Artículo de Revista Global 33

La sostenibilidad medioambiental: asunto de todos

Cuando se observa la devastación que ha padecido la Tierra en los últimos 35 años y se mira hacia el futuro, no se tiene la otra opción que no sea trabajar en unidad si se quiere mantener los sistemas naturales de los cuales dependen, con vital importancia, nuestra salud y bienestar económico.

La sostenibilidad medioambiental: asunto de todos

La primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente se celebró en Estocolmo (Suecia), en 1972. Fue precedida por el libro encargado para la conferencia, Una sola Tierra, escrito por Bárbara Ward y Rene Dubos.

Este documento, con aportes de 152 expertos de 58 países, expuso los retos ambientales de estos tiempos: calidad del aire, cantidad y calidad del agua, cambios climáticos y deforestación.

Veinte años más tarde, en 1992, la ONU convocó a su segunda conferencia sobre el medio ambiente. Llamada Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, o UNCED por sus siglas en inglés, es más conocida a nivel mundial como la Cumbre de Río, por la ciudad en donde fue celebrada, Río de Janeiro (Brasil). De esta conferencia surgieron dos importantes convenciones internacionales, una sobre los cambios climáticos y otra sobre biodiversidad.

La cumbre, a la que asistieron diez mil participantes, fue un éxito rotundo, un importante paso en los asuntos medioambientales. En 2002, diez años más tarde, la ONU celebró su tercera conferencia sobre medioambiente, la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, o WSSD, llamada también “Río +10”, donde se discutieron los principales retos mundiales de desarrollo relacionados con la pobreza, el hambre, las enfermedades, la igualdad de género y la sostenibilidad del medio ambiente. A pesar de que no surgieron convenciones de esta cumbre global, sí se produjo un “Plan de Implementación”.

En 2010, luego del 38 aniversario de la primera conferencia de las Naciones Unidas sobre medio ambiente y al mirar el futuro de la naturaleza, hay que formularse las siguientes preguntas:

¿Cómo está la Tierra?

Desafortunadamente, la respuesta es “no muy bien”. Los bosques han desaparecido de forma alarmante. Se estima que desde 1970 se han perdido anualmente alrededor de 30 millones de acres (12 millones de hectárias) de bosques tropicales húmedos en el mundo. Esto podría significar que han desaparecido cerca de mil millones de acres desde la conferencia de Estocolmo de 1972. Las consecuencias de esta tendencia mundial han sido devastadoras, y parece que no se avista un final para estas pérdidas.

Igualmente importantes y equivalentes a los bosques en el océano, los arrecifes de coral han sufrido una devastación mayor, con más de dos tercios de los bancos de corales del mundo dañados o completamente destruidos.

¿Qué los daña? Prácticas destructivas de pesca, como las que utilizan redes de arrastre y la pesca con dinamita y cianuro.

Sin embargo, los corales también han sucumbido a consecuencia de las elevadas temperaturas del mar, por cambios de la acidez del océano y por los efectos asfixiantes de los residuos de fertilizantes y tierra que llegan desde terrenos deforestados en la altiplanicie hasta los ríos, y de ahí a los arrecifes cercanos a la costa.

A pesar de la preocupación mundial por los cambios climáticos globales, de la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, y del aumento de la temperatura de la superficie de la tierra y del mar, desde 1972 se observan aumentos sustanciales de las emisiones de dióxido de carbono, carbono atmosférico, temperaturas globales de tierra y mar, lo que varios expertos consideran como la causa principal de las consecuencias negativas asociadas a esos cambios.

También es evidente una importante disminución de las especies en todo el mundo. En algunos casos, las especies han desaparecido localmente. En muchas situaciones, los números de la población son ahora tan bajos que es difícil que puedan sobrevivir. La pérdida de especies a menudo significa la pérdida de la función que las especies proveen a un sistema natural más grande y complejo. En algunos ecosistemas, la pérdida de una o dos especies puede poner en movimiento cambios que los transforman completamente. La pérdida de especies nunca es buena.

Junto con la pérdida de bosques y otros hábitats y sus especies, han llegado cambios importantes en la distribución de las aguas permanentes y una explosión de enfermedades emergentes y reincidentes. A medida que se avanza nos hemos abierto paso, más y más profundamente, en los hábitats; desalojando aves y mamíferos el ser humano queda expuesto a virus y bacterias que antes habitaban en los vertebrados que se han desalojado, y para los cuales el sistema inmunológico humano no está preparado.

