Artículo de Revista Global 50

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La escritora dominicana Emilia Pereyra trabaja la deconstrucción del mito del pirata inglés Francis Drake, quien tomó la villa de Santo Domingo en 1586. A través de distintos personajes presenta las diferentes facetas de su personalidad, lo retrata y demuestra que es un ser humano ambicioso, perverso, sanguinario y prevaricador.

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El mito en busca de su verdad: el inglés Francis Drake en Santo Domingo

La piratería es el acto que realiza una persona que viene por mar para robar. En la civilización occidental, el primer pirata conocido es un mito. Se trata de Jasón, héroe griego, quien guió a los argonautas hasta la Cólquida para apoderarse del Vellocino de Oro. Hubo otros mitos, como el de Ulises, llamado también Odiseo, que pirateó por las islas del Mediterráneo mientras buscaba, desesperado, Ítaca, su patria. Además de extraordinarios filósofos, los griegos antiguos fueron excelentes piratas, agresivos defensores de su territorio y fervientes proveedores de sus comunidades, razones por las cuales exaltaron esa actividad depredadora, convirtiéndola en mito.

El Diccionario de la Lengua Española define el mito como: «Relato o noticia que desfigura lo que realmente es una cosa, y le da apariencias de ser más valiosa o más atractiva»; también como «persona o cosa rodeada de extraordinaria estima».1 En mi ensayo «Mitos y héroes» propongo: «El mito no existe sin la inclusión de uno o varios individuos excepcionales, reales o imaginados, que, de alguna manera, se divinizan y se convierten en dioses y diosas, en héroes y heroínas, protagonizando ocurrencias reales o inventadas que sirven a los pueblos para asumir una actitud educativa, moral o trascendental, frente a una situación colectiva».2 Esos pueblos también lo adoptan colectivamente para justificar el asedio y el robo a otros pueblos.

Por eso, Francis Drake es un mito, una leyenda, un ser sobrenatural que contribuyó a que, a partir del siglo XVI, la corona inglesa dominara por varias centurias todos los océanos y mares del mundo, enriqueciera a su país y lo convirtiera en una potencia mundial.

En la novela El grito del tambor,3 Emilia Pereyra hace una deconstrucción posmoderna de ese mito. No porque trata la invasión de Drake a la ciudad de Santo Domingo, en 1586, desde el punto de vista de los asediados, sino porque ofrece detalles precisos sobre el personaje que la dirige, y, como buena novelista, hasta inventa sobre este, para demostrar lo que realmente fue. Esa es la ventaja de escribir una novela histórica. Basándose en la realidad, se puede hacer ficción y, así como se crea el mito, manipular la verdad para demostrarla. ¿Una contradicción? Quizás la aclaramos proponiendo que Pereyra crea un contramito de Francis Drake en El grito del tambor.

Drake es un personaje fabuloso para novelar. Nació en 1543, a mitad de un siglo que será fundamental para definir la orientación civilizadora de los países europeos, los cuales actuaron espoleados por las ambiciones desmedidas de cada uno de ellos por dominar y explotar su propio continente y el mundo. Drake era hijo de un predicador protestante que, en 1549, tuvo que trasladarse de ciudad con su familia durante la revuelta católica contra la opresión protestante. Tenía en ese entonces seis años, suficientes para entender lo que era el acoso y el abuso en carne propia y no querer aplicarlo por su cuenta. También, para odiar todo lo que oliera a catolicismo. A los 13 años abandonó a su familia para hacerse marinero. A los 24 comenzó el periplo que lo llevaría a convertirse en mito. Con su primo hermano, John Hawkins, salió en una expedición que tenía por misión el comercio de esclavos.

De ahí, seguirá en esas maniobras de dudosa moralidad hasta que en 1577 Isabel I de Inglaterra le encarga la organización de una expedición contra los intereses españoles en la costa americana del océano Pacífico. Drake logra cruzar el estrecho de Magallanes, azotar los barcos y pueblos españoles en esa costa, fundar un lugar misterioso que llama Nueva Albión,4 en California, y asolar las islas del Pacífico hasta alcanzar África, para convertirse en el segundo nauta en circunnavegar el mundo. En ese momento comienza el mito. No importa si Drake triunfa o fracasa en otras hazañas que realizará después; esta hazaña sobresaliente lo destaca entre todos los navegantes ingleses, lo honra y lo hace inmune a críticas negativas. Drake mantendrá el favor de Isabel para seguir siendo su peón en la conquista del mundo. En 1581, la reina lo hará caballero de la corte y continuará asignándole tareas de corsario, el nombre que se da a un pirata que no asola los mares por cuenta propia, como hizo Drake al principio de su carrera, sino bajo el mandato de un soberano. Entonces, en 1586, Drake sale de Inglaterra para asaltar la ciudad de Santo Domingo en la isla Española, que ocupó con 1,200 hombres. Para retirarse, exigió a las autoridades españolas un rescate cuantioso de 200,000 ducados. Un mes más tarde, después de asolar la ciudad, especialmente sus iglesias, robar todas las riquezas que ubicó y recibir de los habitantes la suma de 25,000 ducados, se marchó rumbo a Cartagena de Indias, a hacer lo mismo.

