Artículo de Revista Global 25

La grandeza no tiene tamaño

Conversación con Antonio Orlando Rodríguez, autor de Chiquita y ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008.

La grandeza no tiene tamaño

En la contratapa del libro Chiquita de Antonio Orlando Rodríguez se lee: “Espiridiona Cenda, una joven cubana de sólo veintisiete pulgadas de estatura, llega a la Nueva York de fines del siglo xix con el deseo de triunfar como bailarina y cantante”. Para darnos una idea de esta Espiridiona Cenda, conocida por la mayoría como Chiquita, pensemos en el caso de Nelson de la Rosa, quien en vida fue considerado el hombre más chiquito del planeta y que viajó por todo el mundo, quizá no como cantante, pero sí como bailarín. También con 27 pulgadas de estatura, se convirtió en uno de los dominicanos más célebres y más reconocidos a nivel internacional. Recuerdo que lo vi por primera vez en el mercado Modelo, rodeado por un círculo de turistas que le aplaudía mientras bailaba El perrito de manera frenética. Esta, por supuesto, es una imagen difícil de olvidar. Durante mi lectura de Chiquita a cada momento lo evocaba. Las peripecias y aventuras de Chiquita prefiguran las de Nelson de la Rosa, pero cien años antes de que este naciera, es decir, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Sin embargo, a diferencia de Nelson de la Rosa, la vida de Chiquita ha sido trasladada a una novela. Y no hablo de cualquier novela. Chiquita, de Antonio Orlando Rodríguez, es uno de esos milagros que se dan de tanto en tanto en la literatura latinoamericana. Ensamblada como una biografía, en Chiquita se mezcla la ficción con la realidad y la realidad con la ficción, utilizando notas a pie de página, referencias de la época y una serie de anexos y fotos de Chiquita, que de alguna manera le sirven al autor para ambientarnos poco a poco en un mundo donde lo fantástico y lo real tienden a confundirse.

“Chiquita existió y en este libro se cuenta su vida”, reza la primera oración del libro, y de ahí en adelante, Antonio Orlando Rodríguez narra cómo dio con un tal Cándido Olazábal, quien tiempo atrás fue contratado en Nueva York como dactilógrafo de la autobiografía de Chiquita. El proyecto queda truncado y las cajas con los papeles terminan en su casa de La Habana, donde el autor los adquiere. A partir de una depuración de esos papeles y de una serie de entrevistas a Cándido Olazábal, se estructura la novela, y Chiquita vuelve a la vida por segunda vez.

Hija de una familia acomodada, Chiquita crece en la ciudad cubana de Matanzas, durante el periodo de la Guerra de los Diez Años. A los pocos años, ya se ve envuelta en un mundo mágico y fascinante donde es normal que reciba un amuleto de un duque ruso, intime con un políglota y conozca a la actriz francesa Sarah Bernhardt, quien luego de una función se le acercaría y le comentaría: “La grandeza no tiene tamaño”. Cuando se dan las condiciones adecuadas, emigra a Nueva York junto a un hermano oportunista, un primo músico y su criada Rústica, preparada para triunfar en el show business. Se establece en Estados Unidos, pero esto no impide que viaje a Francia y otros países de Europa y se pierda en un desierto del Medio Oriente, o se involucre con artistas como Toulouse Lautrec y Bella Otero. Sin embargo, es en Estados Unidos y específicamente en Nueva York donde se codea con una serie de freaks (bichos raros), tales como F F Proctor, que hizo la publicidad de los shows de Chiquita con loros amaestrados, o la versátil reportera Nellie Bly, que fingió estar loca para escribir un reportaje sobre un manicomio, entre otras personalidades que entran y salen de la novela como si esta pareciera un edificio donde los capítulos serían puertas, ascensores y ventanas.

Vale la pena subir todos los pisos de esta novela. Desde hace meses, se yergue como un rascacielos neoyorquino ante el panorama de la literatura contemporánea. Al terminarla, coloqué mi ejemplar entre mis libros de Alejo Carpentier, Cabrera Infante y Virgilio Piñera, que constituyen para mí el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de la narrativa cubana. Chiquita proviene de esa tradición. Su autor, Antonio Orlando Rodríguez, desconocido en estos lares, de buenas a primeras se ha convertido en un escritor insoslayable. A principios del año en curso, la novela fue galardonada con un merecido Premio Alfaguara 2008. Con los galardonados de este premio se acostumbra realizar una larga gira promocional a través de toda Hispanoamérica y Estados Unidos. El viernes 19 de septiembre, Antonio Orlando Rodríguez presentó la novela en la Librería Cuesta, de Santo Domingo. Antes de finalizar la actividad, agradeció al público por su asistencia y señaló que al resultarle imposible presentar el libro en Cuba, hacerlo en Santo Domingo le consolaba y le hacía sentir como si lo hiciera en su patria.