El resultado es que en las últimas tres décadas, han surgido más de cuarenta nuevas enfermedades humanas o, más exactamente, han saltado sobre la población humana desde otro animal. Diez años atrás, ¿quien conocía la viruela de los monos, EL SARS, el virus del Nilo o la gripe aviaria? Hoy día es difícil que pasemos un día sin preocuparnos por el contagio con una enfermedad u otra. Una importante consecuencia del deterioro de los ecosistemas mundiales ha sido el éxodo masivo de personas de áreas rurales a los centros urbanos. Enfrentados a paisajes rurales en rápida degradación, improductivos y agobiados por enfermedades, la población ha emigrado a las ciudades abandonando sus casas, y dejando sus familias numerosas. Se establecen en ciudades que, en el mejor de los casos, no tienen infraestructura para proveer servicios básicos a los habitantes que tenían hace 10 años, y ahora se ven rodeadas de arrabales informales no incorporados que no cuentan con agua potable, servicios sanitarios, educación, servicios de salud ni luz eléctrica. En 2007, por primera vez en la historia, vivían más personas en las ciudades que en las áreas rurales. Más que nunca, algunas ciudades están expandiéndose más allá de sus límites para mantener a sus habitantes.

¿Por qué son importantes estos cambios?

A lo largo de la historia de la Tierra, y de los humanos que la ocupan, el medio ambiente ha cambiado. Los paisajes se han transformado, las especies han desaparecido, los recursos se han reducido, los climas han variado y las enfermedades han llegado y se han ido. Entonces, ¿qué es diferente hoy? Muchos de los cambios actuales no son naturales sino provocados por los seres humanos. Se han hecho esos cambios a un costo tal y hasta un punto que no se había visto en millones de años, mucho antes de que los humanos anduvieran sobre la Tierra y necesitaran preocuparse por las consecuencias. En otras palabras, las actividades humanas son las causantes de la crisis actual de rápido deterioro del medio ambiente.

Algunas personas piensan que se debe actuar para conservar la naturaleza debido a su belleza y majestuosidad. Otros se preocupan porque sienten una obligación moral y ética de dejar a sus nietos un mundo en condiciones similares en las que lo recibieron de sus abuelos. Sin embargo, para muchas personas estos no son argumentos motivadores, por lo que hay otra justificación completamente apropiada: interés personal.

A medida que desaparecen los bosques, se está sujeto a una reducción de la cantidad y calidad del agua. Más de mil millones de personas carecen de suficiente agua potable, mientras que buena parte del agua está contaminada, química y biológicamente, lo que provoca millones de muertes. Frente a una creciente crisis de agua dulce que no solo afecta a personas, sino que destruye los ecosistemas de agua dulce de ríos, arroyos y pantanos, ¿se puede derramar más del 70 por ciento del agua potable del planeta para agricultura, tal como hacemos ahora? Debemos encontrar otra forma.

Mientras se reducen los bancos de corales, los viveros que reabastecen las industrias pesqueras, y la cantidad de peces que se toman anualmente de los mares aumenta por mucho lo que una vez cosechamos, ¿debería sorprender el saber que las industrias pesqueras globales y locales han colapsado? Se sabe que esto está pasando cuando vamos a un restaurante y en el menú se incluyen algunos pescados cuyos nombres nunca habíamos escuchado antes; cuando visitamos un pueblo a orillas del mar y todos los pescadores se reúnen a recoger sus redes y medimos el tamaño de los peces que recogen, y cuando medimos la salud de los niños de las comunidades pesqueras de todo el mundo y vemos que tienen deficiencia de proteínas.

Una sexta parte de toda la proteína animal consumida viene del pescado, y para más de mil millones de personas en el mundo el pescado es su única fuente de proteínas. Gente desnutrida y de bajo peso, especialmente niños, muere de desnutrición o por enfermedades oportunistas frente a las cuales están muy débiles para resistir.

Mientras las temperaturas se han elevado en todo el globo en los últimos 35 años, también lo ha hecho el nivel del mar, amenazando las pequeñas islas que se encuentran a tan solo unas pocas pulgadas por encima de las olas que besan sus orillas. Hay al menos algunas pruebas de que los aumentos de la temperatura de la superficie de la Tierra han llevado a un aumento del número de tornados, especialmente en Estados Unidos.

