Artículo de Revista Global 68

La secta como patria

¿Cuál es el origen del conflicto que en Siria ha dejado un gran saldo de muertos y desplazado a casi la mitad de la población? ¿Cómo se instauró el régimen sirio? Estas son algunas de las preguntas que se intenta contestar en este artículo. Aunque más que un artículo, es un testimonio de una siria, una alauí, que intenta comprender la catástrofe que vive su patria y las razones de que su secta se haya servido de sus privilegios para aterrorizar e imponerse al resto de la población.

La secta como patria

A través del teléfono y de Facebook solía comentar con mis amigos y familiares de Damasco y Tartus los acontecimientos de Túnez. A todos nos alegró ese extraordinario episodio de la historia árabe. Juntos seguimos las noticias de la revolución egipcia, hora a hora, como si estuviésemos en la plaza Tahrir, y juntos elevamos nuestras copas para brindar cuando se anunció el final de la presidencia de Hosni Mubarak. Juntos expresamos nuestro enojo por la violencia brutal del régimen de Muamar Gadafi. A medida que las revoluciones se propagaban de un país árabe a otro, éramos como alguien que se llena de alegría al darse cuenta de que sus sueños finalmente se están cumpliendo; un gran cambio se estaba produciendo, y las estancadas y turbias aguas del mundo árabe se renovaban.

En esos días solíamos intercambiar puntos de vista sobre la posibilidad de que la rebelión alcanzara a Siria, donde las condiciones políticas, económicas y sociales eran insostenibles. Nos preocupaba sobre todo la manera en que el régimen había coartado la libertad de opinión, de prensa y de organización política. Mis amigos, mis parientes y yo deseábamos que todo esto cambiara.

Entonces llegó el 18 de marzo del 2011. Tras la detención de un grupo de niños que habían escrito consignas («El pueblo quiere la caída del régimen») en los muros de su escuela, la provincia de Daraa explotó en protestas. En ese momento estaba en Marruecos participando en un festival de poesía. Seguí las noticias por el cable y a través de Facebook, donde me mantuve en contacto con mi hija menor y mis compatriotas. Inmediatamente surgió el primer mártir, empecé a escribir sobre la violencia desatada durante esos hechos. Escribía desde Marruecos, criticando el régimen sin pensar en las consecuencias. Temía que la sangre derramada en Daraa trajera más sangre. Libia se estaba quemando entonces, y yo temía que lo mismo empezara a suceder en Siria. Escribí lo que escribí en mi página de Facebook, y nunca se me ocurrió mirar las reacciones de mis amigos y familiares en Tartús ya que suponía que estaban de acuerdo conmigo. En cualquier caso, yo estaba más pendiente de los noticieros, mirando la página de mi hija todos los días y advirtiéndole constantemente que no asistiera a ninguna protesta hasta mi regreso. Recordaba cómo en una manifestación de solidaridad a favor del pueblo libio, frente a la embajada de Gadafi en Damasco, las fuerzas de seguridad sirias nos rodearon, nos humillaron y hasta apresaron a algunos jóvenes. Mi hija estaba conmigo ese día y se dedicó a provocar a los policías de seguridad con lemas como «El que mata a su gente es un traidor» y «El que oprime a su pueblo es un traidor».

Cuando el 25 de marzo regresé a Damasco, mi hija y un grupo de sus amigos fueron a una protesta en el centro de la ciudad. La detuvieron en el corazón de la manifestación. Me enteré de su arresto en Facebook. Durante días viví con un miedo que no había experimentado antes, repasando en mi cabeza todas las historias que alguna vez había leído o escuchado sobre las precarias condiciones de las cárceles sirias y de los abusos cometidos en estas. Estaba segura de que no iba a ver a mi hija en mucho tiempo.

