Artículo de Revista Global 48

La tozudez de la historia: a propósito de un ensayo de Francis Fukuyama

La obra y la trayectoria política de Francis Fukuyama han estado signadas por bruscos cambios de dirección, contradicciones y giros, a veces inesperados. Su último ensayo es una muestra de sus obsesiones actuales, centradas en la necesidad de detener el galopante proceso de deterioro de la clase media.

La tozudez de la historia: a propósito de un ensayo de Francis Fukuyama

Cualquier crítica puede serle dirigida a Yoshihiro Francis Fukuyama, menos la de ser poco entusiasta. Tras militar en la belicosa escuela neoconservadora y ser uno de los firmantes, en junio de 1997, del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano con que ese clan soñó rediseñar el mundo de la posguerra fría e implantar el orden profetizado por Leo Strauss y Albert Wolhstetter, ya venía precedido por una labor abnegada en Rand Corporation y el prestigio de haber cumplido ciertas misiones secretas en el Afganistán de los muyahidines, casualmente durante los años de la ocupación soviética, bajo el ala maternal del Servicio de Inteligencia Paquistaní (ISI) y a la sombra, no menos tierna, de la comunidad de inteligencia norteamericana.1

Este fervoroso ronin, o samurái errante de la ideología liberal, no conoce, en efecto, ni el silencio ni el reposo. Cada mes nos sorprende con un ensayo, una serie de artículos o un nuevo libro. Sus obsesiones intelectuales recorren desde los temas de seguridad internacional hasta los relacionados con esa engañosa nueva escuela sofista de los Estados fallidos y el Nation-building; desde la bioética y los horizontes poshumanos hasta el desarrollo y el futuro de la democracia. Pensador trashumante, habitante temporal de todas las escuelas de pensamiento de la derecha más chic, incansable buscador del Arca de la Alianza que sea capaz de eternizar los años de dominio global del capitalismo, Fukuyama se metamorfosea y transfigura en cada nueva publicación, abjurando de sus credos anteriores, rectificándose y contradiciéndose, reconstruyéndose con una mezcla ecléctica, apresurada y de aparente enciclopedismo tan del agrado de sus acólitos y de los intereses que representa.

Francis Fukuyama, aunque rompió formalmente en 2006 con el movimiento neoconservador,2 sigue siendo el más perfecto ejemplar de la tradicional obsesión del neoconservadurismo por imitar la erudición clásica y su aspiración por alcanzar la contundencia conceptual en la batalla de las ideas, y a la vez, la prueba viviente de que ya han pasado los años brillantes y combativos de Lionel Trilling, Irving Kristol o Norman Podhoretz. Tras el éxito mediático alcanzado después de la publicación de su libro The End of History and the Last Man,3 Fukuyama ha vivido el tortuoso camino de producir una extensísima obra que es cada vez menos convincente, atenazada entre los crueles y testarudos datos de la realidad y la prisa de quien no reposa ni madura sus ideas. Pero ¿acaso eso importa cuando se es aclamado, profusamente publicado e invitado a impartir conferencias magistrales en las principales universidades del mundo?

Fruto de los tanques pensantes de su país, especializados en fomentar falsos debates y fabricar falsas autoridades, Francis Fukuyama nos recuerda el precio a pagar cuando el científico, el pensador, es sustituido por esa especie de exégeta por encargo que en los Estados Unidos se denomina «intelectual público»,4 un híbrido de moda que cada vez visita menos las bibliotecas y archivos, y más los estudios de Fox News. Discípulo, en su momento, de Allan Bloom, Roland Barthes, Jacques Derrida, Frances Perkins, Michael Foucault, Samuel Huntington, y condiscípulo de Paul Wolfowitz, en Telluride Association y la Universidad de Cornell, Fukuyama atacó de nuevo, a comienzos de año, con la publicación en la revista Foreign Affairs5 de su ensayo «El futuro de la historia: ¿Podrá la democracia liberal sobrevivir al declive de la clase media?». Y como era de esperar, esta reflexión no vino sola, sino que fue antecedida por otro ensayo, también publicado en esa revista, en el número correspondiente a marzo-abril de 2011, titulado «The Post-Washington Consensus: Development after Crisis»,6 del que Nancy Birdsall fue coautora. Y del primer tomo de su obra The Origins of Political Order: From Prehuman Times to the French Revolution,7 un extraño intento de gran discurso renacentista en tiempos posmodernos de austero minimalismo discursivo.

