Artículo de Revista Global 63

Las llagas de Babalú Ayé

El desarrollo de conversaciones entre Cuba y Estados Unidos sobre el diferendo que separa a ambos países desde hace cincuenta y seis años atrae la atención del mundo. Presumiblemente, será un proceso largo y contradictorio, en el cual los actores que hoy parecen más beneficiados a largo plazo podrían no serlo. Es, de cualquier forma, un evento que amerita un análisis cuidadoso por lo que significa para el pueblo cubano y por la influencia que está teniendo sobre la geopolítica latinoamericana.

Las llagas de Babalú Ayé

El 17 de diciembre de 2014, día en que los cubanos celebran a san Lázaro, los presidentes Raúl Castro y Barack Obama hicieron públicos los esfuerzos que sus respectivas administraciones venían realizando desde hacía dieciocho meses para facilitar un acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, protagonistas de un diferendo que dura más de medio siglo. El simultáneo anuncio presidencial de una agenda mínima para buscar el deshielo ha generado las más disímiles reacciones. Una cosa es obvia, el resultado de ese diálogo –que cuenta con el apoyo del Vaticano, la inmensa mayoría de los gobiernos en el mundo y de los organismos internacionales– se hará sentir sobre la política y la economía de América Latina y el Caribe.

Habida cuenta de que san Lázaro sincretiza en la santería cubana con Babalú Ayé, ante cuya imagen miserable y cuajada de llagas que los perros lamen van los fieles a rogar la cura de alguna enfermedad, cabe la pregunta de si se habrá escogido para el anuncio esa fecha del 17 de diciembre con total lucidez acerca de su valor simbólico. Quizás.

Hielos del presente

Suspicacias más, suspicacias menos, cualquier opinión sobre el «acercamiento» entre ambos rivales requiere prudencia. Primero, porque hay más brumas que claridades en torno a las intenciones de los actores y, en el caso cubano, resulta muy arriesgado pronosticar hasta dónde está dispuesto a ir un grupo con casi sesenta años empuñando las riendas del poder absoluto. Segundo, porque el más de medio siglo transcurrido está repleto de intransigencias bipolares y verdades a medias que, sin embargo, han sido asumidas como dogmas por millones de personas en varias partes del mundo.

La revolución que en 1959 desterró del poder en Cuba a Fulgencio Batista fue desde el asalto mismo al cuartel Moncada, en 1953, una habilidosa siembra de símbolos por parte de Fidel Castro. Y muchos de esos símbolos, que apuntaron siempre –de manera recta o sesgada– a la consolidación de un control total sobre la sociedad cubana y al establecimiento de un liderazgo en América Latina, han continuado operando a pesar de su desgaste o de su completo agotamiento.

En rigor, ese proceso político que llamamos «revolución cubana» cesa en algún momento entre 1967 y 1968, con la institucionalización de un sistema político que desde entonces ha cambiado muy poco. La cubana es una de las sociedades del hemisferio occidental que menos ha evolucionado en las últimas cuatro décadas y que más aislada ha sido mantenida de la profunda renovación social ocurrida a partir de los años ochenta del pasado siglo a lomos de la revolución tecnológica. Lo que en 1959 triunfó como un proceso político inclusivo y apoyado por la mayoría de las clases sociales cubanas, en la entrada de los años setenta era ya una estructura de poder excluyente, nucleada en torno a un liderazgo que no admitía cuestionamientos e inscrita en la órbita del socialismo soviético. Pocos contribuyeron tanto a esto como la política de Estados Unidos.