Posteriormente, ella me contaría que tan pronto el oficial a cargo de la investigación –un hombre, como nosotros, de Tartus– se dio cuenta de quién era, le espetó: «¿Por qué se manifiestan contra el régimen que les protege?» «¿Me protege?», replicó ella. «¡Un régimen que detiene a jóvenes como yo! ¡Que asesina sirios!» «Sí –contestó el oficial–. El régimen está aquí para proteger a los alauitas como tú». El oficial me repitió lo mismo varios días después cuando me llamó para anunciar que podía recoger a mi hija en la división de seguridad. Por supuesto, es excepcional que llamen a un familiar con el fin de entregar a alguien detenido durante una manifestación; la excepción se debía, por supuesto, a que pertenecemos a la secta alauí. En esos días el régimen todavía se preocupaba por guardar las apariencias. Tal vez calcularon que la detención de una joven alauí procedente de una familia reconocida podría causarles problemas.

Esta fue mi primera colisión directa con la noción de «identidad», según la cual mi hija y yo constituíamos parte de un «nosotros», de un poder que protege a sus seguidores, un poder que debíamos seguir simplemente porque procedemos de la misma secta que los líderes del régimen. De acuerdo con esta idea, pertenecer a la patria grande no significa nada en absoluto, y la única manera de sentirse seguro es rendirle pleitesía a una secta. No es que ignorase los intríngulis del régimen. Conocía la naturaleza de sus estructuras políticas y sociales, y pensaba en ellas como una empresa mafiosa por encima de cualquier identidad sectaria, una mafia que haría cualquier cosa para mantener su dominio. Pero nunca imaginé que su corrupción llevaría a Siria a un punto tan bajo. Suponía que nuestra sociedad, a pesar de todo, estaba cohesionada y tenía cimientos que ayudarían a soportar cualquier crisis. Pero la ruina de los últimos años ha puesto de manifiesto una enorme debilidad nacional.

Mi segundo choque con la noción de «identidad» ocurrió de la siguiente manera. Al poco tiempo de la liberación de mi hija, yo reflexionaba sobre el hecho de que solo un puñado de amigos y familiares de Tartus se había puesto en contacto con nosotras. De hecho, me di cuenta de que nadie en absoluto había llamado para preguntar o consolarme durante el período de detención de mi hija. Cuando finalmente abrí las páginas de Facebook de mis amigos y familiares de Tartus, me asombré de lo que vi. Las fotos de sus perfiles habían sido reemplazadas por imágenes de Bashaar al-Assad o de su padre Hafez. Quedé impactada por su identificación simbólica con el régimen. No había pasado el tiempo suficiente para que la gente sopesara lo que acontecía en el país y pudiera identificarse con una línea. Sin embargo, la realidad era que la sangre que estaba fluyendo en las calles de Siria era derramada por el régimen. En tales circunstancias, era deber de todos construir su propia «identidad» a partir de los valores y principios humanos y universales, o así pensé, por lo que supuse que mis amigos y familiares también lo pensarían.

Cuando escribo «mis amigos y familiares» me refiero a una porción muy específica de la comunidad alauí. Mi pueblo, al-Malaja, una aldea de Tartus, pese a tener una población de no más de ochocientas personas, es considerado uno de los más educados de la provincia. La mayoría de los ciudadanos ha completado su educación superior, y entre ellos abundan los médicos, ingenieros y abogados, así como los escritores, los músicos y los artistas. Más importante aún, en las últimas décadas el pueblo ha sido testigo de un movimiento político y cultural de suma importancia, y de una amplia apertura social que, en el contexto sirio, podría catalogarse como progresista. Ningún compueblano ha trabajado para los servicios de seguridad o el ejército. De hecho, a lo largo de su historia al-Malaja se ha caracterizado (en términos de seguridad) como uno de los pueblos alauí de oposición, y es objeto de vigilancia constante por los cuerpos de seguridad del régimen. Pensé que las cualidades excepcionales de mi aldea servirían para protegerla de las actitudes tomadas por los pueblos vecinos y por la mayoría de los sirios, que alababan abiertamente al régimen, ya sea por miedo o por intereses personales. Sin embargo, la destrucción del país ha sido tal que hasta en mi aldea era imposible mantenerse al margen.

