Artículo de Revista Global 84

LIBROS

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Devoraciones
Enriquillo Sánchez
Dirección General de la Feria del Libro
Santo Domingo, 2005
215 páginas

El 25 de agosto pasado habría cumplido 71 años y, de haberlos cumplido, lo habría hecho siendo uno de los intelectuales dominicanos con más seguidores en las redes sociales; sería un tuitero de fuste, cuerdero e iluminador, porque siempre estuvo, para usar el lenguaje de hoy en día, «alante, alante». Hubiera sido un señero patriarca de la Galaxia McLuhan, uno de los autores que más analizaba y citaba, como lo fue de la Galaxia Gutemberg dominicana. Fue uno de los últimos intelectuales públicos dominicanos y hoy diría que toda la gloria dominicana cabe en un tuit al atardecer y en un Protos que acompaña una picalonga.

Los lectores avezados y de cierta edad se habrán dado cuenta de mi intento fallido por imitar la prosa feraz y rotunda de Enriquillo Sánchez Mulet (1947-2004), poeta, ensayista, narrador e intelectual público. Intelectual público es una expresión que en español podría parecer redundante, sobre todo en la República Dominicana donde tanta falta hacen los que, en contraposición, podrían llamarse intelectuales privados, aquellos que están produciendo y pensando en las academias y universidades y cuyas intervenciones se hacen a través de monografías y libros sesudos, bien pensados, bien escritos y mejor anotados. Enriquillo Sánchez evadió, evitó y bufeó a las academias, tampoco estuvo en cenáculos. Su vida intelectual fue pública e intensa. En sus cincuenta y siete años de vida publicó miles de páginas y luego de su muerte han salido varios textos suyos con cuentos y poemas inéditos. En el 2015 se publicó su tesis de grado de la licenciatura en Letras, que, aunque citada por investigadores como Alberto Baeza Flores, nunca quiso su autor que viera la luz pública, me refiero, claro está, a “La poesía bisoña, poesía dominicana 1960-1975 (reseña y antología)”.

Desde joven estuvo presente en los medios de comunicación masivos del momento; en 1976, junto con Guillermo Piña Contreras, comienza a publicar en la revista ¡Ahora! la columna «Palotes de ¡Ahora!», que se convirtió en referente obligado. Luego de que Piña Contreras renunciara al año siguiente, Sánchez se haría cargo de esta hasta 1979. En los años 80 pasaría al periódico El Siglo, donde mantendría la columna «Para uso oficial solamente», y al Hoy, donde escribía primero «Zona de strike» y luego, hasta la hora de su muerte, «Devoraciones». Esta ensayística semanal, además de sus premiados cuentos, novelas y poemas, nos hacen ver que estamos frente a lo que en buen castellano se llamaría un «escritor de raza»; no fue, como el mismo decía para referirse a sus coetáneos, un «intelectual de fiestas de guardar» (Para uso oficial, 33).

En estas breves líneas quiero concentrarme en su producción periodística, específicamente en la que se encuentra recogida en Para uso oficial solamente, 1989-1991 y Devo[ra]ciones. Sánchez fue un pensador acucioso que estuvo siempre al día en cuanto a las grandes lecturas y debates del momento. En Para uso oficial las grandes llíneas de pensamiento lo serían: la preocupación por la dominicanidad (y su relación con Haití), la desaparición del marxismo y del campo socialista y, finalmente, la literatura dominicana. No puede pasarse por alto que Enriquillo Sánchez fue el ideólogo y principal impulsor del Premio Nacional de Literatura, que tuvo como primer patrocinador al Banco Hipotecario Miramar, en ese entonces empleador del connotado intelectual.

La coyuntura de 1989 fue el parteaguas del pensamiento de izquierda en todo el mundo: la caída del Muro de Berlín, el derrumbe del hasta entonces llamado campo socialista y la crisis desatada en Cuba por el sonado caso Ochoa, marcaron un año apocalíptico para el marxismo y sus derivados. En la República Dominicana entrábamos en el tercer año del segundo balaguerato, en medio de una crisis económica enorme, caracterizada por carencias de productos básicos tales como azúcar, harina y combustibles. Es en este ambiente donde Sánchez se mete de lleno en el debate político y cultural y, por un lado, analiza minuciosamente las múltiples fisuras y debilidades del pensamiento izquierdista latinoamericano y nacional y, por el otro, realza la figura de Balaguer, que había, para sorpresa de muchos, retornado al poder mediante unas elecciones legítimas. Sánchez explica la teoría neoliberal, analiza a Francis Fukuyama, a Octavio Paz y a Mario Vargas Llosa desde una poética caribeña, y siempre situándolos en el aquí y ahora dominicanos.

