Artículo de Revista Global 5

La emigración revaluada

Los procesos emigratorios de América Latina y el Caribe están siendo reformulados y revalorizados. De ser indicadores de la incapacidad de los países de origen de mantener adecuadamente a sus poblaciones, una señal de debilitamiento del sentimiento nacional en las masas que salen y una representación en el extranjero que avergüenza a sus terruños, los emigrantes han pasado a ser imprescindibles para la estabilidad socioeconómica y política de sus lugares de nacimiento, han ampliado el sentido (y la realidad) de sus naciones más allá de la territorialidad y se han convertido en genuinos embajadores de las tierras de donde partieron.

La emigración revaluada

Los cambios en las percepciones, opiniones, valoraciones (y aún actitudes) de los latinoamericanos y caribeños que residen en el extranjero se expresan en las nuevas posturas y acciones frente a ellos del Estado, de los políticos, de la sociedad civil y de los grupos empresariales y confesionales. Mientras antes no los tenían en cuenta para nada que no fueran sus contribuciones fiscales, sus cotizaciones partidarias, sus apoyos a reivindicaciones civiles, sus potencialidades como mercado exterior (mercado étnico) y sus contribuciones a las iglesias, ahora se estiman y destacan sus aportes a las cuentas nacionales, se admira su arrojo empresarial, se les pondera como posibles sujetos de políticas de desarrollo y se les reconoce tan nacionales como a los que quedaron en su lugar de origen, hasta un punto que los gobiernos de sus países anuncian y practican la defensa de sus derechos y su protección frente a los abusos de que pueden ser objetos en los sitios de recepción.

Además, se les considera básicos para la política de sus países en el plano nacional, por su decisiva influencia en los lugares de donde emigraron, por sus roles de intermediación con las agrupaciones nativas de los sitios de llegada y por sus conexiones con los políticos y los Estados de allí. Ocurre lo mismo en los planos social y cívico, dadas sus contribuciones a las mejorías de las localidades donde nacieron y al mantenimiento de lo nacional en las comunidades transnacionales de las ciudades huéspedes. Y ya se aceptan y reconocen sus aportes a las mutaciones de las culturas criollas.

La República Dominicana es un caso emblemático de un país donde las visiones (y las realidades) sobre los desplazamientos humanos internacionales y sus actores sociales han experimentado una profunda transformación. De una nación exclusivamente receptora de población extranjera durante las primeras tres cuartas partes de su existencia republicana¹, se convierte también, en su último cuarto de vida, en emisora de población local hacia diferentes puntos del planeta.

Entre 1844, año en que se funda la República, y 1960, año en que termina la dictadura de Rafael Trujillo, los flujos de personas estadísticamente significativos eran inmigratorios. La escasa población del país, el predominio en los estamentos de poder de la ideología positivista que contaba entre sus postulados que para la evolución de los países atrasados era necesaria la presencia en ellos de humanos procedentes de latitudes superiores, así como las medidas restrictivas a las salidas del país impuestas por Trujillo, explican ese largo período en el cual el movimiento poblacional internacional en relación con la República Dominicana fue en un solo sentido.

A partir de 1960, en que se derrumban algunas de las restricciones trujillistas a los viajeros, se crean condiciones para que los actores sociales opten por distintas estrategias de supervivencia y la reproducción expansiva del gran capital seguía requiriendo una mano de obra especial procedente de países deprimidos, abandonar el país se convierte en una posibilidad de mejoramiento para el que sale y para su familia, que permanece.

Empujado y atraído por estos factores se inicia un rápido proceso emigratorio, que, en sólo 45 años, ha dado lugar a que la cuarta parte de la población dominicana resida en el exterior. Se calcula que en el país hay cerca de nueve millones de habitantes y en el exterior más o menos tres millones de dominicanos y descendientes de dominicanos nacidos en el extranjero.

