Artículo de Revista Global 60

La poesía como gnoseología

Partiendo de la gnoseología, que podría definirse como la facultad de conocer, se explica que todo pensamiento debe expresarse a través del lenguaje y de su semejanza y dinámica con el acto poético. Utilizando referentes tan dispares como Amado Alonso, Gaston Bachelard, Michel Serres y Nicolás de Cusa, este artículo es también una celebración de la poesía y, por consiguiente, de la palabra.

La poesía como gnoseología

El acto poético constituye una forma instantánea del conocimiento. Y aquí la partícula «instante» está empleada apelando al menos a una de las posibilidades bisémicas dentro de la amplitud dilatada de su polisemia: la poesía es conocimiento del instante y, a la vez, instante del conocimiento.

Todo conocimiento es metafórico. Los sistemas metafóricos están en la raíz de cualquier corpus que organice una parcela de saberes. Las metáforas regidoras ordenan la percepción del mundo por apelación constante a otros saberes anteriores, a percepciones que también se expresaron mediante el lenguaje y dentro del campo del lenguaje mediante la articulación de metáforas previas.

La intuición del tiempo y por tanto la intuición del instante es esencialmente una intuición poética. Se conoce «en el tiempo». Solo es posible una forma del conocimiento, el conocimiento sumergido en la corriente del tiempo. No existe, al parecer, conocimiento puro. No es dado conocer «fuera del tiempo». El tiempo no se detiene. La fugacidad se introduce en el saber, lo infiltra y corroe, lo come con su agua. Las palabras están en el tiempo, el tiempo está en las palabras. ¿Qué, si no tiempo? ¿Qué existe? Existe el tiempo. Y dentro del tiempo las palabras. El tiempo va en las palabras. Las palabras flotan en el mar del tiempo. Al decir de Amado Alonso: «Los abismos del mar son como el tiempo (son el tiempo) que se acumula sobre sí mismo y se convierte ya en eternidad; como los ojos fríos (muertos) del tiempo; tiempo por el que no pasa el tiempo, tiempo muerto. El tiempo ha muerto de agua muerta, de lo que ya era muerte, de tiempo hecho eternidad».[i]

Pero Alonso habla de una de las formas del tiempo. El tiempo no solo es eternidad, es instante. El instante es el polo opuesto a la eternidad, está en un espacio del tiempo que se olvida del tiempo. El instante es tiempo sin tiempo, es tiempo vivo. En el instante no hay tiempo, cabe todo el espacio. El espacio de la palabra no tiene tiempo, carece de obligación, es un cielo sin voces, una estrella sin diámetro, una luna sin luz, una mujer sin cuerpo. En el instante hay una muchedumbre. La algarabía, la alegría del tiempo, el corazón del tiempo late en el instante. La ocasión hace indescifrable al tiempo. El nudo del tiempo es la ocasión. En un instante se pierde tiempo. Verbos y adverbios son parte del tiempo, expresiones de la acción del tiempo, hebras del tiempo atadas a las piedras sustantivas. El tiempo no tiene tiempo, no alcanza conjugación. Pasa y se hunde.

El tiempo es el lenguaje. La expresión del instante es, por naturaleza, poética. Al decir de Gaston Bachelard: «Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen, en el minuto de la imagen: si hay una filosofía de la poesía, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo de un verso dominante, en la adhesión total a una imagen aislada, y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. La imagen poética es un resaltar súbito del psiquismo, relieve mal estudiado en causalidades psicológicas subalternas […]».[ii]

Este éxtasis de la novedad de la imagen mencionado por Bachelard está en la raíz del acto gnoseológico: no se puede saber sin el impacto de esta novedad, no se alcanza a conocer sin ese tallido de esta imagen en la mirada, un relámpago elemental, irreductible, instantáneo y paradójicamente duradero en sus resplandores de metáfora.

A la vez, la poesía logra una forma de conocimiento instantáneo, una actualización en la que figura e imagen alumbran y definen de súbito al objeto en trance de ser conocido, delimitan con nitidez sus bordes, marcan y recortan sus límites en contraste con la oscuridad innombrable, sobre la superficie opaca de lo que no ha sido dicho todavía. El proceso es en verdad un alumbramiento, puesto que el objeto o fenómeno nace vivo al lenguaje a través del acto poético en gesto orgánico. Es un fragmento, miembro u órgano viviente, palpitante, se integra a las demás cosas del mundo iluminado como una parte natural y necesaria, ajustado al todo expresado. A cada una de esas cosas corresponde una palabra o un sistema de palabras. Cada objeto se nombra o es aludido, cada segmento de realidad conocida, mutante y móvil, es apelado y hecho comparecer una y otra vez en mayor o menor grado de profundidad, directa o indirectamente, por denotación activa o connotación pasiva. Y el proceso se repite en forma indefinida: cada apelación deja lugar al siguiente acto cognitivo, pues la temporalidad instalada en la raíz misma del lenguaje por modificación y desplazamiento semántico suponen un circuito abierto y dinámico, una cinta sin principio ni fin.

