Artículo de Revista Global 88

La primera vuelta al mundo

Se cumplen 500 años de la expedición de Magallanes y Elcano, el viaje que probó de una vez por todas que la tierra era redonda. Aquel grupo de hombres culminó la llamada Era de los Descubrimientos, un período de la historia que alumbró expediciones como la de Colón al Caribe, la de Núñez de Balboa a través del istmo del Darién o la de Vasco de Gama a la India por el este. Pero ¿cómo fueron capaces aquellos navegantes de lograr lo que por entonces parecía imposible?

La primera vuelta al mundo

En 1518, el navegante portugués Fernando de Magallanes se presentó en Valladolid ante el rey Carlos I de España y le solicitó su apoyo para intentar lo que hasta entonces nadie había conseguido: llegar, por el oeste, a las islas de las Especias. Parecía una propuesta descabellada, acaso imposible de acometer, porque implicaba atravesar el Atlántico y bordear Sudamérica, en contra de los vientos y las corrientes, en busca de un paso hacia el Pacífico, un océano que ni siquiera aparecía en los mapas, para llegar por ahí, sin más referencia que las estrellas, al sur de Asia. Pero aquella era la época de los grandes descubrimientos marítimos, un período de esplendor que había alumbrado ya expediciones tan extraordinarias como la de Colón al Caribe, la de Núñez de Balboa a través del istmo del Darién o la da Vasco de Gama a la India por el este. De modo que el monarca no se arredró, y dio luz verde a la empresa. Y así, el 20 de septiembre de 1519, Magallanes zarpó con cinco barcos y 237 hombres del puerto de Sanlúcar de Barrameda, en Cádiz, rumbo a lo desconocido. Tres años más tarde, cuando ya se daba a la expedición por perdida, los habitantes de Sanlúcar vieron aparecer en la costa a la única superviviente de aquella flota, la nao Victoria, capitaneada por el español Juan Sebastián Elcano. A bordo de la nave viajaban 500 quintales de clavo, canela y otras especias, así como 17 tripulantes hacinados que acababan de convertirse en los primeros en circunnavegar el planeta.

Aquello resultó una sorpresa porque Magallanes nunca se planteó dar la vuelta al mundo, sino volver por donde había ido. La noticia de aquel desenlace inesperado tuvo una «repercusión enorme porque, aunque ya se sabía que la Tierra era redonda, aún no se había podido probar de manera empírica», señala Manuel Ravina, director del Archivo General de Indias, una de las instituciones que se han sumado a la conmemoración del quinto centenario de la gesta (los homenajes se están llevando a cabo en distintas partes del mundo y se extenderán hasta el año 2022). «En retrospectiva -comenta Ravina-, la hazaña de aquella expedición solo puede ser equiparada en su grandeza a la llegada del hombre a la Luna. Como salto del conocimiento geográfico del planeta, no existe otro equivalente». Para el catedrático y miembro de la Real Academia de la Historia, Carlos Martínez Shaw, aquel viaje puede verse como la culminación del proceso de exploraciones iniciado por Colón en 1492. «La circunnavegación fue una proeza que permitió comprender finalmente que todos los mundos se reducían a un solo mundo —apunta—, dando inicio a lo que hoy llamamos globalización, y a la posibilidad de concebir por primera vez una historia universal».

La hipótesis de Magallanes

Pero ¿qué llevó a Magallanes a plantearse una aventura tan incierta en primer lugar? Tras la toma de Constantinopla en 1453 por los turcos otomanos y el cierre del paso comercial existente entre Oriente y Occidente, Europa se había lanzado a una carrera desesperada por hallar rutas alternativas que le permitieran acceder a las riquezas de Asia. En aquel nuevo escenario, que marcaría la transición de la Edad Media al Renacimiento, las monarquías de la península ibérica no tardaron en alzarse como las nuevas potencias marítimas del mundo, dando origen a la llamada Era de los Descubrimientos. En cuestión de décadas, los cartógrafos occidentales se vieron obligados a incorporar grandes territorios hasta entonces desconocidos a los mapas de la época: las Américas, el sur de África, y aquellas islas y archipiélagos inverosímiles que iban apareciendo cada vez con mayor frecuencia en la superficie del océano Índico.

Sin embargo, con cada hallazgo surgía también un nuevo enfrentamiento por el control de las tierras recién descubiertas. Esto llevó a que, hacia finales del siglo XV, los Reyes Católicos y el rey Juan II de Portugal firmaran el Tratado de Tordesillas para dirimir sus diferencias: se trataba, en esencia, de una serie de acuerdos que repartían el orbe entre las dos coronas —con una línea imaginaria trazada, de polo a polo, a unas 370 leguas al oeste de Cabo Verde— y que permitían a España navegar hacia poniente y a Portugal hacia levante.