Los conflictos entre ese país y el triunfante liderazgo cubano de 1959 fueron inmediatos. En 1960 Estados Unidos comienza el embargo contra Cuba,1 como respuesta a las nacionalizaciones de las empresas norteamericanas en esta isla del Caribe; a inicios de 1961 rompe las relaciones diplomáticas; y en abril de ese año da soporte a la invasión de Bahía de Cochinos. Actuaba el Gobierno norteño como gallo que había impuesto su impronta por cualquier medio en el gallinero latinoamericano, donde nadie los había retado de esa forma sin pagar un precio muy alto. Pero la perseverancia en esa actitud por más de medio siglo ha dado al Gobierno cubano, y particularmente a su liderazgo, el enemigo que necesitaba para generar un equilibrio internacional que dura hasta hoy.

En rigor, el Gobierno cubano se ha encauzado a través de dos vertientes interactuantes aunque bien diferenciadas: hacia el interior del país, una férrea centralización que conculca las libertades individuales de los ciudadanos, así como las vías de expresión y desarrollo ajenas al Gobierno; en el plano internacional, el posicionamiento del pequeño país enfrentado al poderoso imperio yanqui, defensor de la independencia y solidario con los más débiles. Si ambas vertientes han podido coexistir, se debe a la complicidad de numerosas fuerzas políticas, pero sobre todo a una postura en la que Estados Unidos ha insistido incluso luego de desaparecer el bloque socialista y terminar la guerra fría, cuando el Gobierno de la isla caribeña no representaba un peligro para nadie… salvo para el pueblo cubano.

La mayoría de la izquierda y muchas otras fuerzas políticas a escala mundial –pero sobre todo en América Latina– han preferido fingir que no ven la contradicción latente en la coexistencia de esas dos vertientes con la finalidad de usufructuar el argumento antinorteamericano que el Gobierno cubano les ha extendido con sobrada fruición. Así, los últimos cincuenta y seis años han conocido la prevalencia de un equilibrio que ha rendido pingües ganancias políticas al régimen de la isla, le ha permitido extenderse hasta el siglo xxi sin cambios apenas y alcanzar un punto de eficiencia absoluta, ese donde el enemigo funciona como contrapeso, que es igual a decir como aliado.

¿Podrá el actual diálogo cubano-norteamericano hacer inútil ese equilibrio malsano que toma como rehenes a millones de cubanos? Cada uno de los actores involucrados en el conflicto tendría una respuesta diferente para esa pregunta.

Distancias como témpanos

El Gobierno cubano llega al diálogo empujado por una insoportable situación económica. La estructura productiva estatista es un monumento a la ineficiencia, la ciudadanía vive de vender o comprar mercancía robada a través de un descomunal mercado negro, y la gestión privada es aún tibia, posee una base legal frágil y se sabe observada con suspicacia por las autoridades. A esto se suma el hecho decisivo de que el proyecto socialista en Venezuela se tambalea. El Gobierno cubano sabe que Maduro y compañía avanzan hacia un agotamiento inevitable, lo que pone en grave riesgo el suministro petrolero a Cuba. Por último, el avejentado liderazgo cubano, que ya pasó en 2008 de Fidel Castro a su hermano Raúl, tiene que encontrar las vías para dejar el poder en manos de agentes confiables y, de esta forma, blindarse ante la justa rendición de cuentas a que debería ser sometido por los resultados de su largo mandato.

Muy alarmante ha de ser la situación cuando el anciano liderazgo cubano asume el riesgo de renunciar a un antinorteamericanismo que tan redituable ha sido para ellos durante décadas. Eso sí, en la pasada Cumbre de las Américas celebrada en Panamá, dejaron un mensaje claro: están dispuestos a conversar con Estados Unidos, pero no con la disidencia cubana. Mientras Raúl elogiaba al presidente norteamericano, la delegación cubana boicoteaba las reuniones de la sociedad civil americana y organizaba actos de repudio contra quienes asistieron a la Cumbre en representación del exilio y la disidencia interna en Cuba.

