Artículo de Revista Global 50

Las cartas patrióticas de Juan Pablo Duarte

La concepción nacionalista y patriótica aflora en diversas cartas que Duarte escribió en los años 1864 y 1865, cuando regresó al país con la determinación de incorporarse a la guerra de la Restauración. Las cartas personales constituyen documentos de importancia capital y, por lo tanto, de obligada consulta cuando los historiadores buscan reconstruir un discurso narrativo sobre determinado período de la vida de un hombre o de una mujer, pues de estas emana lo más profundo del alma.

Las cartas patrióticas de Juan Pablo Duarte

Diversas son las fuentes que permiten conocer el carácter liberal de las ideas políticas de Juan Pablo Duarte, al igual que su indiscutible patriotismo. Pese a la amplia bibliografía duartiana disponible, no pocos investigadores y estudiosos han confrontado el inconveniente de la ausencia de importantes fuentes documentales de primera mano, lo que ha impedido reconstruir de manera exhaustiva determinadas facetas de la trayectoria pública y privada del insigne revolucionario a quien el pueblo dominicano debe la existencia de un Estado-nación, libre e independiente de toda dominación extranjera, con el nombre de República Dominicana.

Rosa Duarte, quien fue depositaria de gran parte del archivo particular del líder de los trinitarios, escribió unas escasas aunque inapreciables notas que intituló Apuntes para la historia de la isla de Santo Domingo, y para la biografía del general dominicano Juan Pablo Duarte, códice generalmente conocido como Diario de Rosa Duarte.

Para escribir sus Apuntes, Rosa utilizó como fuente manuscritos de su hermano Juan Pablo, pues en el célebre texto hay pasajes en los que la autora se refiere al fundador de la República en tercera persona, y otros en los que es Duarte quien narra los acontecimientos. También se conservan unos Borradores, de la autoría de la hermana del patricio, en los que aparecen datos que no figuran en el Diario, razón por la que ambos manuscritos han sido de mucha utilidad en la ardua tarea de configurar una biografía política del apóstol de la independencia dominicana.

Además de los Apuntes, existen algunos breves escritos de Duarte, tales como un Proyecto de Constitución, poemas, comunicaciones oficiales y parte de su correspondencia personal, que constituyen fuente de obligada referencia para comprender a cabalidad la intensa actividad política e intelectual que desplegó el fundador de la República. A estos documentos debemos agregar el opúsculo Apuntes para la historia de los trinitarios, fundadores de la República Dominicana, escrito hacia 1887 por el trinitario José María Serra, en cuyas páginas aparecen reflexiones y frases atribuidas al principal líder del partido trinitario. Con estos documentos, en tanto que fuentes de irrecusable veracidad, ha sido posible rescatar parte esencial del discurso político y doctrinal de Juan Pablo Duarte, inspirado, no cabe duda, en el liberalismo y en el nacionalismo en boga durante el período 1789-1848 que Eric Hobsbawn ha llamado «la Era de la Revolución».

En el presente trabajo me propongo destacar cómo la concepción nacionalista y patriótica aflora en diversas cartas que Duarte escribió en los años 1864 y 1865 cuando regresó al país con la determinación de incorporarse activamente a la guerra de la Restauración, definida por él mismo, en carta a Pedro Alejandrino Pina, como la «augusta y santa causa de nuestra amada Patria».[1]

Es evidente que la carta tiene la particularidad de que, en la mayoría de los casos, es concebida como un documento personal, íntimo, casi siempre escrito con la sencillez que caracteriza lo cotidiano. A través de la carta –cuando no es redactada intencionalmente con fines de publicidad– su autor o autora acostumbran a expresar sin aprensión todo cuanto emana de lo más profundo del alma. Por eso, al reconstruir el historiador un discurso narrativo sobre determinado período de la vida de un hombre o de una mujer, sean o no figuras públicas, las cartas personales constituyen documentos de importancia capital y, por lo tanto, de obligada consulta.

Son memorables algunas epístolas personales y oficiales de Juan Pablo Duarte que permiten apreciar su formación intelectual y política desde una perspectiva doctrinal e ideológica. Citaré por lo menos cuatro de las más relevantes, a saber:

1) La carta que hacia principios de febrero de 1844 dirigió a su madre y hermanos solicitándoles vender parte de las propiedades que tenían en la ciudad de Santo Domingo a fin de recabar dinero para financiar el movimiento independentista;

2) La de fecha 28 de marzo de 1864, destinada al gobierno provisorio de la Restauración;

3) La que finalmente escribió, el 7 de marzo de 1865, al ministro de Relaciones Exteriores del gobierno restaurador, Teodoro Heneken, renunciando por diversos motivos al cargo de ministro plenipotenciario de la República Dominicana ante el Gobierno de Venezuela, a la vez que exponía sus firmes preceptos nacionalistas y revolucionarios en relación con el destino político de la nación dominicana; y

4) La que en 1865 remitió al poeta Félix María del Monte.