Ese fue el contexto en el que Fernando de Magallanes se presentó en Valladolid ante al rey Carlos I; aunque, eso sí, solo después de que su plan fuese rechazado por Manuel I de Portugal, quien no mostró ningún interés en este, probablemente porque ya contaba con una ruta hacia el Índico por el sur de África, lo cual le permitía controlar el comercio de la Especiería en Occidente.

Pero Magallanes, que tenía por entonces 38 años y ya contaba con una amplia experiencia ligada al mar —había ido y vuelto de la India con la armada portuguesa—, se había pasado los últimos años de su vida estudiando los mapas y las cartas náuticas existentes hasta convencerse de que tenía que haber un corredor por el Atlántico sur que llevase, en menos tiempo, a las codiciadas islas de las Especias. Así que, motivado por el anhelo de comprobar su hipótesis —y por la gloria y la riqueza que tal constatación le vendría a deparar—, se marchó a Castilla con sus legajos bajo el brazo y le presentó a la corona hispánica su propuesta, aun a riesgo de ser acusado de traidor por sus propios compatriotas.

La expedición

Tras la aprobación de su plan, a Magallanes le tomó más de un año poner a punto las naves y hacerse con la tripulación necesaria. El coste de la expedición, que fue financiada por la casa real y por burgaleses asentados en Sevilla, ascendió a los 8,346,379 maravedíes, una verdadera fortuna para la época (de hecho, el monto era cuatro veces superior a lo que había costado el primer viaje de Colón). Pero las especias valían oro, y las partes involucradas eran conscientes de que, de ir todo bien, el retorno sería mucho mayor de lo que se había invertido en la flota. Aunque nadie era ajeno tampoco al hecho de que las probabilidades de que aquel viaje tuviera éxito eran cuando menos inciertas.

Hay que imaginarse lo que debió ser aquello: tras hacerse al mar, Magallanes y sus hombres navegaron días, semanas y, a veces, meses consecutivos sin ver otra cosa que la inmensidad del océano. «En aquella expedición hubo momentos de desesperación absoluta y otros de relativa alegría, pero ambos estaban casi siempre acompañados por la escasez, el trabajo, la preocupación, la violencia, la enfermedad y el mareo», explica José Manuel Marchena Giménez, historiador y profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

En ocasiones, al acercarse a la costa, entraron en contacto con culturas extrañas. Y una y otra vez tuvieron que capear tempestades y turbiones repentinos. Algunas noches, cuando pensaron que todo estaba perdido, presenciaron con una mezcla de pavor y de éxtasis el «fuego de San Telmo» (esas luces que aparecen en los mástiles a causa de los campos magnéticos generados durante las tormentas). «La enfermedad y la muerte siempre estaban presentes, al igual que, cuando se podía, las canciones, los relatos y los juegos de naipes y dados. La moral dependía de la situación que se viviera, algo que era bien conocido por los mandos, quienes disponían de mayores comodidades en sus lugares de descanso y ciertos privilegios en las raciones», dice Marchena Giménez.

El 31 de marzo de 1520, con los hombres desanimados por no haber encontrado aún el paso que les permitiera navegar hacia el otro lado de América, Magallanes decidió refugiarse del invierno austral en la bahía de San Julián (en lo que hoy es la Patagonia argentina). Allí se abastecieron de vituallas y aguardaron el buen tiempo. Pero la inacción de los días y la incertidumbre que planeaba sobre la tripulación empujó a los oficiales españoles, que nunca vieron con agrado la idea de servir bajo las órdenes de un portugués, a rebelarse y a exigir que la expedición volviera a España (se habían convencido de que Magallanes estaba dando tumbos y que, por tanto, los conduciría a la muerte). La respuesta del luso fue severa: después de hacerse con el control de la situación, mandó decapitar a Luis Mendoza, capitán de la nao Victoria, y al de la nao Concepción, Gaspar de Quesada. A Juan de Cartagena, capitán de la San Antonio y sobrino de un obispo cercano al rey, lo abandonó a morir junto al cura Pedro Sánchez en aquella bahía desolada.

El 21 de octubre de 1520, tras proseguir su viaje hacia el sur, la expedición se introdujo por fin en lo que hoy llamamos el estrecho de Magallanes: habían encontrado, más de un año después de zarpar del puerto gaditano de Sanlúcar, el ansiado corredor que une el océano Atlántico al Pacífico. Tras cruzar aquel laberinto de islotes (allí vieron algunas de las costas arder en fuego —de ahí el nombre del archipiélago Tierra del Fuego—, y se preguntaron si no estaban en la antesala del infierno), los hombres lloraron de alegría, esperanzados de que ya pronto llegarían a las Molucas. Pero lo que no sabían era que aquel mar inexplorado que se abría ante ellos, y que Magallanes nombró «Pacífico» por la calma de sus aguas, era mucho más grande de lo que se habían imaginado: el portugués se había basado en los cálculos erróneos con que Ptolomeo había descrito el tamaño de la esfera. Pasarían tres meses antes de que volviesen a ver algún signo de tierra.

