Artículo de Revista Global 45

Las ideas del progreso y la modernidad en América Latina y el Caribe

En artículo intenta describir ciertos rasgos distintivos del proceso marcado por imitaciones y singularidades de los estados latinoamericanos. Con esto se intentará argumentar que en el seno de esta escenificación subsiste el dualismo conceptual que encarna en las ideas de modernidad y modernización, y cómo esto conlleva al penetrante descreimiento en la idea de progreso material y espiritual, que subyace en nuestra actualidad.

Las ideas del progreso y la modernidad en América Latina y el Caribe

La modernidad política de América Latina está ligada al proceso de construcción del Estado y de lo nacional. Los sentidos que signan el devenir de la palabra “progreso” en el discurso de lo “moderno”, sus fuentes y sus dispositivos de normalización en el marco de las instituciones políticas, s e refieren a u n nuevo individuo cuyo presente se abre al porvenir, a lo nuevo, como redefinición de un pasado colonial.1 En la discusión sobre hispanidad y latinoamericanidad, la idea de modernidad es un movimiento discursivo de avance y retroceso, imitación y originalidad frente a la Europa de la España colonial, la Francia y la Inglaterra ilustradas y revolucionarias y los Estados Unidos de Norteamérica liberal, imperialista e industrial. En este contexto afloran como síntesis dos rasgos de la originalidad latinoamericana: 1) el sentido más o menos unitario del relato de la construcción de los estados-nacionales latinoamericanos,2 y 2) la existencia de un pensamiento ilustrado crítico, científico o filosófico, que desde los orígenes coloniales y poscoloniales de aquella historia, autopropiciara germinalmente la preocupación por definir el sentido de una “identidad” y con ello de lo nacional, para decirlo con palabras del filósofo Enrique Dussel (2007).

Si bien es cierto que en el devenir, muchas veces sangriento y desolador de la modernidad política de América Latina, se observan trazos de originalidad fundamental, como es el caso de la construcción justamente de estados nacionales; esto es, siguiendo el modelo liberal que podríamos atribuir a la Europa del siglo XIX –estados que gobiernan una nación y no un conjunto de naciones–, y que el Estado contribuiría a fomentar y proteger la nación, uniendo a los ciudadanos en torno a estructuras del poder centralizado –de gobierno–, así como el conjunto de materiales simbólicos que irrigan el sentido de identidad nacional; también es cierto que la edificación del Estado como institución abierta a la modernidad política y en busca de afirmarse con autonomía en la historia, desde 1810 hasta principios de 1900 estuvo marcada por el deseo, quizá el ideal de una comunidad nacional, indudablemente recorrida por las arriesgadas elucidaciones integracionistas que se remontan a visionarios como el venezolano Francisco de Miranda (1750-1816), quien hacia 1790 propusiera la idea de América Latina como un posible estado independiente; el peruano Juan Egaña (1768-1836), quien sugirió la creación de una federación entre los Estados Unidos, la América hispana y España; el centroamericano José Cecilio del Valle (1780-1834), quien propuso en igual sentido la firma de un acuerdo comercial para la conformación de una federación de estados centroamericanos.

En la escena del siglo XIX y del siglo XX latinoamericano se consumaron trascendentales y variadas transformaciones políticas: 1) un proceso marcado por la búsqueda de independencia, que consolidó el sentido de una racionalidad centralizadora del poder político, propia de los estados nacionales y que se sobrepuso a las primeras ideas integracionistas latinoamericanas;3 2) un proceso de relativo absolutismo y un marcado autoritarismo que se expandió por toda el área; 3) el proceso de consolidación de acuerdos o convenios multilaterales entre países latinoamericanos, que desde principios del siglo XX darían lugar a las Conferencias Interamericanas que se venían celebrando periódicamente, hasta que en 1948 se creara una entidad supranacional con jerarquía jurídica, la Organización de Estados Americanos (OEA), prácticamente inspirada en el derecho internacional público americano; 4) el naciente imperativo de crear acuerdos bilaterales y multilaterales que comienza, en especial, desde mediados de la década de los cincuenta en forma de regionalismo proteccionista y que desembocaría en un regionalismo de apertura ya en la década de los noventa; y 5) un proceso de democratización, singular n los distintos países de América Latina, que como se intentará mostrar puede ser mucho más desigual en los países del Caribe hispano: República Dominicana, Cuba y Puerto Rico.

