Artículo de Revista Global 81

La voz perdida de Lorca

Fue quizá, de todos los escritores de su generación, el que más leyó en público y el que más entrevistas concedió a medios de toda clase. Según quienes lo conocieron, se trataba de un fenómeno sin parangón capaz de cautivar con sus palabras a todo el que se le ponía delante. Sin embargo, desde su muerte, hace más de 80 años, nadie lo ha vuelto a escuchar: no existe, que se sepa, ninguna grabación que nos muestre cómo hablaba –ni cómo leía– Federico García Lorca. Su voz se ha convertido en uno de los grandes enigmas en torno a su figura.

La voz perdida de Lorca

La noche del 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue sacado de la celda donde se hallaba detenido y, junto con un maestro de escuela y dos banderilleros anarquistas, fue conducido hasta un tramo incierto del camino que une Víznar y Alfacar, en el sureste de Andalucía. Hacía apenas un mes desde el estallido de la Guerra Civil española y de la toma, por parte de los sublevados contra la II República, de la ciudad de Granada. La represión fue brutal e inmediata. El delito de Lorca era –según sus verdugos– el de ser «rojo». Esa madrugada de agosto, tras los esfuerzos infructuosos de su familia y de numerosas personalidades por liberarlo, el poeta fue asesinado.

Desde entonces nadie ha vuelto a escuchar su voz. Nadie. Que sepamos, al menos: no existe o no se ha podido encontrar hasta la fecha ninguna grabación que nos muestre cómo hablaba el autor del Romancero gitano. Hay fotografías, videos mudos, cartas, manuscritos, incluso un álbum sonoro en el que se le escucha tocar el piano mientras Encarnación López Júlvez, «la Argentinita», canta unas canciones populares españolas. Pero no hay ni el más mínimo rastro de la voz del poeta. Nada. Ni un hilo de audio. Ni un ligero chasquido. Ni un ápice de luz. Son muchas las preguntas que permanecen aún sin contestar sobre la figura de Lorca, pero de todos los interrogantes, este es sin duda uno de los más llamativos.

«Parece mentira que no se haya conservado grabación sonora de un hombre tan comunicativo como él, que se prodigó tanto en entrevistas en prensa escrita y en medios radiofónicos, en España como en América», dice Emilio de Miguel Martínez, experto en Lorca y catedrático de Literatura de la Universidad de Salamanca. «Era, de todos los poetas de su generación –añade Ian Gibson, hispanista y reconocido biógrafo del autor–, el que más disfrutaba recitando sus poemas. ¿Recitando, digo?  Mejor, “siendo” sus poemas. Los amigos suyos que me hablaron de ello, en primer lugar Vicente Aleixandre, me dijeron que nunca habían conocido un fenómeno comparable. Hay muchos testimonios al respecto. Lorca estuvo con frecuencia en la radio argentina, incluso emitió charlas para España, así que no puedo creer que no le registraron la voz. Se trata de un verdadero misterio». Para Laura García-Lorca de los Ríos, sobrina del autor y presidenta de la Fundación que lleva su nombre, «la ausencia de su voz ha dejado un gran vacío. Es algo que nos ha marcado mucho a sus familiares. Siempre hemos sentido que es algo que nos han arrebatado».

La búsqueda

Pero ¿es posible que exista alguna grabación desconocida, en algún lugar, con la voz de Federico? Y si es así, ¿dónde podría encontrarse? Han surgido rumores a través de los años, historias de cintas en archivos privados, leyendas… Pera hasta el momento nada que se haya podido comprobar. Sin embargo, «el hecho de que no se haya encontrado aún ningún registro sonoro no significa que no exista», advierte Marisa Martínez Pérsico, investigadora y profesora de Literatura de la Università degli Studi Guglielmo Marconi, en Roma. «Las postergaciones documentales son una constante en la historia de la publicidad de su vida y de su obra –dice la académica–. Recordemos la accidentada difusión que sufrieron sus Sonetos del amor oscuro, poemas de inspiración homosexual compuestos por el poeta poco antes de su muerte. ¿Cuándo se hicieron públicos? Algunos en 1940. Otros en 1980. Los demás, en una edición francesa en 1981, y el resto en ediciones piratas, en el año 1983, cuando un buen día unos cuantos profesores y personalidades del mundo de la cultura recibieron una edición clandestina por correo postal, en un sobre rojo sin destinatario, que estaba impresa en tinta roja sobre papel rosa, con cubierta roja y sin datos de editor». Ian Gibson coincide con la opinión de Martínez Pérsico, y dice que no hay que perder la esperanza: «Sigo creyendo que un día alguien encontrará la voz, tal vez en un disco sin etiqueta olvidado en algún sótano porteño».