Éste ha sido un flujo poblacional multidireccional. Se ha dirigido principalmente a América del Norte, Europa y el Caribe, y a algunos países de América del Sur, sobre todo Venezuela y Argentina. América del Norte es el destino por excelencia y, en este subcontinente, Estados Unidos es el país donde más dominicanos residen, principalmente en la ciudad de Nueva York y, dentro de ésta, en el barrio de Washington Heigth, en Manhattan. En Canadá hay también una presencia dominicana, pero de mucho menor significación que la de Estados Unidos. Mientras en el primer país se calcula en más 20,000 el número de dominicanos, en el segundo se estima en cerca de dos millones. En Europa el destino principal es España, seguida por Francia, Italia y Suiza. Y en el Caribe, Puerto Rico es el mayor receptor de dominicanos en cifras absolutas, pero en la generalidad de las islas del Caribe inglés y, en menor medida, francés hay comunidades dominicanas que en relación con el tamaño de sus poblaciones pueden ser más significativas que la que dirige sus pasos hacia Puerto Rico.

Este proceso de desplazamiento poblacional desde la República Dominicana a varias partes del mundo no ha sido estudiado ni registrado homogéneamente en estadísticas. La presencia dominicana en los Estados Unidos es la que cuenta con mayor número de investigaciones privadas y estatales y le siguen los casos de España y, en menor medida, Puerto Rico. Y esos estudios permiten asegurar, en el caso de Estados Unidos, que la comunidad dominicana en ese país es de carácter transnacional. En principio, en los otros casos también puede decirse lo mismo, aunque el número de estudios y evidencias no son tan contundentes. Es más, la comunidad dominicana en el exterior es considerada en el estudio comparativo sobre transnacionalismo entre Colombia, El Salvador y la República Dominicana dirigido por Portes y Guarnido, como un caso paradigmático de ese fenómeno social².

¿Por qué los cambios?

Los tres factores que explican los cambios frente a la emigración y sus actores sociales son:

1. La evolución de la comunidad en el exterior hacia el transnacionalismo. La evolución de la comunidad dominicana en el exterior hacia ese espacio social denominado transnacionalismo es un factor clave en el cambio de las percepciones, de las opiniones, de las valoraciones (y aún de las actitudes) de los dominicanos de “aquí” frente a los de “allá”. Portes, Guarnizo y Landolt (2003: 18, 15) definen ese concepto “como ocupaciones y actividades que requieren de contactos sociales habituales y sostenidos a través de las fronteras nacionales para su ejecución” y se refieren a la función de ese tipo de comunidades como que “une a grupos de inmigrantes en los países avanzados con sus respectivas naciones y pueblos de origen”.

Estas notas apuestan a que esas nuevas circunstancias en las que los emigrantes y los que residen en el país de origen incrementan sus relaciones –que se dan en las esferas de la economía, de la política, de la cultura, de la actividad cívica y de lo social– están erosionando los prejuicios, las aprehensiones y las distancias entre ambas partes de la población dominicana (la de “dentro” y la de “fuera”). Esto sucede, de hecho, en la dinámica de las relaciones referidas que los obliga frecuentemente –aún sea sólo en virtud de las conveniencias para las dos partes— a colocarse del mismo lado; también se da reflexivamente como resultado de que los pasos a que los obliga el transnacionalismo los lleva a revisar posturas y acciones anteriores.

2. El proceso de diferenciación social de la comunidad dominicana en el exterior. Hay que pensar también –ésta es otra hipótesis– que el creciente transnacionalismo de la comunidad dominicana en el exterior y las transformaciones de puntos de vista de los de “aquí” con respecto a la emigración y a sus actores sociales, están mediados por un proceso de diferenciación social en el seno de la diáspora dominicana que se da con el tiempo debido a tres fenómenos fundamentales. Primero, a la promoción social de los emigrantes originales por vía del trabajo, de los negocios, de los estudios o de la política; segundo, a la entrada en escena de la segunda y hasta de la tercera generación de emigrantes, o sea, de los hijos e incluso nietos de los primeros “expulsados” de la República Dominicana, y cuyas condiciones sociales –ciudadanas, educativas, económicas, políticas, culturales–, en general, son mejores que las de sus ascendientes al llegar al país receptor; y, tercero, a que la composición social de las olas más recientes de emigraciones es más heterogénea que las del pasado; ya no sólo migran los trabajadores, sino también miembros de las diferentes camadas de la clase media. Esta diferenciación social de la diáspora tiene lugar sobre todo en Estados Unidos.