Las normas jurídicas e instituciones de los Estados Unidos de Norteamérica y las de algunos países de la actual Unión Europea –antes ligados a la colonización– como España, Portugal, Francia e Inglaterra, servirían unas veces como ejemplo y otras como contraejemplo, para forjar el ideal de progreso material y espiritual de los estados nacionales latinoamericanos.

Es prácticamente imposible el análisis completo y cabal de las singularidades que surgen con el desarraigo del imperio colonizador, pero al menos aquí vale tocar un último fenómeno que emergió4 durante la primera mitad del siglo XIX latinoamericano.

Con los movimientos de independencia, cobran visibilidad nuevos repertorios de acción política muchas veces informales –como fue el caso del caudillismo en México– y con esto tendría lugar una nueva resignificación de lo político, de las instituciones y lo que de ellas se aspira y construye. Nacen los primeros regionalismos ligados a la figura del caudillo y con este, el primer enardecimiento del sentir popular en busca de nuevas maneras, muchas veces informales e impredecibles, de reivindicación, de legitimidad por la fuerza y defensa del territorio.

Del caudillismo surgirían las primeras formas patrimonialistas de los estados latinoamericanos, las primeras “sectas políticas” y después los primeros partidos políticos, sobre todo burgueses –acaso podría ya hablarse de la política como  profesión–.

Paralela y prácticamente a la sombra del hacer político, reavivarían las primeras ideas político filosóficas latinoamericanas, que muchas veces quedarían para nuestros tiempos como atisbos de lo que algunos pensadores ilustrados desearon y no en todos los casos pudo ser; no obstante, siempre marcadas por la idea de progreso material y espiritual como forma de pensar de aquella modernidad política; de la nueva aventura latinoamericana en busca de definición, de identidad.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX el significado de una modernidad política en América Latina quedará definido por la Revolución cubana de 1959. El desbordamiento territorial hacia fronteras extraoccidentales de su confrontación político ideológica y de su lucha conmovió las bases del sistema capitalista –de sus estrategias expansivas– desde el Caribe hispano. Esa rotundidad tocaría el significado antropológico a partir del cual el ser humano es producción y consumo, que cimenta ese sistema.

El examen de este caso en particular entraña tal vez una de las más profundas paradojas de nuestros tiempos ligada a la idea del progreso –que vale decir aquí, es congénita racionalidad que aspira a la sistematización, modelización y la predicción de los fenómenos propia del pensar de la modernidad que instaura la idea de progreso–: se trata de la relación que existe entre modernidad y modernización. Paso a examinar el caso.

Revolución cubana: la modernidad y la modernización

El relato contemporáneo de un Caribe hispano es profundamente dramático, sobre todo en el contexto de una actualidad que diversos autores coinciden en llamar “modernidad madura”, marcada por la Revolución cubana (1959). Esto por su originalidad política,5 al imbricarse en el imaginario popular, en el descubrimiento de las luchas del pueblo, y que a la par influye en la geopolítica durante y pos Guerra Fría (1989) entre la antigua Unión Soviética y los Estados Unidos, tanto como en el marco de las relaciones entre Estados Unidos y los países de América Latina, entendidos aún por aquel tiempo, como países de la “dependencia”. Esta revolución aparece en esa escena como la nueva institución justificadora de una forma centralizada del poder político, en torno al líder principal de ese poder; una concepción de la soberanía del Estado, cerrada a admitir en su interior toda racionalidad político económica que no comulgue con su modelo estatalista, una institucionalidad basada en la planificación central, y una concepción de la autonomía del Estado erigida sin invocación a ningún principio divino y al margen de dogma alguno, pero en el marco de la cual se recrearía la libre expresión religiosa.6

Este discurso significa la entrada en una modernidad en cuanto buscó enraizarse en el descubrimiento de una nueva identidad política y enarbolar un cambio de perspectiva hacia nuevos y distintos valores.

