Artículo de Revista Global 85

La Europa actual. Una perspectiva desde la historia

¿Qué está pasando hoy en Europa? ¿Está viviendo un momento parecido al período de entreguerras como plantean algunos teóricos? En este artículo se describe el papel central de Europa en la historia, se presentan los antecedentes que llevaron a conformar la Unión Europea, se analizan los escollos a los que se ha enfrentado y se termina debatiendo su situación actual y los grandes problemas que le plantea la modernidad.

La Europa actual. Una perspectiva desde la historia

Llevo más de 30 años estudiando, investigando y enseñando la historia de Europa en el siglo XX; soy español y europeo y firmemente europeísta, pues he creído en la idea de una Europa unida desde el momento en el que comencé a estudiarla y mucho más desde el año 1986, en el que por fin y tras muchos obstáculos, España se integraba en la entonces Comunidad Europea. Pero mi preocupación sobre Europa ha ido creciendo en función de los que llevamos observando desde 2018, con el aumento imparable de los populismos de derecha y extrema derecha; el crecimiento del antieuropeísmo también entre los populismos de izquierda;  los nacionalismos excluyentes que se habían ido diluyendo han vuelto a renacer, así como la xenofobia y el racismo que aumentan día a día, incluso en países como España en donde este fenómeno no había sido perceptible, y eso a pesar de los más de 5 millones de extranjeros que llegaron a vivir en este país hasta hace pocos años. La Unión Europea formada por 28 Estados —hasta el momento en el que escribo este trabajo— vive pendiente de una votación parlamentaria británica sobre un Brexit ordenado o rupturista, con las grandes y graves consecuencias que de ello se deriva, y a las puertas en mayo de 2019 de unas elecciones al Parlamento Europeo, cuyos diputados pueden ser el reflejo de un cambio histórico en la configuración política e ideológica de Europa.

¿Cuál puede ser el origen de esta dramática situación? Sin duda, para entenderla debemos comenzar señalando «lo qué ha sido Europa en la historia».

Europa ha sido desde los siglos XV-XVI el centro de un poder mundial que desde España, el primer Imperio global de la historia, se fue ampliando a Inglaterra, Francia, Países Bajos, etc. Ese poder central, avalado por recursos cada vez mayores y más efectivos, dio lugar al nacimiento de la llamada «civilización occidental, con valores, principios, ideologías o percepciones que se fueron imponiendo al resto del mundo a través de la llamada «europeización», que se reflejará también en los mapas, los husos horarios, etc. En Europa y desde Europa se difundieron también los fundamentos de las llamadas «revoluciones burguesas»: el liberalismo económico o capitalismo; el liberalismo político; la idea de revolución como ruptura de un viejo orden para la creación de uno nuevo; el valor de una Constitución o los derechos y deberes de los ciudadanos que no súbditos, que propiciaron la creación de nuevas naciones como Estados Unidos o las diversas repúblicas latinoamericanas, entre otras. Por último, esa Europa centro del mundo sufrió un imparable proceso de decadencia tras la Primera Guerra Mundial, que se consolidó más duramente después de 1945, lo que impulsó a las élites dirigentes e intelectuales de los principales países a buscar una alternativa seria y consensuada que se plasmará en una palabra: «integración». Así se puso en marcha en 1930 ese proceso impulsado por Francia y Aristide Brand, y se retomará en 1950, ahora ya con Francia y Alemania, apoyándose mutuamente, que culminará en la hoy llamada Unión Europea.