De acuerdo con Duarte, la política exterior del gobierno provisorio, que sustituyó la gestión de Pepillo Salcedo, había tomado un sesgo antinacional que tendría consecuencias lesivas para el interés colectivo, porque había devenido genuflexa ante cierta metrópolis de vocación imperialista cuyo principal interés era mantener subordinado al pueblo dominicano bajo un esquema de «dominación sin hegemonía»[2] que bien pudo haber implicado una de estas tres modalidades:

  1. La anexión del país a una potencia en condición de provincia ultramarina;
  2. Un protectorado político económico a cambio de la concesión de derechos de explotación de diversos recursos naturales; y
  3. El arrendamiento de una parte del territorio insular, como, por ejemplo, la bahía de Samaná, en donde, entre otras cosas, se pretendía instalar una estación carbonera y una base naval.

Cada una de las modalidades precedentes, de acuerdo con la doctrina liberal preconizada por Duarte, lejos de contribuir a preservar la soberanía nacional más bien constituía una seria amenaza para la supervivencia de la nación dominicana como entidad independiente. En el corpus doctrinal del liberalismo duartiano, la nación dominicana no debía ni podía ser «jamás parte integrante de ninguna otra potencia, ni el patrimonio de familia ni persona alguna propia ni mucho menos extraña»,[3] razón por la que era preciso oponerse a cualquier tratado o acuerdo que pusiera en peligro la soberanía nacional.

Las cartas

Ya sabemos que Duarte estuvo fuera del país entre 1829 y 1832. A mediados de este último año su firma aparece en varias actas civiles en calidad de testigo en Santo Domingo; sin embargo, no fue hasta el siguiente año, esto es, 1833, cuando Duarte comienza sus actividades revolucionarias y se dispone a estructurar un partido político con el fin de lograr la separación definitiva de las comunidades dominicana y haitiana. Su objetivo queda claramente expuesto desde que arribó al puerto de Santo Domingo, según se infiere de la respuesta que dio al doctor Manuel María Valverde, un amigo de la familia, cuando este le preguntó por lo que más había concitado su atención durante sus viajes: «los fueros y libertades de Barcelona, fueros y libertades que espero demos nosotros un día a nuestra Patria».[4] Se ha dicho y escrito que el nacionalismo, en tanto que teoría o doctrina política, define los conceptos de «pueblo» y «nación», y a los conglomerados sociales que los conforman les atribuye un derecho natural a la autoemancipación y autogobernación; es decir, que las comunidades que habitan esos pueblos o naciones tienen pleno derecho para establecer, por sus recursos y potencialidades, un Estado-nación soberano e independiente basado en un sistema político que, a diferencia del absolutismo monárquico, es de naturaleza democrática y se fundamenta principalmente en el gobierno de tipo republicano. Duarte y sus compañeros trinitarios concibieron su proyecto revolucionario inspirados en el modelo de la democracia representativa, expresión política del sistema capitalista entonces en pleno auge. Su principal objetivo, por tanto, era proporcionarles a los dominicanos un Estado-nación independiente de toda dominación extranjera; y hacia esos propósitos orientaron todos sus esfuerzos, enfrentando no solo a los gobernantes haitianos que insistían en la cuestión de la indivisibilidad de la isla, sino también al grupo de conservadores criollos que nunca creyó en la capacidad del pueblo dominicano para proclamarse independiente y mantenerse libre de toda injerencia foránea.

El primer texto espistolar que nos interesa de Duarte está fechado el 4 de febrero de 1844. De esa carta, dirigida a su madre y hermanos, solo conocemos el párrafo que la haría memorable por el alto grado de sacrificio material y espiritual que la misma significó para su familia con tal de que la revolución concluyera exitosamente. El texto de esa misiva, según Emilio Rodríguez Demorizi, fue vaciado en bronce en el pedestal de la estatua del patricio en la Plaza Duarte, en Santo Domingo. Dice así:

«El único medio que encuentro para reunirme con Uds., es independizar la patria; para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds., de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado. Independizada la patria puedo hacerme cargo del almacén, y a más, heredero del ilimitado crédito de nuestro padre, y de sus conocimientos en el ramo de Marina, nuestros negocios mejorarán y no tendremos por qué arrepentirnos de habernos mostrado dignos hijos de la patria».

