Artículo de Revista Global 80

La poesía es un tren que nos lleva a casa

El Latinale es un festival dedicado a la poesía latinoamericana que se realiza todos los años en varias ciudades alemanas. Este año se celebró con éxito su onceava entrega. A continuación, se presenta un divertido paseo por la tierra del acordeón, del pretzel y de la cerveza.

La poesía es un tren que nos lleva a casa

Si me preguntaran una cosa que pudiera hacer por toda la eternidad y de la que nunca me aburriría, respondería que recorrer en tren Alemania y apearme en cada ciudad a leer mis poemas. Esta idea me vino a la cabeza tras participar en Latinale, el festival dedicado a la poesía latinoamericana, celebrado en la patria de Goethe, que organizan los traductores Timo Berger y Rike Bolte y que este año celebra su onceava edición. En un principio supuse que Alemania no me resultaría acogedora, ya que presencié cómo las alemanas que abordaron el avión en bikini y sonrientes en Punta Cana se apeaban en Fráncfort melancólicas y enfundadas en gruesos abrigos.

Sin embargo, aún no había llegado el frío y el clima era apto para caribeños. Los primeros días me fue posible pasear por Berlín con mis camisas tropicales y sin guantes ni gorro. Por ejemplo, para la inauguración de la Latinale, que se llevó a cabo en el Instituto Iberoamericano, la temperatura era tan deliciosa como en Santo Domingo. Además, esa calidez coincidió con la actividad titulada Cartas inter-poéticas de poetas del Caribe, donde junto con Alejandro Álvarez, de Puerto Rico, Lina Nieves Avilés, también boricua pero radicada en Berlín, y el alemán Björn Kuhlik, que había vivido una temporada en Cartagena, leímos y repasamos los temas candentes de la región. Se concluyó que el Caribe es uno de esos experimentos migratorios del que quizá la Europa actual podría aprender. En el caso alemán, la llegada de refugiados sirios ha aumentado la xenofobia y las amenazas yihadistas, y ha empoderado algunos grupos de ultra derecha. Ante ese escenario, los cuatro no pudimos aportar nada, pero estuvimos de acuerdo en que la mejor arma es el diálogo. Tras la lectura, fuimos al Neues Ufer, que era el bar que frecuentaba David Bowie cuando vivía en Berlín. Allí, mientras sonaba a todo volumen Lets dance, le fui repitiendo lo anterior a una siria de ojos verdes y ricitos que no paraba de asentir y que me habló de la guerra, de su llegada a Alemania como refugiada y de cómo sobrevivía vendiendo pastillas por esa zona.

No me animé a comprarle. No solo porque era la primera noche del Latinale y no quería consumir toda mi energía desde el principio, sino también porque a la mañana siguiente visitaría a Nefertiti en el Neues Museum y para esa ocasión quería disponer de todas mis facultades mentales. Lo maravilloso de la Latinale es que, a diferencia de los festivales de poesía de América Latina, acá uno cuenta con suficiente tiempo para pasear por las ciudades. Pero no solo eso: en Berlín, los organizadores nos alojaron en un excelente hostal, próximo a la Alexanderplatz y a unos pasos de la isla de los museos. Mi rutina fue la siguiente: iba en el día a los museos y en la noche a las discotecas. En Berlín hay tantos que uno podría repetir esta rutina todo un año y aun así le faltarían exposiciones y pistas de baile por conocer.

Además, están todos los monumentos, las plazas, las galerías y los parques. Ante tantos puntos turísticos, uno no tiene más remedio que repetir los clichés: tomarse una foto imitando la postura de César Vallejo frente a la Puerta de Brandemburgo, viajar en el piso superior de los autobuses, dejar una ramita en la tumba de Bertolt Brecht y Helene Weige en el cementerio de Dorotheenstadt, subir los 285 escalones de la Columna de la Victoria para estar lo más cerca posible de la famosa estatua dorada de Niké, y ver el Acorazado Potemkin en el teatro Babylon con una orquesta en vivo. Sin embargo, para mí, el momento cumbre fue cuando me topé con Nefertiti. Recuerdo que llegué como a las once al Neues Museum y corrí por los pasillos en busca del busto. Al distinguirlo a lo lejos, en el interior de una vitrina, rodeado de turistas que intentaban fotografiarlo a escondidas de los de seguridad, me fui emocionando y cuando lo tuve en frente, imaginé que si le tocaba el cutis lo sentiría tibio como si tuviera vida.