No es casual, sino típico de la manera en que Fukuyama organiza sus periódicos raids ideológicos, que el ensayo «El futuro de la historia…» venga precedido por la preparación artillera de un primer tomo de su más reciente obra, del que se anuncia ya un segundo, y que abarcaría un panorama del mundo desde la Revolución francesa hasta nuestros días. Tras un ablandamiento del lector con un sinnúmero de datos que reflejan la aparición de la superestructura política y sus instituciones, a partir de la evolución de la comunidad primitiva y del orden tribal, se pasa a analizar abundantes ejemplos que han sido cuidadosamente escogidos para engranar en el mecanismo discursivo del autor, y que lo hacen viajar del Medio Oriente a Europa, China y la India. Después de semejante periplo, es de dudar que alguien guarde fuerzas para mantener la distancia crítica respecto a la teoría que se expone y no caiga rendido de puro cansancio. De eso, precisamente, se trata: queda expedito el camino para «El futuro de la historia».

Que el sepulturero de la historia, en 1992, certifique la lozanía y buena salud de que esta goza, transcurridos 20 años, es una prueba inequívoca no de la honestidad intelectual de Fukuyama, como algunos intentan demostrar, sino de la contundencia de los hechos y eventos de la realidad, de lo erróneo y apresurado de su predicciones de entonces, formuladas, al igual que hoy, bajo el arrebato galvanizador de la ideología, en detrimento de la ciencia y, a fin de cuentas, de la inocultable decadencia de esa misma sociedad liberal posguerra fría, a la que Fukuyama auguró un largo milenio de prosperidad y hegemonía indiscutida, que se debate hoy en la mayor y más profunda crisis global y de liderazgo de su existencia.

Y como también viene siendo ya un notable comodín en manos de Fukuyama, nada más abnegado para quien observa las leyes del Bushido capitalista que ocultar la decadencia propia acusando de la misma a las fuerzas político-sociales, teorías e ideas que lo adversan, y que, hoy por hoy, han demostrado una vitalidad mayor que la propia historia en eso de sortear la cadena de entierros, fines y desapariciones sucesivas a la que el propio Fukuyama las condenase.

Sobre la crisis global

Su razonamiento comienza con un sofisma de campeonato: «La crisis financiera global, iniciada en el 2008 y la actual crisis del euro son ambas producto del modelo de capitalismo ligeramente regulado que apareció en las tres últimas décadas». Dicho así, la impresión que crean sus palabras es que la culpa de la crisis radica en los tibios intentos reguladores del Estado capitalista occidental, y no, como ha sido más que demostrado, precisamente en lo contrario: en la más absoluta falta de regulación, control y supervisión sobre los mercados financieros, las bolsas de valores, los mercados inmobiliarios; en las prácticas irresponsables y especulativas de los grandes bancos y las empresas aseguradoras; en la ambición desmedida e impune de quienes jugaron con la sobrevivencia y el futuro de naciones enteras, especialmente del Tercer Mundo, y, de paso, con la estabilidad y gobernabilidad mundial, especulando con los precios de los productos alimenticios y de los combustibles en los mercados de futuros; en el pobre papel asignado por el neoliberalismo y el neoconservadurismo al propio Estado, reducido a cómplice silencioso o mayordomo servil, antes que garante de la aplicación de las leyes y el desarrollo sostenible y real de sus respectivas economías, y en consecuencia, de la economía global.

A fin de cuentas, la «mano mágica y autorreguladora del mercado» a la que nada ni nadie podía entorpecer o limitar, según el sacrosanto credo refrendado en el Consenso de Washington, terminó por estrangular a las sociedades que se suponía debía favorecer. Fue entonces cuando vinieron las políticas de rescate en Estados Unidos y Europa, provenientes, precisamente, del Estado antes tan combatido y execrado. Y mal que bien, son las que han logrado, por ahora, organizar la evacuación en medio del naufragio.