Merece la pena destacar algunos valores cívicos de Duarte que se advierten en el párrafo precedente: primero, el fervor por su familia y por su patria, que se halla involuntariamente sometida al dominio haitiano. El patricio está en el exilio desde hace un año; ha realizado gestiones infructuosas en Caracas con el fin de obtener recursos financieros y armamentos para realizar su proyecto liberador y, como no los ha conseguido, apela a la sensibilidad y solidaridad de su madre viuda y de sus hermanos, para que con la venta de algunas propiedades de la familia se obtengan recursos económicos con los cuales contribuir al financiamiento de la revolución. Segundo, el sentido de la responsabilidad social: no importa cuánto sacrifique la familia en términos materiales, pues tan pronto la patria sea libre, él se incorporará al negocio familiar, optimista y consciente de que dentro de una atmósfera de libertades públicas y de autogobierno la quincallería heredada de su padre devendrá en un comercio próspero. (Observe el lector que en ningún momento Duarte manifiesta el propósito de que, una vez liberada la Patria, el Gobierno le retribuya cuanto haya aportado su familia, sino que asegura que se dedicará a recuperar esos recursos en el marco del negocio privado de su familia). Tercero, y tal vez el valor cívico más importante, que al hacer la contribución solicitada para la causa de la revolución, la familia Duarte-Diez cumplía con un deber ciudadano y patriótico del que jamás tendría que arrepentirse.

El 27 de febrero de 1844 nació la República Dominicana. Duarte, como se sabe, regresó al país el 15 de marzo y de inmediato ofreció sus servicios a la Junta Central Gubernativa, dispuesto a luchar como militar activo por la defensa de la República, ya amenazada por una imponente invasión haitiana que comandaba en persona el presidente de ese país Charles Hérard. Sin embargo, además del diferendo bélico domínico-haitiano, afloró otro problema de consecuencias mucho más nefastas para la estabilidad del naciente Estado: las pugnas intergrupales, caudillistas, entre liberales y conservadores por el control del poder político, que dieron al traste con el partido trinitario.

Los trinitarios tuvieron que confrontar al sector conservador y llevar la lucha al plano del enfrentamiento fratricida. Al cabo de poco tiempo, en el mes de septiembre y tras sucumbir ante el poderío militar y económico de los proteccionistas y anexionistas, los revolucionarios se vieron precisados a tomar el camino del ostracismo, acusados nada menos que de traidores a la patria. Emiliano Tejera, al rememorar esos tristes episodios escribió: «Cinco meses antes eran Libertadores de la Patria; aún no hacía veinte días, un puñado de patriotas; y ahora, sin haber faltado a ley alguna, enemigos de la nacionalidad, reos de lesa nación, criminales dignos de muerte».[5]

Dos decenios después, tras el prolongado exilio durante el cual hasta sus hermanas habían perdido su rastro y llegado incluso a suponerlo muerto, Duarte reaparece. Al enterarse de que la República Dominicana había sido aniquilada y anexionada a España, decide regresar al país. En agosto del año 1862 el patrició escribió: «Los sufrimientos de mis hermanos me eran sumamente sensibles, pero más doloroso me era ver que el fruto de tantos sacrificios, tantos sufrimientos, era la pérdida de la independencia de esa Patria tan cara a mi corazón, y en lugar de aceptar la opulencia que nos degradaba acepté con júbilo la amarga decepción que sabía me aguardaba el día que no se creyeran útiles ni necesarios a particulares mis cortos servicios». Así, emprende la travesía de regreso a la Patria acompañado por varios compañeros de ideales, entre los que se encontraban el poeta Manuel Rodríguez Objío, quien fungió como su secretario particular. Una vez en tierra dominicana, desde Guayubín, en fecha 28 de marzo de 1864, Duarte les escribe a los miembros del Gobierno Provisorio de la Restauración:

«Señores Individuos del Gobierno Provisorio en Santiago.

»Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezando por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República ha concluido por vender al extranjero la Patria, cuya independencia jurara defender a todo trance; he arrostrado durante veinte años la vida nómada del proscrito, sin que la Providencia tuviese a bien realizar la esperanza, que siempre se albergó en mi alma, de volver un día al seno de mis conciudadanos y consagrar a la defensa de sus derechos políticos cuanto aún me restase de fuerza y vida.