Pero esa Europa centro del mundo ha sido también protagonista de algunas de las páginas más terribles de la historia. Revoluciones y guerras han marcado la contemporaneidad, pero especialmente el siglo XX ha sido el centro de las dos grandes guerras mundiales, con millones de heridos y muertos, especialmente población civil. La llegada del fascismo al poder y de forma especial del nazismo —recordemos que este último de forma democrática— supuso que los totalitarismos pasaron a tener un protagonismo extraordinario. Con la llegada de Stalin al poder, el comunismo más destructivo y represor se impuso, tergiversando lo que realmente significaba esa ideología que se implanta en Europa en 1917 con la revolución soviética. El genocidio se extiende por Europa comenzando por el turco contra los armenios en el contexto de la I Guerra Mundial, continuando con el nazi y el Holocausto, en paralelo se desarrollará el estalinista y el proceso culminará en la década de los noventa en la ex Yugoslavia. Terrible historia, terribles recuerdos para millones de europeos que en muchos casos tienen lugares de memoria para tratar de no olvidar nunca esos hechos. A todo ello se le añade que este continente fuera el origen y el lugar de mayor tensión durante los largos años de la guerra fría (1947-1991), a consecuencia de la cual el continente estuvo dividido por un largo «telón de acero» que dividió a naciones, pueblos, familias y amigos hasta que desaparecieron los símbolos más destacados de esa división.

Europa es, por lo tanto, referencia central en la Historia con mayúsculas, por sus avances, progresos y libertades, pero también por su pasado exterminador, violento y oscuro, que a veces hay que recordar, sin duda. Pero, hasta el momento, hablamos de «Europa» como una unidad, como algo homogéneo, como algo comprensible, pero de inmediato nos surge una pregunta que, aunque parezca innecesaria es, como vamos a ver, cada vez más necesaria por las consecuencias que de ello se derivan. Veamos.

A priori a cualquiera que se le pregunte ¿qué es Europa?, contestaría que es una expresión geográfica, uno de los continentes de nuestro planeta, que goza, sin duda, de grandes ventajas físicas, climatológicas y de comunicación, que concentra un 12% de la población del mundo y que está situada en una posición central en el sistema internacional. Un continente extrovertido, que ha creado «muchas Europas» en otros continentes, con un importante poder económico y tecnológico, además de militar y cultural.

A continuación, sin embargo, surge una de las cuestiones más polémicas: ¿cuáles son los límites de Europa? O dicho de otra forma ¿cuáles son las fronteras de Europa? Es indudable que, a lo largo de la historia, los europeos hemos querido establecer fronteras, en el más amplio sentido de este concepto jurídico, pues era necesario distinguir entre lo que era europeo y lo que no lo era, a lo que normalmente se le denominaba «bárbaro» o «no civilizado». Hoy todavía no está resuelto este tema con las consecuencias que de ello se derivan, como veremos.

Si nos atenemos a la organización central de la Unión Europa, en sus tratados fundacionales se establecía que «Todo Estado europeo podría ser miembro de la Comunidad Europa», pero ¿qué era ser un Estado europeo? Hasta el Tratado de Maastricht no se aclaró nada más y ya en el artículo 49 se establecía que «Cualquier Estado europeo que respete los valores del artículo 2 puede solicitar su ingreso». En este último artículo se hablaba de que esos valores eran: respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y respeto de los derechos humanos, incluyendo los derechos «de las personas pertenecientes a las minorías». En 1993, en los llamados Criterios de Copenhague, y ante el aumento de candidatos, se establecieron tres criterios básicos e imprescindibles: a) políticos: instituciones estables que garanticen los valores del mencionado artículo 2; b) económicos: una economía de mercado y capacidad para hacer frente a la competencia y las fuerzas del mercado; c) capacidad para asumir las obligaciones impuestas para las adhesiones. En este último sentido se hizo una mención especial a los países provenientes de la zona más conflictiva de Europa, los Balcanes, añadiendo requisitos especiales para que se comprometieran a desarrollar y respetar una política de cooperación regional y buenas relaciones con los vecinos. En el año 2003, la Comisión Prodi llegó a establecer los seis países que podrían incorporarse en un plazo de 10-15 años: Croacia, Bosnia, Serbia, Montenegro, Macedonia y Albania, si cumplían los requisitos (de ellos solo Croacia lo ha conseguido en 2013). Fuera de esta lista quedaban Rusia, Ucrania, Bielorrusia, entre otros. Parecía, pues, que ya se había trazado el límite fronterizo de Europa por parte de la institución que mejor representa la historia, los valores y los fundamentos de la europeidad.