Horas antes de esa presentación, tuve la oportunidad de sentarme a conversar con él y preguntarle sobre algún que otro aspecto de Chiquita. Estas fueron algunas de sus respuestas.

Génesis de Chiquita

Yo no tenía idea de la existencia de este personaje, porque, como ves, ella hizo su carrera fuera de Cuba. Nunca actuó en Cuba y, por lo tanto, no hay memoria de ella allí. Entonces, hace como seis años, una amiga me mandó un correo electrónico con esa fotografía que se usa en la portada del libro, preguntándome si conocía la existencia de ese personaje. A partir de ahí, empiezo a acercarme al personaje y descubro cuán fascinante es. Incluso había empezado a escribir una novela en la que había trabajado mucho en la investigación. Todo eso se engavetó. Quedé fascinado con el personaje y con la época que le tocó vivir. Era perfecto recorrer la vida del personaje y al mismo tiempo ir mostrando qué estaba pasando en el mundo.

Sobre su interés por el siglo XIX y principios del siglo XX. Yo creo que es una época en que la humanidad y la sociedad dan un giro muy importante. Un giro que se ve en muchas cosas. Por una parte, políticamente es como una reorganización del mundo. Y una de las cosas que sucede es que Cuba, que es una de las colonias más preciadas que le quedaba a España en América Latina, por fin consigue su independencia y con esto el fin del dominio de España como metrópolis. Estados Unidos, que hasta ese momento era considerado un país de segunda, se hace un lugar entre las superpotencias mundiales. Por otra parte, es la época de los atentados terroristas. Es decir, se trata de una época muy convulsa socialmente. Es también una época en que la vida de la gente cambia en el aspecto más cotidiano: se inventan los automóviles, los aviones, los tocadiscos, el cine, el teléfono… es decir, la vida cotidiana da un giro. Por otra parte, las costumbres se relajan, la sociedad se hace más permisiva, la mujer empieza a conquistar espacios, como, por ejemplo, a luchar por el sufragio y empiezan a ingresar a la universidad. Por eso me parece una época muy rica, llena de acontecimientos llamativos. Como novelista, me parece muy rico explorar esa época. Siempre que me sumerjo en cualquier etapa de ese tránsito, del fin del siglo XIX al comienzo del siglo XX, encuentro personajes, anécdotas, historias, muy atractivas para desarrollarlas en la ficción.

Chiquita y su época

Creo que hay una relación dinámica, sin perder de vista que la línea principal del libro es la vida de Chiquita. Es una novela que de algún modo rinde homenaje a las novelas del siglo xix que contaban la vida y peripecias de un personaje desde su nacimiento hasta su vejez. De algún modo rinde homenaje a ese tipo de novelas biográficas centradas en un héroe. Pero también va dialogando todo el tiempo con las ciudades, con los momentos históricos; incluso con personajes episódicos, que de alguna manera creo que esos personajes que introducen su historia en el libro durante cinco o seis páginas sirven para dar testimonio de la época, es decir, para explicarle a la gente qué estaba pasando en esos momentos. Me interesaba poner a dialogar la vida de Chiquita con la época, que se contaminaran ambas.

