Artículo de Revista Global 39

La macana sin Trujillo o la triste historia de la sumisión

El autoritario perdura en la sociedad dominicana. Una de las razones pudo ser la falta de espacio y tiempo para el luto post Trujillo. Otra, que tras la caída del tirano, las decepciones, la traición, la codicia la prevaricación y el exceso de poder ocuparon la palestra pública entre el 1961 y 1965. De ahí en adelante, estas situaciones sirvieron para reforzar estamentos de poder hasta hoy decisivos en la vida política.

La macana sin Trujillo o la triste historia de la sumisión

“Un muchachito, que jugaba debajo de un gran árbol en el traspatio de la casa de Juan Tomás Díaz, pareció intrigado cuando un visitante le preguntó si fue en ese garaje donde descubrieron el cadáver del Jefe. El muchachito contestó: ¿cuál jefe?” así concluye el libro Trujillo: la muerte del dictador.

La mayoría de la población dominicana actual nació décadas después del tiranicidio. El conocimiento de lo ocurrido durante “la era de Trujillo” es anecdótico y proporcional a su grado de escolaridad e interés. La composición social dominicana de estos días es absolutamente distinta a la que existía durante el reinado del “padre de la patria nueva”. El comienzo de la transición hacia la democracia, a partir del 30 de mayo de 1961, terminó, luego de tres décadas de oprobio, en la frustración de 1966 y no hubo tiempo, espacio, ni energía para hablar del antiguo régimen. Víctimas y victimarios tenían otras urgencias, mientras Joaquín Balaguer se encargaba de recordar que todo había cambiado para continuar igual y permaneció en el Palacio [de Gobierno] 22 años, aunque su vigencia trascendió los períodos gubernamentales.

Transcurridos 50 años, el retorno del trujillismo quiere ser preocupación. La publicación de entrevistas, libros, la mención de episodios gloriosos, el protagonismo de esbirros impunes, la integración de la familia del sátrapa a la sociedad –algo que no es nuevo pero ahora es público–, la difusión de injurias con extraordinario apoyo mediático, permiten una alharaca irresponsable y manipuladora. Sencillamente es el destape, la transparencia que irrita y la reacción es un mea culpa fementido, un lamento cíclico, para justificar silencios, estatus y conductas impropias. Unos y otros provocan la evocación y luego se inquietan. Imaginan que aquel texto infamante que adornaba paredes de mansiones y casuchas irá más allá de la sala porque “en esta isla Trujillo es el Jefe”. Gran equívoco.

¿Por qué, cómo y hasta cuándo? ¿Quiénes mencionan al Jefe y a su régimen? ¿Quiénes repiten las consignas de la era? ¿Por qué Trujillo y no Balaguer? No hay acuerdo que permita pronunciar la sentencia definitiva. Rafael Leónidas Trujillo Molina mitificado, cuenta con aduladores patéticos que repiten un anacrónico “viva el Jefe”. La reivindicación no va más allá del bicornio y del boato, del orden con sangre y garrote, del cacareado comienzo del capitalismo, de la provocación usando recuerdos comunes para humillar a víctimas que una vez participaron en el festín.

¿Será que Trujillo es equivalente a autoritarismo en la República Dominicana, y solamente Trujillo? Sin Trujillo no hay trujillismo pero sí autoritarismo, ergo, la preocupación debió existir desde 1961. Azuzar con el fantasma de Trujillo es distraer; la tarea de la nación es la democracia: es abandonar el gusto por la mano dura y la macana, por el abuso y el exceso del poder, por la prevaricación y la impunidad, y para eso el país no precisa de Trujillo.