El discurso político de la revolución encontraría la fuerza expresiva de su mensaje en la igualdad de proposiciones que sintetizaría de la siguiente manera: “La Revolución desea luchar por el pueblo, el pueblo es la Revolución”. Al revisar las declaraciones de su líder principal, Fidel Castro, se lee una revolución que busca mitificarse en la historia y un pueblo que encarna esa mitificación como protagonista de sus reivindicaciones sociales.

Este discurso, pragmático, cambió el curso de la historia cubana, desarraigó el pueblo de un pasado político y lo reposicionó en la perspectiva de un nuevo horizonte de valores.

La connotación de las acciones políticas que adquieren este giro con relación a las acciones de su antecesor, Fulgencio Batista, y el estilo de gobiernos burgueses que precedieron a este, es radical. Las instituciones políticas marcadas por la institucionalidad burguesa –pensar en la burocracia y en aspectos como la impartición de justicia– la autonomía del Estado, la administración económica al interior y hacia el exterior del Estado, así como la propia concepción de soberanía, respondían a un sentido personalista más que socialista, patrimonialista más que estatista y dictatorial más que revolucionario, de la acción política y de las instituciones del Estado.7

¿Qué significa la idea de progreso material y espiritual en este contexto de cambio? Estas instituciones y lo que estas representaron marcaron el comienzo de la ruptura con un pasado de cerca de cuatrocientos años de dominación colonial española, del influjo de los Estados Unidos que se instauraría prácticamente desde 1898 hasta mediados del siglo XX, que culminaría con la dictadura de Batista y, finalmente, con las relaciones económicas, políticas y militares con aquella nación, que aún en los albores de la misma revolución tenía gran incidencia sobre Cuba.

Los espacios públicos de mayor visibilidad fueron el escenario de la conflagración entre obreros que en esa circunstancia política demandaban mejores condiciones laborales, y las empresas norteamericanas que operaban en territorio cubano. Los tanteos de expropiación de empresas extranjeras por el nuevo Gobierno, el profundo sentir nacionalista que entrañaba la reforma agraria como uno de los principales emblemas revolucionarios y la renuncia a toda fuente de “ayuda” extrajera, ya sea esta del Gobierno norteamericano o de organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y sus programas de “reajuste” y “austeridad”. Estos hechos, son apenas la síntesis del desarraigo que experimentaría el Estado cubano y su nueva forma de gobierno, con relación a la economía capitalista mundial y, sobre todo, con la relación a los Estados Unidos (Bethell, L. Eds., 1991).8

Por otra parte, las acciones de apoyo militar y las misiones de civiles en diversas naciones del mundo, así como la radicalidad con que se asumiría la responsabilidad de modernizar la educación, marcarían el segundo significado que debemos retener, y podría ser definido como sentido del progreso hacia afuera, por estar ligado este casi exclusivamente a la política exterior del gobierno de Cuba.

Comienza a hablarse en aquel tiempo de Cuba como “la casa segura e igualitaria”, “el hombre y la mujer nuevos”, “la liberación humana de la explotación del hombre por el hombre”.9

Si progreso significa el ideal de propiciar mejores condiciones de vida sin distinción de clase social, la ideología que fundamentaba este significado obligó a concentrar el poder en lo que se convertiría después en una nueva élite política, ya no al estilo de las antiguas élites políticas burguesas cubanas, sino declaradamente inspirada en el ideal de lograr esa aspiración del pueblo, pero que, como en todo proceso de modernización, generaría sus propios excluidos.