El difícil proceso de investigación y documentación de Chiquita. Sobre todo en la parte que se refiere a la vida del personaje, porque a pesar de haber sido una celebridad en su época, después cayó en un olvido muy profundo. Era muy difícil seguirle el rastro como personaje. Lo primero que hice fue apelar a lugares de documentación donde tenían alguna información sobre ella. Por ejemplo, hay instituciones de Estados Unidos que guardan toda la memoria de la gran exposición de Buffalo. Tienen información sobre Chiquita porque ella fue la principal atracción de esa exposición. Luego revisé todos los periódicos de la época, rastreando las noticias que hablaban de Chiquita. En el New York Times existe un archivo electrónico. Puedes ingresar los datos de lo que estás buscando y rastrear desde 1800 hasta la fecha todo lo que se ha publicado. Esto me sirvió de ayuda porque a partir de determinar donde ella estaba en varios lugares pude buscar en otros periódicos. En el New York Times encuentras la crónica de su visita a Estados Unidos, la crónica de su debut en Nueva York. A partir de ahí fui armando un itinerario de su vida. Tuve la suerte de comprar en una subasta de Internet, en Ebay, un folleto biográfico sobre ella que se publicó en Boston a principios de su carrera. La parte biográfica fue lo que más trabajo me dio. Ya la construcción de su época fue un trabajo largo y demandante, pero fue más fácil, porque es más sencillo acceder a esa información. Ahora bien, no respeté todo lo que encontré de Chiquita, porque yo tenía claro que no estaba haciendo una biografía de Chiquita. Yo iba a usar ese personaje real y lo iba a convertir en un personaje literario, y en ese tránsito no tenía que trasladar a la ficción toda la verdad histórica. Usé de la vida de Chiquita lo que me convino, lo que me pareció atractivo para la novela, y lo demás lo cambié a mi antojo. Por eso si bien el personaje es real, y buena parte de lo que se cuenta sobre él es real, utilicé mucha fantasía, por una parte para llenar los espacios con que no pude dar, y por otra parte, para cambiar a mi antojo la información que no me agradaba. Fue un tratamiento muy libre. Este libro no es la vida de Chiquita, es una reinvención de su vida.

Las posibilidades de escribir en Cuba. Las dos novelas que he escrito en los últimos 12 años, que son esta y Aprendices de brujo, son resultado de mi paso por determinados países. Aprendices de brujo es una novela ambientada en Bogotá en los años veinte; son dos personajes de esa época que hacen un viaje a La Habana. Si no hubiera vivido en Bogotá, difícilmente se me hubiera ocurrido esa historia. Y, además, no hubiera podido tener el acceso a la información, a las costumbres, a los detalles de la vida de Bogotá. Y lo mismo sucede con este libro. Si no estuviera viviendo en Estados Unidos, quizás hubiera podido escribir la historia pero no del modo que quería escribirla, que era teniendo un acceso a la información, a los periódicos norteamericanos; poder ir a Nueva York, ver los museos, el sitio donde estaba el hotel en que se hospedó Chiquita, donde estaba el teatro… muchos de esos lugares ya no existen, pero ves el espacio donde estuvieron. Iba a los lugares buscando el teatro donde debutó Chiquita, el Palacio del Placer, y ahí en ese mismo sitio hay un edificio de oficinas de no sé cuantos pisos, todo en una estructura de metal y de cristal. El lugar donde estaba el hotel donde llegó Chiquita a Nue va York ya no existe, pero existe el monumento que había frente al hotel y existen algunos edificios de aquella época, que supongo ella vio si se asomó a la ventana de su habitación. Es un juego en busca de los espacios. A mí me resulta muy estimulante como escritor: ir a los lugares y tratar de respirar la misma atmósfera que respiraron los personajes. Entonces pude ver la Casa Blanca, ver el hotel donde Chiquita estuvo en Washington, ver el puente donde se desarrolla el episodio del río… me gusta en lo posible estar en los lugares. Pienso que de esa manera puedo hacer la escenografía y la acción de una manera más convincente.

Pero lo que dices es cierto, esta novela hubiera sido muy difícil de escribir si viviera en Cuba, por la falta de acceso a la información. El acceso a la información que tiene un escritor cubano es muy limitado. Pensemos en algo tan elemental como Internet y lo limitado que resulta el acceso.

Sobre Nellie Bly, personajes episódicos y freaks. A mí me sucedió una cosa con Nellie Bly.

Encontré ese personaje investigando sobre la época. Cuando lo descubro me digo que este personaje coincidió en la misma época que Chiquita, tengo que meterla en la novela. ¿Por qué tengo que meterla en la novela? A parte de que es un personaje fascinante, muestra muy bien el cambio que estaba dando la mujer en aquella época. Entonces escribí como diez páginas sobre Nellie Bly y después tuve que editar. Porque eso me sucedía con algunos personajes episódicos que eran tan atractivos, tan fuertes, que le podían robar el show a Chiquita. Y ellos solamente son personajes que tienen un papel muy pequeño en la historia, no pueden ir más allá porque estaba afectando el ritmo de la historia y su objetivo.