Las consecuencias que de esto se derivan son varias e importantes para entender la problemática de este continente. Parece evidente que, si las fronteras norte, oeste y sur están claras, la indefinición llega del este y el sureste. Y aquí queda claro que Rusia queda excluida de los criterios políticos, económicos y sociales que marca la Unión Europea para formar parte de esta institución «europea». Rusia, una gran potencia continental, se ha sentido excluida y más desde las acciones exteriores de ocupación e intervención de su líder Putin en Osetia, Abjasia, Georgia o Ucrania, que han llegado a su punto culminante con la anexión de Crimea en 2014. Junto a este país, Ucrania, Bielorrusia y Moldavia parecen estar excluidas también. A estas exclusiones se une Turquía, con la que hay una política contradictoria pues si bien sí parece «europea» para formar parte de la OTAN, la OSCE y el Consejo de Europa, no lo es plenamente para la Unión Europea. Esto nos lleva a una consecuencia actual: es en el este y el sureste en donde la inestabilidad es más manifiesta en estos momentos para Europa; de donde pueden llegar miles y miles de refugiados e inmigrantes ilegales hoy contenidos en gran parte en Turquía; sus habitantes —ya sean moldavos, turcos o rusos— son vistos con temor por muchos europeos, y protagonistas de muchos discursos xenófobos de los partidos de extrema derecha y populistas. Todo ello exige una necesaria política de vecindad por parte de la Unión Europea, más intervenciones humanitarias y el diseño de operaciones militares por parte de la OTAN, la UE y la OSCE. En definitiva, una nueva cuestión en la que se mezcla historia y presente que ahonda el problema europeo.

Para complicar más el tema, el proceso institucionalista que se puso en marcha en Europa desde la Segunda Guerra Mundial tampoco ayuda a definir lo que es europeo y las fronteras de Europa. La primera institución que se creó, el Consejo de Europa, en 1949, institución clave para la defensa de la democracia, los derechos humanos, las libertades, los valores culturales de Europa acoge en su seno hoy a 47 Estados «europeos», todos los que cumplen los requisitos establecidos menos Bielorrusia; en ella están Turquía, como hemos dicho, pero también incluyen a Ucrania, Moldavia, Armenia, Georgia o Azerbaiyán, ¿para esta institución forman parte de Europa?, ¿hasta el Cáucaso? La OTAN, creada también en 1949, es más restrictiva y hoy forman esta institución 29 Estados, de los cuales 27 son «europeos», pero en ella están Albania o Montenegro, que se ha incorporado en 2017; han solicitado pertenecer Macedonia, Bosnia-Herzegovina y Georgia —que lo aprobó en referéndum en 2008— y Ucrania, que ha presentado oficialmente su solicitud. Ya en 1951-1957 se crea la Unión Europea,que, como hemos visto, está formada en estos momentos por 28 Estados europeos, a la espera de lo que ocurra en marzo de 2019 con el Reino Unido; han pedido su incorporación Turquía —la eterna candidata—, Macedonia, Albania, Bosnia, Serbia, Montenegro, Islandia y el conflictivo Estado de Kosovo. En 1973 se inició el proceso de creación de la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa, que se transformó posteriormente en la OSCE, siendo así la única organización paneuropea del continente; pues bien, esta organización hoy integra a 57 Estados, de los cuales 54 son «europeos», es decir, que las «fronteras de Europa» se han ampliado hasta llegar a Asia oriental y Asia central. De todo ello se deduce, en primer lugar, que el concepto Estado europeo sigue estando abierto y es susceptible de cambio en función de los intereses de las potencias centrales europeas; en segundo lugar, que la indefinición tanto estatal como fronteriza sigue estando en el este y sureste; en tercer lugar, que es imposible asumir y aceptar una interpretación única de Europa y que es más acertado apostar por un «concepto plural de Europas».  