El objeto recién iluminado pasa a formar parte de un universo predicable, decible, relacional, en el que cada punto entra en correspondencia con muchos otros, hasta conformar una red comunicacional de puntos y vértices análoga a la descripta por Michel Serres: «En esos puntos de conexión se trata de recibir una multiplicidad de canales –cualesquiera que sean–, de flujos –independientemente de lo que transporten–, de mensajes –cualesquiera que sean sus contenidos–, de objetos –cualquiera que sea su naturaleza– …y de redistribuir esa multiplicidad de una manera cualquiera. En el conjunto de los intercambios que afluyen en la red, un determinado nudo, un determinado vértice puntual, un determinado centro estrellado o polo, desempeña el papel de un receptor y de un redistribuidor, sintetiza y analiza, mezcla, clasifica y selecciona, liga y pinta».[iii]

Así lo que podríamos denominar, basándonos en Serres, «punto poético», núcleo viviente que pasa a formar parte del sistema neuronal y plurirrelacionado del conocimiento humano a través del lenguaje y a través de las imágenes construidas en el lenguaje en una estructura de verdad, en un constructo en evolución y riesgo en donde se entablan los flujos de sentido de la realidad.

Cualquier discurso, aun el discurso matemático y el discurso científico propio de las llamadas «ciencias duras», requiere de este flujo de sentido que se convierte en un principio de realidad y que es un flujo y una actitud de naturaleza poética.

En cada uno de esos puntos o nudos de la red se verifica la función instantánea del acto sublimado, la consecuencia que sitúa el lenguaje mismo un palmo más allá y lo convierte en un hito exterior, instalado fuera de sí mismo, conspicuo, ajeno y al tiempo familiar, cercano pero impredecible, repleto de posibilidades que brotan de su causa interna.

En ese instante se produce el descubrimiento. La revelación sin piel muestra la carne viva, el acto de la verdad se convierte en un hecho insustancial, más singular y leve que el acto primigenio irrepetible: se transforma en otro acto, es un evento o un suceso del lenguaje. Se trata de una realidad de palabras, ni más ni menos que un acto comunicable vivo.

La materia es el instante. Es una realidad procesal, una estructura de voces, un cuerpo de partículas habladas. El instante sumido en el lenguaje es un instante poético. La piedra de otra realidad se introduce en el mundo. Es una piedra poética. Es el punto, el guijarro de la poesía que comparece sin peso ni sustancia. La materia del hecho obedece a un orden diverso. Es un plano distinto de la libertad humana. La materia poética no pesa ni ocupa lugar. No tiene volumen pero sí exhibe forma. Y en la forma muestra el fondo desnudo del sentido, el hilo del conocimiento intacto. La materia poética es un tiempo sin espacio y un espacio sin cuerpo.

Nicolás de Cusa distinguió cuatro grados del conocer: «Los sentidos, que proporcionan imágenes confusas e incoherentes; la razón, que las diversifica y ordena; el intelecto, o razón especulativa, que las unifica; y la contemplación intuitiva, que, al llevar el alma a la presencia de Dios, alcanza el conocimiento de la unidad de los contrarios».[iv]

Pero de esta lúcida taxonomía, arbitraria como todas, es la última especie la que resalta y cobra valor con relación al acto poético como acto único, como última y definitiva instancia. En la clasificación cusana solamente alcanza el conocimiento de la unidad de los contrarios esa actitud o aptitud que el pensador llama «contemplación intuitiva».

¿Es esta la verdad posible?

Otras formas diferidas del conocimiento, y de la expresión ordenada del conocimiento, tienen base en una fenomenología poética. No existe conocimiento sin lenguaje que lo exprese: el lenguaje no solamente descubre, sino que también construye la realidad.

La poesía entonces es posibilidad de conocer, acto sin tiempo, mirada sin ojos, ciencia de la intuición.

En el espacio sin lugar de la poesía nunca es tarde, siempre hay tiempo. La poesía va más allá de la razón, otorga agua fresca, da de beber sentido al mundo seco y desierto de los hombres.

Rafael Courtoisie es un poeta, narrador y ensayista uruguayo. Miembro de número de la Academia Nacional de Letras. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Su antología Tiranos temblad obtuvo el Premio Internacional de Poesía José Lezama Lima (Cuba, 2013). Acaba de ganar el Premio Internacional Casa de América de Poesía (Madrid). Su publicación más reciente es El lugar de los deseos (Valencia, editorial Pre-Textos).

[i] Alonso, Amado: Poesía y estilo de Pablo Neruda, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1974, p. 55.

[ii] Bachelard, Gaston: La poética del espacio, Breviarios, México, Fondo de Cultura Económica, 1965, p. 7.

[iii] Serres, Michel: «El mensajero», en Estructuralismo. Epistemología, Nueva Visión, Buenos Aires, 1970, p. 173.

[iv] Ferrater Mora, José: Diccionario de filosofía abreviado, 11.ª edición, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1980, p. 81.