Artículo de Revista Global 31

La emergencia de una economía eco-sostenible: una nueva mirada en el vivir económico

Tras la ruptura de la burbuja inmobiliaria de estados unidos que denotó la crisis financiera global (con ecos dramáticos en la economía real), se empezó a cuestionar con convicción el actual paradigma mundial de crecimiento y desarrollo desregulado. La novedad es que ya no se trata solamente de los críticos contraculturales que venían anunciando el fin del crecimiento y la pertinencia de una nueva sociedad ecológica. Ahora son también algunos de los máximos líderes políticos, e incluso empresariales, quienes afirman que el modelo que recientemente hizo crisis ha fracasado, pues amenaza incluso la propia sostenibilidad de la especie humana en la Tierra.

La emergencia de una economía eco-sostenible: una nueva mirada en el vivir económico

Según no pocos de los nuevos líderes con conciencia planetaria, del norte y el sur del mundo, la superación de la actual crisis económica es una oportunidad para la búsqueda de soluciones que sean ecológicamente sostenibles; es urgente asumir medidas regulatorias, económicas y tecnológicas que pongan un freno a la irracionalidad económica que ha llevado a la actual crisis de sostenibilidad (y uso la palabra economía en su acepción originaria: el buen cuidado o uso de la casa).

Afortunadamente, esta nueva convicción post crisis no empieza desde el “vacío histórico”, sino que hereda el trabajo teórico y las experiencias que han venido desarrollándose desde la década del sesenta del siglo pasado, cuando surgieron las primeras voces de alerta sobre la crisis ecológica, entre otras grandes revoluciones culturales y cambios paradigmáticos iniciados en esa prodigiosa década en Occidente.

Fin del progreso económico ilimitado

La mayoría de los sociólogos contemporáneos coinciden en afirmar que vivimos un cambio de época histórica: por eso, abunda bibliografía con distintas denominaciones sobre la nueva sociedad, aunque todas precedidas del prefijo ‘pos’, la sociedad post-industrial, posmoderna, pos-biológica… Este cambio histórico conlleva una mutación cultural que se expresa en todos los dominios de lo humano: en la relación con la naturaleza; en la vivencia de nuestras emociones y la relación con nuestros cuerpos; en la relación con el otro diferente, ya sea sexual, etáreo o cultural; en nuestra relación con la tecnología; en la arquitectura; en la relación con la religión institucional y también en la comprensión de la economía y en el vivir económico.

Claro que el cambio en la vida económica es el más difícil y espectacular en su devenir y realización. ¿Por qué? Porque atrapa y es muy potente la red económica creada por la modernidad occidental, que terminó por globalizarse en una especie de “planeta americano”. Esa red nos envuelve y atenaza con la inercia inclusiva del aparato productivo: siendo casi un “metabolismo” de producción y reproducción de bienes y servicios, en la que todos aportamos inteligencias y oficios, y actuamos simultáneamente como productores y consumidores. Esta red es tan poderosa que inhibe las nuevas prácticas a la hora de imaginar cómo podremos reorganizar la economía.

Seguir concibiendo esta red como una “máquina” imparable, orientada unilateralmente a dar empleos y ganancias, es la lógica económica que hay que subvertir. Los analistas más lúcidos de nuestro presente coinciden en diagnosticar como insostenible el actual sistema económico, dinamizado por la lógica de la competencia, el egoísmo, el lucro y la maximización de la producción y del sobreconsumo, características que lo hacen intolerable para la biosfera.

Hoy la tan moderna y motivante idea del “progreso económico productivo ilimitado”, parece cada vez más una locura colectiva que solo está generando destrucción y desesperanza. Los valores económicos que han estado en el centro del corazón y la razón humana durante la modernidad (el egoísmo, la no-reciprocidad, el consumismo, la maximización irreflexiva de la producción y la apropiación privada o del partido, entre otros), son todos históricamente cercanos en el tiempo y en su origen son exclusivos de nuestra cultura occidental. Ergo, siendo sólo un patrón de comportamiento histórico, no es utópico pensar que necesariamente, producto de sus presiones y riesgos asociados, ese patrón puede y tendrá que cambiar.

