Artículo de Revista Global 85

LIBROS

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La hija de Stalin

La extraordinaria y tumultuosa vida de Svetlana Allilúieva

Rosemary Sullivan

Editorial Debate

Colombia, 2017

543 páginas

 

Quizá la cita más famosa sobre las familias sea aquella que escribió León Tolstói al principio de Anna Karenina: «Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera»; es inevitable recordarla al leer La hija de Stalin. La extraordinaria y tumultuosa vida de Svetlana Allilúieva, de la biógrafa y poeta canadiense Rosemary Sullivan. Traducida a 23 idiomas y ganadora de múltiples premios, esta obra solidifica el prestigio de Sullivan como biógrafa, quien, por cierto, tiene en su haber varias biografías enfocadas en mujeres.

Sin embargo, esta obra le supuso un reto sin igual. Tras años de investigación en archivos recientemente desclasificados de la CIA y de la KGB, y de entrevistas a familiares y amigos de Svetlana (o Lana Peters, como pasó a llamarse luego de su matrimonio con el arquitecto norteamericano Wesley Peters en 1970), Sullivan nos presenta a una mujer abrumada bajo la siniestra sombra de su padre, el brutal dictador soviético Iosef Stalin.

El libro arranca con una pregunta: «¿Qué significará haber nacido y ser hija de Stalin, cargar con el peso de ese nombre durante toda la vida y nunca liberarse de él?». Svetlana nació el 28 de febrero de 1926. Solía decir que en el centro de todo estaba su madre, Nadia, quien se suicidó de un disparo al corazón cuando Svetlana apenas tenía seis años. En cuanto a Stalin, su relación fue distante, ya que este contaba con 48 años cuando ella nació y estaba sumido en el poder y en un mundo de terror e intrigas políticas. En la página 67 leemos lo siguiente: «Stalin era tosco y poco atento… La quería, pero… El suyo era el cariño que le tiene el gato al ratón». En esa sucinta e ilustrativa frase, Nikita Khrushchov —sucesor de Stalin— logró resumir toda la infancia de Svetlana. «El pequeño gorrión» era la menor de los tres hijos del dictador, y su favorita; huérfana de madre, creció como la princesa del Kremlin, rodeada de sirvientes y niñeras, y viendo como su círculo familiar se hacía cada vez más pequeño.

Años después, en Londres, Svetlana reflexionaría sobre esa época: «Cuando mi madre nos dejó, él (Stalin) se quedó completamente solo. Y creo que todo lo que vino después, durante los años 30 y tras la guerra en los 40, fue un resultado de su absoluta soledad en la cima del mundo. Ya no tenía a nadie que le llevara la contraria». Sullivan nos muestra que si bien es posible que la hija menor de Stalin ignorara mucho de lo que ocurría fuera de los muros del Kremlin, sí vivió un particular «terror ejemplar», tan conocido y temido por el resto de sus compatriotas. «Sus amados tíos María y Alexándr Svanidze, cuñados de Stalin por parte de su primera esposa, fueron arrestados y ejecutados como enemigos del pueblo; el hijo de ambos, Johnik, compañero de juegos de Svetlana, desapareció. Su tío Stanislav Redens, esposo de Anna, hermana de su madre, fue ejecutado» (p. 15). Además, su primer amor, un realizador de origen judío y varios años mayor que ella, fue enviado por diez años a Siberia. Su hermano mayor murió en un campo nazi luego de que su padre se negara a un intercambio de prisioneros de guerra; Vasili, el otro hermano, murió alcoholizado a los 40. A pesar de todo, el retrato que nos plasma Sullivan es el de una mujer llena de optimismo, «forjado por años de sobrevivir a tantas pérdidas crueles, a tantas decepciones y a tanto dolor» (p. 268).

En 1953 murió Stalin —el Hombre de Acero— y la vida de Svetlana cambiaría para siempre. En gran parte se debió al «Discurso secreto» de Nikita Khrushchov, donde denunció los atroces crímenes de Stalin. «Aterrada de que la identificaran con su padre y la odiaran, Svetlana se autoimpuso el aislamiento. Ni siquiera buscó el consuelo de su familia» (p. 176). En septiembre de 1957 decidió cambiar su apellido por el de su madre. Sin embargo, esto no la eximió de ser vilipendiada y de que circularan rumores tachándola de ninfómana y libertina. Sus múltiples amoríos y relaciones se debían a que «sentía que necesitaba a un hombre que la inventara o la completara. Su desesperación provenía del terror de estar sola, ¿pero quién de los hombres que le atraían se uniría a la hija de Stalin y cargaría con esa oscuridad?» (p. 184). En 1963 conoce en el hospital de Kuntsevo a Brajesh Singh, hijo de rajá y exfuncionario comunista, con el que empezó una relación, que, debido a la prohibición del Kremlin, nunca pudo concretarse en matrimonio. Al fallecer este, Svetlana pidió permiso para llevar las cenizas de su pareja de vuelta a la India.