Igualmente, se sospecha que el aumento de las temperaturas de la superficie del mar ha aumentado la cantidad de tormentas del Atlántico, especialmente en el Caribe, que alcanzan vientos con fuerza de huracán. Estas enormes tormentas han provocado considerables pérdidas de vidas, daños a la propiedad y económicas. En 2004, antes del tsunami asiático, el desembolso por desastres naturales excedía los 36,000 millones de dólares, según estimaciones de las compañías reaseguradoras más grandes del mundo.

Cuando se propagan enfermedades emergentes y recurrentes, debido en gran medida a los cambios que se han provocado en la topografía natural, estas han reclamado muchas vidas, así como nuestro sentido de seguridad de salud. La explosión de la malaria y del dengue, enfermedades que son propagadas por mosquitos, ha sido relacionada con la eliminación de bosques, por el aumento de aguas estancadas y de las temperaturas de la superficie de la Tierra.

Solamente la malaria mata a más de un millón de personas anualmente. La carga económica que significa monitorear y tratar estas y otras enfermedades emergentes es inmensa. El costo asociado por pérdidas de horas de trabajo, de productividad de los negocios y del turismo y viajeros de negocios, debido a estas enfermedades, ha alcanzado miles de millones de dólares.

Además, a medida que la topografía rural ha empeorado, lo mismo ha sucedido en las economías rurales. Pobres, hambrientos y sin opciones, los habitantes de esas zonas rurales se han dirigido a centros urbanos más grandes y mal servidos –centros sin servicios ni seguridad adecuada, que también carecen de sentido de comunidad–. Estas agrupaciones de personas sin raíces fomentan la violencia, el crimen y la desesperación, por lo que los especialistas de la salud creen que esta es la explicación de parte de la escalada de muertes violentas, incluyendo al menos la mitad por suicidio.

Ya debe estar claro que la naturaleza ofrece bienes y servicios esenciales de los que todos dependemos. Esos servicios son las cosas de las que nos preocupamos todos los días: el aire que se respira, el agua que se bebe, los alimentos que se comen, las enfermedades que se contraen o evitan, el clima al que hay que enfrentarse, el dinero que se tiene, y la seguridad personal. Cada uno de estos factores depende de ambientes naturales saludables y sostenibles. Cuando se degradan esos sistemas, se sufren las consecuencias.

Las siguientes son cifras de la suma de esas consecuencias. El mundo se horrorizó tras la desgracia del tsunami del 26 de diciembre de 2004, con el total de muertes, que alcanzó la suma de 250,000. Obviamente, esto fue a consecuencia de un fenómeno causado por el movimiento de las placas continentales y no por actividades humanas. Pero la escala de muertes por la mala administración de la Tierra es, de hecho, mucho más alta: 250,000 personas mueren cada mes por contaminación química y biológica del agua; otras 250,000 mueren cada mes por contaminación del aire en interiores y exteriores; otras 250,000 mueren cada mes por enfermedades transmitidas por insectos, debido, al menos en parte, a los cambios de uso de la naturaleza; y otras 250,000 mueren cada mes por bajo peso y desnutrición exacerbados por la degradación de la Tierra, el deterioro del suelo y el colapso de la industria pesquera mundial. Sufrimos frimos aproximadamente 50 tsunamis al año por heridas de degradación ambiental auto-inflingidas.

¿Qué hay que hacer ahora?

Estas estadísticas y las terribles consecuencias del constante ataque contra el ambiente natural motivan esta pregunta. Se podría tomar la decisión de no hacer nada. Si uno no conociera las actuales tendencias ambientales descritas en este artículo, entonces la ignorancia sería una felicidad. Pero, conociendo esta realidad, no actuar nos haría partícipes de la muerte de millones de personas cuyas vidas se pierden cada año como resultado de la degradación de la naturaleza. Se sentenciaría a millones de personas pobres, cuyas vidas dependen de la naturaleza, a toda una vida de pobreza, hambre y enfermedades. También, se pondría en peligro a cada uno y a nuestros hijos, ya que no hay dinero que valga para salvar a alguien en un mundo inundado de químicos tóxicos y de enfermedades ocasionadas por vectores.

Al asumir que se desean tomar medidas, ¿qué se debería hacer como sociedad global? Primero, entender que la sostenibilidad medioambiental es esencial para lograr todos los objetivos sociales, económicos y humanitarios. Esto –sostenibilidad medioambiental– significa satisfacer las necesidades humanas actuales sin afectar la capacidad del medioambiente natural de cubrir esas necesidades a largo plazo.

Segundo, se debe lograr la sostenibilidad medioambiental sin sacrificar las aspiraciones políticas y económicas de las personas y de las naciones. Si la sostenibilidad medioambiental solo puede lograrse a costa del crecimiento económico, de seguro nunca será lograda.

