Artículo de Revista Global 53

La sociedad colonial dominicana del siglo xvi: mitos y realidades

Este ensayo pasa revista a todo un conjunto de lo que su autor estima como tergiversaciones o manipulaciones de la historia colonial dominicana, critica el contenido de los libros de historia del sistema educativo y resalta la figura de fray Antón de Montesinos.

La sociedad colonial dominicana del siglo xvi: mitos y realidades

La historia que todos nosotros hemos aprendido en la escuela y en no pocas universidades está llena de mitos, tergiversaciones y omisiones. En honor a la verdad, debo expresar que el fenómeno no es exclusivo de nuestro país, pues lo mismo ha ocurrido en una buena parte de las naciones latinoamericanas y también en los Estados Unidos. Pero debo advertir que en las últimas décadas ha surgido entre nosotros un pequeño grupo de sociólogos, historiadores, economistas, etc. que han realizado notables esfuerzos por esclarecer muchos aspectos oscuros, muchas interpretaciones maliciosas y no pocas mentiras burdas que aparecen en los textos tradicionales con los cuales nos han educado.

Pero sin embargo este esfuerzo no ha sido suficiente. En los textos que la educación oficial utiliza para la enseñanza, y también en los que actualmente están vigentes en muchas universidades, se omiten estas importantes y novedosas aportaciones. De lo anterior se desprende que estamos frente a la presencia de una conjura que lleva casi cien años, expresamente dirigida a mantener en la confusión y en la mentira a la juventud dominicana.

Principales instrumentos de esa conjura en la época actual han sido los intelectuales vinculados umbilicalmente con nuestra centenaria oligarquía, que han asumido como verdaderas las versiones sobre nuestra historia elaboradas por historiadores, economistas y sociólogos europeos, y, muy particularmente, españoles.

Así, por ejemplo, todos los textos utilizados para la enseñanza de la historia en nuestro país se inician con el tema titulado «Descubrimiento de América y de nuestra isla», por lo que subrayamos que las falsedades comienzan desde el principio. Por ese motivo nos vemos obligados también nosotros a comenzar nuestra exposición también por ese punto, sosteniendo de entrada que en 1492 no hubo tal descubrimiento, ni mucho menos de la isla de Haití que habitamos, posteriormente bautizada primero como La Española y más tarde como Santo Domingo.

A decir verdad, los auténticos descubridores de América, según lo establecido por la ciencia moderna, fueron los miembros de las tribus o clanes de la era del paleolítico y otros grupos del mesolítico, que procedentes de Asia en diferentes oleadas cruzaron el hoy llamado estrecho de Bering y se desparramaron durante cientos de años por la parte norte, y luego, por todo nuestro continente hasta alcanzar el cono sur. Mucho más tarde, durante los siglos x y xi, los vikingos llegaron a Terranova y otros puntos de Canadá.

En ese mismo orden debemos agregar que científicamente tampoco puede registrarse con la denominación de descubrimiento el arribo a nuestra isla en tres carabelas, el 5 de diciembre de 1492, de los expedicionarios encabezados por Cristóbal Colón, que desembarcaron por la parte norte de esta isla que habitamos. Quienes en verdad llegaron por primera vez a la isla de Haití o Babeque, se establecieron en ella y desarrollaron una vertiente cultural que en la época moderna los antropólogos han denominado como taína, fueron los arahuacos, aborígenes procedentes de lo que es hoy la costa norte de Venezuela y Colombia. Los arahuacos llegaron aquí varios siglos antes que arribara la expedición capitaneada por Cristóbal Colón. En tal virtud, fueron los verdaderos descubridores de nuestro terruño.