La actual sociedad de consumidores es el signo más común de la modernidad híper-exacerbada. Y en su seno es la sensibilidad contracultural posmoderna históricamente constructivista la que quiere recuperar el valor de la austeridad, el valor del autocontrol en el consumo, el reciclaje, la simplicidad voluntaria y el sueño de vivir en una sociedad que se preocupe de la calidad de vida integralmente, del bienser y del bienestar de manera integrada.

Ahora la humanidad ya conoce la amenaza destructiva que acarrea el absurdo característico de la práctica económica moderna, que creía que los factores productivos operaban en un “fondo eterno”, cerrado y abstracto (así se consideraba a la naturaleza); un “fondo” ajeno a cualquier medición económica. Por eso, los hombres y mujeres de la época moderna desconocieron impunemente los límites estructurales impuestos por la misma naturaleza.

En cambio, hoy desde el pensamiento sistémico posmoderno los científicos saben que la biosfera –que es un sistema abierto a la energía del cosmos– no puede tolerar al infinito la “eficiencia económica” que sólo opera en ciclos cortos y en espacios supuestamente separados. Precisamente el sino central de la supuesta “eficiencia” de esa economía maximalista de la riqueza material ha sido el economicista (des) criterio del costo y la oportunidad: cuántos horrores de destrucción ambiental y social, por ejemplo, se han cometido gracias a ese literal descriterio. Su impunidad social y ambiental deberá terminar si acaso la economía del futuro realmente quiere dejar de extraer indiscriminadamente energía libre y producir desechos como resultado.

En la actualidad, a tono con la sensibilidad posmoderna que desea imaginar otra manera de expansión económica, muchos pensadores se preguntan: ¿puede seguir creciendo la economía mundial? Y unánimemente se responden que el crecimiento a la manera moderna ya no es posible. La noción de hectárea global, que mide cuántos recursos puede producir y cuántos desechos puede absorber cada hectárea de tierra o mar, permite sumar y restar la relación entre los recursos proporcionados por la naturaleza y los deshechos que a ella devolvemos con nuestras actividades económicas. Por ejemplo, la institución californiana Redefining Progress, sobre la base del concepto de hectárea global, en el año 2002 presentó en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos un estudio concluyente: el actual nivel de intensidad de la explotación de recursos ha llevado a la Tierra a cruzar el umbral de su regeneración, ya en 1999 consumimos un 20% más de lo que la agotada Tierra fue capaz de regenerar (y es un decir el uso del plural, pues algunos consumen más que otros).

En el actual marco histórico transicional, el principal desafío de la tecno-ciencia y de una nueva conciencia y economía es precisamente reinventar una producción y reproducción del bienestar material que conserve y respete las concordancias ecológicas entre la cultura humana y el resto de las especies, los ecosistemas y la biosfera. Sobre esa base algo ya está ocurriendo. Veamos cuáles son algunas de estas nuevas ideas y prácticas económicas.

1) El sentido ético de la nueva economía. ¿Por qué es necesaria una nueva economía posmoderna? Porque con la vieja economía moderna, a través del increíble crecimiento de fuerzas productivas ambientalmente insostenibles, en pocos siglos hemos ido destruyendo nuestra propia casa (la biosfera).

Hoy la reflexión éticamente responsable coincide en que una nueva economía posmoderna integral (en el sentido de ser radicalmente distinta y pos o después de la vieja economía moderna) debe ser tecnológicamente compleja y tender en todas las empresas y actividades humanas a la sostenibilidad social y ambiental, a la desmaterialización o a un mínimo impacto gracias al reciclaje de todos los productos materiales, a incentivar las empresas asociativas y cooperativas, a un radical giro energético y a promover el tercer sector de la economía, solidario y sin fines de lucro.