A corto plazo, el Gobierno de la Isla aparece como el gran ganador en estas negociaciones: nada concede en lo relativo a derechos humanos y libertades civiles dentro del país y, a cambio, recibe el ser sacado de la lista de Estados que patrocinan el terrorismo, la promesa de trabajar para eliminar el embargo, al tiempo que se reanudan las relaciones diplomáticas con su archienemigo, todo lo cual podría significar inversiones extranjeras, crecimiento del turismo y acceso a financiamiento internacional. A largo plazo, no obstante, creo que el Gobierno de la Isla será el gran perdedor. Con una fuerte entrada de capital extranjero y una gestión económica privada en vías de fortalecimiento, será imposible mantener la actual situación de control social sin que esto ocasione grandes conflictos. Eliminado el pretexto del embargo y reestablecidas las relaciones con Estados Unidos, se irá haciendo cada vez más evidente la contradicción que ya se puso de manifiesto en Panamá: se rechaza a la oposición por su condición de «mercenaria» pagada por el imperio, mientras se agasaja a ese mismo imperio que supuestamente le paga.

El Gobierno de Estados Unidos llega a las negociaciones cansado de sostener un embargo que le ha traído muy pocos resultados y, por el contrario, le genera serios problemas en sus relaciones con América Latina. Año tras año, los países reunidos en la ONU repudian el también llamado bloqueo, que el pasado 28 de octubre de 2014 solo recibió dos votos a favor, uno de ellos el norteamericano. El discurso de Obama ha sido diáfano: su Administración no renuncia a influir sobre un cambio que haga del cubano un sistema más democrático, solo que lo intentará por vías menos onerosas. Para ello, a partir de ahora, sus decisiones respecto a las relaciones con Cuba dependerán de los intereses de la política y la economía norteamericana y no del exilio cubano. Si, tal y como creo, detrás de todo esto se mueve el grueso del capital económico estadounidense, es fácil colegir que –con mayores o menores dilaciones– el camino abierto el pasado 17 de diciembre seguirá avanzando, no importa quién gane las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos.

En el corto plazo, el Gobierno norteño aparece como perdedor en esta contienda, pues todo hace suponer que levantará el embargo sin conseguir el objetivo por el que este fue convertido en ley: la democratización de Cuba. Pienso de otra forma. Con esta decisión, Estados Unidos disminuye un ruido que perturba sus relaciones internacionales, se pone en condiciones de profundizar un acercamiento a América Latina y reconquistar el territorio perdido en esa región frente a China y Rusia, fundamentalmente. A largo plazo, estoy seguro de que su influencia sobre el futuro de Cuba será mucho mayor y, así mismo, también más eficiente para sus intereses como nación.

Un definitivo perdedor en la contienda que nos ocupa es el llamado «exilio histórico cubano», con su centro de poder en Miami. Y es así no solo porque ahora su antiguo sostenedor lo deja de la mano, sino sobre todo porque, al abrazar la causa del embargo como una bandera, también opuso a la intolerancia excluyente del Gobierno cubano una intolerancia excluyente de signo contrario. A la luz de la nueva realidad, será muy difícil reconvertir su capital político de línea dura. Es obvio que el exilio cubano,2 ese verdaderamente deseoso de una democratización en la isla, está necesitado de buscar nuevas vías de agrupación e influencia, nuevas formas de actuación que conecten mejor con las aspiraciones de la población dentro del país y en la emigración, lo que puede orillar a los representantes de la línea dura, reacios a cualquier opción que no sea derrocar a los Castro y sus colaboradores.

Ya lo dije antes, el Gobierno cubano no asumirá a la oposición pacífica interna como un factor de diálogo, es más, la represión ha aumentado dentro de la isla en lo que va de 2015. Buena parte del liderazgo de esa oposición interna se mostró inconforme con el anuncio hecho el 17 de diciembre porque entendía que Obama debió haberles consultado antes. Honestamente, el reclamo resulta exagerado. La representatividad de esa oposición es muy escasa, en la misma medida que escasa ha sido su influencia sobre la población cubana, bien sea por el acoso a que la someten las autoridades, por el crudo cierre informativo que se practica en Cuba, o por la sempiterna acusación de ser financiada desde Estados Unidos y actuar como quinta columna de intereses extranjeros.