Ese horizonte de aspiraciones vería diversos y dramáticos momentos de crisis económicas y, sin lugar a dudas, allí estuvo presente el debate polarizador de una sociedad en la que pugnaron el modelo socialista de la centralización de la administración del Estado y el capitalista que privilegiaba la autonomía. Por largo tiempo, ya sean movidas por la intención, o por la obligación del momento, se sustentaron desde un principio en la casi agotada producción de la caña de azúcar,10 lo cual impidió tanto la diversificación de la producción como el imperativo de trasvasar las fronteras de una industrialización subdesarrollada, que se acentúo aún más con el acuerdo de 1964 entre el Gobierno cubano y la antigua Unión Soviética, cuyo fin era inducir la producción de este rubro hasta 1970, cuando se esperaba lograr la meta de 10 millones de toneladas.

El paso de los cambios fue sustancialmente rápido. Entre mediados de 1959 y principios de 1961 se había materializado la ruptura, al tiempo que la nueva alianza con la antigua Unión Soviética definía el sentido del discurso del “progreso revolucionario hacia afuera”11 y la política exterior enarbolaba el ideal de solidaridad internacionalista; a través de apoyos militares en otros países, especialmente durante la década de los setentas.

Si bien es cierto que el drama de una posible conflagración bélica profundizó el distanciamiento en ocasiones forzoso de Cuba, también es cierto que ganaba la simpatía de muchas otras naciones, puesto que al mismo tiempo internacionalizaba un cierto ideal de solidaridad necesaria en América Latina. Su alianza desde la década del sesenta con la Unión Soviética, su participación entre los países no alineados, sus buenas relaciones con el Gobierno español después de la muerte de Franco (1975),12 sus relaciones con el Gobierno mexicano durante las protestas suscitadas entre 1968 y 1971, así como con países de la Europa occidental y con Japón –especialmente durante la década del setenta, al igual que con África y Asia–. Recordar los numerosos soldados cubanos que lucharon en misiones militares y civiles en países como Angola, Etiopía y en diversas naciones de América Latina.13 Y, en lo específico, estas, que fueron acusadas por su marca sustancialmente ideológica: las acciones de apoyo militar a otros países se verían resignificadas y redimensionadas especialmente después de mediados de la década de los ochenta por el desarrollo que habían experimentado los niveles de educación formal y de sanidad en Cuba.14

Si es posible hablar del sentido latente o manifiesto en el núcleo argumentativo que ha sustentado el sentir y el pensar de la revolución y sus distintas resignificaciones, puede decirse que este sentido se patentiza en la apertura hacia una modernidad política palpable en la aspiración, en el intento de trastocar los valores de un pasado anquilosante, petrificado; pero también puede decirse que esta aspiración, que este intento, caló en las instituciones políticas y que por esto se constituye en un discurso de modernización.

Si vemos la modernidad desde esta perspectiva, a-epocal, entroncada en la negación del pasado y el nacimiento de lo nuevo y propio, puede afirmarse entonces que en países del Caribe hispano, por ejemplo, como la República Dominicana y Puerto Rico, así como en otros tantos de América Latina, se ha operado un proceso de modernización, bajo las influencias de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y sus proyectos de reforma y modernización del Estado.

Un momento singular y dramático de este proceso modernizador, fue cómo las ideas de la filosofía y la teología de la liberación, así como las de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), ligadas a los modelos de sustitución de importaciones, y orientadas a pensar desde dentro a América Latina, desde la dependencia, quedaron prácticamente relegadas por el influjo de las políticas neoliberales cuya aplicación comenzó prácticamente durante la década de los ochenta:15 discursos como el de la “competitividad”, la apertura comercial hacia el “gran mercado”, las “reformas fiscales”, las “olas de privatización” y, finalmente, “la reforma y modernización institucional del Estado” conforme a las propuestas del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), cobraban vida en las instituciones de la administración pública.

¿Cuál es el paradójico sentido que se esconde detrás de aquellos hechos sociopolíticos que producen el cambio hacia nuevos valores, el desarraigo, la modernidad? Reflexionando las claras diferencias sociopolíticas que se han operado durante los últimos cincuenta años en Cuba, en comparación con la República Dominicana y con relación a Puerto Rico, marcadas por un sistema capitalista de ascendencia neoliberal, ¿podría tal vez hablarse de modernidades y de procesos distintos de modernización?

