Artículo de Revista Global 60

La literatura como forma de resistencia, un collage

Se compara la experiencia de escritores que escribieron bajo estados totalitarios como Vasili Grossman, Aleksander Wat, Czelaw Milozs y Adam Zagajewski con las de autores que viven en una aparente democracia, para preguntarse cuáles son las mejores condiciones para hacer literatura y crear una obra trascendente. Mientras a los primeros la represión estatal los vuelve ángeles y mártires, a los segundos la democracia los vulgariza y les corta las alas. ¿Acaso es la literatura la mejor herramienta para resistir la influencia de los estados totalitarios o la banalización de los estados democráticos?

La literatura como forma de resistencia, un collage

Lo primero que se me viene a la cabeza, por la cercanía de su lectura, es un conjunto de cuadros que pintan Vasili Grossman, más en Todo fluye que en su obra maestra Vida y destino, y Aleksander Wat en esa sobrecogedora crónica dictada a Czelaw Milozs que es Mi siglo, el propio Milozs en El pensamiento cautivo y los ensayos del simpar Adam Zagajewski, principalmente en esa espléndida memoria autobiográfica que es En la belleza ajena. Todos ellos escritores, los cuatro víctimas de un régimen totalitario, los cuatro, en un principio y en mayor o menor grado en cada caso, intentando cerrar los ojos a los horrores presentes a cambio de un futuro feliz, sin Estado, pletórico de abundancia, de tolerancia y de paz. Los cuatro honda y lúcidamente decepcionados y obligados, de un modo brutal, a usar la literatura como forma de resistencia.

Puede establecerse un protocolo, una especie de informe pavloviano de la trayectoria de quienes usaron la literatura como forma de resistencia bajo regímenes totalitarios. Lo primero es el deslumbramiento por el futuro comunista. El objetivo, la sociedad sin clases, era bueno y parecía cerca: «Kruschev dibujó el panorama de la realización definitiva del comunismo afirmando que al cabo de veinte años habría de todo a porrillo».

Durante esta etapa de enamoramiento con la soñada sociedad futura todo se sacrifica al sueño: «Yo creía de veras que, en la feliz sociedad comunista, no habría literatura, al igual que no habría filosofía –escribe Aleksander Wat–. Porque, en mis adentros, presentía, entreveía, que la literatura está relacionada con lo que el hombre tiene de menos socializado, más antisocial y más irracional. Lo consideraba trágico, pero estaba seguro de que esta es la esencia de la literatura. En cambio la humanidad debía construirse sobre fundamentos racionales. Me percataba de la fealdad del realismo socialista, admitía que en el comunismo cualquier otro tipo de literatura quedaba descartado. Luego, ¡que no haya ninguna!». Y reitera: «Por lo que se refiere al pesimismo poético, en mí el optimismo social se unía con el pesimismo poético. La vieja historia de siempre. Pienso ahora en lo que dijo el viejo Heine: que, afortunadamente llegarían los tiempos del socialismo, del comunismo, pero que entonces no habría poesía».

A cambio de ese paraíso futuro el presente fue cada vez más sombrío y mucho más oscuras las expectativas sobre lo que vendría enseguida. Dice Wat que el marxismo es «una filosofía que no se limita a explicar el mundo, sino que pretende transformarlo ejerciendo una influencia en las masas, en las masas de gente inculta, y, por lo tanto, hay que reducirla a un simple catecismo. Y el catecismo tiene que ser intencional. […] Y aquí comienza un juego de falsas identificaciones, […], falsas identificaciones que, en un contexto mucho más importante, se presenta como sigue: la humanidad = la vanguardia de la humanidad = la clase obrera = la vanguardia de la clase obrera = el partido = la cúpula del partido = el caudillo».

La vida, entonces, se convierte en un infierno; el comunismo, explica Wat, «responde a la idea de terciar, es decir, donde sois dos, yo me meteré entre vosotros. […] Mi amigo y compañero de celda es mi amigo a través del NKDV, mi hermano lo es a través de NKDV, es decir, a través de la policía, es decir a través del partido, es decir, a través de Stalin. Un principio casi evangélico: donde sois dos, yo estaré entre vosotros. Uno es marido de su esposa a través del partido, a través de Stalin».