Muchos de los más conocidos líderes de la disidencia interna en Cuba apoyaron el embargo de los Estados Unidos e, incluso, solicitaron repetidas veces que esa herramienta de estrangulamiento económico fuera intensificada. Si tomamos en cuenta que el 96% de la ciudadanía dentro del país3 y bastante más de la mitad de la emigración cubana se oponen al embargo, resulta obvio que la escasa influencia de al menos parte de esa oposición no solo se explica por la represión gubernamental, sino también por una evidente falta de propuestas políticas adecuadas a las necesidades y aspiraciones reales de los cubanos, fuera o dentro de la isla.

A pesar de todo, creo que la disidencia cubana puede ser a largo plazo el actor que mayores beneficios obtenga del actual acercamiento entre los dos Gobiernos, y no solo porque el pretexto de la potencia extranjera y hostil que amenaza la independencia nacional comenzará a perder pertinencia en la ecuación cubana, sino sobre todo por las oportunidades que se abrirán para una oposición menos pendiente de qué desean el Departamento de Estado norteamericano o el exilio duro cubano y más enfocada en el ciudadano común y corriente, en capitalizar los resultados de la dilatada crisis en el país y el hastío de una población a la que se le prometió el paraíso y, en cambio, ha sido conducida a un infierno de estrecheces y consignas que en ocasiones parece eterno.4

¿Cuál podría ser la ruta crítica de esa oposición pacífica en el futuro inmediato? Quizás, la pluralidad de propuestas y buscar la mayor coincidencia posible en los objetivos. Un repaso de la experiencia iniciada por el difunto Oswaldo Payá y su Proyecto Varela nunca estaría de más.

Las aguas del deshielo

Cualquier intento de predecir qué pasará a partir de ahora en el acercamiento entre Estados Unidos y Cuba es muy arriesgado. Presumo que será un proceso dilatado y engorroso, sobre todo porque el Gobierno cubano aplicará una estrategia de ensayo y error en la que cada paso será evaluado cuidadosamente en sus consecuencias para impedir que el equilibrio del sistema cubano se resquebraje.5 No me caben dudas de que el Gobierno norteamericano necesitará mucha paciencia y perspicacia para leer correctamente el significado de los amagos, fintas, incluso provocaciones a los que será sometido por su contraparte en la negociación.

El futuro, ciertamente, pinta difícil para el pueblo cubano, que parece avanzar hacia un capitalismo con prioritaria centralización estatal, algo que no se logrará sin profundos desgarramientos dada la situación del aparato productivo nacional, el enorme porcentaje de la población que ha perdido el hábito del trabajo digno y legal, los desánimos de una sociedad envejecida que ha visto boicotear todos los mecanismos de socialización ajenos al Estado, el descreimiento generado por más de medio siglo de promesas grandilocuentes,6 la ausencia de sindicatos y asociaciones realmente independientes que asuman la defensa del trabajador ante el afán de ganancia de los patronos, etcétera.

Por ahora y durante un tiempo apreciable aún, el Gobierno cubano mantendrá su viejo discurso ideológico, con el objetivo de hacer creer a una población con escasísimo acceso a fuentes de información independientes que nada está cambiando en lo esencial. Pero, claro, al mismo tiempo necesitará ir fraguando un discurso destinado a explicar por qué después de casi sesenta años no se desarrolló el país, ni se construyó el socialismo, ni apareció el idílico «hombre nuevo» y Cuba ha terminado económicamente al nivel de las naciones más empobrecidas del hemisferio occidental. Y para eso, el pretexto del embargo no sirve, sería como declarar su victoria.