»Pero sonó la hora de la gran traición en que el Iscariote creyó consumada su obra, y sonó también para mí la hora de la vuelta a la Patria: el Señor allanó mis caminos y a pesar de cuantas dificultades y riesgos se presentaron en mi marcha, heme al fin, con cuatro compañeros más, en este heroico pueblo de Guayubín dispuesto a correr con vosotros, y del modo que tengáis a bien, todos los azares y vicisitudes que Dios tenga aún reservados a la grande obra de la Restauración Dominicana que con tanto denuedo como honra y gloria habéis emprendido. Creo, no sin fundamento, que el Gobierno Provisorio no dejará de apreciar luego que me comunique con él personalmente lo que he podido hacer en obsequio del triunfo de nuestra justa causa, y espero de su alta sabiduría que sacará de ello importantes y positivos resultados».[6]

La noticia de que Duarte había retornado con el propósito de participar en la guerra restauradora, al parecer, no fue del agrado de ciertos caudillos del Gobierno Provisorio que juzgaron más conveniente para la causa redentora que el patricio regresara a Caracas en misión diplomática y así se lo comunicaron por conducto del vicepresidente Ulises Espaillat. La primera reacción de Duarte fue rechazar la propuesta, toda vez que había vuelto a la patria para luchar por su independencia; sin embargo, tras enterarse de un comentario avieso publicado en un periódico de La Habana según el cual su presencia en Santo Domingo era causa de desavenencias entre algunos líderes restauradores, el fundador de la República optó por aceptar la misión diplomática que se le había encomendado en Venezuela. Su decisión aparece expuesta en la comunicación del 15 de abril de 1864 que desde Santiago dirigió al gobierno provisorio, en la persona del vicepresidente Ulises Espaillat, y en la que se expresó en estos términos:

«El deseo de participar de los riesgos y peligros que arrostran en los campos de batalla los que con las armas en la mano sostienen con tanta gloria los derechos sacrosantos de nuestra querida patria y la falta de salud que experimentaba al recibir la nota fecha 14 del que cursa por la cual se me ordenaba alistarme para emprender viaje a Ultramar me compelieron con harto sentimiento a renunciar el alto honor que se me dispensaba en la importante misión que se trató de encomendarme; pero al ver el modo de expresarse con respecto a mi vuelta al país el Diario de la Marina se han modificado completamente mis ideas y estoy dispuesto a recibir vuestras órdenes si aún me juzgareis aparente para la consabida comisión, pues si he vuelto a mi patria después de tantos años de ausencia ha sido para servirla con alma, vida y corazón, siendo cual siempre fui motivo de amor entre todos los verdaderos dominicanos y jamás piedra del escándalo, ni manzana de la discordia. No tomo esta resolución porque tema que el falaz articulista logre el objeto de desunirnos, pues hartas pruebas de estimación y aprecio me han dado y están dando el Gobierno y cuantos jefes y oficiales he tenido la dicha de conocer, sino porque nos es necesario parar con tiempo los golpes que pueda dirigirnos el enemigo y neutralizar sus efectos».[7]

En agosto de 1864, Duarte llegó a Caracas para desempeñar una misión diplomática ante el Gobierno de Venezuela; sin embargo, en cierto sentido, esa nueva ausencia del país equivalía a una suerte de tercer y último exilio para el fundador de la República, ya que el destino no le depararía otra oportunidad para regresar a su amada patria. Desempeñó sus funciones de ministro plenipotenciario del gobierno restaurador hasta finales de marzo de 1865 cuando, a raíz del derrocamiento y posterior asesinato del presidente Pepillo Salcedo, el patricio consideró necesario que el presidente sucesor, el general Gaspar Polanco, ratificara el nombramiento que se le había expedido bajo la anterior Administración. En virtud de que la referida ratificación no se produjo, Duarte entonces dio por finalizada la misión diplomática que desempeñaba en Venezuela y escribió la célebre carta del 7 de marzo de 1865, dirigida al ministro de Relaciones Exteriores, Teodoro Heneken, en la que a un tiempo expuso las causas de su dimisión y formuló interesantes reflexiones acerca de la política internacional de la época.