Las informaciones que estoy ofreciendo no constituyen nada nuevo. Todo esto lo conocían (y conocen) muy bien los autores de los textos de historia con los cuales se enseñaba (y aún se enseña) en el sistema educativo oficial y en nuestras universidades. Pero entonces, seguramente deben estar pensando muchos de los que me escuchan, ¿por cuáles motivos estos historiadores no informaron en sus libros esas verdades? La respuesta a esa interrogante envuelve una realidad amarga que atañe, no solo al ordenamiento educativo nacional, sino también, como hemos expresado, a todo el continente y es la siguiente: la enseñanza de la historia, también la de la economía y otras ciencias sociales, ha sido diseñada para moldear la mente de la juventud con concepciones ajenas al propio desenvolvimiento real de los hechos. Esa tarea, o mejor dicho, ese proyecto malsano, ha sido planificado sistemática y científicamente.

Todo lo anterior nos obliga a expresarles, teniendo como referencia siempre a nuestro país, que aquí una cosa ha sido la historia escrita, la que leemos en los manuales, y otra muy distinta, la historia real, es decir, la historia en la manifestación viva de los acontecimientos. Por esa razón,  en casi todos los textos con los cuales nos han enseñado los elementos esenciales de nuestro pasado, cuando es abordado el tema relativo a la llegada de los expedicionarios españoles que acompañaron a Cristóbal Colón a nuestra isla el 5 de diciembre de 1492, se emplea el falso término «descubrimiento» y no el verdadero, el de «invasión». Entiendo perfectamente que para no pocos de los estudiantes la definición del «descubrimiento» de América como invasión puede resultar sorprendente o chocante. Pero debo agregar, para sacarlos de dudas, que las primeras medidas tomadas por los expedicionarios españoles a su llegada permiten denominar ese acontecimiento de la manera como lo hemos hecho.

¿Cuáles fueron estas medidas? La apropiación, por instrucciones de la monarquía española, de las tierras y las riquezas del lugar adonde llegaran –en este caso, tierra de propiedad colectiva de los aborígenes–, e inmediatamente después, su distribución entre los invasores a título de donación real, junto al sometimiento –mediante la violencia– al orden esclavista de sus habitantes, que vivían en un ambiente social de plena armonía, de tranquilidad y de paz, dedicados al trabajo creador en sus predios agrícolas, a la caza y la pesca, a la formación de sus hijos y al cuidado de sus ancianos.

La usurpación, en nombre de la corona española, por parte de los expedicionarios de Colón de la propiedad colectiva de las tierras de nuestros aborígenes –que en aquel momento como sociedad transitaban el período que la ciencia de la antropología clasifica hoy como comunismo primitivo– constituye sin ninguna duda la primera prueba que nos permite calificar lo ocurrido aquí, a partir del 5 de diciembre de 1492, como una invasión extranjera que tuvo como propósito fundamental la conquista de territorios y sus riquezas con fines de explotación económica y comercial. Por lo tanto, hay que expulsar de nuestro sistema educativo esa vieja y obsoleta visión que nos presenta esa invasión como el producto de la vocación civilizadora y evangelizadora de los monarcas españoles. Las famosas Capitulaciones de Santa Fe, documento contractual mediante el cual los Reyes Católicos asumieron la responsabilidad de esa invasión, fueron en verdad un acuerdo comercial muy claro, que contemplaba incluso la distribución de las ganancias en términos porcentuales. En resumen: el uso inadecuado del término «descubrimiento» en lugar del concepto «invasión», que es el verdadero, es parte de un proyecto funesto que ha tenido como propósito fundamental el introducir en la mente de nuestros jóvenes interpretaciones creadas por quienes fueron nuestros dominadores, a fin de moldear sus pensamientos de acuerdo con la visión ideológica del colonialismo, todavía imperante en casi todo el mundo. Papel fundamental en ese camino lo ha jugado el sistema educativo oficial, generalmente administrado y orientado –al igual que nuestro ordenamiento político– por intelectuales que han puesto su talento al servicio de la dominación extranjera.