Para Sánchez, el pensamiento de izquierda «siempre fue un haitianismo, es decir algo de lo que no se hablaba fuera de la pasión y la sordera. Cinco o seis millares de hombres y mujeres vivían dentro de él, pero ellos vivían exiliados del resto de los hombres y de las mujeres que solo existían como materia bruta de la redención» (pág. 57, El Siglo, 28 de junio de 1989, énfasis añadido). En unas pocas líneas, el intelectual señala la principal debilidad que aún hoy, a treinta años de esta publicación, aqueja muchas de las posiciones izquierdistas dominicanas y arropa casi todo el debate actual respecto a Haití. Haití sostenía entonces Sánchez: «[…] requiere de nosotros un pragmatismo continuo y eficiente» (pág. 33, El Siglo, 12 de abril de 1989). Su intento por acercarse a lo que luego, quince años más tarde, llamaría una «semiótica conuquera» (Devoraciones, pág. 80), lo llevaría a exaltar las figuras de Manuel Arturo Peña Batlle y Joaquín Balaguer como los grandes pensadores de una teoría de la dominicanidad. En una columna titulada: «Una advertencia cordial a Manuel Núñez», Sánchez le enmienda la plana a Núñez al señalarle que él (Enriquillo Sánchez) fue el primero en rescatar a Peña Batlle: «Palotes está ahí. Entonces me tocó salvar del olvido el nombre de Manuel Arturo Peña Batlle, de cuya moda actual, para ser cabalmente dominicanos, nadie me reconoce la autoría. Fui yo quien desempolvó a Peña Batlle, en páginas que no mienten […] Y lo señalé como uno de los pensadores más originales, hondos y patrióticos de nuestra bibliografía, salvando su conservadurismo y su trujillismo, que fueron verbalmente raigales y medularmente nuestros, de todos modos» (pág. 248, El Siglo, 8 de mayo de 1990). Este rescate tendría un profundo impacto en el pensamiento dominicano, donde hubo una nueva apreciación de la figura del intelectual trujillista con la aparición de sendas monografías después de la muerte de Sánchez: Manuel Arturo Peña Batlle o en búsqueda de la Hispanoamérica posible (Danilo P. Clime, 2006) y Peña Batlle en la Era de Trujillo (Manuel Núñez, 2007. Premio Nacional de Ensayo Sociopolítico 2008).

Si bien la ensayística semanal fue lo que mantuvo siempre en el candelero a Enriquillo Sánchez, su gran pasión fue siempre la poesía, que cultivaba con rigor y precisión. Fue ganador del Premio Nacional de Poesía en 1983 por su obra Pájaro dentro de la lluvia, y en sus columnas hacía constante referencias a poetas y poemas, pero solo dos se mantuvieron constantes en su pensamiento: René del Risco Bermúdez y Rafael Valera Benítez. De ellos afirmaría que «solo quería parecerme a René y a Fefé» (Devoraciones, 99). De René afirmaría en 1989: «René es el único mito de las letras dominicanas» y «René es el único seductor de nuestra república de las letras, el único poeta que amamos más allá o más acá de su obra» («Para uso oficial», El Siglo, 20 de diciembre de 1989). De Fefé, afirmaría: «Fefé es la generosidad, la vida, la pureza. Es el dolido de la historia y del amor. La patria perece en sus labios como fenece una doncella en la ventana. Es el poeta de la verdadera belleza –hermosura, circunstancia, autenticidad– transido, como el silbo vulnerado del 48 y Hernández, por la más acre política […] Es el padre desventurado y solitario de René del Risco. Y es mi padre. Devoro su poesía como un infante ciego […] Rafael Valera Benítez es el más claro varón de la poesía dominicana» (págs. 309-310, El Siglo, 27 de julio de 1990). No queda más que volver a René, a Fefé y a Enriquillo.

Un intelectual capaz de esa generosidad es un regalo para cualquier sociedad; la dominicana se dio el lujo de tener a Enriquillo Sánchez Mulet durante casi treinta años, diciéndonos, contándonos, pensándonos, en un modo que no cesa de convocarnos y provocarnos. El rescate de su obra es una señal de esperanza.

Arturo Victoriano Martínez es doctor en Literatura por la Universidad de Toronto. Publicó, junto con el Dr. Luis Brea Franco, Informe sobre el diagnóstico del sector cultural: compendio de legislación cultural dominicana (1998); tradujo el libro La lucha por la democracia política en la República Dominicana, de Jonathan Hartlyn (Funglode, 2008). Su última obra es Rayanos y dominicanyorks: La dominicanidad del siglo XXI (Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, University of Pittsburgh Press, 2014).


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