No soy la única alauí en oponerse a la brutalidad del régimen y en disentir del discurso oficial. Cuando el periodista y novelista Samar Yazbek escribió en apoyo de la democracia y en contra de la propaganda estatal, se enfrentó a una campaña de difamación y a amenazas de muerte, e incluso fue repudiado públicamente por su familia y su pueblo. La actriz Alawi Fadwa Suleiman pasó el invierno del 2011 en la sitiada ciudad de Homs, en solidaridad con los habitantes sunitas que sobreviven bajo las bombas. Algunos alauitas se han unido al Ejército Libre y a los comités de coordinación local, y otros trabajan en secreto en la entrega de alimentos y medicinas a sus vecinos sitiados. Sin embargo, una clara mayoría de los alauitas se opone a la revolución y cree en el discurso oficial.

Fui una de las firmantes de la primera declaración emitida dentro de Siria en contra de las mentiras de los acontecimientos en Daraa. La declaración y los nombres de los firmantes fueron transmitidos por noticieros nacionales e internacionales. Fue en este punto cuando me hice plenamente consciente del cambio radical de mis amigos y parientes. Recibí varias llamadas telefónicas donde me acusaban de traidora o simplemente me catalogaban de estúpida. Tras firmar la declaración, la élite cultural inició un boicot en mi contra. Como escribo generalmente para la prensa árabe, y en mi página de Facebook los comentarios eran subidos de tono, el boicot se convirtió en un ataque. Una larga lista de insultos se amontonó sobre mí, junto a amenazas de muerte y de aniquilación. Los que, hasta hacía poco, había considerado mis amigos más cercanos difundieron falsedades y mentiras sobre mi persona. Toda esta experiencia fue desconcertante, y me provocó reflexiones en torno a las causas, las raíces y las profundidades de este comportamiento.

El concepto de las minorías surge tan pronto varios grupos elaboran historias sobre la opresión que la gran mayoría les hizo padecer. Estas historias se reflejan en el comportamiento de los miembros de cada minoría. Pasan a construir un caparazón alrededor de sí mismos que les impide el contacto directo con el otro, que obstaculiza los matrimonios y las asociaciones empresariales. También se fomenta el sentido de superioridad como una especie de compensación por la opresión histórica que supuestamente sufrieron. Debido a su tamaño, una comunidad mayoritaria no vive como una entidad integrada y armoniosa en términos de conducta y costumbres individuales, sino más bien como varias comunidades heterogéneas y dispersas, solamente conectadas entre sí por la religión, la secta o el grupo étnico. En el caso de una minoría, su número limitado la convierte en una entidad relativamente armoniosa y homogénea en términos de comportamiento diario. Esta armonía interna o cohesión es lo que le da su sentimiento de superioridad y de elevada autoestima, independientemente de las condiciones sociales, económicas y culturales en las que sus miembros puedan vivir.

Los alauitas componen el doce por ciento de la población siria. Se les llamó originalmente Nusairis en honor al imán Muhammad Ibn al-Nusair al-Nimairi. La comunidad fue designada «Alauí» por los franceses, a quienes les resultaba difícil pronunciar la palabra «Nusairi». Los alauitas son considerados parte de las sectas «Shia ghullu» (extremistas) del Islam porque creen en la divinidad de Ali ibn Abi Talib, primo e hijo político del profeta Mohammed, y porque su religión es un sincretismo de muchas religiones y culturas. Otra cosa que los distingue de otros musulmanes es el hecho de que no poseen una autoridad religiosa fija y no tienen libros impresos. Su religión se transmite de generación en generación, de boca en boca, y a través de manuscritos. Al igual que otras minorías religiosas, han sido sometidos a lo largo de su historia a la persecución religiosa y política por imanes que emitieron fetuas al servicio del poder político. Las fetuas emitidas por Ibn Taymiyya contra los alauitas, declarándolos kuffar (no creyentes) y apóstatas , y permitiendo que fuesen masacrados, los obligaron a escapar de las ciudades cosmopolitas y retirarse a las montañas en lo que hoy es la costa de Siria y el Líbano. Esta retirada forzada y el temor de las fetuas los convirtieron en un pueblo aislado, de personas encerradas en sí mismas, que vivían con el temor de que su religión fuese descubierta. Y al igual que toda la gente del campo en Siria y en todo el mundo árabe, los alauitas sufrieron también la opresión de las clases urbanas.