Otro de los grandes mitos que nos han trasmitido como verdad absoluta –y que nuestros niños y jóvenes tienen que aprender en las escuelas, aceptar como verdadero y repetir de manera obligatoria para aprobar sus cursos correspondientes– gira en torno a la sociedad colonial del siglo xvi. Según los libros con los cuales nos hemos educado –manuales que muy poco informan sobre las características del mayor genocidio registrado en la historia de la humanidad hasta este momento, como lo fue el completo exterminio de la población aborigen en tan solo tres décadas–, nuestros colonizadores crearon en la Española una sociedad esplendorosa, admirable en todos los sentidos, con ciudades que alcanzaron niveles de desarrollo comparables a las principales de la metrópolis. Según esta visión fantasiosa, pregonada aquí por personajes que hoy son cumbres y paradigmas de nuestro mundo intelectual, la ciudad de Santo Domingo fue considerada en aquella época como la «Atenas del nuevo mundo» y fray Nicolás de Ovando, segundo gobernador de las Indias, quien fue el brazo y la mente ejecutora de la política de exterminio de los taínos durante la conquista de nuestra isla por los invasores, es presentado por esa pseudohistoria que nos enseñan en nuestras escuelas como uno de los más preclaros urbanistas y constructores de nuestro continente. De paso es necesario recordar aquí que el reconocimiento a este incendiario y empedernido genocida ha llegado tan lejos en nuestra patria que en conmemoración a sus «aportes», desde hace muchas décadas, una de las principales y más transitadas calles de la capital de la República lleva su nombre.

Como una contribución simpática, pero en el fondo ridícula, a la construcción de la imagen esplendorosa e idílica de nuestro pasado colonial, ciertos historiadores de la segunda ciudad importante de nuestro país, Santiago, se han inventado la versión que atribuye a treinta caballeros de la orden española de Santiago el Mayor la iniciativa de su fundación en 1495. Esa población fue erigida como villa mediante cédula real del rey Fernando el 6 de diciembre de 1506. Sobre ese infundio debemos decir que es de dudar que en aquellos días residieran en la isla una docena de caballeros, título que solo alcanzaban en España los hidalgos considerados muy meritorios. La especie sobre la presencia de treinta caballeros fundadores de Santiago no es obra de la casualidad, sino que sigue el rumbo de las narraciones fantasiosas tradicionales que han tratado de convertir la primera etapa de la vida de nuestra historia colonial en una novela rosa que se desenvuelve en un hermoso, puro y limpio ambiente social supuestamente creado aquí por la nobleza y los hidalgos castellanos.

Nada más alejado de la verdad. Los documentos históricos son categóricos en sostener, primero, la bajísima calaña de casi todo el conjunto de los primeros pobladores que acompañaron a Colón en sus primeros viajes, y asimismo de los que llegaron en la gran expedición de 1502 con fray Nicolás de Ovando. Dentro de tales grupos no pocos eran delincuentes expresamente excarcelados para que acompañaran a Colón y Ovando. En definitiva, una buena parte procedía del bajo mundo ibérico, pues, en verdad, muy pocos españoles de bien, con trabajo seguro en la península o con recursos suficientes que les garantizaran una vida estable junto a sus familias, y en su sano juicio, se mostraban inclinados a embarcarse hacia América, acción considerada con razón en aquellos momentos como una aventura peligrosa.

Ciertamente, en el segundo y tercer viaje de Colón y en la gran expedición de Ovando –quien llegó a nuestra isla con cerca de 2,500 expedicionarios–, se embarcaron algunas personalidades de cierto valor social, moral y hasta religioso, como lo fueron el padre Boil y el Dr. Chanca, pero estas últimas excepciones no sumaban cuatro docenas entre los ocho mil o doce mil viajeros que llegaron a esta isla entre 1492 y 1510, algunos para permanecer en ella y una parte considerable solo para hacer escala a la espera del abastecimiento de sus naves para seguir su aventura hacia otras islas o hacia territorio continental. Eso sí, todos envueltos en febriles afanes de enriquecimiento verdaderamente demenciales.