Como podrá constatar el lector en esa misiva, que debería estar grabada con letras de oro sobre el arco triunfal de la Puerta del Conde, Duarte revela que fue un nacionalista y un patriota en todo el sentido de la palabra. Su formación política, hasta prueba en contrario, fue la más avanzada de su época. No tuvo excepciones ni preferencias políticas, salvo la independencia pura y simple. Y cuando se rumoreó que en la región del Caribe los Estados Unidos se disponían a aplicar la doctrina Monroe (fundamento teórico de la expansión territorial norteamericana con fines de establecer nuevos esquemas de «dominación sin hegemonía»), advirtiendo a las potencias europeas que no permitirían injerencias en la región al tiempo que gestionaban con un grupo de entreguistas nativos el arrendamiento de la bahía de Samaná o la incorporación del país a la Unión Norteamericana, el patricio reafirmó su férreo principio nacionalista destacando que siempre se opondría a la anexión de la República Dominicana no solo a esa poderosa nación del norte, sino a cualquier otra potencia de la tierra. Parte esencial de esa carta es como sigue:

«[…] En Santo Domingo no hay más que un pueblo que desea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra esta ley, contra el querer del pueblo dominicano, logrando siempre por medio de sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de la situación y hacer aparecer al pueblo dominicano de un modo distinto de cómo es en realidad; esa fracción o mejor diremos esa facción ha sido, es y será siempre todo menos dominicana; así se la ve en nuestra historia, representante de todas nuestras revoluciones: y si no, véase ministeriales en tiempos de Boyer, y luego rivieristas, y aún no había sido el 27 de Febrero cuando se le vio proteccionistas franceses, y más tarde anexionistas americanos y después españoles y hoy mismo ya pretenden ponerse al abrigo de la vindicta pública con otra nueva anexión, mintiendo así a todas las naciones la fe política que no tienen, y esto en nombre de la Patria! Ellos no tienen ni merecen otra patria sino el fango de su miserable abyección. Ahora bien, si me pronuncié dominicano independiente, desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad y Honor Nacional se hallaban proscritos como palabras infames, y por el merecí (en el año 43) ser perseguido a muerte por esa facción entonces haitiana y por Riviere que la protegía, y a quien engañaron; si después del año 44 me pronuncié contra el protectorado francés decidido por esos facciosos y cesión a esta Potencia de la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mí han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en las manos contra la anexión a España llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y parricida, no es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y protestaré siempre, no digo tan sólo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra Independencia Nacional y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del Pueblo Dominicano.

»Otrosí y concluyo: visto el sesgo que por una parte toma la política francoespañola y por otra la anglo-americana y la importancia que en sí posee nuestra isla para el desarrollo de los planes ulteriores de todas Cuatro Potencias, no deberemos extrañar que un día se vean en ella peleando por lo que no es suyo. Entonces podrá haber necios que por imprevisión o cobardía, ambición o perversidad correrán a ocultar su ignominia a la sombra de esta o aquella extraña bandera o como llegado el caso no habrá un solo dominicano, que pueda decir yo soy neutral si no que tendrá cada uno que pronunciarse contra o por la Patria, es bien que yo os diga desde ahora, (más que sea repitiéndome) que por desesperada que sea la causa de mi Patria será la causa del honor y que siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre».

Dos meses después de que se produjera la evacuación del territorio nacional por parte de las tropas españolas, con la soberanía nacional ya restablecida en toda su magnitud, Duarte le responde una carta al poeta Félix María del Monte, su amigo y viejo compañero en los afanes independentistas, en la que entre otras cosas le confiesa:

«Tienes razón y mucha, en aconsejarme, cual lo haces, diciéndome: consérvate bueno, conserva tu cabeza, y tu corazón; tienes razón, repito, porque nunca me fue tan necesario como hoy el tener salud, corazón y juicio; hoy que hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la Patria. Contristan el corazón del bueno y pretenden trastornar el juicio del Pueblo, con sus planes proditorios y liberticidas […] Procuraré conservarme bueno, conservaré mi corazón y mi cabeza, sí, mi buen amigo, así lo aconsejan mis amigos, así lo exige el honor, así lo quiero yo, porque pienso que Dios ha de concederme bastante fortaleza para no descender a la tumba sin dejar a mi Patria libre, independiente y triunfante.