Cambio de planes

En la tripulación se encontraba Antonio Pigaffeta, un joven italiano ávido de aventuras que había convencido a Magallanes para que le hiciera hueco en uno de sus barcos con el fin de escribir una crónica de la expedición. De hecho, mucho de lo que hoy conocemos sobre esta se lo debemos a su Relación del primer viaje alrededor del mundo. Fue publicada originalmente en italiano entre 1524 y 1525 con el título Relazioni in torno al primo viaggio di circumnavigazione. Notizia del Mondo Novo con le figure dei paesi scoperti. Sobre aquellos meses perdidos en el océano más grande del mundo, Pigaffeta relató lo siguiente: «El miércoles 28 de noviembre de 1520 nos desencajonamos de aquel estrecho, sumiéndonos en el mar Pacífico. Estuvimos tres meses sin probar clase alguna de viandas frescas. Comíamos galletas: ni galleta ya, sino su polvo, con los gusanos a puñados, porque lo mejor habíanselo comido ellos; olía endiabladamente a orines de rata. Y bebíamos agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días, completando nuestra alimentación los cellos de cuero de buey, que en la cofa del palo mayor, protegían del roce a las jarcias […] Las ratas se vendían a medio ducado la pieza y más que hubieran aparecido». Luego escribirá sobre el escorbuto, esa dolencia que se produce por la falta de vitamina C: «Pero por encima de todas las penalidades, ésta era la peor: que les crecían a algunos las encías sobre los dientes —así los superiores como los inferiores de la boca—, hasta que de ningún modo les era posible comer: que morían de esta enfermedad».

El 6 de marzo de 1521, cuando alcanzaron las costas de Guam, una de las islas de las Marianas, ya solo quedaban tres naves: la Trinidad, la Victoria y la Concepción (la nao Santiago había naufragado, y la nao San Antonio había desertado y emprendido la vuelta a España). Tras aprovisionarse de alimentos, el capitán general y sus hombres continuaron navegando hacia el este, y diez días más tarde descubrieron la isla de Sámar, en la actual Filipinas (a las que Magallanes llamó «islas de San Lázaro»).

«El primer viaje de circunnavegación es uno que habla de lo indeterminado —señala Manuel Lucena Giraldo, historiador y miembro del Consejo Superior de Investigaciones de España—, aquello que los seres humanos son capaces de hacer dentro de la indeterminación, adaptándose a un cambio de circunstancia. Y en este sentido, hay que tener en cuenta que Magallanes nunca pensó en dar la vuelta al mundo; el diseño del viaje inicial era llegar a las Molucas y volver por el mismo recorrido. La expedición no tenía como propósito demostrar la redondez de la tierra, tenía claramente un motivo económico». Entonces, ¿en qué momento se produce el cambio de planes? «Cuando Magallanes muere luchando contra una tribu en las Filipinas», comenta Lucena Giraldo. Así fue: de camino a las islas de las Especias, Magallanes se lanzó a cristianizar las tierras que iba encontrando y a reclamarlas para Carlos I —y para sí mismo, puesto que las capitulaciones firmadas por el monarca estipulaban para el marinero un porcentaje de lo producido en los territorios descubiertos—, hasta que uno de los reyes locales se resistió, y Magallanes decidió enfrentarlo.

Antonio Pigaffeta, que estuvo presente en el combate, lo narró así en su cuaderno: «Hecho el día, saltamos al agua —nos llegaba al muslo— cuarenta y nueve hombres slo y avanzamos más de dos tiros de ballesta hasta alcanzar la playa. […] Cuando alcanzamos la tierra, aquella gente había conseguido reunir tres batallones con mil quinientos indígenas». Más adelante, dice: «Conociendo al capitán, tanto se concentró su ataque en él, que por dos veces le destocaron del yelmo. Pero, como buen caballero que era, sostúvose con gallardía. Con algunos otros, más de una hora combatimos así, y rehuyendo retirarse, un indio le alcanzó con una lanza de caña en el rostro». Termina describiendo la escena de un modo épico como si se tratase del cierre de una película de Hollywood: «Llovieron sobre él, al punto, las lanzas de hierro y de caña, los terciarazos también, hasta que nuestro espejo, nuestra luz, nuestro reconforto y nuestro guía inimitable cayó muerto. Mientras le herían, volviose algunas veces aún, para ver si alcanzábamos las lanchas todos; después, viéndole ya cadáver, heridos y lo mejor que nos cupo, alcanzamos aquéllas, que huían ya».