Si cabe algún humorismo teñido de sangre, el mismo Wat cuenta que «a Stalin se le tenía que citar al pie de la letra, incluso con los mismos signos de puntuación. Las palabras de Stalin, da igual si provenían de textos o si eran citas, debían repetirse sin omitir ni una coma. Por una coma que faltara, los redactores iban al campo de concentración».

Hipotecados al grandioso futuro de la feliz sociedad sin clases, de repente resultó que «cada familia tenía a alguien en un campo y todos y cada uno podían esperar que irían a dar allí con sus huesos. Y de esto se trataba. De que todo el mundo se sintiera amenazado en todo momento y supiera que el campo era un lugar horrible, aunque estuviera prohibido decirlo, ya que representaba algo sagrado, sacramental. Se trataba de educar mediante los campos a toda la población que todavía no estaba recluida en ellos». Era tanto el miedo, tan obsesiva la amenaza latente, que Vasili Grossman llegó a pensar de la vida que vivía que «las alambradas ni siquiera eran necesarias y que, fuera o dentro de ellas, la vida, en esencia, era la misma».

Pero, como dice Adam Zagajewski, «Una de las particularidades del miedo es que no le gusta aparecer desnudo. Siempre pretende disfrazarse de otra cosa: ambición, fanatismo o fidelidad». Y ese miedo engendra delatores. Todo fluye, de Grossman, trae una tipología de los soplones. En todo caso ese rol se hacía ver como un servicio a la patria: «Cumplía con su deber, no ajustaba cuentas, escribía denuncias por instinto de conservación. Ganaba un capital más valioso que el oro y las tierras: la confianza del Partido. Sabía que en la vida soviética la confianza del Partido lo era todo: la fuerza, el honor, el poder. Y creía que su mentira servía a una verdad superior; a través de la denuncia veía incluso la verdad suprema».

Entonces, «A veces ocurría que en las literas de la prisión dormían, uno al lado del otro, el secretario del Comité de distrito, desenmascarado como enemigo del pueblo, y el nuevo secretario del Comité de distrito que lo había desenmascarado, revelándose él mismo poco tiempo después como un enemigo del pueblo y, al cabo de un mes, se reunía con ellos en la misma celda el tercer secretario del Comité de distrito, aquel que había desenmascarado al segundo, ahora desenmascarado él mismo como enemigo del pueblo», como cuenta Grossman.

La delación parece ser una de las heridas morales que sufren las sociedades sometidas a estados totalitarios. La novela El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón, está protagonizada por un confidente de la Brigada Social en los últimos años del franquismo, un régimen que a juicio del novelista zaragozano convirtió a España «en un país de soplones y chivatos».

En una sociedad así, reprimida por el miedo y la pobreza, la resistencia que se pueda prestar procede de una separación radical –y casi heroica– que tiene que hacer el escritor y que Wat resumía con las palabras de un lejano discípulo de Lao Tsé: «Es necesario que nunca olvides dos cosas: no permitas que tu adaptación exterior penetre en tu interior, y procura que tu despertar interno no se vea por fuera». En palabras de Wat, «[…] el primer síntoma de lo que puede llegar a ser la poesía en un país de régimen comunista. Solamente puede salvarse si hay conciencias esquizofrénicas».