Muchos de esos personajes episódicos son freaks, en el sentido más amplio de la palabra. Chiquita se puede considerar una freak físicamente. Pero Nellie Bly es una freak también, porque se aparta del estereotipo de mujer de la época. Y Sarah Bernhardt es un freak también. Son personajes distintos y fuertes que rompen la regla, y eso los conecta a todos. Unos son freaks por su aspecto, otros son freaks por su proyección social, o por su mundo interior, pero, a la larga, todos son distintos.

Cuando la novela anterior se publicó en Estados Unidos, yo le puse en broma: personajes principales, y eran como seis páginas de personajes. En los periódicos reseñaron: “La novela tiene más personajes que una novela rusa”.

Rústica y Chiquita

Es una relación de amor y odio entre ambos personajes. Pero también una relación muy utilitaria. Porque Rústica es la extensión física de Chiquita. Rústica le da a Chiquita esas pulgadas de cuerpo que le faltan. Chiquita necesita de Rústica físicamente. A veces también me gusta pensar que ambos personajes son como una especie de Quijote y Sancho, donde Chiquita es un poco el espíritu aventurero, emprendedor, más alocado, más soñador, y Rústica es el sentido común, la sabiduría popular, la prudencia, los pies en la tierra. Digamos que en esta historia hay un reflejo de esos dos grandes personajes de la literatura española.

Influencias literarias

Hay muchos autores a los que siento afines. Pero, sobre todo, en mis inicios como escritor, para mí un escritor importante fue Virgilio Piñera. Su interés por el absurdo, por la hipérbole, por la parábola. Mis referentes son los autores que han usado la fantasía para acercarse a los problemas sociales. Desde Bulgakov hasta Marcel Schwob. Todos los autores que se han valido de la fantasía como un instrumento para aproximarse de otra manera distinta a su realidad y dar testimonio de ella.

Más cercano de lo fantástico que del realismo mágico. Me parece que en la literatura latinoamericana han existido muchas formas de acercarse a lo fantástico. Hay muchos autores que han cultivado lo fantástico: Julio Cortázar, Manuel Mujica Láinez, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas, García Márquez, por ponerte algunos ejemplos. Pero no entiendo por qué siempre se saca a relucir el realismo mágico; quizá porque es el que mayor éxito ha tenido fuera de América Latina y porque estuvo asociado con el Boom. Yo no soy un crítico literario; yo escribí el libro, ya es bastante trabajo, no pretendan que lo analice. Pero intuyo que mi libro está más cerca de lo fantástico que del realismo mágico. Más cerca de lo fantástico puro, de lo absurdo, de lo grotesco, de lo hiperbólico. Lo siento más cercano de la tradición fantástica de la literatura cubana. Autores como Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas, Alejo Carpentier. Me ha sucedido que en España me han dicho que ese episodio de los camellos en el trópico es puro realismo mágico. No, señor, eso no es invención mía. Efectivamente, a un asentado en Cuba en el siglo xix se le ocurrió importar camellos para trabajar en los cañaverales. Eso es una presencia de la fantasía vinculada a lo que Alejo Carpentier llamaba lo real maravilloso. Es decir, esas cosas que parecen fantasías pero que son realidad. Yo me siento más cerca del uso de lo fantástico, de una tradición de la literatura cubana, que del realismo mágico. Pero, bueno, yo respeto las opiniones de cada cual. No me desvelan, las etiquetas nunca me han preocupado, pero el realismo mágico nunca ha sido mi fuente de inspiración ni mi modelo. Yo vengo de una tradición literaria cubana, y ahí esta la fuente de la que yo he bebido. De esos autores, de Piñera, de Cabrera Infante, de Dulce María Loynaz, de Carpentier, de Reinaldo Arenas. Los autores cubanos tenemos una literatura tan rica que podemos darnos el lujo, sin darle la espalda a la literatura mundial, de nutrirnos de nuestras propias raíces literarias, porque hay muchos grandes autores con estilos y con voces distintas.

Lo que pasa es que para los europeos y los latinoamericanos lo que es fantástico es única y exclusivamente el realismo mágico. Hay un libro de Todorov que se llama La literatura fantástica y ese libro te desmenuza como 10 o 12 formas de la presencia de lo fantástico en la literatura. Y no agota el tema. Pero a todos quieren endilgarle el título de realismo mágico.