En El grito del tambor Pereyra crea dos personajes que no solo tratan estos antecedentes del protagonista y algunos pormenores de la invasión a Santo Domingo, sino que, desde sus perspectivas personales, definen la personalidad de Drake. Ellos son: un compueblano de Drake, criado junto a él, que lleva la bitácora del navío que los transporta a la Española; un fiel servidor que se preocupa por el bienestar de su señor y lo cuida de sus desvaríos, y el embajador español ante la corte de Francia, Bernardino de Mendoza, que odia a Drake a muerte y critica todo lo que hace. Son voces discrepantes, posiciones encontradas, asumidas por el amigo y el enemigo. En esta contraposición de pareceres, surge la desmitificación del personaje.

Hay algo más. Si ahondamos en el tratamiento que Pereyra da al personaje de Drake, descubriremos que estamos ante un individuo en lucha consigo mismo. Para la escritora, las fechorías que Drake comete lo hacen un renegado de su religión, un hombre que guarda cierto pudor a la hora de demostrarlo y simula buscar su expiación. Ese será el rasgo más desconcertante de una personalidad confusa que se mueve entre su narcisismo, que lo lanza a las más pavorosas actuaciones, y su protestantismo, que lo coarta aunque con muy poco éxito. En El grito del tambor, esta situación es notoria en la costumbre, que Drake impone a sus subalternos, de asistir dos veces al día a los servicios religiosos dirigidos por capellanes de la flota.5 También aparece en su relación con otro personaje creado por Pereyra, Sadá, una criolla, negra liberta, cuya condición Drake desprecia. La trata como una esclava solo digna de ser gozada sexualmente y, al mismo tiempo, como una mujer a retener y dominar, no solo por su extraordinaria belleza, sino por su arrojo y valentía, cualidades que él admira.

Desarmado el mito, Francis Drake emerge como lo que es: un hombre perverso que abandonó todo el sentido de moralidad que le inculcaron de pequeño; un ambicioso que se impuso la tarea de destacarse y enriquecerse a como diera lugar. Estamos ante un individuo impetuoso, muy parecido a cualquier otro en cualquier época, que tuvo la disposición, el arrojo y las oportunidades para triunfar, pero con saña.

En El grito del tambor, es evidente que Pereyra no siente simpatía por el personaje de Francis Drake, ese desalmado que no tiene escrúpulos en saquear y destruir una ciudad abandonada por sus habitantes y sus autoridades; pero tampoco la siente por esos habitantes y esas autoridades que no tuvieron el coraje de defenderla, como lo demuestran los capítulos que describen la acción de los invasores y la reacción de los asediados. Por eso tiene que crear a Sadá. Con este personaje, Pereyra puntualiza que, a pesar de que en el mundo hubo, hay y habrá personas despiadadas que son admiradas por sus fechorías y convertidas en ejemplos impropios a seguir, también hubo, hay y habrá personas dignas, con estatura moral suprema, que quizás logran triunfar o no, y que permanecerán en el anonimato sin alcanzar jamás el nivel de mito o leyenda. Sadá es el símbolo de la resistencia al abuso y la encarnación de la libertad sin condiciones. Drake y sus secuaces de ayer, hoy y mañana podrán vapulearla, pero jamás vencerla. El grito que el tambor de Pereyra lanza en su novela es una acusación contra hombres despiadados como Drake y un reclamo contra esa tendencia de la humanidad a admirar los falsos ídolos, que con sus hazañas se encumbran y logran considerables riquezas, pero a costa del dolor y el empobrecimiento de los demás.

Manuel Salvador Gautier es ingeniero y doctor en arquitectura. Ha ejercido su profesión con gran éxito por lo que es reconocido como uno de los arquitectos más importantes de su generación. Su ejercicio se ha concentrado en el diseño de edificaciones, urbanización y restauración de monumentos. Entró al mundo de la literatura en 1993, con la publicación de la tetralogía Tiempo para héroes. Ha ganado cuatro premios de novela, entre ellos el prestigioso Premio Nacional Feria del Libro Eduardo León Jimenes con la novela Dimensionando a Dios.

Notas

1 Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, 21.a ed., Madrid, Editorial Espasa Calpe, 1992, p. 1382.

2 Manuel Salvador Gautier. «Mitos y héroes», Santo Domingo, Ateneo Insular, 1997.

3 Emilia Pereyra. El grito del tambor, 1.a ed., Colombia, Alfaguara, 2012.

4 Albión fue el nombre dado por los griegos a Gran Bretaña.

5 <http://www.colonialzone-dr.com/people_history-Drake.html>.


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