Es posible. García Lorca vivió en Buenos Aires entre octubre de 1933 y marzo de 1934, y allí fue tratado como una celebridad. Con cierta frecuencia pasó por los micrófonos de algunas de las principales radios argentinas, así que no es inconcebible pensar que haya dejado alguna huella de su voz en ellas, o en otras emisoras de Estados Unidos, Cuba o Uruguay, lugares que también visitó en su momento. ¿Y qué hay de España? ¿No puede haber una cinta perdida en los archivos de alguna vieja estación de Granada o Madrid? Según el periodista y escritor granadino Juan Luis Tapia, experto en el tema, es poco probable porque en la España de la época «no se solían grabar ese tipo de interpretaciones», aunque sí existía el Museo de la Voz, donde se puso en práctica una iniciativa para grabar las voces de diferentes personajes, «pero la fatalidad y las casualidades lorquianas hicieron que García Lorca no acudiera a las varias citas que tuvo para grabar la suya». En otra ocasión, recuerda Laura García-Lorca de los Ríos, el poeta había quedado para que su voz fuera grabada en el Archivo de la Palabra, un proyecto que dirigió el ensayista y entonces director de la Biblioteca Nacional de España, Tomás Navarro Tomás; sin embargo, el poeta se quedó dormido y no asistió al archivo aquella mañana.

Por eso hay que mirar hacia el otro lado del charco. Para Juan Luis Tapia, las posibilidades de encontrar un registro sonoro de la voz de Lorca son mayores en Argentina y Nueva York, donde las emisoras de radio ya disponían tanto de grabadoras Edison como de cintas de alambre. En Nueva York, además, asegura Tapia, el poeta ofreció varios recitales en casas de familias locales y, dado el estatus económico de sus anfitriones, no sería extraño que lo grabaran. Pero en Estados Unidos se ha indagado poco, admite el periodista. A Buenos Aires, en cambio, han viajado numerosos investigadores, entre ellos el propio Tapia, quien se trasladó a la capital argentina hace unos años detrás de una posible pista. «Fui a investigar en el Archivo DiFilm, que había comprado los fondos tanto sonoros como documentales de las emisoras porteñas en las que García Lorca colaboró o simplemente pronunció algunas de sus conferencias y conocidas alocuciones radiofónicas». Al cabo de un tiempo, sin embargo, el periodista tuvo que desistir ante la falta de ayuda institucional a la que se vio enfrentado. «Aquellos archivos siguen ahí, pero la labor que hay que hacer allí es compleja –explica–, por el volumen y el estado de los archivos que hay que revisar. Quizá el final de la película En busca del arca perdida ilustre la situación del registro sonoro de la voz de Lorca, perdida entre centenares de idénticas cintas sin clasificar».

Es el caso también de Marisa Martínez Pérsico, quien recorrió la capital argentina de cabo a rabo siguiendo los rastros confusos de otra pista. «Se había publicado una información en el diario ABC –señala la académica– donde se explicaba que en Buenos Aires se habían encontrado registros sonoros del año 1933 con declaraciones de Lorca en Radio Splendid y Radio Prieto, pero que tales cintas (de alambre) debían ser restauradas para conocer el verdadero contenido». Ante la necesidad de descubrir la veracidad de aquella noticia, Martínez Pérsico se dirigió a Radio Splendid, una emisora porteña fundada en 1923 y aún en funcionamiento; pero allí le dijeron que no tenían cintas tan antiguas. «Entonces me aconsejaron que me pusiera en contacto con la Corporación Interamericana de Entretenimiento (CIE), un conglomerado empresarial de origen mexicano que compró varias radioemisoras y otros medios de telecomunicación en el país, para intentar reconstruir cuál habría sido el destino de los fondos sonoros más antiguos de Radio Splendid». Sin embargo, en la CIE le comunicaron que no tenían constancia de ninguna cinta con la voz de Lorca.