Como suele ocurrir en las ciencias, no puede haber conclusiones acertadas ni rigurosas si los datos iniciales de los que parte el razonamiento están viciados de origen. Después de esta arrancada en falso, Fukuyama orienta su discurso hacia un rumbo errático: a pesar de las condiciones objetivas, aportadas por la crisis, para un renacer de lo que llama «populismo americano de izquierda», este no se ha producido, en su opinión, por lo que denomina «su fracaso en el terreno de las ideas», o su incapacidad para generar «una contranarrativa progresista creíble», lo cual le hace accionar la alarma ante la erosión «de la clase media sobre la que descansa la democracia liberal, producto de la actual forma de capitalismo global».

En conclusión, aterrado por el fracaso galopante de las bases económicas sobre las que descansa el capitalismo global, la carencia de ideas frescas y creativas que permitan la reconstrucción del edificio del nuevo orden, carcomido y a punto de sufrir un colapso, y ante la pauperización de la clase media, garante de las formas de democracia liberal que aseguraban el dominio hegemónico suave, educado y glamoroso de la clase capitalista sobre las demás clases sociales en cada país, y de las potencias hegemónicas sobre el resto del mundo, Fukuyama vuelve los ojos hacia las ideas que antes había enterrado y desenterrado del milenio de felicidad prometido, tras la caída del Muro de Berlín, y les pide sumarse a un «debate serio», no para avanzar en la búsqueda de nuevas formas de convivencia humana que excluyan estas crisis periódicas y las guerras, miserias y desigualdades flagrantes que refleja la testaruda realidad, sino para remendar el buque que hace aguas, sin que, en rigor, cambie ni un ápice su rumbo.

En cualquier escenario académico realmente serio, incluso en cualquier debate político-ideológico medianamente decente, esta propuesta de Fukuyama jamás sería admitida; no, al menos, mientras siga sustentando una evidente intención teleológica: todo lo que se haga, todo lo que se piense, todo lo que se cree, todo lo que se innove, solo se justifica si es para salvar al sistema capitalista global en crisis, y a la clase media sobre la que se sustenta, en su opinión, la democracia liberal. Lo demás, por ejemplo, otras alternativas, otras ideas acerca del comercio internacional equitativo, el logro de la justicia social, el avance hacia formas de convivencia y de desarrollo humano pleno, sobre bases no consumistas ni insolidarias, la prohibición de la especulación con alimentos y combustibles,8 queda tácitamente excluido. Incluso quedan fuera no solamente las ideas, sino buenas prácticas9 que están dando respuesta, en regiones como América Latina, a reclamos ancestrales de sus pueblos, en medio de una época de cambios que tiene también expresiones en la emergencia de países como los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), sin hablar de China o Vietnam.

En cuanto a la ausencia de una «contranarrativa progresista creíble», baste señalar el repetido éxito de fórmulas de izquierda en las elecciones latinoamericanas más recientes, en países como Ecuador, Nicaragua, Perú, Bolivia, Uruguay, Argentina, Venezuela, Guatemala, El Salvador y Brasil, por solo citar algunos, y los avances visibles de fuerzas alternativas en Chile y México. Dados los intentos de golpes de Estado cavernarios, «democráticos», «policiales» o «parlamentarios» en países como Honduras, Ecuador, Bolivia, Venezuela, y más recientemente en Paraguay, el señor Fukuyama debería tomar nota y concluir, si es que aún respeta los datos de la realidad, que quien sí demuestra carecer de otra contranarrativa respetuosa del orden democrático, la soberanía popular y el respeto a las leyes, es la derecha oligárquica de la región y las fuerzas imperialistas foráneas que la alientan y apoyan.

Los indignados de Wall Street

No menos convincente ha resultado la «contranarrativa progresista» estadounidense del Occupy Wall Street Movement, al que Fukuyama descalifica como «movimiento populista dinámico», sobrepasado, en su opinión, por el apoyo de los ciudadanos norteamericanos al derechista Tea Party Movement. Otro sofisma gratuito que se viene al suelo no más constatar los datos de las investigaciones de opinión pública del prestigioso Pew Research Center:

1) En una encuesta nacional aplicada el 19 de octubre del 2011, el impacto de Wall Street sobre la economía nacional era valorado de la siguiente manera: el 38% opinaba que ayuda más que daña y el 47% que daña más que ayuda. Precisamente, la tesis central de la «contranarrativa progresista» que sostiene el Occupy Wall Street Movement.

2) Después de la economía (39%), el empleo (29%) y las elecciones del 2012 (26%), el tema más seguido en los medios resultó ser el de las acciones del Occupy Wall Street Movement (22%).