En marzo de 1963, un grupo de oficiales del ejército, pertenecientes a distintas sectas, puso en marcha un golpe de Estado en nombre del Partido Baaz. El golpe fue dirigido por tres alauitas: Salah Jadeed, Mohamed Omran y Hafez al-Assad. Este fue seguido en 1970 por un contragolpe de Hafez al-Assad. Llamó a su nuevo golpe Movimiento Correccionista, y a través de él se alzó con el poder absoluto, liquidando o encarcelando a sus colegas sin importar que fueran alauitas. En este punto, las fetuas fueron emitidas por el imán chita Musa Sadr, con sede en el Líbano, y por el jeque de Al-Azhar en Egipto, declarando a los alauitas como una rama del Islam chiita, y por lo tanto –dado que la Constitución de Siria afirma que el presidente debe ser un musulmán– calificado para gobernar.

Hubo un cambio gradual en el comportamiento alauí entonces. Se volvieron más abiertos, se trasladaron a las ciudades y emprendieron el proceso de asimilación con los otros sirios, de manera voluntaria o por medio de las políticas demográficas impuestas por Hafez al-Assad. Y al igual que cualquier régimen autoritario que trata de garantizar la permanencia de su reinado, el régimen de Assad colocó deliberadamente a su secta dentro del aparato de gobierno, animándoles –especialmente a los hijos de las comunidades de las montañas escarpadas, donde la pobreza extrema, la tierra seca y la falta de desarrollo los dejó sin otras opciones– a unirse a cualquiera de los servicios de seguridad o al ejército. Los vecinos de Qardaha, pueblo del Presidente, fueron los más reclutados. A medida que la familia Assad aumentó su prominencia y poder político, más y más jóvenes alauitas se fueron uniendo al aparato de seguridad del régimen. Por un lado, una carrera militar protegía a los alauitas del fantasma de la pobreza; por otro, se les dio un nuevo estatus social con el que distanciarse del fantasma de la persecución histórica.

A principios de los ochenta, los Hermanos Musulmanes emprendieron una campaña de atentados y asesinatos. A esta campaña se sumó una dimensión sectaria dirigida específicamente contra los alauitas. Las imágenes de estos homicidios se mantienen frescas en las mentes de todos. Y Hafez al-Assad, asistido por su hermano Rifa’at, fue capaz de explotar esta batalla contra los Hermanos Musulmanes para reforzar su control total sobre la sociedad siria. Rifa’at sacrificó a muchos de sus rivales alauitas en este punto, culpando de sus asesinatos a los Hermandad. Los Assad eliminaron sin piedad cualquier figura de autoridad alauí que potencialmente pudiera oponerse a ellos.

En febrero de 1982, cuando militantes fugitivos se escondieron en la antigua ciudad de Hama, el régimen la destruyó en su totalidad a lo largo de dieciocho días, asesinando a 40,000 personas. La matanza se produjo a la vista de la comunidad internacional, que, sospechosamente, no hizo mucho al respecto. Este silencio fue una colusión criminal compartida por la mayoría de los sirios, que llevaban décadas sin decir nada. Después de esa matanza, el miedo gobernaba Siria. Hama es el lugar donde el tejido social de Siria comenzó a deshacerse.

Los sirios se dieron cuenta de lo sucedido, pero el miedo les impedía hacer nada para detenerlo. El miedo creció y floreció entre los sirios y se arrastró como una bestia entre ellos. Hafez al-Assad alimentaba con pericia los temores de los alauitas sirviéndose de la violencia de los Hermanos Musulmanes para sustentar su sentimiento de victimización histórica. Se fomentó un resentimiento oculto frente a la mayoría suní y se llegó hasta suponer que cada miembro de esta mayoría era un miembro de la Hermandad o un simpatizante.