«Después –prosigue la académica–, considerando el escaso éxito en los archivos particulares de las emisoras, así como el hecho de que Radio Prieto, la otra estación a la que hacía referencia la nota del diario ABC, había desaparecido, me dirigí al Archivo General de la Nación. Allí, el jefe del Departamento de Documentos de Imagen y de Sonido, después de una búsqueda conjunta, llegó a la conclusión de que en el archivo no tenían las grabaciones de Splendid ni de Prieto de esos años, y me sugirió que me comunicara con el Museo de la Palabra, que es un archivo de voces privado. Y así, la rueda siguió girando, pero en círculo». Desesperada por la falta de resultados, Martínez Pérsico publicó una carta en el diario Clarín titulada «Recuperar la voz de García Lorca», haciendo hincapié en el valor afectivo, documental y simbólico de esas grabaciones. Tal vez alguien, en alguna parte, sabe algo, se dijo. «A raíz de la carta recibí muchas respuestas, que a su vez me abrieron caminos y pistas hacia otras latitudes y temas: desde personas que trabajan en archivos argentinos, de la capital y del interior del país, diciéndome que se habían activado para buscar cintas de esos años pero sin éxito, hasta la bibliotecaria del SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música), un locutor radial meticuloso que me explicó las diferencias técnicas entre cintas de alambre y discos de pasta, y un corresponsal del matutino español El Mundo que viene también siguiendo desde el 2002 el caso de las cintas prometidas y jamás restauradas».

La siguiente escala en la búsqueda de Martínez Pérsico fue Montevideo. Allí se dirigió al SODRE (Archivo Nacional de la Imagen), en la céntrica calle Sarandí, donde revisó todos los registros sonoros de 1933 y 1934 que han sido catalogados y clasificados hasta la fecha. Pero tras dos jornadas de escucha, no encontró ninguna estela lorquiana de aquellos años. «Sí hallamos una conferencia de Isabel García Lorca, la hermana menor de Federico, que se remonta al año 1981, y la grabación de una escena de La casa de Bernarda Alba representada en el imponente Teatro Solís, con acento rioplatense. Así que volví a Buenos Aires con una orgullosa copia de ambos audios, pero sin la voz de Lorca, por supuesto». Posteriormente, en el año 2008, Martínez Pérsico se enteró de que el Ayuntamiento de la ciudad de Buenos Aires había editado una audioguía destinada a las visitas al Jardín de los Poetas, en el Rosedal de Palermo. Allí se anunciaba el poema «Casida de la rosa», leído por su autor: Federico García Lorca. «Fui corriendo –recuerda Martínez Pérsico–, pero la voz no era Lorca, sino de Rafael Alberti. Y así, cadena tras cadena de malentendidos siguen contribuyendo a crear en torno a la voz de Lorca un aura de leyenda».

Después de comprobar por sí misma la magnitud del desafío, la académica asegura estar «convencida», al igual que Juan Luis Tapia, de que «no se darán pasos adelante si no existen verdaderas sinergias institucionales y gubernamentales; es decir, si no hay un proyecto internacional de envergadura». Pero el mar de archivos sin catalogar y la falta de financiación y recursos humanos y materiales no son los únicos problemas que preocupan a los investigadores. Hay otra cuestión todavía más acuciante: cada vez quedan menos personas que hayan conocido en persona a García Lorca. ¿Qué pasará cuando muera la última de ellas? ¿Cómo podremos certificar entonces la autenticidad de la voz del poeta? ¿Quién podrá alertarnos ante cualquier impostura?

La forma de su voz

Aunque no podemos escucharle, son muchos los testimonios que han llegado hasta nuestros días y que describen la voz de Lorca. El poeta Luis Rosales anotó, por ejemplo, que «tenía una gran voz, una voz poderosa, muy grave, muy bien timbrada, sin tener ninguna matización metálica, una voz líquida pero ancha». Dámaso Alonso escribió que el autor de La casa de Bernarda Alba se «reía con sonoras carcajadas y que su voz era capaz de contagiar al más melancólico». «Es unánime entre sus contemporáneos la alabanza a la calidad de sus interpretaciones», señala Emilio de Miguel Martínez. En concreto, el catedrático de la Universidad de Salamanca recuerda las palabras que Francisco, el hermano de Federico, nos legó al respecto: «Me decía una vez Ramón Gómez de la Serna que el secreto de la expresividad de Federico radicaba en sus manos. En cuanto la palabra salía de su boca, decía Ramón, Federico la cogía con las manos, la distendía, la modulaba, dándole nuevos sonidos. Jugaba con la palabra como si esta fuera un acordeón, concluía Gómez de la Serna».