Diversos autores han tratado de abordar las complejidades de este tema desde variadas perspectivas. Cabe rememorar el argumento de Norbert Lechner, en el que llama a esto “modernización sin modernidad”. Lechner (1990) distingue con claridad que, a diferencia de la idea de modernidad, la modernización es una visión técnico instrumental referida a las ventajas que ofrecen unos y otros modelos de modernización, relegando la reflexión normativa de la reestructuración de la sociedad. La base de esta perspectiva es esencialmente de carácter económica,16 acompañada del cierre de industrias obsoletas, promueve la informatización de los procesos, diversificar las exportaciones y recrear nuevos dispositivos de financiación como forma de apertura al gran mercado capitalista, y podríamos decir que tiende a crear nuevas y más altas expectativas de consumo.

Si coincidimos en comprender la modernidad como autodeterminación política y como sentido de autonomía moral –tal como se sugiere en este trabajo a partir del caso de la Revolución cubana– y la modernización como el desarrollo de una racionalidad instrumental que entraña la medición y el control de los procesos sociales, cabe observar entonces cómo la modernización ha generado sus propios excluidos, movidos por las expectativas de un progreso material, ya sea este motivado por una ideología que sustente el individualismo, como el capitalismo, o la igualdad social como el socialismo.

Con este nuevo tema, el de la exclusión social, surge el descreimiento del progreso material como posibilidad generalizable a las grandes mayorías.

Las preguntas, que no podré resolver en este texto, pero que formulo para el desarrollo de escritos posteriores, en principio, son:

¿Cómo modernizar –en cuanto a esto cabe pensar, de acuerdo con Lechner, en eficacia, en eficiencia, en productividad, en competitividad local, nacional y transnacional– sin relegar normas universales relevantes para la coexistencia social y cultural entre individuos y entre Estados; ahora pensar en la soberanía popular y en los derechos humanos? Epistemológicamente, ¿cuál es el horizonte comprensivo de una filosofía política y de las prácticas individuales e interestatales, para la coexistencia mutua, en el contexto de los discursos emergentes en América Latina, pienso en el significado que esto adquiere al dilucidar paradojas como el logro de la gobernanza local y la integración regional, erradicar la pobreza y enfrentar la naciente sociedad tecnológica y robotizada?

Pedro José Ortega Espinal es profesor e investigador del Instituto Global de Altos Estudios de Ciencias Sociales y de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Se concentra en investigaciones sobre América Latina y el Caribe desde la perspectiva de la filosofía política y social. Además, ha realizado una diversidad de estudios de opinión y percepción sobre temas sociopolíticos. Ha publicado y presentado sus trabajos en diversos escenarios académicos a nivel nacional e internacional.

Notas

1 ¿Quiénes pertenecen y quiénes son los excluidos en este significado? ¿Bajo qué condiciones pertenecen y mediante qué mecanismos son excluidos? Estas son las cuestiones formuladas por Dussel en su obra Políticas de liberación: Historia mundial y crítica, al proponer este momento como el de “liberación”.

2 El texto de López-Alvez (2010) aquí citado, permite ahondar en esta argumentación.

3 En la Carta de Jamaica, Simón Bolívar duda de una posible integración de los Estados de América Latina.

4 La idea de emergencia en este caso procede de las ciencias de la complejidad. Se trata de un fenómeno con características singulares a partir del cual se derivan otros de gran significación.