»[…] Los providencialistas son los que salvarán la Patria del infierno a que la tienen condenada los ateos, cosmopolitas, orcopolitas (allá va esa expresión aventurada queriendo significar ciudadanos del infierno).[8]

»Todo es providencial y el crimen no prescribe ni queda jamás impune. Un 12 de julio, el del 43, entró Riviére en Santo Domingo y los buenos patricios fueron encarcelados o perseguidos hasta el destierro por haber querido salvar a su Patria, y el 12 de julio del año entrante entró el orcopolita Santan y los patriotas fueron o encarcelados o lanzados a un destierro perpetuo por haber logrado salvar la patria y no haber querido vender al extranjero […]

»Los enemigos de la patria, por consiguiente nuestros, están todos muy acordes en estas ideas, destruir la nacionalidad aunque para ello sea preciso aniquilar a la nación entera y cerrarnos las puertas de la patria…»[9]

A manera de conclusión

No cabe duda de que en los fragmentos de las cartas que anteceden afloran las más puras ideas del pensamiento político de Juan Pablo Duarte; pensamiento esencialmente nacionalista y patriótico, que le sirvió de sustento ideológico para su redentora labor revolucionaria en beneficio del pueblo dominicano. Fue un hombre de praxis y sus ideas políticas siempre estuvieron respaldadas por acciones concretas dirigidas a un propósito de bien colectivo. En otras palabras, Duarte supo vertebrar de manera armoniosa la teoría política con la práctica revolucionaria, y demostró poseer excelentes cualidades de planificador y organizador, aunque en este aspecto sus opositores impidieron que desarrollara plenamente su potencial creativo. Fue, en síntesis, un revolucionario intransigente cuya trayectoria de lucha siempre propendió hacia la conquista y conservación de la soberanía nacional pura y simple, sin posiciones intermedias.

Los dominicanos debemos gratitud imperecedera al principal Padre de la Patria, porque gracias a su incansable apostolado revolucionario, a sus principios éticos y morales, a su vocación democrática y a su indiscutible patriotismo, puestos de relieve en las cartas citadas en el presente trabajo, hacia mediados del siglo XIX, cuando muchos de nuestros ancestros lo juzgaban una utopía, América recibió un nuevo Estado libre e independiente de toda dominación extranjera que Juan Pablo Duarte bautizó con el nombre de República Dominicana.

Juan Daniel Balcácer es historiador, miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia. Ha sido profesor universitario de historia dominicana y frecuente colaborador de los principales periódicos y revistas nacionales. Autor de diversas obras sobre temas históricos dominicanos. Su libro Trujillo: el tiranicidio de 1961 fue galardonado con el premio Feria Internacional del Libro Eduardo León Jimenes 2007. Es presidente de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias.

Bibliografía

Ayala G. Duarte, Leonor de: Juan Pablo Duarte y Diez, fundador de la República Dominicana. Datos inéditos para la historia de Europa y América (páginas nuevas para la Historia de España con un manuscrito irlandés), Edicions Marré, Barcelona, 2007.

Duarte, Rosa, Apuntes para la historia de la Isla de Santo Domingo y para la biografía del general dominicano Juan Pablo Duarte y Diez (edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. Larrazábal Blanco y V. Alfau Durán), Instituto Duartiano, vol. I, Editora del Caribe, 1970.

Tejera, Emiliano: Antología (compilado por Manuel Arturo Peña Batlle), colección Pensamiento Dominicano, Librería Dominicana, Ciudad Trujillo (Santo Domingo), 1951.

Guha, Ranahi, La historia en el término de la historia universal, Crítica, Barcelona, 2003.

Dominance Without Hegemony, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1997.

Rodríguez Demorizi, Emilio, En torno a Duarte, Academia Dominicana de la Historia, vol. XLII, p. 62, Editora Taller, Santo Domingo, 1976.

[1] Cf. Diario de Rosa Duarte, p. 221.

[2] Para una definición del concepto «dominación sin hegemonía», de origen gramsciano, ver Ranahi Guha, La historia en el término de la historia universal, Crítica, Barcelona, 2003, al igual que su obra Dominance Without Hegemony, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1997.

[3] Ver art. 18 del Proyecto de Ley Fundamental en Emilio Rodríguez Demorizi, En torno a Duarte, Academia Dominicana de la Historia, vol. XLII, p. 62. Editora Taller, Santo Domingo, 1976.

[4] Ver Diario de Rosa Duarte, p. 42.

[5] Cf. Exposición al Congreso Nacional en 1894.

[6] Ibídem, pp. 226-27.

[7] Ob. cit., p. 231.

[8] Duarte acuñó el neologismo orcopolita para significar, como indicó, «ciudadano del infierno». Así, llamaba al general Santana «el orcopolita Santana», cuyo apellido también escribía «Santan», asociándolo a Satanás.

[9] Ob. cit., pp. 268-272.


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