El mayor de los Assad continuó fortaleciendo el poder alauí en los sectores de seguridad y de inteligencia mientras la corrupción administrativa se generalizó hasta que se convirtió en la regla más que en la excepción. La corrupción estaba directamente relacionada con las agencias de seguridad, debido a que la autoridad del oficial de seguridad más humilde superaba incluso la de un ministro. Mientras tanto, entre la mayoría de los sirios creció la idea de que cada miembro de la comunidad alauí era, inevitablemente, un agente de seguridad o un hombre de la inteligencia, o estaba relacionado con uno. Y, por supuesto, los que hicieron el trabajo en el aparato represivo estaban seguros de que su posición dependía de que el presidente fuese de su misma secta.

Otro factor que fortaleció el apoyo al régimen fue su desarrollo temprano del campo, la electrificación de aldeas y la construcción de carreteras y presas. En las zonas alauíes más remotas la población creía que recibía estas bendiciones del Estado simplemente por la pertenencia a su secta. El régimen animó esta visión de «comunidad favorecida» entre los alauitas, instándolos a cursar una educación superior, enviándolos a estudiar al extranjero a costa del Estado, y proporcionándoles oportunidades de empleo en la burocracia. Muchos no comprendían que tales oportunidades básicas eran sus derechos como ciudadanos.

Naturalmente, en este escenario, el ciudadano ideal era el más cercano al sistema militar y de seguridad. Entre los alauitas, como entre las otras comunidades, la idea de ciudadanía disminuyó gradualmente para ser sustituida por la lealtad a la secta, a la familia, al clan o a una clase. La identidad nacional siria se desmoronó en fragmentos nacionales: cada una en aparente rivalidad con la otra. Para los alauitas, la secta proporcionaba tanto la identidad como los privilegios; poco a poco la secta se convirtió en la patria; un ataque a la secta significaba un ataque a la patria; la defensa de la secta era la defensa de la patria; el sacrificio por la secta era un sacrificio por el bien de la patria.

Esta visión distorsionada de la patria fue reforzada diariamente por el régimen, que no permitía ningún tipo de protestas o de expresión de la sociedad civil. Las actividades cívicas podrían haber hecho una diferencia cualitativa en la sociedad siria, o al menos podrían haber aliviado la cotidianidad, que se asemejaba a una muerte en vida. Permitir algún movimiento cívico hubiese provocado una reconsideración de la noción de ciudadanía, e inevitablemente habría cambiado la relación de los sirios con la patria, y con los derechos y deberes que implica conformar y construir un país. ¿Pero tal movimiento fue permitido por el régimen tiránico, por el régimen que gobernó Siria como si se tratara de una plantación familiar? Naturalmente, la respuesta es que no. El régimen era muy consciente de que un movimiento cultural que afirmara los valores de la ciudadanía daría lugar a la revolución en todos los niveles de la sociedad, y esto produciría su caída. Esta fue la eventualidad que el régimen trató de evitar a toda costa, y es por eso que prefiere fomentar una sociedad de bloques que compiten, cada uno demasiado temeroso de expresar en voz alta sus obsesiones.

Cuando Bashaar al-Assad sucedió a su padre Hafez, hubo un gran optimismo. Parecía que Bashaar estaba abriendo un poco la puerta a la sociedad civil, y cada sirio soñaba con que las cosas comenzaran a cambiar. Muchos ponían sus esperanzas en una reforma que saldría del corazón del propio régimen, y esperaban la instauración de un comité nacional para estudiar los acontecimientos de los años ochenta y sus consecuencias negativas. Confiaban en que habría un nuevo contrato social para los sirios sobre la base de la ciudadanía y una participación real en los asuntos de la patria. Por supuesto, la espera fue en vano. Lo que ocurrió en realidad fue la aniquilación total de los pocos grupos emergentes de la sociedad civil, un aumento de los poderes de las agencias de seguridad, una generalización cada vez más evidente de la corrupción, un aumento del favoritismo, el nepotismo y la exclusión, la marginación de grandes sectores de la sociedad siria y la casi eliminación de la clase media.