Los primeros atisbos de ese discurso comienzan a emerger. En la última entrevista que concediera antes de morir, Alfredo Guevara, uno de los más orgánicos intelectuales del régimen cubano, afirmó: «De todas maneras […], soy portador de una visión casi mística de mi país y de mi pueblo, pueblo en el que no creo, no creo que mi pueblo valga la pena. Creo en sus potencialidades pero no en su calidad». Y casi enseguida: «Nuestro proyecto original ha sido deformado y la única esperanza que nos queda es que tengamos la fuerza para cambiar […]».7 La conclusión de Guevara es obvia: la responsabilidad del calamitoso puerto en que ha recalado el proyecto revolucionario no es de sus líderes, ni del aventurerismo mesiánico que se ha vivido en Cuba durante décadas, sino de un pueblo sin calidad suficiente para materializar los sueños de sus «geniales dirigentes». Los últimos cincuenta y seis años de la historia cubana han estado plagados de sofismas, engaños, traiciones, etc., pero el grado de infamia que alcanza ese criterio no tiene comparación.

Tampoco sería extraño, digo yo. Tras el ajusticiamiento de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana, su hijo Ramfis avaló los treinta y un años de dictadura paterna diciendo que el dominicano era un pueblo ingrato… En fin, el que Cuba y Estados Unidos hayan anunciado su voluntad de negociar el día de Babalú Ayé fue un acierto simbólico porque en el fondo de eso se trata: de miserias, enfermedades, llagas y perros que las lamen.

Notas

1 El embargo comercial, económico y financiero de Estados Unidos contra Cuba ha pasado por varias etapas. En 1992 adquirió carácter de ley, por lo cual su derogación tiene que pasar por el Congreso norteamericano, dominado hoy por los republicanos.

2 Los cálculos sobre la migración cubana son divergentes. Se la sitúa entre dos y tres millones de personas, el 70% de las cuales radica en Estados Unidos. Esa migración se ha hecho tan diversa que cuesta trabajo distinguir entre el exiliado político y el emigrado por razones económicas.

3 Si nos atenemos a la primera encuesta independiente realizada en Cuba después del 17 de diciembre de 2014 por la empresa norteamericana Bendixen & Amandi. Ver «Exclusiva encuesta en Cuba», Uni-visión, <http://huelladigital.univisionnoticias.com/encuesta-cuba>.

4 Según la encuesta mencionada antes, el 79% de la población adulta en Cuba está disconforme con el sistema económico del país. Al mismo tiempo, en las elecciones municipales del Poder Popular celebradas en abril de 2015, alrededor de un millón setecientos mil ciudadanos no asistieron a votar o anularon sus boletas. Y esto a pesar de la presión que las autoridades cubanas ejercen barrio por barrio y casa por casa.

5 Solo un ejemplo al calce. Raúl Castro y el papa Francisco acaban de entrevistarse en el Vaticano y el resultado de ese diálogo conmueve ahora mismo a la opinión pública mundial pues el presidente cubano afirmó que, de seguir como va el pontífice, él terminará regresando a la Iglesia y rezando. La «broma» cobra un sentido tétrico a la luz de las persecuciones que sufrieron los creyentes en Cuba durante décadas. La prensa oficial cubana, sin embargo, solo publicó una breve nota al respecto donde hacía ver que la visita de Raúl al Vaticano había aprovechado «una escala técnica en la capital italiana» y, por supuesto, no incluyó

la disposición a rezar del mandatario caribeño. Ver «Raúl en Italia: Me siento contento y satisfecho con esta visita», Granma, 11 de mayo de 2015, <http://www.granma.cu/mundo/2015-05-11/raul-en-italia-me-siento-contento-y-satisfecho-con-esta-visita>.

6 Según la encuesta de Bendixen & Amandi antes citada, la aspiración del 69% de los jóvenes cubanos entre 18 y 34 años es emigrar.

7 Abel Sierra y Nora Gámez: «No creo que mi pueblo valga la pena», Letras Libres, mayo de 2014, <http://www.letraslibres.com/revista/entrevista/entrevista-con-alfredo-guevara>.


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