Esta doble vida, cuando el interior debe permanecer en secreto para que no peligre el individuo exterior, es un esquema de ese imaginario protocolo, esa rutina de reflejos condicionados que adoptan los escritores. También lo adoptó Zagajewski para mostrar la escisión del poeta que resiste solo por su clandestinidad. La poesía secreta contra la policía secreta. Dice Zagajewski: «El choque ente el mundo interior –¡al fin y al cabo, es ahí donde reside el arte!– y el exterior conduce casi siempre a malentendidos, provoca disonancias y genera desproporciones. Los dos bandos se acusan mutuamente de falta de legitimidad y de intrascendencia, y solo muy de vez en cuando se enamoran locamente, lo cual desemboca en una clásica relación sadomasoquista. […] La vida interior y el mundo exterior están unidos de un modo tan inescrutable como el alma y el cuerpo. […] No puede haber ninguna armonía entre esos dos elementos, porque ¿cómo puede el pensamiento volátil adherirse a las irreflexivas glándulas? ¿Qué tienen en común un sueño y una uña, la desesperación y el fémur? […] La vida interior se rebela contra la crueldad del mundo exterior. Los grandes libros del siglo XX fueron escritos contra ese monstruo por solitarios que luchaban con la desesperación».

Cuando el poeta asume su resistencia como un deber moral ante sí mismo, aparte de los peligros de la persecución, de la cárcel, del ostracismo, corre con otros peligros en los que él mismo es el enemigo. «¡He aquí una curación milagrosa y angelical: nos volvemos mejores de lo que somos, porque todo el mal ha sido engullido por la bestia totalitaria! Nos convertimos casi en ángeles. […] Y en momentos así, pienso con malicia que la vida en esclavitud no está desprovista de ciertos placeres, ya que proporciona una gran coartada. Los viles son ellos, los totalitaristas. Nosotros somos buenos e inocentes. En el mundo reina un orden, aunque sea un orden extremadamente injusto: ellos nos tienen esclavizados, nosotros lo combatimos. […] ¡Fíjense lo tramposo que es el totalitarismo: nos convierte en ángeles!».

El totalitarismo está directamente interesado en suprimir la intimidad, esa región en donde, con autoironía, Zagajewski se sentía un ángel: «En el fondo, el comunismo es un problema de exteriorización. El comunismo es enemigo de la interiorización, del hombre con vida interior. Si teníamos simpatías izquierdistas, arrobos, fascinaciones y embelesamientos por el comunismo, era porque veíamos la falacia y el peligro de la interiorización. Pero hoy ya sabemos hasta dónde conduce la exteriorización: mata la vida interior del hombre. Esta es la esencia del estalinismo. La esencia del estalinismo es envenenar la vida interior del hombre para que se reduzca a semejanza de los trofeos de los cazadores de cabezas, de aquellas cabecitas disecadas».

Por esto mismo, Wat halla una primera misión de resistencia en la labor del poeta: «Tal vez lo único que distingue a un poeta del resto de los hablantes sea la tarea, la misión o el instinto de redescubrir no tanto el significado como la dignidad de las palabras».

No se trata sino de eso y ya es bastante. El poeta no tiene que convertir el poema en instrumento explícito de crítica de los asuntos públicos. No es ese su papel. Basta –y sobra– con mantener la dignidad de las palabras. Ya lo dijo Zbigniew Herbert: «Sobre nuestros hombros enclenques / cayeron los asuntos públicos / la lucha contra la tiranía, el registro / de los sufrimientos / pero el enemigo –admítelo– era inicuamente nimio / ¿vale la pena rebajar la lengua sagrada / al balbuceo de la tribuna, a la negra espuma del diario?».

En los países que permiten tener prendido el «opinómetro», donde, en apariencia, cada uno puede decir lo que le dé la gana, donde la verdad no es la del régimen –como en el totalitarismo– sino que la verdad es la afirmación que aparece con mayoría en las encuestas, de un modo en que el mercadeo precede a la sensatez, al análisis y a la verdadera verdad, en unos países así, son otros los peligros que acechan y que hacen suficiente presión para plantear alguna resistencia. Al contrario de lo que ocurre con el poeta bajo el totalitarismo –político, militar, de izquierda, de derecha, religioso, etcétera–, que tiene la claridad de una causa noble hasta el punto de llegar a sentirse arcángel, el primer problema de un poeta en los regímenes con libertad de expresión y de pensamiento consiste en que no parece haber ninguna causa legítima.