Diversidad, este es un condicionante esencial para definir la historia europea, y si ello no se reconoce, el conflicto está asegurado. De hecho, la Unión Europea supo desde el principio que sin ese condicionante la integración sería imposible, por ello su lema es muy preciso: Unida en la diversidad. Gracias a ese principio se creó el mayor éxito de la historia europea, la Unión Europea.

Recordemos que, desde la Declaración Schuman de 1950, la Unión Europa hoy en día se ha convertido en el primer bloque económico y comercial del mundo, en donde viven más de 500 millones de europeos. Es, además, el mayor bloque regional de sociedades democráticas consolidadas en el mundo, lo que tiene un efecto demostración en otras áreas; con el primer Parlamento democrático del mundo; la primera potencia comercial con un gran mercado único; el primer bloque monetario del mundo, en el que 19 Estados comparten la misma moneda; es el área más solidaria al ser el primer donante en ayuda al desarrollo y es el modelo de integración más avanzado de los más de 60 procesos actualmente existentes en el mundo. Pero, además de todo ello, desde 1950 ha posibilitado la reconciliación entre Francia y Alemania, causantes de las grandes guerras que han caracterizado el continente; se ha conseguido la paz en la mayor parte del continente, con la excepción de los Balcanes, que no conocieron la paz hasta finales del siglo XX; ha dado lugar a la creación de una sociedad global con altos niveles de bienestar económico y social; se ha conseguido que la democracia se extienda por todo el continente, incluso después de un período tan conflictivo y decisivo como fue la guerra fría y la división continental. Los diferentes ciudadanos que nos fuimos incorporando a este proyecto desde la primera ampliación en 1973 hemos sentido y disfrutado las ventajas de ser «ciudadanos europeos». Bien es verdad que algunos de los nuevos Estados que se han incorporado desde 2014 siguen sin cumplir claramente los requisitos que se les exigía desde su incorporación, y tampoco sus ciudadanos ven resueltos sus problemas ni valoran las ventajas de ser miembros de este privilegiado club, tal y como se ha demostrado desde el 1 de enero de este año, cuando Rumanía, que se incorporó en 2007, preside la Unión y sobre la cual se han puesto de manifiesto las reticencias de muchos de los países miembros sobre la capacidad de presidir la Unión en un semestre muy complicado. Pero también observamos que estos sentimientos encontrados se manifiestan en países plenamente integrados, como han demostrado los resultados sobre el Brexit en Gran Bretaña tras su referéndum organizado en 2016, y las tensiones internas que se están produciendo ante el acuerdo firmado para una salida ordenada de la Unión.

Estas situaciones nos van llevando al estado actual de Europa, tras estas reflexiones en las que hemos querido poner de manifiesto el problema de Europa y los europeos en la actualidad, utilizando argumentos históricos para poder entender un presente que, no quiero ocultarlo, me preocupa mucho como europeo y como español, pues tiene trascendencia para nosotros y para otras sociedades y países.

En el año 2014 la Fundación Ebert de Alemania presentó un estudio sobre las consecuencias que podría tener la crisis de 2008 en Europa. Destacaba ese sólido informe que podrían darse cuatro escenarios: a) una crisis económica permanente; b) la ruptura a «lo soviético» de la Unión Europea, llegándose a una crisis democrática profunda; c) una Europa de dos velocidades, en la que tan sólo un núcleo duro seguiría avanzando en una mayor integración; o d) la creación de una Europa federal, unos Estados Unidos de Europa, como respuesta a la crisis global europea. A la altura del año 2019, una parte de estos escenarios se pueden ver reflejados en Europa, pero otros ni se han cumplido y, lo que es peor, han aparecido otros que están poniendo en peligro el proyecto europeo, y, en definitiva, la inestabilidad de la Unión Europea empieza a tener consecuencias a nivel mundial, dada la interdependencia entre los actores internacionales y la globalización económica que nos domina. En este sentido, muchos intelectuales se plantean hacia dónde va Europa, como lo hacía en septiembre del año pasado Jürgen Habermas en una conferencia en Alemania, manifestando su pesimismo al no ver conseguidos los tres grandes retos que demandan las élites liberales y progresistas en el seno de la Unión Europea: una política exterior y de defensa autónoma que nos permita salir del «paraguas de EE. UU.», una política común de asilo y una política comercial común más intensa frente a las amenazas de EE. UU. o China. Frente a ello, nos dirá, ha reaparecido con fuerza «el egoísmo de la nación-Estado que sigue vivo, incluso más consolidado, gracias a engañosas reflexiones de la nueva sociedad internacional populista de extrema derecha».