La reflexión anterior sugiere que el cuadro de un país poli-clasista, cuya estructura de clases está constituida por diferentes sectores sociales frente a una diáspora mono-clasista, formada más que nada por trabajadores de cuello azul, se desdibuja y da paso a la composición de una comunidad en el exterior –al menos en Estados Unidos– no igual, pero que cada vez se asemeja más a su país de origen en términos sociales, lo cual sugiere una reducción de tensiones entre ambas.

3. Las luchas de las “vanguardias intelectuales” contestatarias de la diáspora. Una tercera hipótesis acerca de los factores que provocan las mutaciones respecto a las visiones que en general se tienen en la tierra natal sobre la emigración y los emigrados es el hecho, menos documentado, de las grandes luchas libradas por las jóvenes “vanguardias” de la comunidad dominicana en el exterior para que se les reconociera (se les tuviera en cuenta) y se les respetara (no se le menospreciara) tanto “aquí” como allá –allá en sus relaciones con el Estado receptor y con las demás diásporas caribeñas y latinoamericanas–. El retorno de las yolas: Ensayos sobre diáspora, democracia y dominicanidad, libro escrito por Silvio Torres-Saillant, un emigrante de primera generación que llegó a Nueva York muy joven, que fue –también de joven– operario de zapatería y que hoy es profesor y director de un centro de estudios de la Universidad de Syracuse, es una especie de testimoniotesis sobre esas bregas para que la diáspora dominicana alcanzare un lugar claro y diferenciado de su país de origen, de los países que lo recibían y de los distintos grupos nacionales que emigraban hacia esos países. Ese libro es quizás, por lo menos hasta donde conozco (y hasta ahora), el documento más completo sobre los elementos heurísticos y las intenciones que movían las luchas referidas. En esas líneas sus reclamos llegaban a lo absoluto y concluyente:

“A fin de cuentas, la comunidad dominicana residente en el exterior no necesita que la expliquen y mucho menos a partir de la antropología imperial. Sencillamente, hay que aceptarla como lo que es: un conglomerado humano diverso que ha sobrevivido al trauma de la expulsión de la tierra natal y hoy lucha de distintas maneras por labrarse la supervivencia. Hay que reconocer su aporte material al mejoramiento de la sociedad emisora. De hecho, para externar el juicio más escandalizador de esta reflexión, hay que reconocerle su derecho a reconceptualizar el pasado y el futuro así como la fisonomía de la nación dominicana. Es decir, la diáspora puede hablar. Puede opinar con propiedad no sólo sobre sí misma, sino también sobre el marco mayor de la dominicanidad”³.

Apoyada en juicios como el que precede, en discusiones conceptuales que refieren a “una dominicanidad desterritorializada y transnacional” y en otros tipos de consideraciones, la diáspora creó desde y dentro de ella comunidades destacadas de científicos sociales, de políticos, de estudiosos de las artes y de la literatura, de literatos y artistas plásticos, de empresarios, de administradores del Estado y privados, en capacidad de colocarse al lado de las de su país de origen, de las de la sociedad receptora y de las de otras diásporas de la región y, de ser necesario, confrontar con ellas sus verdades.

La existencia de esas “vanguardias intelectuales” contestatarias al frente de la diáspora, tan real y potente como su transnacionalismo y como su diferenciación social, contribuyó asimismo –repito– a que variaran los puntos de vista y las prácticas frente a ella.

La nueva realidad

Las realidades en que se sustentan los cambios en percepciones, opiniones, valoraciones (y aún las actitudes) que entendían la diáspora como formada por los grupos más deprimidos, ineducados, sin apego al trabajo y, por demás, sin el menor sentimiento nacional o patriótico⁴, a otros que la valoran en sentido diferentemente positivos, tienen que ver con las distintas áreas en que se expresa el espacio social del transnacionalismo de la comunidad dominicana en el exterior.