Políticos y la Orden de los Pequeños Artífices de la Nueva Arcadia. Chiquita es un personaje al que le aburre la política. A mí también me aburre un poco la política. Lo cual no quiere decir que sea indiferente a los problemas sociales, sino que me aburre un poco la politiquería. Me aburren los discursos huecos, el populismo, la retórica política. Y me aburre también la falta de memoria histórica de los pueblos, que cometan una y otra vez los mismos errores, que elijan gobernantes desacertados. Todo eso hace que le tenga un poco de rechazo a la política como sucede con mi personaje.

Sobre la Orden de los Pequeños Artífices de la Nueva Arcadia digamos que es un guiño en tono de parodia, porque en los últimos años ha habido tantas novelas sobre sectas y sociedades secretas que me pareció divertido burlarme un poco inventando una secta de enanos. Además, resulta un guiño político como diciéndole a tantos gobernantes ineficaces: oiga, señor, si usted no sabe enderezar su país, denle una oportunidad a los enanos, quizás ellos lo harán mejor.

Cinco años de escritura

En general, fue la novela que más tiempo me ha tomado escribir. El libro que más trabajo me ha dado. No solo porque requería mucha investigación, muchos pequeños detalles de ambientación, sino sobre todo porque nunca tuve muy clara la estructura. Fui muy intuitivo, lo cual no es un mérito, creo yo. Porque empezar a escribir una novela de 500 páginas sin tener muy clara la estructura, te obliga a dar muchas vueltas, muchos traspiés, hasta que por tanteo llegas a lo que necesitas. Hubo mucho preámbulo. Fue un proceso de ensayo-error hasta dar con la estructura que el libro necesitaba. Fue difícil encontrar las voces, fue muy difícil hacer que el personaje de Chiquita resultara verosímil; creer en ese personaje. Chiquita es un personaje muy engañoso a primera vista: te hace creer que es un personaje noble, dulce, puro; si te remites a los cuentos infantiles, a Pulgarcito, a Almendrita. A mí me engañó el personaje al principio. Tuve que calar dentro de él para darme cuenta de que era una mujer, en miniatura, pero que era una mujer con todas las pasiones, los demonios, los ángeles, que tiene un adulto dentro. Fue muy difícil ese proceso. La escritura para mí siempre es un proceso difícil porque soy muy perfeccionista. Sé que la perfección no existe, no es alcanzable, pero eso no quiere decir que no intente, obsesivamente,reescribir y reescribir,y la perfección formal no es hacer ostentación de un gran estilo, sino lograr un texto que tenga eso que algunos autores llaman la difícil sencillez.

Chiquita como metáfora de Cuba

Varios lectores han querido ver en Chiquita como una parábola del destino de la isla de Cuba. Esa puede ser una lectura posible. Pero verdaderamente a mí me interesaba más hablar sobre la relación entre los países grandes y los países pequeños. Fíjate que está el caso de Hawai, el caso de Puerto Rico, el caso de Filipinas, el caso de Cuba. Por supuesto, el caso de Cuba es más relevante porque el personaje es cubano. Pero todos esos países están en medio de un torbellino político. Su destino está en juego en esos años por la voracidad de los imperios, de los países grandes. Del mismo modo, todos esos personajes liliputienses o distintos están sorteando los obstáculos de una sociedad muy hostil. Más me interesaba hacer esa reflexión sobre lo grande y lo pequeño en ese momento histórico.

Chiquita no se le aparece en sueños al autor

No se me apareció en sueños, sino durante cinco años de mi vida real. Se volvió una presencia obstinada. Toda la vida en mi casa giraba alrededor de Chiquita. Yo solo hablaba de Chiquita; todas mis amistades estaban saturadas de Chiquita. Fueron cinco años. Un personaje muy dominante, muy posesivo. Realmente, no tenía que aparecerse como fantasma, ya estaba en la vida cotidiana reclamándome todo mi tiempo, todos los minutos. Si me leía una novela por gusto, tenía remordimiento de conciencia, porque no estaba trabajando el libro. Fueron cinco años entregados a esa mujercita.

Frank Báez es poeta, narrador y psicólogo. Ha publicado los libros de poesía: Jarrón y otros poemas (Madrid: Editorial Betania, 2004), y Postales (Costa Rica: Casa de Poesía, 2008), y el libro de cuentos: Págales tú a los psicoanalistas (Santo Domingo: Editorial Nacional, 2007). Es editor de la revista virtual de poesía Ping Pong y coordina el Instituto Nacional de Opinión Pública (INOP) de Funglode.