenido el premio del Círculo National de Críticos Literarios (National Book Critics Circle) 2007 y fue elegida entre las 10 mejores del año en The New York Times, The Washington Post, Amazon.com, y muchas otras publicaciones especializadas.

²“[…] erasure of subaltern histories, rape, child slavery, family violence and sexism, invisibility of particular groups […]”. Todas las traducciones son del autor del presente artículo; en las citas de Díaz se obvia al autor.

³“I’m just a red nigger who love the sea, I had a sound colonial education, I have Dutch, nigger and English in me, and either I’m nobody, or I’m a nation.”

⁴“They say it came from Africa, carried in the screams of the enslaved; that it was the death bane of the Tainos, uttered just as one world perished and another began; that it was a demon drawn into Creation through the nightmare door that was cracked open in the Antilles. Fukú americanus […].” ( p. 1)

⁵ For those of you who missed your mandatory two seconds of Dominican history […] (nota 1, p. 2).

⁶Our hero was not one of those Dominican cats everybody’s always going on about—he was no home-run hitter or a fly bachatero, not a playboy with a million hots on his jock. And except for one period early in his life, dude never had much luck with females (how very unDominican of him) (p. 12).

⁷ When Oscar whimpered, Girls, Moms de León nearly exploded. Tú ta llorando por una muchacha? She hauled Oscar to his feet by his ear. Mami, stop it, his sister cried, stop it! She threw him to the floor. Dale un galletazo, she panted, then see if the little puta respects you (p. 14).

⁸ You ain’t a woman to be staying in the house (p. 14).

⁹If he’d been a different nigger he might have considered the galletazo. It wasn’t just that he didn’t have no kind of father to show him the masculine ropes, he simple lacked all aggresive and martial tendencies (p. 15).

¹⁰You really want to know what being an X-Man feels like? Just be a smart bookish boy of color in a contemporary U. S. ghetto. Mamma mia! Like having bat wings or a pair of tentacles growing out of your chest (nota 6, p. 22).

¹¹ This identity, the nerd, is racially marked precisely because individuals refuse to engage in cultural practices that originate across racialized lines and instead construct their identities by cleaving closely to the symbolic resources of an extreme whiteness, especially the resources of language. Nerds are members of a stigmatized social category who are stereotypically cast as intellectual overachievers and social underachievers.

¹² As for the country’s historically fluid border with Haiti—which was more baká than border—The Failed Cattle Thief became like Dr. Gull in From Hell; adopting the creed of the Dionyesian Architects, he aspired to become an architect of history, and through a horrifying ritual of silence and blood, machete and perejil, darkness and denial, inflicted a true border on the countries, a border that exists beyond maps, that is carved directly into the histories and imaginaries of a people (p. 225).

¹³ The remaining Cabrals ain’t much help, either; on all matters related to Abelardo’s imprisonment and to the subsequent destruction of the clan there is within the family a silence that stands monument to the generations, that sphinxes all attempts at narrative reconstruction. A whisper here and there but nothing more (p. 243).

¹⁴The Golden Flower. One of the Founding Mothers of the New World and the most beautiful Indian in the World (nota 29, p. 244).

¹⁵Also strange that none of Abelardo’s books, not the four he authored or the hundreds he owned survive. Not in an archive, not in a private collection. Not a one. All of them either lost or destroyed. Every paper he had in his house was confiscated and reportedly burned. You want creepy? Not one single example of his handwriting remains (p. 246).

¹⁶ As ‘Coney Island’ shows, the Escenas are often addressed to a constituency denominated as we—a we from which the subject is nevertheless stranged (cursivas en el original).

¹⁷The clusters of peddlers at every traffic light (so dark, he noticed, and his mother said, dismissively, Maldito haitianos) (p. 273).

¹⁸ Yo soy prieta, Yuni, she said, pero no soy bruta (p. 169).

¹⁹ the house that Diaspora has built (p. 279).

²⁰Oscar’s moms had bought their house with double shifts at her two jobs. Ybón bought hers with double shifts too, but in a window in Amsterdam (p. 279).

²¹ Do you know that woman’s a PUTA? Do you know she bought that house CULEANDO? (p. 282).

²¹ Behold the girl: the beautiful muchachita…But on a string around her neck: three azabaches: the one that Oscar wore as a baby, the one that Lola wore as a baby, and the one that Beli was given by La Inca upon reaching Sanctuary. Powerful elder magic. Three barrier shields against the Eye (p. 329).

Bibliografía

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Bucholtz, Mary: “The Whiteness of Nerds: Superstandard English and Racial Markedness”, en Journal of Linguistic Anthropology, 11.1 (2001): págs. 84-100.

Báez, Josefina: Dominicanish, New York: 2000.

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Vargas Llosa, Mario: La Fiesta del Chivo, Madrid: Alfaguara, 2000.


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