Esa noche volví a leer poesía. En esta ocasión, la lectura se titulaba En otras palabras y se realizaba en Lettrétage, una sofisticada galería ubicada en Kreuzberg, que se especializa en literatura y arte visual. Aquí me encontré con mi primo David Báez y su novia Tao, residentes en Fráncfort, que viajaron en tren para verme leer. Nuevamente me tocó con los caribeños, aunque en esta ocasión Alejandro participó como lector de los poemas de la hondureña Mayra Orihuela, que no pudo asistir por complicaciones de salud. De igual manera, el mexicano Alejandro Tarrab tampoco pudo venir y sus poemas fueron declamados por su compatriota Paula Abramo. También leyeron la brasilera Adelaide Ivánova y el argentino Miguel Ángel Petrecca. En casi todas las lecturas de la Latinale, se suelen proyectar en una pantalla las traducciones alemanas que realizaron Timo Berger, Rike Bolte y otros traductores. Con esa estrategia se busca que los locales tengan una idea de la poesía que se está haciendo en este lado del mundo. Aparentemente ha funcionado, ya que en esta lectura y en las otras se notaba un público que no hablaba español, parte del cual se nos sumó en la cena que se realizó en un restaurante brasilero y en la parranda que organizamos y que lideró Betty Konschake, una de las coordinadoras de la Latinale, quien nos condujo a un local latino llamado La Cantina donde estuvimos hasta la madrugada bailando salsa, reggaetón y bachata.

Sin embargo, La Cantina me presentaba un dilema. No había venido de tan lejos para bailar ritmos caribeños como acostumbro a hacer en casa. Quería bailar lo que bailan los alemanes. Más que turista, soy de esos viajeros que repiten aquello de «donde fueres, haz lo que vieres». Así que un viernes en la noche, tras una lectura que organizó el Instituto Cervantes, le pregunté a Lina –que lleva varios años radicada en Alemania– cuál era la mejor discoteca de Berlín. «El Berghain», contestó, y me fue explicando que dicha discoteca es como el Vaticano de los DJ, que está ubicada en una antigua fábrica, que es tan misteriosa y secreta que en la entrada te decomisan los celulares y las cámaras, que la gente llega los viernes y se queda ahí bailando hasta el domingo y que el único inconveniente es que tras hacer una larga fila no existe ninguna garantía de que te dejen ingresar. Pero ya que somos poetas y estamos acostumbrados al azar, asumimos el riesgo y tomamos el metro hasta la estación Ostbahnhof y de ahí alcanzamos a pie un área industrial donde sobresalía una extensa fila.

La cola duró una hora y media. Detrás de nosotros había dos DJ argentinos, quienes cada vez que visitan Berlín suelen venir al Berghain. A la fecha no han tenido suerte. Sin embargo, en este momento estaban esperanzados en que entrarían, y entonces yo pensé en lo que había dicho Lina sobre que el Berghain era como el Vaticano de los DJ y pensé que ellos tenían una oportunidad ahora que tenían al papa argentino. Pero, bueno, su advertencia de que la discoteca no era para nosotros porque ahí no tocaban reggaetón ni merengue y el hecho de que a todos los que estaban delante de nosotros les habían negado la entrada nos llenó de pesimismo y hasta Lina sacó su iPhone para buscar otras opciones de dónde ir a bailar.

Frente a la entrada había tres bouncers gigantescos. El más grande se enterneció al vernos e hizo un gesto fraternal para que pasásemos como si nos conociera de antes. Aunque Alejandro achacó la escogencia a nuestra condición de poetas, a mí me pareció que se debió al parecido de Lina con la actriz Gal Gadot, que interpreta a la Mujer Maravilla en la saga de DC Comic. Fue dentro de la discoteca que nos percatamos de que rebotaron a los DJ argentinos.

Hablar del Berghain no solo me tomaría bastante, sino que además desviaría un poco el tema de la poesía, por lo que la dejaré para otra crónica y apenas mencionaré que luego de tanto bailar, subimos al cuarto piso de la discoteca donde venden barquillas de helado, gracias a las cuales recuperamos la energía consumida y pudimos salir a toda prisa con el sol ya en alto, esquivando bicicletas y los primeros buses, hacia una lectura colectiva que teníamos en la librería Amarcord. Esta fue una de las actividades más íntimas del Latinale. El espacio era tan estrecho que si hacíamos un movimiento brusco la presión expulsaría a algún poeta por la puerta o por las ventanas. Ya que estábamos resacados, tuvimos que auxiliarnos de varias dosis de cafeína para leer nuestros poemas, que, por cierto, nos salieron con una ronquera y una parsimonia que los enriquecían y los tornaban hermosos. En el caso del chileno Andrés Anwandter, al principio estaba ronco, pero a medida que leía se le fue apagando la voz y fue como si realizara un performance sobre el silencio. Quien sí hizo un performance consciente fue la argentina Tálata Rodríguez, que recitó de memoria uno de sus explosivos textos. Concluyó la peruana Tilsa Otta con un poema titulado «La poesía es la gran aguafiestas». Y mientras leía, yo cerré los ojos y cuando los abrí el poema había terminado, se hizo un silencio y supimos que era el fin de la Latinale en Berlín.