Dicho con toda claridad, la mayor parte de los varones españoles –mujeres llegaron muy pocas– que viajaron a nuestras tierras en aquellos años, salvos los sacerdotes franciscanos y dominicos, procedían de los sectores más bajos de la sociedad española. Estos infelices, casi todos analfabetos, decidían tomar el camino de esa aventura ganados por la propaganda muy bien orquestada en la península que describía a nuestro continente y a sus islas como la tierra prometida, donde el oro y la plata fluían por ríos y montañas tan espléndidamente que permitían el enriquecimiento como en los cuentos de hadas. Añádase a lo anterior la creencia de que en América se encontraba la fuente de la eterna juventud y la atractiva fabula que hablaba de que aquí se encontraba el paraíso mencionado en la Biblia.

De las anteriores observaciones sobre las características de los expedicionarios españoles se desprende que con ese material humano llegado a nuestro territorio en aquellos años no era posible construir una sociedad colonial que pueda ser considerada –como nos han contado algunos mentirosos–  la «Atenas del nuevo mundo». Y en ese orden los documentos históricos procedentes de los propios archivos españoles son contundentes. Tan temprano como en 1508, cuando la ciudad de Santo Domingo era apenas un asomo pues tan solo tenía 500 vecinos,[i] ya existían en ella casas de prostitución y de juegos prohibidos, la vida social producía sus primeros escándalos y no pocos delincuentes condenados en la península practicaban sus reincidencias.

Un verdadero y esperanzador faro de luz fue en aquella época de tinieblas fue la fundación de un Centro de Estudios Generales por los padres dominicos y, poco más tarde, la creación, mediante la bula «In Apostulato Culmine» de 1538, de la Universidad Santo Tomás de Aquino, y en ese mismo orden, el funcionamiento de varios monasterios.

La descomposición social y moral de la sociedad colonial aquí establecida alcanzó tal magnitud que fue motivo de preocupación de sacerdotes, relatores y cronistas. Oviedo, designado cronista oficial de Indias por la monarquía, quien vivió aquí largos años escribiendo su Historia natural de las Indias, y por tanto testigo singular, describió el ambiente de los burdeles o, como él le llama, de las «casas de luxuria» de la ciudad de Santo Domingo, señalando que eran frecuentados no solo por aventureros, marinos y pícaros, sino también «furtivamente» por los altos funcionarios de la administración colonial. Y aprovechando esa cita en que Oviedo nos habla de los altos funcionarios coloniales como violadores de las «buenas costumbres», como asiduos visitantes de burdeles y casas de luxuria, permítanme ofrecerles esta primicia. Para una investigación que estoy realizando sobre este período de la historia dominicana, he codificado el número de funcionarios de la colonia que en los primeros cincuenta años de la vida colonial tuvieron problemas con la justicia. No he terminado aún con el estudio y ya tengo registrados los nombres de cerca de cien funcionarios en posiciones de la más elevada importancia –tales como magistrados de la justicia, es decir, jueces de la Real Audiencia, altos oficiales del ejército colonial, tesoreros de la colonia, oidores, veedores, abogados e, incluso, varios gobernadores y sus esposas, etc.– con acusaciones y condenas por diferentes actos de corrupción. Entre las acusaciones más comunes que he encontrado resaltan las de desfalcadores de los fondos públicos, contrabandistas y adúlteros.

Durante el siglo xvi, solo durante 20 o 30 años después del surgimiento a partir de 1512 de la industria azucarera bajo explotación esclavista, nuestra isla registró algún nivel de desarrollo, pero sucumbió prontamente, primero, por las constantes insurrecciones de los negros esclavos y el surgimiento del cimarronaje y los manieles; segundo, por la inclinación de sus pobladores a abandonar la isla para dirigirse a México y Perú, donde se habían descubierto grandiosas minas de oro y plata, y también, por la casi absoluta monopolización del comercio por parte de los comerciantes de la metrópolis mediante la Casa de Contratación de Sevilla. Esa monopolización de la actividad comercial trajo su respuesta: la generalización del contrabando, conducta que, subrayo, envolvió prácticamente a toda la población y a la que no escaparon los funcionarios de la colonia. Esa situación solo pudo ser detenida con una fórmula funesta: la despoblación por orden de la monarquía de la banda norte de la isla en 1605 y 1606, que hundió a Santo Domingo durante más de un siglo en la más absoluta miseria.