Se trata, en suma, de una nueva economía sostenida por una red de tecno-ciencia generadora de energía renovable y con el foco puesto en la producción limpia, además de implicar un cambio cultural profundo o un cambio en la conciencia humana, en tanto es consenso que la nueva economía se guía y debe guiarse por conductas y valores muy distintos a los de la vieja economía. Por ejemplo, se trata de tomar las decisiones económicas sobre la base de criterios que articulen y promuevan la sostenibilidad social y ambiental, en vez de la ciega y anti-ética prioridad tecnócrata por el costo-beneficio inmediato; auto-inhibir en cada uno de nosotros el exceso de consumo, y reorientar el emprendimiento económico del empresariado en función de la sostenibilidad y no sólo tras una carrera loca por acumular ganancias y producir y vender mediante el incentivo del consumismo. Hoy en el mundo, lenta pero inexorablemente, se están expandiendo estos distintos ámbitos de la nueva economía, incentivados ya sea por el Estado, por empresas o por organizaciones de la sociedad civil.

En este punto, es necesaria una breve reflexión sobre el rol del Estado y el mercado. Para la nueva economía posmoderna es un desafío reconceptualizar el papel de uno y otro. En la tardo-modernidad, el sentido común neoliberal ha tendido a enaltecer (y fetichizar) el mercado y, a contrario sensu, a descalificar al Estado (antes el socialismo real hizo lo mismo, pero en sentido inverso).

Según la teoría económica liberal, y más dogmáticamente aún en el neoliberalismo, el mercado no debe ser intervenido ni regulado por el Estado, ya que es “espontáneo”, ni tampoco el Estado debe administrar actividades productivas, porque es ineficaz. Pero esa comprensión no se condice ni con mucho con la experiencia humana.

Más allá de la actual y amnésica ideologización neoliberal, históricamente el Estado siempre ha sido regulador de la vida económica, además de otras funciones, y durante los últimos siglos, en Occidente y Oriente, el Estado –liderado por individuos de inspiración moderna– ha sido el gran gestor de los más relevantes emprendimientos productivos: toda la expansión económica de Occidente se realizó de hecho tras la égida de los incipientes Estados-nación y más tarde fueron los Estados, en Occidente y Oriente, quienes planificaron y fueron marcando la pauta productiva innovadora en el devenir económico expansivo. Respecto al supuesto carácter “espontáneo” de las dinámicas de intercambio humano (deseos y prácticas) que acaecen en el mercado, la afirmación es igual de discutible. El neoliberal olvida que el mercado como hecho real no es una invención reciente, sino que históricamente ha sido el “lugar” en el que se establecen los vínculos entre los seres humanos en el vivir económico. En ese sentido, obviamente el mercado surge con lo social y en consecuencia se trataría de un gesto humano espontáneo. Sin embargo, algo muy distinto son los deseos, valores y prácticas con que los seres humanos concurren a ese mercado, lo que no es espontáneo, sino que está lleno de historicidad. El mercado se ha organizado de distintas formas en la historia: he ahí el trueque y más tarde una diversidad de formas, ideas y estados de ánimo que han ido desde civilizaciones y culturas cuyos mercados estuvieron signados por la competencia más fiera o bien por la solidaridad y reciprocidad más plena, pasando por regulaciones más o menos laxas o más o menos rígidas, concurriendo los seres humanos en cada ocasión a esos distintos mercados, según sea el paradigma social y el modo de vida de su época.

La incoherencia de los neoliberales (y liberales) radica en que alaban un supuesto orden y una supuesta concurrencia “espontánea” al mercado, pero a renglón seguido agregan que los hombres y mujeres participan y participarían por siempre de ese mercado como unidades discretas que van a competir entre sí motivados por su afán egoísta, sin asumir que lo que han hecho con ese discurso durante toda la época moderna (y lo continúan haciendo) es producir y reproducir y así dar continuidad cultural sólo a un particular e histórico modo de concurrencia al mercado.

Por lo mismo, el desafío de la sensibilidad y modo de vida posmoderno es ir más allá del abstraccionismo y los dogmas típicamente modernos, y asumir que lo relevante es cómo vivimos y cómo realizamos el mercado y cómo vivimos y cómo realizamos el Estado. Luego, lo que verdaderamente importa es subvertir los valores modernos en el vivir económico e instaurar los valores emergentes de la nueva economía posmoderna.