A modo de balance-resumen y para alentar al debate sobre la situación actual, expongo los que en mi opinión son los grandes problemas a los que hoy nos tenemos que enfrentar los europeos:

  1. Una contrarrevolución política. Sin duda, la Unión Europea se ha convertido hoy en lo que no querían los padres fundadores. Un lugar donde crecen los nacionalismos y populismos; donde no se respetan los valores fundacionales de la Unión; donde no se cumplen compromisos tan esenciales como la protección de las minorías o la acogida de refugiados a lo que se comprometieron los Gobiernos; donde se levantan muros de nuevo; donde crece el europesimismo y el antieuropeísmo por parte de populismos de izquierda y derecha. En definitiva, casi todo aquello por lo que habían luchado los grandes líderes europeos se está desmoronando.
  2. La Unión Europea deja de ser progresivamente un poder de atracción. Ese poder transformador que atraía a sus vecinos, ese modelo de valores, democracia y unión, se va resquebrajando. Los principios democráticos y los derechos y libertades de los ciudadanos se van recortando, como hemos visto con los Gobiernos ultraconservadores de Polonia y Hungría, en el seno de la UE, o con futuros candidatos como Turquía o Serbia. Se habla incluso de que debe extenderse una llamada «democracia iliberal».
  3. El resquebrajamiento de la Unión. Cuando la primera ministra de Gran Bretaña entregó la carta a la Unión Europea, el 30 de marzo de 2017, en la que, invocando el Art. 50 del Tratado de Lisboa, comunicaba el deseo de abandonar la UE después de 44 años de relaciones e integración —el Brexit— se abrió una brecha en el seno de la Unión que no ha dejado de crecer. Inmediatamente los medios de comunicación anunciaban un próximo «Grexit» —indicando la salida de Grecia—, o un «Chexit» —la de la República Checa—. De pronto la Unión se estaba convirtiendo en una desunión y así lo pronosticaba un informe del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales (uno de los principales Think Tanks europeos), en el que se indicaba que había unas 32 propuestas de referendos en los diferentes Estados de la Unión. Esta nueva situación era alentada claramente por los Gobiernos conservadores o ultranacionalistas que estaban llegando al poder precisamente en muchos de los nuevos miembros de la Unión procedentes de la Europa del Este como Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, pero también en Austria; a ellos se les unen los populistas italianos de la Liga Norte o el Movimiento 5 Estrellas. Desgraciadamente los Gobiernos y partidos liberales y especialmente de izquierda no están dando las respuestas convenientes ni plantean alternativas convincentes.
  4. La llegada al poder de Gobiernos populistas y de extrema derecha. Quizás este sea en mi opinión uno de los grandes problemas que tiene actualmente Europa y cuya influencia hacia el exterior es muy determinante. El contexto internacional —la influencia del triunfo de Trump en EE. UU. o el autoritarismo democrático de Putin en Rusia—; el fuerte impacto de la crisis económica de 2008; los efectos de la globalización económica que implica deslocalización de las empresas, aumento del paro, inestabilidad social, etc.; la falta de respuestas de los partidos tradicionales ante los nuevos retos y problemas de los ciudadanos; la quiebra de la cohesión social debido a la reducción progresiva del Estado del bienestar; el aumento de la inmigración hacia Europa por los conflictos periféricos que nos afectan y el pesimismo de los jóvenes europeos ante sus perspectivas de futuro, han sido las claves de este fuerte incremento de los partidos populistas y el avance de la extrema derecha, que ya ocupa incluso puestos en varios Gobiernos europeos. Si nos fijamos en el panorama político europeo en países nada dudosos de su democracia y de sus altos niveles de vida