5 Para ampliar este concepto, ver el texto Políticas de liberación: Historia mundial y crítica de Enrique Dussel, en su capítulo “El discurso político en la modernidad madura”. El texto dice que este discurso político es original por su heterodoxia anti-dogmática. La Revolución cubana aparece como un rasgo distintivo de la modernidad madura latinoamericana. Aquí planteo que justamente este discurso, sus re-significaciones y rescenificación en el tiempo, es un rasgo distintivo de la modernidad política del Caribe hispano, del cual debe surgir a la postre un pensamiento que refleje el entramado de ideas de una identidad política y cultural. Y entiendo que el análisis crítico contemporáneo aspira a encontrar convergencias y divergencias (singularidades), con relación al Caribe de habla inglesa y francesa. Así lo revelan intentos como la conferencia titulada “El Caribe hispano: Hacia un campo de estudio propio”, celebrado en julio de 2011 en la República Dominicana.

6 El artículo 55 de la Constitución cubana dice: “El Estado, que reconoce, respeta y garantiza la libertad de conciencia y de religión, reconoce, respeta y garantiza a la vez la libertad de cada ciudadano de cambiar de creencias religiosas o no tener ninguna, y a profesar, dentro del respeto a la ley, el culto religioso de su preferencia. La ley regula las relaciones del Estado con las instituciones religiosas”.

7 Muestra de esto es cómo la coyuntural visita amistosa del entonces vicepresidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, y la firma de una acuerdo de venta del azúcar cubana a la Unión Soviética influirían sobre la realización de elecciones libres, aspecto que junto con la firma de una ley de amnistía (del 7 de mayo de 1955), cambiaría el rumbo de los acontecimientos en Cuba, dando paso a aquel discurso de la revolución que sería vitoreado por la gran mayoría del pueblo cubano. El libro de James D. Cockcroft América Latina y Estados Unidos: Una historia y política país por país describe detalladamente esta síntesis (pp. 339-345).

8 Así, esta ruptura con el pasado significaría la entrada en un nuevo esquema de instituciones, que intentaba mirar hacia nuevos valores, ideales que reñían con los de aquella sociedad “liberal”.

9 Para ampliar, ver el texto de James D. Cockcroft América Latina y Estados Unidos: Una historia política país por país (pp. 339-340).

10 La estrategia económica cubana de cara a los años setenta se sustentaba en el desarrollo inducido de la producción de azúcar. El incremento de la producción de este rubro de 3,8 millones de toneladas de azúcar cruda en 1963 a 10 millones en 1970. Para la revolución, esta estrategia tenía como telón de fondo el orgullo, y era una muestra de independencia frente a otras naciones, y como forma de afrontar las dificultades propias.

11 En el paso de un momento a otro, el mundo respiró el drama de esta conflagración que en instantes muy específicos llegó a cifrar la idea de una tercera guerra mundial. Basta recordar el apoyo armamentista que ofrecería la antigua Unión Soviética al Gobierno cubano en 1960 y que se materializaría con la colocación de 42 misiles balísticos en su territorio, el giro que esto daría a las estrategias geopolíticas y militares del Gobierno estadounidense en la región latinoamericana, y el revuelo político de la revolución cubana en ese contexto.

12 Al menos estratégicamente, en España como en muchos otros lugares, el Gobierno cubano optó por mantener buenas relaciones, antes que promover la revolución.

13 Durante la década de los ochenta, más de 15,000 cubanos prestaron servicio en misiones civiles en alrededor de casi treinta países. La sanidad y la educación levantaron el orgullo revolucionario frente al mundo, aún a pesar de la pobreza material que se extendía en el territorio cubano (pensada aquí en términos de capacidad de acceso a bienes y servicios). A esto se suman los miles de soldados (que algunos autores cifran en más de 35,000) que sirvieron voluntariamente en países como Angola y Etiopía, entre otros países, inclusive latinoamericanos (Leslie Bethell, Eds.).

14 El brillante capítulo vi del texto Historia de América Latina: La independencia, de Leslie Bethell, amplía sustancialmente algunas informaciones que en este acápite apenas se describen sucintamente para apoyar las ideas del “progreso hacia dentro” y “hacia adentro”. El texto describe que “Después del estancamiento que había experimentado Cuba en materia de educación formal desde el primer cuarto del siglo XX hasta recién entrada en escena la Revolución, cuando se dio inicio a las primeras acciones dirigidas a reducir el analfabetismo, que aún se situaba en 12.9% hacia 1970 y que se reduciría a 5.6% hacia finales de los 80, en 1979, alcanzando mejores y notables puntajes hacia la década de los 90” (Eds., pp. 183-227).