Como individuos, hay que aceptar la cuota de responsabilidad por el deterioro de la naturaleza. Hay que considerar acciones que caigan en dos categorías: primero, acciones individuales diarias, y, segundo, acciones como ciudadanos y como miembros del sector privado (empleados, consumidores y empresarios).

Cuando compramos, deberíamos comprar madera producida sosteniblemente y alimentos cosechados sosteniblemente. Se debería utilizar el transporte público y vivir tan ligeramente de la Tierra como fuera posible, reciclando productos y tratando de no utilizarlos demasiado. Se deben escoger destinos turísticos que traten de alcanzar la sostenibilidad medioambiental, poniendo en claro que esta evidencia de medio ambientalismo es la razón de visitar esos paraíso. Sobre todo, es apropiado pensar con claridad acerca de las consecuencias a largo plazo de nuestros actos.

En las dos últimas visitas realizadas a Latinoamérica y el Caribe, regresamos a dos hoteles conocidos por su sensibilidad hacia el medioambiente: Punta Cana Resort And Club en la República Dominicana y Paria do Forte Eco Resort en Brasil. ¿Por qué? Porque cada uno ha tenido la previsión de integrar la sostenibilidad medioambiental en lo que es un negocio para producir beneficios. Grandes porciones de terreno han sido establecidas como reservas naturales privadas, hábitats de especies únicas, como tortugas de mar, han sido conservados o restaurados, el número de huéspedes de cada hotel es mantenido dentro de capacidades razonables, se le presta atención al tratamiento de los deshechos, el agua se conserva y a menudo es tratada y reutilizada para regar el césped y las plantas, y, en la medida de lo posible, los alimentos se producen orgánica y sosteniblemente. Cada hotel también ha buscado la manera de contribuir con las comunidades circundantes, ofreciéndoles beneficios de educación y salud mas allá de lo que podría esperarse. ¿Es esto altruismo? Quizá. Pero así como es importante, es un buen negocio. La atracción de estos lugares es su belleza natural. Si esta se estropea, las consecuencias económicas negativas serán claras y rápidas.

Obviamente, la mayoría de las personas no tienen la posibilidad de elegir algunas de las opciones de la gente relativamente más rica y mayormente urbana. La mayoría de las personas que habitan en el campo rural derivan su existencia directamente de la naturaleza. Para esas personas hay que asegurar que los servicios medioambientales ofrecidos por los que viven más arriba y que manejan bien su hábitat, sean bien compensados por su sabia administración mediante el pago de sus servicios de protección medioambiental en beneficio de los que habitan más abajo. Cuando se vuela sobre la República Dominicana, se aprecia una zona montañosa sin árboles, un río color café con leche que se dirige sinuosamente hacia la costa, y un penacho marrón de lodo derramándose sobre la orilla de un banco de corales. El lodo es mortal para un arrecife de coral. Los ríos no deberían verse color café con leche, y, cuando lo hacen, las consecuencias río abajo suelen ser negativas. No obstante, no es justo pedirle a un pequeño agricultor que deje de ganar el dinero que obtiene por la tala de sus árboles, únicamente para beneficiar a otros que viven río abajo. Deben haber alternativas económicas que ofrezcan a los campesinos un incentivo por la protección de la foresta de las altiplanicies.

Un ejemplo de la región ilustrará este punto. Las compañías hidroeléctricas de Costa Rica le pagan a los agricultores de las altiplanicies por mantener su tierra forestada y así evitar que las presas se llenen de lodo, lo que reduce su capacidad de generar energía antes de que puedan liquidarse los costos y los beneficios de los accionistas. ¿Quién es el que realmente paga? Se comparte entre la compañía energética y sus clientes. ¿Quién se beneficia? Todos, directa e indirectamente. Una simple lógica dicta que aquellos que se benefician de los servicios de la naturaleza –en este caso, de estabilidad del suelo– deben devolver algunos de esos beneficios a aquellos que la protegen –en este caso, los agricultores de las altiplanicies–.