Zagajewski cree que todo se debe a Nietzsche: «La tradición nietzscheana parece dar una forma diferente a la percepción del mundo y de la cultura, una forma que podría definirse como espiritualidad negativa, porque se manifiesta a través de desconfianza hacia las formas espirituales “positivas”, piadosas, centradas en los valores. Dirige su sarcasmo contra cualquier pietismo, sea este religioso, patriótico o incluso estético, porque por todas partes husmea engaños, subterfugios del orgullo, de la vanidad –o de la debilidad– y, mire por donde mire, no ve más que máscaras, falsedades, intereses creados, comportamientos gregarios e hipocresías. ¡Pobre Nietzsche, que se deshacía de todo lo positivo, de todo lo bondadoso! (Dijo: “¡Siempre me resulta difícil romper con un lazo, pero cuando lo hago, en su lugar me crece un ala!)».

Por esto mismo, la primera resistencia que la literatura, más propiamente la poesía, tiene la obligación estética de afrontar es contra la banalización. Estos poetas polacos que asistieron al experimento comunista y luego vivieron en lo que se llama Occidente, son buenos observadores del peligro: “¿Se convertirá la poesía –como ocurre en los países felices– en alimento de cuatro sibaritas hastiados, y el cine, en una rama comercial del ocio? El día en que desapareciera el peligro, ¿dejaría de existir también lo que en estas circunstancias hemos logrado salvar, proteger del diluvio, de la destrucción, e incluso elevar por encima de las amenazas como una muralla alta y hermosa, todo lo que hemos creado como respuesta al desafío moral del totalitarismo?».

En una sociedad programada, en donde aún bajo cierta libertad se siente la presencia del Gran Hermano que nos vigila con su ejército de computadoras y de cámaras, la resistencia de la literatura es no renunciar a la imaginación, la resistencia de la poesía consiste en que el poeta persista en sus deslumbramientos y también persista en reivindicar la gozosa inutilidad de esos deslumbramientos.

Capaz de verse caminar por la calle desde una ventana, desdoblado y esquizofrénico (idéntico a como era bajo Stalin o bajo Franco), el poeta sobrevivirá como una especie que contradice todas las convenciones de la convivencia y de la técnica: tendrá que vivir de otra cosa porque el poema no es mercancía y por lo tanto escribirlo no puede ser profesión, y aún así persistirá en el ejercicio de la poesía; maestro de escuela o músico, médico o abogado, cura o sindicalista, obrero o agricultor, el poeta es un mortal igual a sus iguales, solo que puede alucinar con las palabras, gusto en extinción siempre y siempre sobreviviendo, como si fuera un milagro del que el poeta mismo es testigo de primera mano.

Dijo Papini y fue verdad aun antes de que él lo dijera: sea cual sea el gobierno del mundo, yo siempre estaré en la oposición. El asunto es que el poder es una baja pasión, la menos poética pasión que existe. El conocimiento de esto lo proporciona la situación extrema que se observa en el totalitarismo y que permite esclarecer la naturaleza moral del asunto: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. «Desde la aurora del hombre todas las naciones han tenido gobierno, y todas se han avergonzado de sus gobiernos», dijo Chesterton.

Somos testigos y víctimas de que toda la tecnología y todos los comportamientos impuestos por la sociedad de consumo han sido diseñados contra la intimidad y bajo el supuesto de que nadie habla consigo mismo y que ese monólogo interior solo funciona para repetir consignas de la publicidad, mandamientos de la moda y pautas para aparentar mejor un vacío que nadie parece sentir como carencia.

Ya vimos como los regímenes totalitarios son exterioristas y suponen con brutal simpleza que no existe la vida interior o que, si existe, a) no tiene la menor importancia y b) de todos modos debe ser perseguida y aniquilada. En lo que llaman democracias liberales, o países pluralistas, se encuentra una actitud semejante. Bien lo dijo Karl Kraus: «La civilización actual es una vasta conspiración contra todo asomo de vida interior». Malos tiempos, parece, y nuestro único precario consuelo está encerrado en una frase de hace medio milenio: «Los malos libros provocan malas costumbres y las malas costumbres provocan buenos libros» (Descartes).