15 Cabe destacar que aún a pesar de esta afirmación, en países como la República Dominicana, el modelo de sustitución de importaciones permitió desarrollar un importante sector exportador en base al modelo de zonas francas, el cual permitió reducir en su momento el nivel de desempleo prevaleciente. Sin embargo, predominaron las políticas de salarios mínimos, casi de subsistencia, y aún a pesar de las exenciones otorgadas por el Gobierno dominicano a los empresarios del sector. En este contexto, la fuga de capitales fue dramática durante la crisis de 1980, produciendo así un saldo negativo no solo en la balanza comercial, sino también en el ser humano cuyas capacidades lo llevaban a ver en este tipo de trabajo un aliciente a la, ciertamente, histórica pobreza predominante por aquel tiempo.

16 En su artículo, Norbert Lechner habla no solo de la importancia que adquiere lo económico en la idea de modernización, sino que también apunta lo cultural como parte de esta perspectiva.

Bibliografía

BADIE, B.: L’ Etat importé. L’ occidentalisation de l’ ordre politique, Paris: Fayard,

Politique Comparée, Paris, P.U.F.: Thémis, 1990.

Sociologie de l’Etat, Paris: Grasset, 1979.

DUSSEL, E.: Política de la liberación: Historia mundial y crítica, Madrid, España: Trotta, 2007.

BETHELL, L. (Eds.): Historia de América Latina: La independencia. Barcelona:

Critica, 1991.

FOUCAULT, M.: Defender la sociedad, Argentina: Fondo de Cultura Económica [Traducción al español de Horacio Pons], 1997.

HERMET, B. B.: Política comparada, México: Fondo de Cultura Económica [Traducción al español de Mercedes Córdoba], 1993.

BECERRIL VALENCIA Jesús Adolfo (En Leticia Bobadilla González y Yolanda Juárez Hernández, C. Cambio social y cultural caribeño, siglos XIX y XX. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2009.

LECHNER, N.: “¿Son Compatibles modernidad y modernización? Desafíos de la democracia latinoamericana”, Documento de trabajo FLACSOChile, No. 440 . Chile: FLACSO, marzo de 1990.

LÓPEZ-ÁLVEZ, F.: “Los caminos de la modernidad: Comparando a Europa y Estados Unidos con América Latina”, América Latina Hoy, núm. 57 (57), pp. 51-77, 2011.

SMOUTS, B. B.-C.: Los operadores del cambio de la política mundial: Sociología del escenario internacional. México: Fundación Nacional de Ciencias Políticas de Francia y Dalloz-Publicaciones Cruz, 2000.

WALLERSTEIN, I.: “La reestructuración capitalista y el sistema-mundo”, Conferencia magistral en el Congresode la Asociación Latinoamericana de Sociología. México: Asociación Latinoamericana de Sociología (del 2 al 6 de octubre de 1995).

WINNER, L.: “Resistance Is Futile: The Posthuman Condition and Its Advocates. En H. W. Casey”, Is Human Nature Obsolete?: Genetics, Bioengineering and the Future of the Human Condition (págs. 385-411). Cambridge: The IMT Press, 2005.


MÁS DE ESTE AUTOR


Tolerancia y participación ciudadana en el escenario de la democracia

La tolerancia es la base de la democracia. La vida moderna se explica por su sentido de aceptación y reconocimiento del otro, imperativo que permitiría incorporar el multiculturalismo en el esquema ideológico del régimen democrático-liberal moderno. La Encuesta Nacional de Opinión Pública 2004 advierte que la sociedad dominicana no es ni tan plural ni tan abierta como se podría desear a la luz de un "ideal de tolerancia".
Leer artículo completo