podemos señalar como los más representativos  a la extrema derecha en Alemania —Alternativa por Alemania, los neonazis por ver primera en  el Bundestag— que obtuvieron el 12.6% de los votos; Frente Nacional/Agrupación Nacional en Francia (13.2%); Austria con el Partido de la Libertad (26%); Holanda con el también llamado Partido de la Libertad (13.1%); Dinamarca con el Partido Popular Danés (21.1%); Finlandia con sus Verdaderos Finlandeses (17.7%) o Suecia con los Demócratas Suecos (17.6%). A ellos se les unen los partidos de estas ideologías a los que ya hemos nombrado en muchos de los países de la Europa del Este. Pocos países europeos no se han visto contagiados ya por este fenómeno, pero lo ocurrido en España en unas elecciones autonómicas que se han celebrado en diciembre de 2018 en Andalucía, en las que un partido racista, xenófobo y ultranacionalista como Vox ha obtenido más de 400,000 votos y 12 escaños, ha abierto un debate muy intenso sobre la extensión de este fenómeno que, por desgracia, se está difundiendo también a otros continentes como América Latina, tal como han demostrado las elecciones en Brasil. No es extraño, pues, que una de las grandes políticas norteamericanas, Madeleine Albright, acabe de publicar un interesante libro titulado significativamente Fascismo, una advertencia, en el que además de analizar el desarrollo histórico del totalitarismo nos alerta de los peligros actuales de estos nuevos movimientos que ponen en peligro nuestras libertades en un porvenir cercano.
  5. La democracia amenazada: argumentos falsos. Este panorama tan triste, por un lado, y alarmante, por otro, se está asentando no solo por el uso masivo de las redes, especialmente entre los jóvenes, y la difusión de las hoy llamadas fake news, sino también por unos argumentos falsos que inciden notablemente en una parte importante de las sociedades europeas. Entre ellos el «peligro de la inmigración» masiva cuando las cifras lo desmienten pues, por ejemplo, en 2018 han llegado a Europa 148,903 migrantes, la cifra más baja desde 2013 y un 92% menos que el máximo alcanzado en 2015 con 1.8 millones, inmigrantes precisamente que son necesarios en muchos países europeos —caso de España o los países nórdicos—, donde la escasa natalidad y el aumento de la población de mayor edad puede tener consecuencias muy negativas para las generaciones actuales. Junto a este argumento está el que achaca a Bruselas —sede de las instituciones de la Unión— gran parte de los males que sufren los ciudadanos al tener amplias competencias que deberían ser devueltas a los Gobiernos nacionales, lo cual incrementó el antieuropeísmo. La relación inmigración-islamismo-terrorismo provoca un aumento de los movimientos y discursos xenófobos y racistas, pero también antiislamistas que son aceptados por hombres y mujeres europeos de distintas clases que miran con recelo —basta pasear por las calles de ciudades y pueblos europeos— a mujeres con velo, hombres con rasgos árabes o niñas cubiertas. La vuelta de un nacionalismo excluyente, patriótico diríamos también, que demanda más ventajas para los «nacionales» y menos para los que no tienen «nuestra nacionalidad», que aceptan que se construyan muros para frenar la inmigración —caso de Hungría— o que se suspenda el Acuerdo Schengen de libre circulación, caso de Dinamarca y Suecia. Todo ello, y esto es preocupante, ha alarmado a los partidos tradicionales, especialmente a las dos grandes fuerzas políticas europeas —los socialdemócratas y la democracia cristiana—, llevándolos a hacer frente a esta situación, aunque de forma tímida y sin ofrecer alternativas, en mi opinión una actitud muy grave. Incluso muchos partidos conservadores, como el Partido Popular en España, asumen parte de ese discurso populista, xenófobo y ultranacionalista por motivos electorales y para no perder poder o Gobiernos.