En busca del padre perdido

El mandamás y la rentable y vergonzante sumisión sustituyen la figura carismática, al líder avasallador, omnipresente, infalible. En La democracia vulnerable: insatisfacción y desconfianza, Ramonina Brea e Isis Duarte (qepd) analizaron los resultados de la encuesta Demos 2004 y concluyen que en el país reina el fatalismo, el paternalismo, el providencialismo y la adscripción a un líder fuerte. “Al mayoritario apoyo a la democracia no le corresponde una amplia presencia de actitudes demócratas en el sentido de favorecer el funcionamiento de la forma democrática de gobierno. Las actitudes y valores autoritarios están presentes, tanto en la esfera pública como en la privada”. La Demos consigna que el 67% de la ciudadanía prefiere más orden y menos democracia, y el 83% identificó al gobernante ideal con “un buen padre que resuelva los problemas”. Es la aspiración de un protector, dador de favores, pretensión de sociedades huérfanas, con padres ausentes, como escribió Octavio Paz. Algo entrega la población gobernada a cambio de la vigilancia y la dádiva. A pesar de los riesgos, la sumisión, tanto en el ámbito privado como público, es una de las compensaciones y no solo de la marginalidad o la ignorancia. Existen jerarquías en ese toma y daca del poder, desde la conformidad con el condumio para el día hasta la costosa asignación de un ministerio, las exenciones, la impunidad selectiva.

El gobernante “buen padre” no precisa de carisma si sabe “resolver problemas”. El sociólogo Frank Marino Hernández (qepd) afirma que después de Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez, vivimos la época de “dirigentes”, no de “líderes”.

Es la época post carismática, sin mesianismo pero con personalismo, señala la politóloga Jacqueline Jiménez Polanco, y otras, en consecuencia, son las expectativas y las acciones. El presidente de la República, Leonel Fernández, describe el líder carismático en su artículo “Populismo e ideología” (12-3-2001): “[…] dispone de determinados atributos personales, como serían inteligencia, preparación, capacidad retórica y organizativa, fuerte voluntad y perseverancia, cultiva una relación emocional con las masas, las cuales lo perciben y acogen como su salvador. La fascinación hacia el líder carismático se convierte en un sustituto de la ideología, hasta el punto que su propio nombre se convierte en el fundamento de una nueva corriente de pensamiento y de acción en el marco de la política”.

Reeditar el pasado es imposible; Trujillo es recreo, susto, propósito de atemorizar y de desviar la preocupación por el presente, con miedos y peligros distintos. Trujillo es el karma, contradicción y reflejo. Los liderazgos contemporáneos son otros; que alguien quiera calcos y crea que solo el carisma y el uso de la fuerza proporcionan adhesiones y mantiene mandos, es diferente. El autoritarismo ha estado vigente en la sociedad dominicana desde siempre, con y sin líderes mesiánicos, con o sin líderes carismáticos, con o sin líderes rodeados de misterios y fábulas, con o sin plañideras que pretenden acomodar la historia.

En la sociedad de “la externalidad”, como señala el Informe Nacional de Desarrollo Humano, con un 57% de la ciudadanía interesada en emigrar, la mención y preocupación es baladí. Ese porcentaje interesado en abandonar la isla desconoce la naturaleza, origen, composición y efectos del trujillismo, pero sabe quién es el amo de la esquina, el dueño del billar o del colmadón, el capo bienhechor. Sabe quién era y quién es el regidor, el diputado, el alcalde que puede conseguirle algo, sabe cómo lograr una sentencia, cómo evitar la brutalidad de cualquier sargento.

Cuando Pedro de Jesús Candelier dirigía la Policía Nacional se escuchaba el clamor denunciando desmanes; sin embargo, la encuesta Hamilton-Staff demostró que el 58% aprobaba su gestión. De modo que el problema no es que vuelve Trujillo y el trujillismo, que vuelve Angelita y su corte de estulticia frívola e infractora, que vuelven nietos que siempre han estado, socios, sobrinos, hijos, primos, que jamás se fueron, el problema es que la socialización nuestra ha sido violenta y autoritaria.

Asombro, panegírico y rabia

La inmortalidad del jefe fue violentada por proyectiles que salieron de armas conocidas. La pólvora venció al hombre más poderoso de la isla, amo y señor de eriales y pastos, de familias y honras, de nacimiento y muerte. Difícil de creer que aquel hombre, tan igual y tan distinto a todos, tuviera fin.