2) Las nuevas regulaciones ambientales, la medición de la huella ecológica e innovación y transferencia tecnológica ambiental. En las últimas décadas, la regulación de los Estados y la auto-regulación ambiental de las empresas llegó para quedarse. No hay país en el mundo que no posea hoy un marco legal ambiental. Las empresas, obligadas por la fiscalización legal y ciudadana, han convertido en un imperativo del negocio las autorregulaciones ambientales. De hecho, la responsabilidad social empresarial (RSE es la sigla hoy más escuchada en los ámbitos de negocios y empresariales) no es otra cosa que la incorporación de lo que se conoce como el triángulo de la sostenibilidad en la gestión de las empresas: uno, rentabilizar la producción; dos, la responsabilidad ambiental; y tres, la responsabilidad con las comunidades donde cada empresa se inserta. Para medir esto destacan las normas conocidas masivamente como ISO (International Organization for Standardization). Estas se han convertido en un estándar global para que las empresas demuestren su compromiso con las regulaciones y autoregulaciones ambientales.

En el ámbito de las nuevas miradas académicas o regulatorias está ocurriendo un cambio en la manera de conceptualizar la medición económica. Hoy se transita hacia un PIB verde y a medir la huella ecológica.

Durante la modernidad, el producto interno bruto (PIB) ha sido el indicador más utilizado para medir el crecimiento económico (producción formal de bienes y servicios) de un país en un periodo de tiempo determinado (normalmente un año). El PIB no mide el consumo de recursos naturales ni los costos asociados a la contaminación del medio ambiente o su regeneración. Por eso, en los últimos años ha aumentado la exigencia ciudadana y académica por añadir al PIB los parámetros ambientales que hoy sabemos fundamentales para la expansión sostenible de la economía. Ese sería el PIB verde.

Como en el vivir necesitamos alimentos, agua y energía, sin duda que dejamos una huella en la naturaleza. Con la increíble expansión de las fuerzas productivas (trabajo, conocimiento, tecnología y capital) y el consumismo moderno, esa huella ecológica (he) ha aumentado extraordinariamente. Precisamente la he es un concepto estadístico que permite medir el impacto de nuestro consumo y estilo de vida sobre el planeta, estimando el gasto y agotamiento de “energía y recursos naturales” que el consumo humano y la absorción de nuestros residuos genera. Lo que se calcula es nuestro gasto energético (agua, alimentos, productos varios, electricidad, combustibles fósiles, etcétera), ya sea directo o indirecto. En ese análisis resulta que un estadounidense deja una he que requeriría de 5,38 planetas iguales al nuestro si acaso todos consumiéramos con su estándar; un mexicano requeriría de 1,36 planetas y un afgano de 0.17 planetas. Es decir, nos permite darnos cuenta cómo nuestro estilo de vida y decisiones de consumo afectan una parte importante del ecosistema de la Tierra.

En otro tema, la tecnología moderna (de los últimos tres siglos) ha sido un factor clave en el desenvolvimiento económico y podríamos decir que por su eficacia ha sido también un motor del deterioro ambiental. Sin embargo, aceptar eso no implica hoy tirar la tecnología al basurero de la historia, que por lo demás es imposible. Lo que sí está ocurriendo es una reformulación radical de la tecno-ciencia, que hoy se está recreando en concordancia con el medio ambiente. Los ejemplos son muchos, basta mencionar a las tecno-energías renovables (ya volveremos sobre esto). La tecnología moderna fue parte clave en la génesis del problema ambiental; hoy la tecnología posmoderna es y será parte fundamental de la solución ecológica.