Todo esto dio lugar a una desesperanza y a un sentimiento colectivo de resignación. Para muchos alauitas, la situación estaba bien, siempre que sus vidas no estuviesen en peligro. Pero esto cambió rápidamente con el estallido de la revolución siria, cuando el régimen se movilizó sitiando la revolución en áreas específicas para así alienarla de los demás –los métodos tradicionales de divide y vencerás–. En un momento de la protesta pacífica, los medios estatales hablaron de que bandas armadas de takfiríes estaban asesinando soldados y agentes de seguridad (los patriotas honorables), y de que su objetivo era la guerra sectaria en Siria. Luego, pusieron en marcha operaciones de manipulación ideológica y se propagaron rumores entre los alauitas, recordándoles con renovada intensidad su pasado de pueblo perseguido. El régimen también sacrificó algunos alauitas en áreas de fricción sectaria con el fin de asustar a los demás. De ese modo les hacía creer que los que se decían partidarios de la revolución eran en realidad asesinos sectarios con intenciones de venganza por lo ocurrido en Hama. En pocas palabras, el régimen dejó escapar el monstruo del miedo que había estado latente en la mente de los alauitas, y reforzó el vínculo entre la patria y la secta, y entre su supervivencia personal y la supervivencia de la secta-patria. Y hoy los alauitas creen que están luchando contra la amenaza de la extinción personal, sectaria y nacional, y que el otro –el de la secta diferente– es el enemigo que destruye la patria (que está íntimamente ligada a la secta).

Fue por esta razón por lo que se sorprendieron de que, tanto yo como otros alauitas, rechazáramos la identificación entre patria y secta. La «traición» de la que hablan es la traición a un concepto que, tal como lo entienden, es axiomático y evidente. Bashaar al-Assad no es importante para ellos personalmente, lo es solo como un garante de la supervivencia del concepto unificado de la patria y la secta. Su miedo a la revolución es el temor a que una estructura mental profundamente arraigada sea perturbada. No consideran como hombres a los que han sacrificado como combustible para su guerra, sino como mártires en el camino de la conservación de la tipología psicológica a la que pertenecen y de la referencia ideológica que ha sido el norte de su vida durante cuarenta años y que, por una vez en la historia, los colocó en la primera fila.

Por supuesto, no hace falta decir que las desviaciones de la revolución, concretamente su islamización, han dado lugar al arribo a tierra siria de Al Qaeda y el extremismo en todos los sentidos, y el discurso de los medios sectarios que afirman tener filiación revolucionaria. Todos han servido para reforzar sus suposiciones e incrementar su actitud defensiva. ¿Pero se dan cuenta de la magnitud de la ilusión en la que han vivido durante tanto tiempo? ¿Van a entender que las tumbas de sus hijos, que aumentan día a día, no eran más que un módico precio pagado por el régimen? El régimen trata a estos niños como peones en un juego de ajedrez que libra por su propia supervivencia. Tal vez con el tiempo entiendan. Pero el entendimiento vendrá mucho después de que sus vidas se hayan transformado en una ronda interminable de funerales y condolencias, y después de todo, Siria se habrá transformado en un gran cementerio por los crímenes de un régimen que utiliza el sectarismo como herramienta de guerra.

Nota. Artículo traducido del árabe por Critical muslim y del inglés por Giselle Rodríguez Cid.

Rasha Omran es una poeta, intelectual y activista siria. Egresada de la Universidad de Damasco, ha publicado más de cuatro volúmenes de poesía y realizado una importante laborar de difusión y promoción cultural. En este sentido, ha editado una antología de poesía siria y es directora de Festival cultura Al – Sindiyan. También suele colaborar con artículos y columnas para periódicos y revistas del mundo árabe donde aborda temas feministas y la situación de desarraigo que sufre actualmente su patria. Actualmente está exiliada en Egipto.