Entonces comenzó el éxodo. Andrés y Alejandro retornaron a sus respectivos países. Lina se fue a Osnabrück. Tilsa y Tálata se fueron a Bremen. A Paula, a Miguel Ángel y a mí nos tocó Múnich. En el caso de Miguel Ángel, se fue con un día de antelación, prometiendo que estaría en la lectura. Por lo que Paula y yo partimos en tren, tempranito en la mañana, junto con los traductores Timo Berger y Laura Haber. Durante el trayecto, nos la pasamos bromeando sobre que Alemania empezaba a parecerse al Caribe y a Centroamérica. Pero no solo por la presencia de caribeños y centroamericanos, también debido a que esa mañana había una alerta de huracán hacia donde nos dirigíamos y sobre todo porque a Paula la había picado en un dedo una arañita tropical y tenía una ampolla descomunal. Como Paula es traductora de portugués, Timo, Laura y yo la consolábamos diciéndole que quizá el veneno de la araña le infundiría el vigor necesario para terminar una extensa traducción que estaba realizando de Machado de Assis.

A pesar de que tuvimos que hacer varios trasbordos, arribamos a tiempo para la lectura programada. En vez de la ciudad colapsada e inundada que esperábamos encontrar por motivo del huracán, Múnich nos dio una bienvenida grata: el cielo estaba despejado y el clima incitaba a pasear. Como en Berlín no paraban de hablar mal de Múnich, estaba alerta a cualquier insinuación o comentario racista, pero tanto en el metro y en las calles como en las cervecerías, el trato siempre fue amable y cordial. Al parecer existe una rivalidad ancestral entre ambas ciudades. Es normal que los bávaros te digan que en Berlín se ha perdido la identidad y que ya no se habla alemán, y que por el otro lado, los berlineses critiquen el conservadurismo de los bávaros. Con tal de ilustrar lo anterior, mi amigo dominicano Miguel D. Mena, editor y residente en Berlín desde los ochenta, se refirió al proyecto Stolpersteine que ideó Gustav Demning en Berlín para recordar a las víctimas del nazismo. Dicha obra consiste en unos pequeños adoquines de latón que se colocan frente a la que fue la vivienda de la víctima, donde está escrito su nombre, la fecha de nacimiento y la de defunción. La idea es que cada vez que alguien se tropiece con estos latones por las aceras de Berlín, se detenga a recordarlos. Por esta razón, se escogió la palabra stolpersteine, que literalmente significa piedra para tropezar. Cuando se hizo una propuesta de llevar este proyecto a Múnich, las autoridades y las comunidades judías de la ciudad lo vieron con recelo y finalmente se negaron a que lo llevaran a cabo. Quizá por cosas parecidas, muchos berlineses despotrican contra la República de Baviera e incluso uno hasta llegó a decirme que lo único que valía la pena ver en Múnich –una ciudad llena de museos e historia– es un altar dedicado a Michael Jackson.

Esa tarde leímos a las seis en la Librería Española. A mitad del recital, entró Miguel Ángel sudando y jadeando. Al tocarle el turno se excusó y explicó que su retraso se debía a que había estado subiendo los Alpes Bávaros, lo que a mí me pareció una excusa sublime, propia de un personaje de Robert Walser y digna de una ovación, pero que no impresionó al público, como si hubiera dicho que su taxi se había perdido camino a la lectura o algo por el estilo. Además de Miguel Ángel, de Paula y de mí, en la lectura también participaron poetas latinoamericanos residentes en Múnich como Agustina Ortiz, Ofelia Huamanchumo de la Cuba, Janet Weber y Jorge Ernesto Centeno Vilca. Ahora bien, lo que más me conmocionó fue un español veinteañero que lleva un año residiendo en la ciudad y que me contó que había llegado a la librería casualmente al ver un afiche en una farmacia. Tras preguntarle cómo había terminado viviendo tan lejos de su casa, me respondió que en España no hay trabajo y que Múnich cuenta en la actualidad con una de las tasas de desempleo más bajas de toda Europa. Según un balance ofrecido por Eurostat, el desempleo en esta región alemana se sitúa en el 2.7 %. Tras la cena, sentados en la Cervecería Hofbräuhaus, me confesó que la lectura le había cambiado la vida y que estaba pensando en renunciar a la fábrica para dedicarse a escribir. Ante eso debí ofrecerle el famoso consejo del papá del poeta Darío Jaramillo, aquel de «el que escribe por dinero, ni come ni escribe», pero desistí y en cambio lo estimulé a que, si la escritura lo hacía feliz, se lanzara.