1. El transnacionalismo económico. Las áreas en que se expresa el campo social del transnacionalismo dominicano son la economía, la política, las actividades cívicas y sociales y la cultura⁵. De todas ellas, las primeras son las que más se han estudiado y los estudios de ella son los de más vieja data⁶, es, en consecuencia, aquella sobre las que existen más informaciones y las que están más al día. Uno de los elementos privilegiados dentro de ella es el de las remesas, al cual se le viene dando seguimiento desde hace décadas y sobre el que existen informes anuales. Haciendo provecho de los recientes datos del año 2004, se hará el análisis central de este subtítulo sin dejar de referirnos a otro elemento del transnacionalismo económico⁷.

En esta parte del artículo se trabaja con las últimas informaciones publicadas por la prensa local e informes de instituciones autorizadas, como el Banco Central. En general, estas informaciones indican que las remesas representan, en promedio, US$ 2,700 millones anuales, el 14% del PIB. Estos resultados se distribuyen en las regiones del país de la siguiente manera: a Santo Domingo llega un 35% de las remesas; en la región Norte se percibe un 30%, y en el Sur y el Este, un 24% y un 11%, respectivamente. Esta distribución sugiere que las remesas llegan a todas las regiones del país en proporción al número de emigrantes que tienen cada una de ellas.

Según un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Earth Institute de la Universidad de Columbia, de ese monto (US$ 2,700 millones anuales), que supone un aumento de un 27% respecto a 2003, un 56% se estima provendrá de Estados Unidos, un 21% de Europa, un 20% de Puerto Rico y un 3% de otras partes del mundo.

Entre los dominicanos que recientemente emigraron a Europa, España representa el destino que elige la mayoría, seguido por Italia y Francia. La segunda mayor concentración de dominicanos que viven en el extranjero está en Madrid, con cerca de 160,000 criollos en el área metropolitana. De esta cantidad, unos 130,000, del total que reside en Madrid, envían aproximadamente US$ 250 millones a República Dominicana cada año⁸.

De las remesas procedentes de Europa, un 53% corresponde a España, un 18% a Italia, un 11% a Francia y un 8% a Suiza. En los cálculos de estas cifras se incluyen los envíos a través del correo o de personas que viajan a la República Dominicana.

Es importante resaltar que las remesas recibidas se distribuyen en los hogares de la siguiente forma: 1) un 60% se destinan al consumo familiar, 2) un 17% a educación y, 3) un 10% a negocios o al ahorro.

Economistas y hacedores de opinión pública dicen que sólo un 38% de las familias dominicanas recibe este tipo de envíos. Mientras, un 70% de las familias a las que les llegan remesas tienen ingresos diarios de menos de US$ 9.6; es decir, para más de un millón de familias dominicanas las remesas representan la fuente fundamental para su subsistencia.

Otros resultados interesantes son los porcentajes de pobreza registrados en la población total de los Estados Unidos, y en la población inmigrante⁹.

En sentido general, presentamos los resultados agregados sobre la evolución de las remesas en América Latina, sobre la base de una serie que ilustra el periodo 1990-2002.

Algunos aspectos caracterizan a los receptores de remesas de la República Dominicana, distinguiéndolos de receptores de otros países.

  1. Aunque la cantidad de remesas enviadas al país es menor, en promedio, con respecto a las enviadas a la región, la frecuencia de los envíos es más alta.
  2. Los dominicanos envían, en proporción, a más de un miembro de la familia, a diferencia de lo que es la norma en otros países.
  3. Los fuertes vínculos entre los familiares receptores de remesas se evidencian en que un 75% de los que las envían hablan con sus familias al menos una vez a la semana y un 50% de los dominicanos que viven en Estados Unidos visitan a sus familiares (receptores de remesas) por lo menos una vez al año.
  4. La remesa típica familiar va de 1,500 a 2,000 dólares por año, para 1.2 millones de hogares de la República Dominicana. Otros 700,000 adultos reciben cantidades menores regularmente.

El informe de la CEPAL es definitivo en el papel social que juega en su lugar de origen la comunidad en el exterior, al asegurar que la República Dominicana es el país del subcontinente latinoamericano donde más familias reciben ingresos a través de las remesas de emigrados: un 26% es la proporción de familias favorecidas. El significado de este dato en términos de política social se aprecia mejor si se dice que este mismo estudio calcula que la pobreza en nuestro país, que se estima en alrededor de 41%, se elevaría a más de 45% si esas remesas familiares dejaran de llegar.