Actualmente los acuerdos multilaterales sobre medio ambiente contienen cláusulas para identificar y promover las tecnologías más innovadoras y eficientes. El Reporte Brundtland de 1987 y la Declaración de Río de Janeiro sobre Ambiente y Desarrollo de 1992, por ejemplo, reconocen la reorientación tecnológica –que se hace cargo de sus externalidades ambientales negativas– como un imperativo estratégico para el desarrollo sostenible y convocan a los Estados a la transferencia de tecnologías desde el norte hacia el sur, de Occidente a Oriente, y viceversa. El Programa 21 promueve la transferencia de tecnologías ecológicamente racionales en condiciones favorables hacia los países en desarrollo. Y más aún, en la Convención sobre el Cambio Climático se hace un llamado a promover un cambio en el paradigma tecnológico que se haga cargo de la complejidad que requiere este inédito desafío de supervivencia de la especie humana.

3) El tercer sector: un actor clave de la nueva economía. El tercer sector, que no es ni Estado ni gran empresa privada, y está inspirado en una lógica sin fines de lucro, está plantando desde la sociedad civil los primeros gérmenes organizativos de una nueva manera de producir y de relacionarse. En las últimas décadas ha venido creciendo el asociacionismo económico productivo o de servicios ambientales, educativos, de salud, recreativos, etcétera. “Juega un papel social cada vez más importante en el mundo […], ha crecido sensiblemente en los últimos años […] y es la única opción con futuro ante la actual crisis económica y laboral causada por la revolución tecnológica y las desigualdades sociales”, afirma Jeremy Rifkin.

Ya en 1990, el mismo autor entregaba las siguientes cifras: 350,000 organizaciones participaban del tercer sector en el Reino Unido, con un 4% de participación en el producto interno bruto. En Francia, en sólo un año, a finales de los ochenta, se crearon 43,000 asociaciones de la sociedad civil y el empleo en ellas ha crecido de forma regular, mientras que disminuye en la economía formal. En Alemania el tercer sector crece más rápido que el sector público y el sector privado. Hay 70,000 ONG en la ex Unión Soviética y Europa central. En Asia existen 20,000 asociaciones de la sociedad civil. En África 4,000 y en América Latina, sólo en Brasil, en 1990, había 100,000 asociaciones comunitarias. En Estados Unidos, en 1996, el tercer sector (considerando sólo las organizaciones no gubernamentales) tuvo una participación del 7% en el producto bruto nacional (PNB), 525 billones de dólares, una cifra más grande que el PNB del 90% de los países del mundo.

En algunas ciudades de Estados Unidos, Europa e incluso de América Latina circula un nuevo papel dinero que se usa para intercambiar valores de trabajo social y ambientalmente necesario. Este dinero es incluso aceptado por algunas entidades financieras. Por otra parte, allí donde arrecia una crisis económica severa, surgen inmediatamente nuevas formas asociativas y también empiezan a desarrollarse mercados de trueque.

En fin, podemos afirmar que este sector se ha constituido en una nueva relación socio-económico-cultural inspirada en valores como la cooperación y la solidaridad. Es una nueva organización social que surge como una coartada de la ciudadanía para ocupar el espacio redistributivo abandonado por el Estado y que la gran empresa privada nunca ha asumido. Si se quiere un símil histórico, el tercer sector, al menos en su dimensión económica y en los valores que lo acompañan, es algo así como lo que ayer, en la transición medioevo-modernidad, fue la emergencia de los burgos (ciudades) en el corazón del feudalismo, con toda su complejidad social y subversiva a cuestas.

4) Un giro energético en la nueva economía. Los combustibles fósiles han sido las energías no renovables que han estado en la base económica de la modernidad: primero el carbón que movió la máquina de vapor, después el petróleo y el gas para mover la “máquina económica” mundo. Dicho metafóricamente: los hidrocarburos vistos como una potente energía extraída del corazón de la Tierra, “liberando” así a los cielos “la sangre” del planeta para alimentar el exceso de consumo que la modernidad ha impuesto a nuestros organismos, que son también los hijos e hijas del macro-organismo que es la Tierra.

El indeseado corolario de este frenesí energético ha sido la actual amenaza a nuestra organización económica global y por extensión a nuestra supervivencia, implícita en un acelerado cambio climático causado por la liberación indiscriminada a la atmósfera del dióxido de carbono de los combustibles fósiles.