Es el momento de plantearnos si la historia y los historiadores podemos aportar algo para esta alarmante situación europea y esta vuelta «hacia atrás» de lo que representó y sigue representando la Unión Europea/Europa en su conjunto. Pues la respuesta no puede ser más que un sí absoluto y firme. Pero ¿cuál sería el período al que nos tendríamos que referir para sacar las lecciones necesarias de toda esta reversión? Sin duda el período de entreguerras.

Así lo están ya exponiendo un conjunto de historiadores en sus conferencias, artículos y libros. Es el caso, por ejemplo, del historiador norteamericano Christopher R. Browning, uno de los mayores expertos en el Holocausto, que publicó un artículo en The New York Review of Books donde expone el paralelismo entre muchos hechos que están ocurriendo en la actualidad con los que se produjeron en Europa especialmente desde la crisis de 1929, desde el aislacionismo norteamericano, el declive del parlamentarismo y la llegada al poder de forma democrática de movimientos como el nazismo, ante lo cual se puso de manifiesto la división y desorientación de la izquierda. En un sentido parecido, Timothy Snyder nos advierte en su libro El camino hacia la libertad y en su ensayo Sobre la tiranía sobre la importancia de los años treinta para entender el presente y no repetir errores del pasado que culminaron de forma terrible. A ellos se les han unido otros científicos sociales como el  filósofo español Daniel Innerarity, que escribió recientemente en el periódico El País que había que estar alerta ante las grandes amenazas de la democracia, especialmente por la dicotomía que se estaba produciendo entre la clase política, pues «Nuestros sistemas políticos no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, aunque sea al precio de una grosera falsificación de la realidad y no representan más que un alivio pasajero ; en Europa se está apreciando esta realidad y se buscan culpables ante la incertidumbre, por ello, continúa, «Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos tiene todas las de perder frente a quien, por ejemplo, establezca unas demarcaciones rotundas entre nosotros y ellos, o una contraposición nada sofisticada entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador». El economista francés Thomas Piketty, ante la preocupante situación europea, se vio obligado a lanzar en diciembre de 2018 un «Manifiesto para la democratización de Europa», firmado ya por 55 intelectuales. En el trabajo de Anne Applebaum, A Warning From Europe: The worst is yet to come, publicado en la revista The Atlantic, se pregunta si la democracia está muriendo y nos advierte de que en Europa lo peor está por llegar. ¡Cuántas referencias a un pasado histórico que no deberíamos utilizar nunca más! Y que el propio presidente francés Macron recordó en los actos de conmemoración del final de la I Guerra Mundial cuando señaló que «Estoy chocado por la similitud entre el momento que vivimos y el período de entreguerras».

Juan Carlos Pereira es catedrático de Historia Contemporánea/Historia de las Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid; ha sido director del Departamento de Historia Contemporánea de esa universidad durante 12 años y actualmente dirige el Grupo de Investigación de Historia de las Relaciones Internacionales (GHISTRI). Es presidente de la Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales. Autor de más de 30 libros, algunos como coautor, entre los que destacan Historia de las relaciones internacionales contemporáneas (2009); La política exterior de España de 1800 hasta hoy (2010); junto con J.M. Beneyt, o Política exterior de España: un balance de futuro, 2 tomos (2011) o Historia y presente de las relaciones internacionales: Documentos básicos (1914-2017) (2018).

Referencias

Albright, Madeleine (2018): Fascismo. Una advertencia, Madrid, Paidós.

Anderson, Perry (2015): El nuevo viejo mundo, Madrid, Akal.

Castells, Manuel, et. al. (2018): La crisis de Europa, Madrid, Alianza.

Judt, Tony (2011): Algo va mal, Madrid, Taurus.

Moreno Juste, Antonio: «The Crisis of Integration Process and its impact on the European Narrative», en Levi, Guido y Preda, Daniela (eds.): Euroscepticisms. Resistance and Opposition to the Europan Community/European Union, Bolonia, Società Editrice Il Mulino, pp. 75-88.

Piketty, Thomas: El capital en el siglo XXI, Madrid, FCE.


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