Las remesas no son la única contribución económica de los inmigrantes, ni se usan sólo con el propósito de consumir, como bien se establece más arriba. Existe también la de los emigrantes que tienen negocios en Estados Unidos y que invierten, a su vez, en la República Dominicana, así como las empresas dominicanas con sucursales fuera de Estados Unidos. Este aspecto no está tan bien documentado todavía como el anterior, pero en el estudio que se hizo sobre el transnacionalismo dominicano ya citado¹⁰, se encontraron datos que validan esta información. En él se dice:

“Las entrevistas que realizamos en la República Dominicana revelan que nuestros informantes están conscientes de la presencia de empresas creadas por la inmigración; remarcan que la mayoría de éstas operan en el área de los servicios y el comercio al menudeo (…). Hay también algunas inversiones en el sector de la construcción. Una nueva forma de negocio vincula las compañías de remesas con las comerciales. Esta modalidad permite a los dominicanos residentes en Estados Unidos enviar las remesas a sus familiares, pero éstos reciben, en lugar de dinero, artículos para el consumo, tales como estufas y lavadoras… El cuadro que refleja nuestras entrevistas en Estados Unidos concerniente a las inversiones en el área de las empresas transnacionales es similar al que encontramos en la República Dominicana”.

2. El trasnacionalismo político. Todos los partidos dominicanos de importancia poseen locales en los países y en las ciudades más importantes en que se encuentra distribuida la diáspora dominicana. En el caso de los más grandes, residen miembros del Comité Central, que son quienes dirigen sus actividades en ellos y se ganaron sus posiciones en las organizaciones gracias al trabajo realizado entre los dominicanos de “allá”. Y en la dirección política, el Comité Político, el Comité Ejecutivo y el Directorio Nacional del PLD, del PRD y del PRSC respectivamente, hay un responsable –y a veces más de uno– del trabajo entre los dominicanos del exterior–.

Y esta importancia que las organizaciones políticas dan a la diáspora no obedece sólo a la significación que ésta tiene como fuente para captación de fondos, sino también a la importancia creciente que posee en la vida política de “aquí” y de “allá”. Los miembros de la comunidad que viven en el exterior poseen una gran influencia política, a veces decisiva, en sus zonas locales de origen y no sólo entre sus familiares, sino también entre amigos y conocidos, sobre todo si tuvieron éxito en su decisión de emigrar.

Asimismo, las buenas relaciones (e incluso influencia) de miembros de la diáspora entre los políticos y la política y en el Estado de los países receptores, se incrementan cada vez más y este es un capital social que mueve a los políticos de “aquí” a estrechar sus relaciones, no sólo con sus militantes, sino con todo aquel que se interese con éxito en la carrera política del sitio donde ha sido acogido.

Ya es prácticamente una costumbre que los miembros de los consulados y gran parte de los que trabajan en las embajadas provenga de la diáspora y no del país de origen, y no sólo como pago a sus esfuerzos por el triunfo del partido y del candidato, sino también por el conocimiento que tienen de la metrópolis huésped y sus buenas relaciones con los nacionales de ésta. Ellos son intermediarios naturales e idóneos con los políticos y los administradores del país donde se asientan los cuerpos diplomáticos.

La política es el área donde se puede ver y validar más clara e indiscutiblemente el carácter transnacional de las comunidades dominicanas en el exterior, es donde hay más semejanza entre los dominicanos de “aquí” y los dominicanos de “allá”.

3. El transnacionalismo cívico-social. Lo cívico-social comprende muchas actividades que no son ni económicas, ni políticas, ni culturales, y que tienen carácter transnacional. Estas son normalmente actividades comunitarias llevadas a cabo por los emigrados en sus lugares de origen, ciudades o zonas rurales. En la República Dominicana también existen asociaciones de personas que han vivido en el extranjero que, además de organizar actividades sociales se preocupan asimismo por defender la imagen de la comunidad en el exterior y por ayudar a reintegrarse a los emigrados que retornan.