José María Carrascal, autor de Franco: 25 años después, describe al caudillo como: “Rutinario, patriotero, más amante de los toros y de la caza que de la lectura o la música, podía tomarse como un español del montón. Pero al mismo tiempo era paciente entre impacientes, metódico entre desordenados, perseverante entre inconsecuentes, callado entre parlanchines… Su desconfianza iba pareja con su capacidad de resistencia. Era un sobreviviente, sobrevivió los miedos de niño, las humillaciones, los desafíos […]”.

Esa descripción resume algunas características del Jefe que pensó que sobreviviría al hartazgo de sus pares, pero se equivocó. Características que es imprescindible conocer para comprender la dimensión de su poder y la permanencia.

El azar determinó el éxito del atentado. Lo ocurrido el 30 de mayo de 1961 en “la avenida” ha sido estudiado por especialistas. Mueven automóviles, trazan la ruta de proyectiles, calculan el soplo y la dirección del viento, colocan en sus mesas de trabajo réplicas de los participantes para calcular velocidad y capacidad de ataque. La conclusión siempre es la misma: plan perfecto y la duda igual: ¿cómo funcionó sin ninguna asesoría experta?

Si el azar estuvo presente en la acción para su éxito, abandonó el momento de la urgente y necesaria decisión política. El fracaso permitió la sucesión de errores, la masacre, la desilusión. Joaquín Balaguer, presidente, asume el control de lo que quiso controlar pero no intentó detener la ilimitada venganza de cómplices, de esbirros asustados, de dolientes. Paciente, impávido, comenzó a tejer la red que hasta su muerte lo cobijó. Nada sabía y todo ocurría frente a sus narices.

Al tribuno precoz y escuálido, resentido y asceta, redactor del manifiesto que explicaba las razones de la asonada contra el presidente Horacio Vásquez, el mismo que había recorrido el país promoviendo la candidatura Trujillo-Estrella Ureña, el otrora orador más joven del Partido Republicano, después de acompañar a Trujillo durante 30 años, le corresponde despedirlo. En el panegírico está el relevo. Sus dioses estuvieron cuando el tirano lo designó presidente de la República en 1960, esa es la calidad que le permite decir adiós a su amado jefe y, al mismo tiempo, comunicar a la nación que es el legatario de Trujillo… “Querido jefe, hasta luego. Tus hijos espirituales miraremos hacia el sepulcro como hacia un símbolo enhiesto y no omitiremos medios para impedir que se extinga la llama que tu encendiste en los altares de la República y en el alma de todos los dominicanos […].” Ese exordio fue profético, ahí está el cimiento que ha permitido hablar de Trujillo y de su régimen con irresponsabilidad y desenfado, confundiendo conceptos y realidad; antes no hubo tiempo, Balaguer así lo quiso, lo consintieron y por eso hoy pretenden demostrar que sólo “el jefe” ha sido jefe.

Después del 30 de mayo vino el caos, el desahogo, el trémulo regocijo de una libertad precaria y efímera. Los nuevos protagonistas no eran tan nuevos, sus métodos no podían ser ejemplo de democracia porque era una categoría desconocida. La intensidad del período 1961-1965 impidió presentir que el 1966 serviría para mantener la llama encendida por Pedro Santana, atizada por Buenaventura Báez, Ulises Heureaux y por Rafael Leónidas Trujillo Molina, desde antes de 1930.

Y aparecieron más

La agresión contra los caliés, la quema de Radio Caribe, la destrucción de las vigilantes esfinges del benefactor de la patria, los gritos de “navidad con libertad”, no fueron suficientes. Se precisaban sanciones, tribunales que, además de juzgar a los asesinos de Patria, Minerva, María Teresa Mirabal y Rufino de la Cruz, dictaran sentencias contra tanto torturador cobarde, tanto delator, tanto asesino implacable. No se hizo. No se pudo ni se quiso.