3) El interés que despierta la figura de Sarah Palin, con posiciones muy identificadas con el derechista Tea Party Movement, descendió entre agosto y octubre del 2011, pasando del de por sí escaso 4% a un lamentable 2%. Es evidente que la «exitosa, dinámica y populista narrativa» del Tea Party Movement tiene una significación muy peculiar para el señor Fukuyama que no es compartida por sus conciudadanos.

4) En otra encuesta del Pew Research Center, fechada el 29 de septiembre del 2011, el 52% de los encuestados no está de acuerdo en que la nación se divida entre los que tienen y los que no tienen, mientras que el 45% aprobaba esa formulación, una de las más promovidas, dicho sea de paso, por el Occupy Wall Street Movement.

5) En cuanto al apoyo que suscita el Tea Party Movement, en una encuesta aplicada entre los días 9 y 14 de noviembre del 2011, se evidencia que, mientras un 20% de los encuestados manifestó estar a favor, un 27% se mostró en contra. La mitad de los encuestados no respondió a la pregunta, lo cual, cuando menos, es una prueba de que el supuesto impacto es más que dudoso.

6) Por último, en la encuesta aplicada el 28 de diciembre del 2011 para conocer la valoración de los entrevistados acerca del socialismo y el capitalismo como sistemas, mientras el 60% lo hacía a favor del capitalismo, un significativo 31% lo hacía a favor del socialismo, y entre los jóvenes con edades comprendidas entre 18 y 29 años, los favorables al capitalismo representaron el 46%, y los favorables al socialismo un 47%.

Por supuesto que se trata de indicadores coyunturales, pero aun así son significativos. Ninguno de ellos justificaba la opinión vertida por Francis Fukuyama en el artículo publicado apenas dos meses después. Y, sin embargo, como es habitual en sus escritos, lo afirmó lapidariamente, sin aportar prueba alguna, y suscitando el aplauso unánime de la claque acrítica que lo adula.

¿Soportarían muchas de sus ideas, a juzgar por estos botones de muestra, el escrutinio detenido de la realidad y los hechos demostrables?

Pero si en algo coincido absolutamente con el señor Fukuyama es en que, como afirma en su ensayo, «las ideas no son poderosas, a menos que representen las preocupaciones de una buena parte de la gente normal». Por eso el Occupy Wall Street Movement, que representa las angustias y el enojo del 99% de los ciudadanos del país que viven los azares de esa misma vida real de personas normales de la que hace rato se evadió Francis Fukuyama,10 contrariamente a lo que nos intenta hacer creer, es un movimiento mucho más interesante y sugestivo, para la nación y el mundo, que ese brazo armado demagógico y doctrinario de barricada que es el neoconservadurismo anti Obama transfigurado en el Tea Party Movement.

En el mundo «normal» de Francis Fukuyama, donde te puedes codear con el fundador de Google y el de Ferrari, no hace falta anhelar «las narrativas alternativas que están ahí afuera, esperando nacer», como concluye su ensayo. En el nuestro, donde te codeas a diario con las injusticias de un sistema que ha perdido el rumbo y se muestra fatigado y decadente, atrapado entre sus propios excesos y la conciencia creciente de sus defectos congénitos, tampoco hace falta suspirar por lo que nos puedan prometer. Estamos todos demasiado ocupados en vivir los retos del día a día y luchar por una existencia digna. Y eso, sin que lo sepamos aún, es la contranarrativa que no ha podido, o no ha querido entender, el sabio señor Fukuyama, y que se esfuerza porque tampoco nosotros la entendamos.

Fue Vladimir Ilich Lenin, tan vapuleado y tan testarudo –como la misma historia que no puede regresar, porque siempre ha estado aquí y nunca se fue–, el que una vez afirmó, en aquellos Cuadernos filosóficos publicados en 1933, siguiendo la mejor tradición hegeliana y marxista, que «toda contradicción porta en sí su propia solución».

El último ensayo del señor Fukuyama, al volver los ojos a la realidad de las personas normales, parece indicar que, aun a regañadientes, está empezando a comprenderlo.

Por supuesto, con extrema alarma.