4. El transnacionalismo cultural. “El transnacionalismo cultural se refiere a diversas prácticas e instituciones que toman parte en la formación de significaciones, identidades y valores. Estos son los procesos que definen el cambio del discurso sobre lo que es ser ‘dominicano’ en la República Dominicana y en el extranjero. Las experiencias de los dominicanos en Estados Unidos están redefiniendo la identidad cultural y las prácticas de los dominicanos en general”¹¹.

Un elemento clave en el contacto de la diáspora con la cultura de su país de origen son los medios de comunicación modernos. Por un lado, hay periódicos nacionales que originalmente tenían una edición especial para Estados Unidos y que ya se editan, El Nacional, en la ciudad de Nueva York y el El Siglo, cuando existía, en la ciudad de Miami. Asimismo, quienes tienen acceso a Internet pueden consultar todos los días todos los diarios nacionales, con excepción de El Día. Asimismo, el cable y la radio permite acceder a los programas populares y a las noticias. O sea que la comunidad dominicana en el exterior, dependiendo del lugar donde residan sus miembros, tiene más o menos acceso permanente a la vida cotidiana de su país natal, que constituye lo esencial de su cultura.

En cuanto a los elementos tradicionales de la cultura, el idioma, la religión, las costumbres culinarias y los gustos artísticos, sobre todo la música, se mantienen y no sólo en la primera, sino también en la segunda generación de migrantes dominicanos. En el caso del idioma, o sólo hablan español o son bilingües¹².

Pero el transnacionalismo cultural no se expresa únicamente a través del mantenimiento en la diáspora de los principales valores de la cultura dominicana, sino también porque algunos rasgos de la cultura de su lugar de recepción influyen en la cultura nacional. Así, la música y la literatura dominicana están enriquecidas por la influencia de las mismas actividades que los dominicanos de Estados Unidos desarrollan en ese país. Por ejemplo, muchos de los merengueros han fusionado los ritmos tradicionales con el hip-hop, dando lugar a nuevos ritmos que gozan de una gran aceptación entre los adolescentes de “aquí” y de “allá”. Varios de los literatos dominicanos más prestigiosos y populares en Estados Unidos y en la República Dominicana, como Julia Álvarez y Junot Díaz, mezclan en sus creaciones sus experiencias de los dos sitios, escriben en inglés y tienen que ser traducidos al español.

Conclusión

La conclusión parece simple: las nuevas relaciones que se dan entre la diáspora dominicana y su lugar de origen en el marco del espacio social transnacional no pueden ser posibles si antes no ha tenido lugar un proceso de reducción progresiva de los prejuicios y de las actitudes que alentaban su separación, y tampoco si ahora no son reconocidos y respetados como iguales. Este proceso ha estado mediado por otro de diferenciación social de la diáspora, que la llevó de una aglomeración dispersa mono-clasista a otra poli-clasista y, en consecuencia, más parecida a su lugar de origen, proceso que ha estado instigado por las “vanguardias intelectuales” contestatarias de la comunidad dominicana en el exterior.

Falta algo por decir: que, escandalosamente, todo este proceso de creación de un espacio social transnacional, de diferenciación social y de luchas de las “vanguardias intelectuales” de la diáspora dominicana o de la comunidad dominicana en el exterior, como mejor guste decir, durante sus 45 años se ha dado sin la participación del Estado dominicano. Se ha dado desde abajo, ha sido un proceso en que sus únicos protagonistas han sido sus mismos actores sociales, ciudadanos libres o que fueron libres –o se sintieron libres– al hacerlo, que pusieron toda su voluntad, su coraje y su capacidad al servicio de esas causas. Esto da la razón a ese artillero de la palabra, que es Silvio Torres-Saillant, en el tratamiento que hace del Estado en su libro reiteradamente citado en este artículo¹³.

Ni siquiera cuando el Estado modifica la Constitución de la República Dominicana para darle el derecho a la doble nacionalidad y al voto en el exterior a los miembros de la diáspora tomaba una iniciativa a favor de ésta, sino que cedía ante demandas de años (y bien hechas) del pedazo de la nación dominicana que se extiende más allá de sus fronteras.