En el presente, ese riesgo inminente es el que nos está llevando a un radical giro energético: al re-descubrimiento y re-utilización, ahora con nuevas y sofisticadas tecnologías, de antiguas energías renovables y limpias, por ejemplo, la energía solar, la energía geotérmica, la energía eólica, la mareo-motriz, los BIO-combustibles, o bien a nuevos descubrimientos como la energía proveniente de la fusión del hidrógeno. Este giro energético es condición sine qua non para la continuidad de nuestra cultura material y para la continuidad de la especie, si consideramos seriamente la amenaza del cambio climático.

Ya en 1997, dos de las mayores transnacionales petroleras del mundo, la British Petroleum y la Royal Dutch Shell, invirtieron mil millones y quinientos millones de dólares respectivamente en fuentes energéticas renovables como el hidrógeno, la eólica, la solar, las mini hidráulicas, los biocombustibles. Ese mismo año, el consumo de petróleo aumentó sólo un 1,4%, en cambio se incrementó en un 25% la producción de energía eólica. Hoy el consumo de petróleo decrece por primera vez en los últimos dos siglos y, en cambio, aumentan exponencialmente las energías renovables en todo el mundo.

El uso de las eficientes lámparas fluorescentes se ha multiplicado en los últimos años. Hoy se utilizan más de estas lámparas que las incandescentes convencionales, lo cual es una notable noticia de eficiencia energética, pues ahorran tanta electricidad como la producida por más de un centenar de centrales nucleares.

La venta de células solares fotovoltaicas (California es un ejemplo notable) creció un 100% en los últimos años. El Gobierno japonés planea tener 4,600 megavatios de tejados solares hacia el 2010, una capacidad instalada comparable a la energía que consume un país como Chile.

5) Reciclabilidad y desmaterialización en la nueva economía. También hoy está ocurriendo otro giro productivo y cultural de máxima importancia. La economía moderna extraía recursos naturales, en tanto la conciencia económica posmoderna aspira a que estos recirculen y se reciclen en una construcción y reconstrucción constante. Veamos algunos ejemplos.

En los últimos años ha crecido de manera vertiginosa la tasa mundial de recuperación de papel; según la FAO, en el año 2010 se alcanzará una tasa de recuperación cercana al 50%. El mercado mundial de las tecnologías de control de la contaminación y otros bienes y servicios ambientales (industria del reciclaje, por ejemplo), el 2001 superó en facturación a la industria aeroespacial, a la de armamentos y a la industria química. Hasta esa fecha, esta industria facturaba un 90% de su movimiento en los países industrializados; sin embargo, en los últimos años también se está expandiendo en los países del Sur y del Oriente.

Hoy, líderes políticos, intelectuales y empresariales de Europa y de Estados Unidos impulsan medidas en pro de la sostenibilidad en las conferencias mundiales sobre cambio climático, biodiversidad, demografía. Y en sus países se plantean metas hacia la conversión energética y productiva en aras de la desmaterialización de la economía: esto es, minimizar las actividades extractivas de recursos naturales y tender a la reciclabilidad radical de los bienes materiales que ya circulan en la biosfera.

Las grandes empresas transnacionales, producto de la acción ecológica, han incorporado las variables ambientales en sus políticas corporativas. Por ejemplo, en 1998 y 1999, luego de la Conferencia de Cambio Climático en Kyoto, 21 compañías (entre ellas, empresas tan señeras en actividades económicas causantes del calentamiento global como Royal Dutch Shell y Boeing), todas con una facturación combinada de 550,000 millones de dólares, se unieron al Consejo Empresarial del Liderazgo Medioambiental, patrocinado por la Pew Charitable Trusts, reconvirtiendo hacia lo ambiental algunos de sus procesos.