Como corolarios de la falta de vida interior, entre muchos, enuncio tan solo dos: la supresión del pasado y la incapacidad de estar solo y en silencio: y en ambos casos la literatura puede servir de trinchera para resistir.

Es bien conocida la frase de Pascal en donde dice que el hombre no podrá ser feliz –¿o tener sosiego?, cito, deliberadamente, de memoria– mientras no pueda estar solo y en silencio en una habitación. En su tiempo, no había televisores, pero estoy seguro de que Pascal los desaprobaría; en cambio, estoy seguro de que admitiría que ese, el individuo de su postulado, pueda estar leyendo un libro. Acaso el mayor valor de la lectura consiste en eso, en requerir ese bien cada vez más escaso que es el silencio. «No siento nunca tristeza mayor que después de haber hablado mucho», decía Juan Ramón Jiménez de la parte de ruido que cada uno le añade a la algarabía general.

La compañía de un buen libro es, ahora mismo, la mejor arma para resistir la castración que ha padecido el tiempo. Sucede que todo conspira para eliminar el pasado, para destruir la memoria. Las cosas están ruidosamente diseñadas para un presente frenético que se autoderoga a sí mismo con los usos de la moda. Ante este vértigo, nos queda una ley inmutable frente al mito mayor de nuestra época: el arte, la poesía, no están sometidos al progreso. Un hombre que llegó a vivir para ser original, Ramón Gómez de la Serna, acaba admitiendo que «los libros nuevos suelen decir lo mismo que los libros antiguos. ¡Es tan difícil escribir un libro verdaderamente nuevo!».

Chesterton dice lo mismo a su sabia manera: «Se pueden encontrar todas las nuevas ideas en los viejos libros, solo que allí se las encontrará equilibradas, en el lugar que les corresponde y a veces con otras ideas mejores que las contradicen y las superan». Sin embargo, según el mismo Chesterton, lo más importante es que los grandes libros nos conectan a un pasado: «La mayor utilidad de los grandes maestros de la literatura no es la literaria; está fuera de su soberbio estilo y aun de su inspiración emotiva. La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea puramente moderno. Ser puramente moderno es condenarse a una estrechez final; así como gastar nuestro último dinero terreno en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda». Estar conectados al pasado no es cuestión de erudición, ni de prosapia; ni siquiera es importante para saber los errores que, conozcámoslos o no, vamos a repetir de todas maneras. Lo importante del asunto es prevenirnos contra la arrogancia del presente bajo la muestra evidente de las equivocaciones y tonterías de los hombres en todos los tiempos presentes del pasado. Esta conciencia permanente es el sustrato más legítimo y más sabio del humor y de ese diario ejercicio de no tomarnos nunca en serio, salvo en los juegos, que son la cosa más seria del mundo.

También para quienes escribimos bajo regímenes que no nos persiguen por nuestros poemas, la obligación de los poetas sigue siendo mantener la dignidad de las palabras. Parece poco, pero es muchísimo más. Es, por lo menos, la mitad del problema si hemos de creerle a un poeta, Wallace Stevens, que pensaba que «las palabras son todo lo demás en el mundo». Pero, más que la mitad, resulta que se trata de todo el problema si hemos de creerle a un filósofo, a Martín Heidegger: «Solo hay mundo donde hay lenguaje». Entonces, es hermosamente cierto lo que decía Joubert: «En el lenguaje ordinario, las palabras sirven para nombrar las cosas; pero cuando el lenguaje es realmente poético, las cosas sirven siempre para nombrar las palabras».

Darío Jaramillo Agudelo. Poeta, novelista y ensayista colombiano. Está considerado como el gran renovador de la poesía amorosa colombiana y uno de los poetas actuales más importantes. De su poesía se han hecho tres reediciones completas y cinco selecciones parciales. También es el autor de siete novelas, entre las que se destacan La voz interior y Cartas cruzadas, de una autobiografía, un ensayo sobre la poesía en la canción popular latinoamericana y varias antologías.


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