En una escena que parece sacada de una película de espías, una noche de marzo de 1967, Svetlana Allilúieva entró en la Embajada norteamericana en Nueva Delhi y solicitó asilo político. Su deserción desconcertó al mundo entero. Alexéi Kápler, uno de sus antiguos amantes, comentó en una entrevista: «Cuando oí de su partida, no podía creerlo. Tengo mis propias ideas sobre las mujeres rusas; he conocido a muchas… Creo que algo terrible, algo anormal debió de haberle pasado a Svetlana, quizás algún tipo de enfermedad» (p. 259). Incluso Kápler citó al novelista ruso Turguénev: «Rusia puede vivir sin nosotros, pero nadie puede vivir sin Rusia» (p. 259).

Svetlana Allilúieva tenía 45 años. Dejaba atrás a sus dos hijos de dos matrimonios anteriores en pos de esa esquiva libertad que nunca llegó tras la muerte de su padre en 1953. En una entrevista, realizada poco después de que se diera a conocer su huida, expresaría lo siguiente: «No pueden creer que un individuo, una persona, un ser humano, pueda tomar decisiones por sí mismo. Aún no pueden creer que abandoné Rusia por decisión propia, que no fue una conspiración, que no estuvo organizado, que no hubo ayuda. No pueden creerlo» (p. 245). Su huida causaba tanto interés que ella se apresuró a publicar sus memorias. El millón y medio de dólares que recibió como avance por su libro Rusia, mi padre y yo la convirtió en una desertora rica, pero el dinero desapareció rápidamente, una parte la repartió en diversas donaciones, que iban desde la Fundación Tolstói (50,000 dólares) hasta el Hogar del Niño Ruso en París (10,000 dólares) y otra parte en manos de Olgivanna Wright, la viuda de Frank Lloyd Wright, quien la engañó para que se casara con su hijo, el arquitecto jefe de la Fundación Taliesin. De este matrimonio obtuvo dos cosas que le permitieron formarse una nueva identidad: su hija Olga y su nuevo nombre de casada. Siguieron años de desarraigo e incontables mudanzas junto a su hija pequeña, incluyendo un intento de retornar a Moscú en 1984. Sin embargo, la ilusión de la nueva Unión Soviética bajo Mijaíl Gorbachov duró poco. Tras unos meses de estadía decidió enviar a su hija Olga a un internado en Inglaterra, y Svetlana regresó a los Estados Unidos.

Sullivan logra, con gran maestría y elegancia, darnos una idea de la mente y el corazón de la hija de Stalin en esos años de la guerra fría. Para esto se sirve de fragmentos de cartas y de los propios libros de Svetlana. En esencia, es un relato desgarrador que nos lleva a empatizar con una mujer contradictoria, inteligente, poseedora de un gran sentido del humor y capaz de arrebatos de ira como el que la llevó a estrellar su carro contra la casa de uno de sus muchos amantes.

A pesar de estar continuamente atrapada entre dos mundos y un sinnúmero de intrigas, con el tiempo logró construir una vida con ciertos visos de normalidad. Poco antes de su muerte, el periodista David Jones le preguntó si había perdonado a su padre, una pregunta que disparó su legendario mal genio. «¡Yo no perdono a nada ni a nadie! Si pudo matar a tanta gente, incluyendo a mis tíos y a mi tía, nunca voy a perdonarlo. ¡Nunca!… Destruyó mi vida. Quiero explicárselo a usted: destruyó mi vida!» (p. 451). Esa resultó ser su última entrevista.

En el 2011 le diagnosticaron cáncer terminal y murió el 22 de noviembre, a la edad de 85 años. Anteriormente había pedido a su hija Olga que esparciera sus cenizas en un río en Wisconsin, pero luego cambió de idea, no quería que la acusaran de «contaminar» el río con las cenizas de la hija de Stalin.

De las muchas cartas que Sullivan nos comparte, la más hermosa es la que Svetlana le dejó a su hija Olga para ser leída después de su muerte. Lo más curioso es que parece estar escrita no antes de su muerte, sino después, desde el más allá: «Nosotros, que ahora no tenemos rasgos corporales, solo espíritu, te amamos en la Tierra de todos modos. Por lo tanto, no llores por nosotros. Nunca, nunca, llores por nosotros. Porque tus sollozos solo nos molestan aquí. No podemos hacer nada al respecto. Pero nosotros, los espíritus ahora, siempre te amamos. Podemos sentir a veces… Tú puedes sentir a veces… un viento suave, o un aliento que toca tu piel. Es nosotros. Somos nosotros… Te amamos por los siglos de los siglos. Digo NOSOTROS… porque somos muchos aquí, almas amorosas. Hasta mi madre, tan perpleja; por fin se libró de esas confusas preocupaciones terrestres, y aquí es un alma hermosa como siempre lo había sido. Todos te amamos. No llores por nosotros. Te amamos. Tu Mamá. Perdón por la mala mecanografía. ¡Ay, no mejoré ni siquiera aquí!» (p. 453).

Sus cenizas fueron esparcidas en el océano Pacífico. Al fin era completamente libre.

Giselle Rodríguez Cid es médica, egresada de la Universidad Iberoamericana (Unibe). Forma parte del equipo editorial de Ping Pong Ediciones.