Para Ian Gibson, Lorca tenía, entre sus tantos dones, el de la música, y «no le costaba ningún trabajo imitar bien, y con su gracia acostumbrada, un variado abanico de acentos». Cuando hablaba de manera informal, apunta el hispanista, el poeta lo hacía con un acento granadino, «con las vocales muy abiertas», aunque en sus conferencias acuñaba un castellano «estándar». Gibson rememora los comentarios que escribieron sobre él sus entrevistadores, y da algunos ejemplos que extrae de periódicos de la época: «Su acento del sur, fuerte y dulce a la vez, sugestiona y emboba. Lorca cree en Arabia, es más árabe que andaluz»; o «El gran poeta, montado sobre impaciencias de palabra expresiva y ceceante, con un simpático y desgarrado ceceo andaluz»; o «Su acento andaluz escamotea sílabas. Habla con vehemencia y rapidez». «Creo que era Jorge Guillén quien decía que Lorca tenía voz de madera. Es la mejor definición», afirma Juan Luis Tapia. «Su hermana Isabel –añade el periodista– me confesó que Federico tenía una voz muy parecida a la del actor Juan Echanove, quien llevó a cabo el espectáculo Como canta una ciudad de noviembre a noviembre, sobre unos textos sobre Granada de García Lorca».

Por su parte, Laura García-Lorca de los Ríos apunta que, de acuerdo con los relatos de la familia, el poeta «tenía la voz grave, más bien tirando a grave y cálida. Me imagino que parecida a la de mi padre (Francisco)».

«Pero –le pregunto– ¿qué pasaría si se descubriera una grabación y no quedase ya nadie que le hubiese conocido en vida? ¿Cómo podríamos asegurarnos de que se trata realmente de Lorca?». «Estoy segura de que yo la reconocería», responde Laura García-Lorca de los Ríos. «¿Cómo?», insisto. «Creo que existe eso que Natalia Ginzburg llamaba el “léxico familiar”. Ella hablaba de la importancia de ese tono que hay en las familias, de ese léxico, de ese vocabulario y esas expresiones que uno reconoce inmediatamente como algo familiar. Me pasó cuando leí los diarios de Carlos Morla Lynch. Durante algunos años él y Lorca tuvieron una amistad que fue a la vez muy importante y muy cotidiana. Ellos se veían casi todas las noches cuando Carlos Morla estaba como cónsul de Chile en Madrid. Él escribía en su diario antes de acostarse. Cuando leí las transcripciones de las conversaciones con Federico, inmediatamente reconocí que eso estaba bien transcrito. Eran palabras que yo reconocía. Había una estructura en las frases que yo podía reconocer y estoy segura de que me pasaría lo mismo con la voz».

El peso del hallazgo

Pero si Lorca es ya uno de los autores más universales de la lengua española, ¿qué importancia real tendría recuperar su voz? Para Laura García-Lorca, esta ayudaría a conocer al poeta aún mejor: «La voz es física. Por eso comunica tanto. El timbre, el tono, son aspectos que te acercan a la persona. Escucharla tendría un valor emocional muy importante». Ian Gibson, que ha dedicado una parte importante de su vida a investigar y a escribir sobre Lorca, dice que para él «sería un hallazgo comparable al de la tumba de Tutankamón por Howard Carter». «Me produce una sensación terrible no poder escuchar cómo hablaba, cómo recitaba», prosigue. «Imagínese, por ejemplo, que se descubriera una grabación suya leyendo el “Romance sonámbulo” (“Verde que te quiero verde…”) o su diatriba contra el Papa (Pío XI), “Grito hacia Roma desde la torre del Chrysler Building”, uno de los poemas más vehementes y más comprometidos del siglo XX. No quiero morirme sin oírla», confiesa Gibson.

¿Volverá algún día el poeta a cortar el aire con sus palabras a través de una cinta polvorienta? Quién sabe. Solo el tiempo lo dirá. Lo único cierto es que hace ya ochenta años que nadie escucha a Federico. Su voz muda recorre su obra y, a veces, da la sensación de querer salirse del papel y hacerse física. Encontrarla, sacarla de nuevo a la luz, tal vez ayude a cerrar finalmente su herida.

Alejandro González Luna es un escritor dominicano. Autor de los libros Esta ciudad ha sido tomada por las piedras (Editora Nacional, 2008) y Donde el mar termina (Pre-Textos, 2016). Ha obtenido varios premios de periodismo y de literatura, como el Premio de Periodismo Joven de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo (República Dominicana, 2014) o el Premio Internacional de Poesía Emilio Prados (España, 2016).

  • Ana Gloria Nolasco García

    Me ha encantado conocerlos y leer este artículo un poco triste, pero maravilloso sobre García Lorca. Es una gran pena el no escuchar una o algunas grabaciones suyas, sobre todo, leyendo su poesía. Aquí mencionan varios países y sitios donde han buscado algo con el grandioso recuerdo de su voz, pero no leo nada que se refiera a Nueva York, donde también estuvo. Por favor, me gustaría leer sobre sus indagaciones en Nueva York, donde hasta la tenue brisa del Hudson se graba.


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