Ya tumbado en la cama del hotel, me puse a reflexionar en lo que le hace la poesía a los lectores. Pensé en mi amigo ruso Alexei Kolejov, que tomó un avión de San Petersburgo a Berlín y que participó en todas las lecturas y que, obsesionado por aprender español, le preguntaba a todos los poetas, justo después de las lecturas, acerca de las palabras que desconocía. Lo que contrapongo con algo que me pasó en un lujoso apartamento de Berlín, donde el anfitrión, al enterarse de que yo había venido a un festival de poesía, me preguntó la razón de por qué seguía escribiendo poesía si nadie la leía. Y bueno, en el momento no supe que contestarle, pero quizá debí responderle que la poesía es como un tren que nos lleva a casa, y que no importa la hora, ni el clima, ni que la estación esté vacía, uno siempre confía en que tarde o temprano el tren vendrá.

Pero volvamos a Múnich. Nuestro último día en la ciudad bávara amaneció gélido. A las diez llegó un guía que nos dio un tour bajo la lluvia helada. Atravesamos la plaza de la Ópera y pasamos frente al monumento a los Generales Bávaros. Cada vez que le preguntaba por el altar de Michael Jackson, el guía se enfadaba y me respondía que Múnich tiene tanta historia que no iban a perder el tiempo en esa tontería. Nos mostró varias iglesias: la Bürgersaalkirche y la de San Pedro. A la última que entramos fue a la catedral de Frauenkirche, donde ofició el papa Benedicto XVI y que es famosa por una huella que se conserva en la entrada y que se dice que pertenece al diablo. La leyenda cuenta que el arquitecto Jörg Von Halsbach hizo un pacto con el diablo para que lo dejara terminar la catedral. Por su parte, el arquitecto se comprometía a construir una catedral sin ventanas. Fue tan astuto que dispuso las columnas de tal modo que desde la entrada no se apreciasen. Por lo que cada vez que el diablo veía la catedral desde la entrada, comprobaba que el arquitecto había cumplido con su parte. Para cuando descubrió el engaño, la catedral había sido consagrada y al diablo no le quedó de otra que pisar tan fuerte en la entrada que quedó la huella estampada como símbolo de su furia.

Esa tarde participamos en un taller de traducción y en la noche leímos junto con tres poetas alemanes en el Rationaltheater, un pequeño teatro que era uno de los predilectos de Rainer Werner Fassbinder. Fue la única lectura donde no se usó el proyector. En esta ocasión funcionó a la perfección porque solo éramos seis y resultaba entrañable escuchar la traducción leída por el poeta de al lado. A Miguel le tocó con la dramaturga Theresa Seraphin, a Paula con el poeta Krister Schuchardt y a mí con la poeta Daphne Weber. Esta última cerró leyendo un recio poema titulado «Texto con odio», en el que arremete contra los neonazis, contra los xenófobos y todos esos movimientos de ultraderecha que, dada la problemática terrorista y migratoria, han cobrado fuerza en los últimos años en Europa. Y con ese poema antifascista concluyó oficialmente la Latinale.

Pero esperen, aún no hemos terminado. Resulta que había insistido tanto con lo de Michael Jackson que acabé convenciendo a Timo, a Laura y a un puñado de poetas para que visitáramos el altar del Rey del Pop, ubicado cerca del hotel Bayerischer Hof, que era donde se hospedaba cuando daba conciertos en Múnich, el cual, como me advirtió Laura, no debemos confundir con el hotel Adlon de Berlín, que fue donde Michael Jackson se asomó al balcón con su hijo Prince Michael II y casi lo deja caer. Así que, pese al frío, la hora y la lejanía, emprendimos una procesión hasta el altar. Al llegar, hicimos una reverencia, dejamos afiches del festival y a los pocos minutos nos dispersamos.

Frank Báez es editor de Global.





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