También, los gobiernos deben reexaminar sus políticas desde tres perspectivas: cómo afectan la vida de las personas, cómo perturban la realización de negocios, y, finalmente, cómo retardan la sostenibilidad a largo plazo del medioambiente natural de su país y de la región. Esta última perspectiva es la más básica, ya que un medioambiente bien cuidado retroalimentará a largo plazo la salud y la seguridad económica del país. En otras palabras, un buen gobierno requiere una importante alineación de la sostenibilidad medioambiental y del crecimiento económico a largo plazo. Esto no será fácil, ya que hay intereses negativos para que se haga de otra forma, pero es esencial. No está en los mejores intereses de ningún Gobierno permitir la destrucción de la base de recursos naturales de un país, bien sea que se refiera a su agua dulce, su madera, sus peces, o su suelo, cuando esos recursos naturales forman la base de un crecimiento económico sostenido.

A menudo, los recursos naturales no se explotan sosteniblemente porque las leyes que rigen la extracción son débiles, y la capacidad para monitorear esas prácticas de extracción es limitada. Otros problemas surgen cuando el camino de la extracción a la exportación es complicado, lo que da pie a oportunidades para la manipulación de los precios.

Esos problemas son ampliados cuando no existen las facilidades para la producción de valor agregado. Un resultado común de esas deficiencias es que los precios de exportación de las materias primas a menudo están muy por debajo de su valor real de mercado, por lo que hay poca opción aparte de sobreexplotar a fin de obtener algún beneficio económico.

Para cambiar las prácticas de negocios, los gobiernos necesitarán reformular sus políticas y regulaciones, invertir en infraestructuras y construir capacidades para acceder a los mercados internacionales a un precio justo por sus recursos naturales.

Es aquí donde entra el sector privado. El logro de la sostenibilidad medioambiental y el crecimiento económico se han visto durante demasiado tiempo como objetivos en conflicto. No lo son. Si la sostenibilidad medioambiental solo puede lograrse a costa del crecimiento económico, fracasará. Si, por otro lado, el desarrollo económico sólo puede lograrse sobreexplotando y degradando el medioambiente, finalmente destruirá la base principal sobre la cual descansan sus beneficios.

Las organizaciones medioambientalistas están comenzando a comprender la importante necesidad de ver el crecimiento económico como un aliado para el logro de la sostenibilidad medioambiental, al tiempo que muchos negocios y bancos comerciales que los apoyan se están dando cuenta de que las prácticas de negocios no sostenibles medioambientalmente traen consigo riesgos de inversión más altos que los aceptables.

Asociándose con los gobiernos, pueden crearse la infraestructura, la capacidad humana y el acceso al mercado necesario para la sostenibilidad medioambiental y para un crecimiento económico significativo. De esta forma, todos ganan: los pequeños propietarios de las materias primas, los negocios que agregan valor a las materias primas mediante su procesamiento local y su exportación al extranjero, el Gobierno a través de un aumento de los ingresos por impuestos y mejoras de los estándares de vida, y el medioambiente, que continuará suministrando recursos naturales renovables y manteniendo la biodiversidad biológica por los años venideros.

Mirada al futuro

Cuando el mundo tenía menos habitantes y un suministro de recursos naturales aparentemente interminable, la forma en la que se explotaban esos recursos y el daño medioambiental colateral parecía importar poco. Ese no es el caso a nivel mundial, ni de una nación isleña como la República Dominicana.

Hay que ser consciente de la forma en que se explotan los recursos, si es que se tendrán para la explotación por generaciones venideras. Esto requerirá una alineación de los intereses medioambientalitas con las aspiraciones políticas y económicas de las naciones y de sus habitantes. La sostenibilidad medioambiental es responsabilidad del pueblo, de los gobiernos y del empresariado. Se está acostumbrado a actuar como si esos sectores fueran independientes el uno del otro, más que como un sistema único altamente interconectado.

El futuro es hoy. No se tiene otra opción que no sea trabajar en unidad si se quieren mantener los sistemas naturales de los cuales dependen, con vital importancia, nuestra salud y bienestar económico.

Don J Melnick es director ejecutivo del Centro de Investigación y Conservación Medioambiental (cerc). Es también el profesor Thomas Hunt Morgan de Biología de la Conservación en la Universidad de Columbia, y funge como co-director del Grupo de Expertos de Sostenibilidad Medioambiental del Proyecto Milenio de las Naciones Unidas. En enero de 2006 firmó un contrato con el Gobierno de la República Dominicana para asistir en el desarrollo e implementación de un plan para un crecimiento económico medioambientalmente sostenible.

Mary C. Pearl es presidenta del Wildlife Trust (Fondo de Vida Silvestre), una organización internacional de conservación de la vida silvestre con sede en Nueva York, y que mantiene una red internacional de científicos de conservación locales a nivel mundial para proteger la naturaleza y salvaguardar los ecosistemas y la salud de la humanidad.


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