6) “Crecimiento cero”: una neo-expansión eco sostenible. El concepto de crecimiento cero ha sido desarrollado en las últimas décadas por pensadores y organizaciones que se oponen a continuar con la irracional expansión material y productiva. Estos no proponen una suerte de “nirvana económico”, es decir, una negación literalmente metafísica de la necesaria y tan humana expansión de la economía, en tanto saben que el ser humano vive, consume energía y se reproduce. Nadie discute la ineludible expansión; sólo se discute el carácter de la misma: ya sea continuar con un crecimiento ilimitado, ciego e irreflexivo, pura expansión, o bien empezar con una (neo) expansión entendida en el sentido de liberar, de potenciar las actividades económicas ahora en concordancia con la biodiversidad y la continuidad humana. (El coautor de la científicamente fundacional teoría de Gaia, James Lovelock, en su última obra, La venganza de Gaia, propone una retirada sostenible, que en lo sustantivo es lo mismo que el crecimiento cero, porque no es posible, es suicida, dice él, continuar con el crecimiento o desarrollo económico a la manera moderna.)

Un papel fundamental en el actual cambio de época histórica juega la nueva contradicción entre el desorbitado desarrollo de las fuerzas productivas modernas y la imposibilidad del BIO-sistema planetario de soportar el daño que están infiriendo a la naturaleza. Y esa nueva y vital contradicción puede complementarse con una manera creativa de traer al presente una de las más sugerentes tesis del historiador Carlos Marx: esto es, que determinadas relaciones de producción de una época antigua se pueden convertir en una traba para el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas.

Veamos cómo: si entendemos las relaciones de producción en tres dimensiones: una, como relaciones de apropiación y distribución de la riqueza; dos, como los motivos y valores que mueven la producción de bienes y servicios, y tres, como las relaciones entre los sujetos (y clases o colectivos) en los mercados y en cualquier interacción económica; pues bien, hoy es inequívoco que las relaciones productivas modernas están trabando el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas posmodernas que la humanidad tiene a mano para superar la actual crisis de sostenibilidad.

En la actualidad, ya existen y están operando fuerzas productivas eco-tecno-eficaces que constituyen el núcleo duro de la nueva economía posmoderna; existe el conocimiento y la capacidad para la generación de energía renovable; existe la capacidad para desmaterializar la economía, reciclando y reorganizando toda la materia prima ya transformada que está circulando en el mundo. De hecho, en el año 2000 se realizó en Hanóver (Alemania) la primera y global Feria Mundial para mostrar las grandes innovaciones en estos tres dominios de las nuevas fuerzas eco-productivas.

Pero esta emergente capacidad de producción eco-tecno-eficaz está siendo trabada hoy por relaciones de producción propias de una época ya antigua; relaciones aún basadas en valores como la sobreproducción, el lucro, el costo-beneficio economicista y de corto plazo, la no redistribución, etcétera.

Hoy tenemos una emergente expansión-creatividad en las nuevas fuerzas eco-productivas, y si estas fueran liberadas y expandidas nos permitirían desarrollar una capacidad de conservación para que las generaciones futuras continúen viviendo en el planeta, pero lamentablemente aún estamos organizados en antiguas-modernas relaciones de producción.

En este sentido, la magnitud de la reciente crisis económica podría estar contribuyendo a dinamizar aún más esta nueva expansión económica posmoderna tecno-eficaz y sostenible. A inicios del siglo XXI hay mejores condiciones, sin duda, para echar a volar aún más la imaginación social creadora y así profundizar los cambios ya en curso que apuntan a reorganizar el hacer económico. Esto neutralizaría las antiguas relaciones de producción modernas, a través de un cambio cultural, y aceleraría la comprensión colectiva e individual de la no-sostenibilidad del actual modelo de desarrollo económico.

Hernán Dinamarca es licenciado en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, profesor de Historia y Geografía, diplomado en Gerencia Pública y posgrado en Biología del Conocimiento y Comunicación (Universidad de Chile). Ensayista y realizador audiovisual, ha publicado libros y documentales en Chile y Uruguay. En Chile dirigió las revistas Canelo y Plaza Pública y en Uruguay colaboró en Brecha y en el diario La República. Ha sido docente en la Universidad de Chile, la Universidad Bolivariana y la Universidad Humanismo Cristiano.