Sólo muy recientemente, cuando el doctor Leonel Fernández, presidente de la República Dominicana, constituyó los primeros consejos consultivos de los dominicanos residentes en el exterior, en las ciudades de New York y New Jersey, el Estado se inclina y reconoce y respeta a los de “allá”, igualándolos políticamente a los de “aquí”.

No olvidemos que el primer presidente que tiene una iniciativa de esta naturaleza, que entendemos es justa y merecida, es uno de los dominicanos formados en las dos partes de la nación y que se siente ser de ambas, al menos emocionalmente, en su corazón. Es importante que con la elección de los miembros de estos consejos, que debe abarcar toda la geografía de la diáspora, se tenga en cuenta el principio universal de los derechos humanos que insta a no discriminar por razones de raza, sexo o preferencias religiosas o políticas.

Carlos Dore Cabral es secretario de Estado, director de la Dirección de Información, Análisis y Programación Estratégica de la Presidencia de la República. Licenciado en Sociología, es especialista en estudios políticos, sociología de las migraciones y los procesos de urbanización. Ha sido durante 15 años profesor universitario, ha hecho aportes de interés sobre la cuestión rural en la República Dominicana y ha escrito varios libros de los que destacan The Urban Caribbean: Transition to the New Global Economyy Problemas sociológicos de fin de siglo.

Notas

  1. Hubo momentos de emigraciones significativas desde que llegaron los europeos a la isla de Santo Domingo hasta la proclamación de la Independencia y la Constitución de la República Dominicana, pero éstas tenían una naturaleza y una lógica completamente diferentes a las que se inician luego de la caída del régimen trujillista; y, como se leyó ya, mi afirmación se circunscribe a la época republicana. En caso se quiera entender las diferencias entre estas emigraciones pre-república y las posteriores a Trujillo, véase a Torres-Saillant, Silvio, El retorno de las yolas, Editores Librería Trinitaria y Manati, Santo Domingo, 1999, pgs. 31-33.
  2. Léase la introducción elaborada por estos autores para su libro La globalización desde abajo: Transnacionalismo inmigrante y desarrollo. La experiencia de Estados Unidos y América Latina, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales FLACSO-México y Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales FLACSO-Secretaría General, México, 2003, pp. 15-40.
  3. Silvio Torres-Saillant, obra citada, p. 31.
  4. Silvio Torres Saillant en la obra citada, página 20, al referirse a esa visión negativa de los emigrantes dice que “existe en el país como un subalterno que ocupa el más bajo tramo del orden moral. Funge como chivo expiatorio para una clase media interiorizada por siete décadas de desenfrenada violencia y soborno estatal, una clase media que anda en busca desesperada de alguien con respecto a quien sentirse superior”.
  5. Carlos Dore Cabral, José Itzigson, Esther Hernández Medina y Obed Vasquez, “Cartografía del transnacionalismo dominicano: amplias y estrechas prácticas transnacionales” en Portes, Alejandro, Luis Guarnizo y Patricia Landolt, Obra citada, pp. 172186.
  6. Usualmente se entiende que los estudios sobre esa área del transnacionalismo se iniciaron con la investigación que llevaron a cabo Alejandro Portes y Luis Guarnizo sobre los empresarios dominicanos en New York, y cuyos resultados se publicaron en 1991, bajo el título de Capitalistas del trópico.
  7. El autor agradece las contribuciones que le ofrecieron en la parte dedicada a las remesas los jóvenes economistas Pedro Ortega, Yamir Encarnación y Shaterson Félix.
  8. Este párrafo está íntegramente copiado del periódico El Caribe, 20 de enero de 2005.
  9. Los datos de la gráfica fueron extraídos del informe sobre remesas, migración y pobreza de la CEPAL.
  10. Dore Cabral, Carlos, José Itzigsohn, Esther Hernández Medina y Obed Vasquez, Obra citada, p. 172.
  11. Ibidem, p.182.
  12. Recientemente la socióloga de la diáspora Ramona Hernández presentó en una charla en Funglode los resultados de entrevistas realizadas entre dominicanos emigrantes de segunda generación que validan estas afirmaciones. La mayoría de ellos prefería ser llamado dominicano o dominico-americano que americano y preferían la comida criolla a la “típica” del neoyorquino, etcétera.
  13. Obra citada, pp. 405-435.

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