Se gritaba ¡libertad!, Viriato Fiallo asustaba con su “¡Basta ya!” y el PRD entusiasmaba con el “Borrón y cuenta nueva” que nos persigue hasta hoy. Se gritaba ¡libertad! y comenzaban a preparar sus exilios dorados los corifeos de la tiranía y a construir anonimatos seguros para poder regresar al país y compartir con viejos amigos, unos arrepentidos, otros no tanto, y comenzar a mascullar “viva Trujillo” y a disfrutar, en cualquier salón, los compases de Salve San Cristóbal o Recogiendo limosna no lo tumban.

Se estableció un mercado de culpas, el buen nombre se compró. Los diferentes partidos políticos integraron esa cáfila delincuencial. Si convenía, un matón se convertía en un cotizante, un torturador en un enlace, un palero en funcionario, un soplón en diputado. Así no más, sin ningún escrúpulo y sin el rechazo correspondiente. Embajadas, consulados, ministerios, direcciones generales, estrados, curules, exhibían aquella escoria reivindicada que además compartía funciones y dádivas de un Estado espléndido y concupiscente con sobrevivientes de la saña y del fandango post 1961.

Muerto el perro, la rabia, que es de fácil transmisión, buscó canes y aparecieron galgos, dálmatas, collies, fox terrier… El primer intento democrático, el ensayo inédito de convivencia institucional y libertaria fue mordido y la jauría demostró que había desaparecido uno de los perros pero la reconquista de la democracia estaba pendiente y los ladridos eran muchos… y en ese momento ¿por qué no anunciaron que venía el lobo?

Ni los miembros del Consejo de Estado, ni la Junta Cívico Militar, ni el gobierno democrático presidido por Juan Bosch, ni el Triunvirato, ni el Gobierno Constitucionalista de Caamaño, ni el de Reconstrucción Nacional quisieron ni se propusieron reclamar a la tiranía sus atropellos, menos modificar la práctica autoritaria inserta en la República desde su fundación. No hubo un antitrujillismo coherente, militante, decidido a transformar la sociedad dominicana. El movimiento patriótico 14 de Junio pudo lograr la hazaña, pero otra fue su misión. La dispersión, los desaciertos, el compromiso, arrebataron sueños y vida a los mejores.

Antes de 1966 los dolores y las propuestas se confundían. El reclamo por los muertos, los desaparecidos, los vejados durante la tiranía, no tuvo espacio en la barricada nacionalista. La pendencia era otra. El relevo se corrompió. Sin la parafernalia ridícula y soez de la era de Trujillo, el autoritarismo ha estado presente siempre.

Aquí no importó Manaclas, ni Los Palmeros, ni Caracoles. No importó la represión y la aniquilación durante los doce años. La izquierda nuestra no ofreció una opción viable ni respetable. Mientras su representación más conspicua caía en las calles y zaguanes, languidecía en las cárceles, enloquecía o se inutilizaba en el exilio, Balaguer disponía de sus remanentes. Incorporó cuadros importantes, los convirtió en anodinos burócratas, el salario aseguraba un silencio necesario o una voz sin credibilidad.

Aquí no hubo espacio ni tiempo para el luto ni para el reconocimiento de la patria agradecida. Las decepciones, la traición, la codicia, la prevaricación, el exceso de poder que pautan el período 1961-1965 impidieron el tránsito democrático condigno. La experiencia sirvió para reforzar estamentos de poder hasta hoy decisivos en la vida política y fortalecer el perfil del hombre que comenzó su vida pública en 1930 y luego de seis períodos de gobierno, centenares de muertos, encarcelados, exiliados, sobre su espalda venerable, obtuvo el perdón de sus agraviados y reinó hasta el fin de sus días convertido en “padre de la democracia”.