En el examen de los libros dominicanos que se emplean en la enseñanza de nuestro pasado, destaca poderosamente la poca atención que se le dedica a la cuestión de la esclavitud, y la casi total ausencia del fenómeno del cruzamiento racial, primero entre indios y blancos europeos, y luego entre negros y blancos. Y lo que es más significativo: la total ausencia de la fuerte vigencia del prejuicio racial, establecido por las leyes coloniales.

Resulta de extrema gravedad el olvido de este último aspecto, puesto que ocurre en una sociedad como la nuestra, mayoritariamente mulata y resultado de ese cruzamiento que, debemos subrayarlo, se inició de manera forzada mediante el uso de la violencia del hombre blanco europeo sobre la mujer india, y luego, contra las hembras negras.

¿Cuál ha sido el propósito de esos olvidos, de esas omisiones? El mismo que he señalado desde un principio: el difundir entre nosotros una visión de nuestro pasado moldeado en los esquemas ideológicos del colonialismo, sobrecargados también de una visión racista que postula la superioridad del blanco sobre el negro y el indio. No estoy exagerando. En nuestro país, los pocos autores que han tratado el tema de la esclavitud silencian la existencia del prejuicio racial durante la colonia. Según explican, fruto de la existencia de lo que han denominado como «esclavitud patriarcal», en nuestro país los amos blancos y los negros esclavos convivían en completa armonía, en el marco de unas relaciones tan cordiales –según refiere uno de los historiadores dominicanos de mayor reconocimiento– que los esclavos, luego de alcanzar la manumisión, retornaban voluntariamente a vivir felices en casa de sus amos.

Los autores de los textos con los cuales nuestros niños y jóvenes son educados tampoco son justos cuando seleccionan algunos personajes de la colonia que ellos consideran importantes para el conocimiento de los educandos. Siguiendo la corriente colonialista que ya hemos señalado, muchos de estos libros solo eligen como favoritos a ciertas figuras del período de la conquista y colonización cuyas actuaciones merecen no el reconocimiento sino el repudio, o cuando menos la exposición franca y sincera de sus desafortunadas acciones, como es el caso del ya mencionado matarife fray Nicolás de Ovando.

En ese orden, resulta lamentable e inexcusable que una personalidad de la estatura moral y religiosa de fray Antón de Montesinos –en cuyo honor y como homenaje se está inaugurando hoy una cátedra en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fundada por su orden religiosa, la de los dominicos– no ocupe en los libros de nuestro sistema educativo el espacio que este noble sacerdote conquistó en la historia americana.

Por todo lo antes expresado, partiendo de la base de que este espacio académico que hoy abrimos –según lo han definido sus promotores, la representación en nuestro país de la orden de los padres dominicos y las autoridades de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de nuestra universidad– tiene entre sus propósitos esenciales el de contribuir a elevar la conciencia de nuestros estudiantes, me permito sugerir que este honorable auditorio, como primer paso en esa dirección, apruebe una resolución que demande de nuestro Ministerio de Educación que los libros con los cuales son educados nuestros niños y jóvenes dediquen un capítulo a la vida y enseñanza imperecedera de fray Antón de Montesinos, pionero en nuestra América de la vigencia de los derechos del hombre, como el mismo lo definió, fundamentos esenciales del verdadero cristianismo.

Franklin J. Franco, sociólogo e historiador, fue profesor de la UASD desde hace más de 30 años. En 1966 ganó el Premio Internacional de Ensayo Casa de las Américas. Publicó cerca de 25 libros, no pocos con varias reediciones. Varios de sus ensayos han sido traducidos al francés, inglés e italiano. Fue editor y principal redactor de la Enciclopedia Dominicana.

Nota: Palabras pronunciadas por el profesor Franklin Franco en el acto de inauguración de la cátedra Fray Antón de Montesinos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

[i] Vecino: En el lenguaje antiguo significaba ‘cabeza de familia con sus hijos’.