La muerte de Magallanes causó desconcierto entre sus hombres, pero ahí no terminó el asalto: una semana después, otro de los reyes locales les ofreció una cena de homenaje a los marineros, que accedieron sin saber que en realidad se trataba de una emboscada. Esa noche caerían asesinados brutalmente 26 hombres. Los supervivientes subieron a los barcos y huyeron de allí a toda prisa.

Ahí es cuando, tras hacer una gestión de crisis, la tripulación designa a Juan Sebastián Elcano, capitán de la nao Victoria. Elcano era un experimentado navegante vasco que había empezado la expedición como maestre y al que Magallanes había perdonado la vida tras el motín de la bahía de San Julián. La tripulación le confió el puesto porque ya había demostrado su valía en algunos de los momentos más difíciles. El resto se puede resumir así: el 7 de noviembre de 1521 llegan a las Molucas. Para entonces solo quedan dos naves (como ya quedan pocos, han abandonado la Concepción en la isla de Bohol). Tras abastecerse de especias, los hombres se despiden: la Trinidad viaja hacia el este (intentará atravesar el Pacífico para llegar hasta Panamá, pero será detenida por los portugueses en la isla de Tidore) y la Victoria pone rumbo hacia el oeste, atraviesa el Índico, bordea África lejos de las costas para no ser vista por los portugueses, y el 6 de septiembre de 1522 llega de vuelta a España.

La gesta

«El hecho de que hoy no haya geografías del orbe ajenas a la presencia humana, tiene que ver con este hecho fundamental, que es la primera vuelta al mundo», apunta Manuel Lucena Giraldo. «Esta creó una necesidad de replantear todo lo que tiene que ver con la geografía, la ciencia y la tecnología». Por su parte, José Manuel Marchena Giménez señala que la circunnavegación permitió la elaboración de un mapa completo del planeta y la interconexión de los territorios y sus gentes. «De alguna manera se dio forma a una humanidad globalizada y finita, lo que provocaría un sinfín de relaciones comerciales y culturales, con especial protagonismo español. Además, se hizo patente la estrecha unión entre las áreas americanas y las asiáticas a través, sobre todo, del Galeón de Manila [como era conocido el puente marítimo que unió, desde 1565 a 1821, a las Filipinas y Nueva España]».

Aquel día, tras fondear la nao Victoria en el puerto de Sanlúcar, Juan Sebastián Elcano le escribió al rey Carlos I para darle las noticias: «Sabrá Vuesta Majetad que hemos dado la vuelta a toda la redondez del mundo». Poco después, el monarca le concedió al navegante un escudo de armas con un globo terráqueo y la frase Primus circumdedisti me (es decir: Tú fuiste el primero que me navegó). Antonio Pigaffeta, por su parte, describió así el regreso: «No éramos ya más que dieciocho, la mayor parte enfermos. El resto de los sesenta que partimos de Maluco […] quien murió de hambre, quien evadiose en la isla de Timor, quienes fueron ejecutados por sus delitos. Desde que abandonamos esta bahía hasta la jornada presente, habíamos recorrido más de 14.460 leguas, y logrado la circunvalación del mundo, de levante a poniente. El lunes 8 de septiembre, echamos el ancla junto al muelle de Sevilla y descargamos la artillería completa. El martes, todos, en camisa y descalzos, fuimos —sosteniendo cada uno su antorcha— a visitar el lugar de Santa María de la Victoria y de Santa María de la Antigua».

Tras la estela de Elcano

«Como navegante, no deja de sorprenderme la habilidad que tuvieron aquellos hombres para adaptarse al medio y superar tantísimas dificultades», dice Alex Pella, campeón del mundo de regatas, quien dará la vuelta al globo próximamente en un trimarán como parte del proyecto “Tras la estela de Elcano”, en el marco de la conmemoración del quinto centenario de la hazaña. Tal y como hizo la expedición original, Pella navegará siguiendo al sol, en contra de los vientos y corrientes dominantes, mientras intenta establecer récords de tiempo en cada uno de los tramos. «Fue un reto monumental hacer un viaje tan largo mientras las enfermedades y el hambre hacían estragos a bordo. Y, aun así —apunta Pella—, algunos lo lograron. Realmente fue una gesta extraordinaria». «El viaje de Magallanes-Elcano es un triunfo de la imaginación —concluye Manuel Lucena Giraldo—-, porque nos demuestra que el límite de la geografía humana es el que los seres humanos sean capaces de concebir». Y ahora, ¿a dónde? ¿Marte?

Alejandro González Luna es un escritor dominicano. Autor de los libros Esta ciudad ha sido tomada por las piedras (Editora Nacional, 2008) y Donde el mar termina (Pre-Textos, 2016). Ha obtenido varios premios de periodismo y de literatura, como el Premio de Periodismo Joven de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo (República Dominicana, 2014) o el Premio Internacional de Poesía Emilio Prados (España, 2016).


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