Eliades Acosta Matos es investigador académico de Funglode y del Archivo General de la Nación. Licenciado en Filosofía por la Universidad Estatal de Rostov del Don, antigua urss, y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de La Habana. Fue durante una década director de la Biblioteca Nacional José Martí, de La Habana (Cuba), y durante dos años, presidente de la Asociación de Estados Iberoamericanos para el Desarrollo de las Bibliotecas Nacionales.

Notas

1 Sobre este extraño período en la vida académica de Francis Fukuyama ver: Bast, Andrew: «El inicio de la historia», Webislam, 5 de junio del 2011, en <http://www.webislam.com/articulos/61714-el_inicio_de_la_historia.html>.

2 Fukuyama, Francis: «After Neoconservatism», The New York Times, 19 de febrero del 2006, y America at the Crossroads: Democracy, Power and the Neoconservative Legacy, Yale University Press, 2006.

3 Fukuyama, Francis: The End of History and the Last Man, New York,The Free Press, 1992.

4 Posner, Richard A. y Myers, Joanne J.: Public Intellectuals: A Study of Decline Boston, Harvard University Press, 2003: «Por “intelectual público” entiendo a alguien que use ideas provenientes de la Historia, la Filosofía, las Ciencias Políticas, la Economía, el Derecho, la Literatura; ideas que forman parte de una tradición cultural e intelectual universal, con el objetivo de analizar eventos contemporáneos, usualmente con fines políticos o ideológicos, y que lo hace a través de los medios masivos de comunicación; bien mediante editoriales, comparecencias radiales o televisivas, o en artículos que se publican en periódicos y revistas dirigidas al público, en general».

5 Fukuyama, Francis: «El futuro de la historia: ¿Podrá la democracia liberal sobrevivir al declive de la clase media?», Foreign Affairs, enero-febrero 2012.

6 Fukuyama, Francis, y Birdsall, Nancy: «The Post-Washington Consensus: Developtmen after Crisis», Foreign Affairs, marzo-abril 2011.

7 Fukuyama, Francis: The Origins of Political Order: From Prehuman Times to the French Revolution, New York, Publisher Farrar, Strauss and Giroux, 2011.

8 Como lo lleva a la práctica la República Bolivariana de Venezuela con otros países de la región, mediante el suministro de combustible a precios justos y con el objetivo de favorecer su desarrollo social y su estabilidad, en el marco del Convenio Petrocaribe. Tampoco clasificarían en el «debate serio» al que se refiere el señor Fukuyama las ideas y la práctica integracionistas de la región, expresadas en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), y más recientemente, en la constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (celac), cuya primera cumbre tuvo lugar en Venezuela los días 2 y 3 de diciembre del 2011.

9 Por ejemplo, la teoría y la práctica del buen vivir, Sumak Kawsay o Suma Qamaña: Las comunidades indígenas del Abya Yala, o América, defienden el concepto del «buen vivir», en oposición al «vivir mejor», como un modelo de vida o de desarrollo más justo, más sostenible o sustentable, más ecológico. Se introduce con especial fuerza en América Latina, hasta el punto de que, recientemente, Ecuador y Bolivia han incluido el buen vivir en sus constituciones, como el objetivo social a ser perseguido por el Estado y por toda la sociedad. En oposición al vivir mejor occidental, al siempre vivir mejor de la lógica neoliberal, el buen vivir propone un modelo de vida mucho más justo para todos. Para que unos pocos vivan mejor, que es lo que sucede ahora en el Primer Mundo, para asegurar esas desmedidas demandas de consumo y despilfarro, tiene que existir un Tercer Mundo que provea de materias primas y mano de obra baratas. Muchos, en definitiva, tienen que «vivir mal» para que unos pocos «vivan bien».

10 No se priva de alardear sobre las bondades del maravilloso enclave de lujo donde vive con su familia, aunque, supuestamente, reivindique la vida y las ideas de las personas «normales». «En realidad, tras 22 años en Washington, Fukuyama se escapó a Stanford puede leerse en la entrevista que le hizo Andrew Bast, en junio del 2011–. Vive en Palo Alto, California, donde reina el dinero de las empresas punto-com. Google está sobre esta misma calle. Mi esposa se encontró con Mark Zuckerberg en Trader Joe’s –dice, y si observa bien, es probable que vea varios Ferraris por todas partes…» en Bast, Andrew: «El inicio de la historia», op. cit.


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