Entre abril y los doce años de sangre, los crímenes y delitos de la tiranía se olvidaron y cada quien arregló sus cuentas como pudo. Joaquín Balaguer los conocía a todos y se encargó de destruir a algunos, invalidar a otros, dividirlos, encontró la medida del vasallaje de los más abyectos y sumó lealtades espurias. No hubo tiempo para conjurar el trujillismo, el poder tenía a los “anti” consigo y era despótico. La oposición no podía enredarse entre quién fue y quién es, la represión era el reto. Los símbolos del antitrujillismo militante y legendario habían sido sacrificados. El antitrujillismo de la acción, el coyuntural y tardío tuvo que replegarse, se arrimó al poder para siempre y quiso creer que sin Trujillo no había autoritarismo y ahí estuvo el desprestigio. Algunos descubrieron las ventajas de la heroicidad, otros que el miedo es un derecho y para no ser vergüenza se transforma en cautela o en cháchara genuflexa.

¡Ahí viene el lobo!

El tinglado del trujillismo, aquel montaje atroz, hoy luciría más vodevil que tenebroso. Los referentes de poder para la mayoría de la población dominicana ni siquiera se acercan a los lentes negros de los militares balagueristas. El poder, para los menores de cincuenta, está en “las cosas”, y entre esas “cosas” está el puñal y el revólver, la escopeta y la ametralladora, que cualquiera porta y exhibe.

Emprendedores o frustrados, exitosos o fracasados, ágrafos o con maestrías, crecieron conscientes de los privilegios y de la impunidad. Sin temor a ninguna autoridad, en tanto y en cuanto descubran la cuota y paguen el precio, conviven con la arbitrariedad. Saben a dónde está la llave para abrir la caja de la suerte que a veces es de Pandora, la inversión arriesgada no los arredra y está en la bolsa o en la esquina del tumbe, en la yola o en la venta rápida de crack. Paradoja dominicana: el descalabro llama al orden y a la exigencia del cumplimiento de la ley, pero aquí entre el disparo y la absolución, se resuelve.

Es un colectivo que tiene pendiente una catarsis y por eso el subterfugio de la vigencia del trujillismo y la veneración de Trujillo como una posibilidad, sin ir más allá, sin percatarse que ha vivido “mandado” como dijo, a mediados del Siglo XIX, Ulises Francisco Espaillat: “Todos los gobiernos que ha tenido el país se han ocupado no de gobernarlo sino de mandarlo”.

Puede seguir soñando esa minoría nostálgica, si despierta está obligada a reconocer que fue y ha sido tan conservadora y autoritaria como el cuco que anuncian y ha vivido apañando los abusos y excesos de poder y disfrutando los privilegios de un Estado que creen suyo.

Cincuenta años después, ni el trujillismo es una doctrina ni el antitrujillismo un credo. Existe el antitrujillismo simbólico y opulento, sin ninguna propuesta para la transformación de la sociedad, siempre cerca del poder que exculpa crímenes y reparte heroísmos como indulgencias la Iglesia. Considera que la misión fue cumplida por ascendientes y sobrevivientes y nunca optó por reivindicaciones democráticas, ha preferido desgastarse en el reclamo de protagonismos, rebatiña intrascendente para la mayoría.

Si el tránsito hacia la democracia hubiera sido diáfano y persistente, hoy no tendría cabida la discusión acerca de la vigencia del trujillismo. La macana es trauma social pero también aspiración. Sólo cuando el respeto a la ley sea la norma y las únicas limitaciones reconocidas estén pautadas por el orden jurídico y los derechos de los demás (artículo 43 de la Constitución de la República Dominicana), la nación disfrutará las ventajas del Estado social y democrático, respetuoso de la dignidad humana; entonces, decir “viva el jefe” será una broma sin consecuencias.

Carmen Imbert Brugal fue miembro del ministerio público, juez de instrucción, juez suplente de la Junta Electoral del Distrito Nacional. Redactora del periódico Hoy, directora de El Matutino Alternativo y Metrópolis. Docente de las universidades UNPHU, UNIBE e INTEC. Autora de Los diferentes sistemas procesales penales, Tráfico de mujeres: visión de una nación exportadora, Prostitución, esclavitud sexual femenina, El ministerio público, Palabras de otro tiempo y de siempre, Infidencias, Distinguida señora, Volver al frío, Sueños de salitre. Ha dictado decenas de conferencias y escrito colaboraciones en revistas sobre política, derecho y literatura.