Artículo de Revista Global 52

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Al leer hoy día la novela La fiesta del rey Acab quedamos angustiosamente encerrados en acontecimientos que hemos vivido realmente, y que revivimos a la manera del autor. El escritor Enrique Lafourcade invita a compartir su modo de recrear una dictadura, pero no de una manera tan distinta que no podamos re-sufrirla imaginariamente.

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El novelista con frecuencia inventa guetos, o «espacios-memoria», dentro de los cuales habrá de desarrollar sus historias. Necesita en ocasiones, para evitar la escapada de sus personajes, domesticarlos y violentarlos para hacer de ellos conductas obedientes, voluntades sin salida posible. Pero se escapan y de improviso se transforman en opositores del escritor cuando señalan el camino que desean tomar.

Se ha dicho con frecuencia que todo novelista es de algún modo también un dictador o, cuando menos, un tirano en ciernes. En otras ocasiones, como creador de mundos imaginarios, es una especie de demiurgo que modela sus creaciones y decide, de manera pasional muchas veces, cuáles son de su agrado. Todo creador parece necesitar un espacio imaginario previo a la creación, dentro del cual se moverán sus personajes. Cuando el espacio es histórico, como en el caso de La fiesta del rey Acab, de Enrique Lafourcade, la presión de lo histórico sobre la imaginación del escritor conlleva cierto uso de modelos reales que conformarán un ethos narrativo común, como se supone, a una especie de sociedad que, cerrada o no, se basa en los valores y antivalores de su ámbito.

Un palacio de gobierno donde se celebra una fiesta en la que todos están de acuerdo con el personaje que la promueve, remite a un nicho, a un lugar cerrado en el que solo los participantes como personajes de lo narrado se moverán en la concepción del espacio cerrado como si fuese un gueto.

Héctor Libertella, en su texto El árbol de Saussure,1 nos permite entender cómo un gueto literario nace, emerge, en la imaginación. Veamos: «El ghetto no es un espacio sino una especie de mancha que emergió de un mapa: Junto con esa mancha brotaron objetos y figuras». El gueto, por tanto, puede ser, además, un no espacio, que al aceptar objetos se transforma en espacio. Los objetos pueden ser anteriores al espacio, y en cuanto se concibe el espacio para ellos, ya es un escenario que huye del vacío.

Así, pues, la creación del gueto literario, filosófico, responde a un nivel de imaginación que puede ser, dentro de la cerrazón, como en el caso de La fiesta del rey Acab, el palacio de un dictador donde se celebra su fiesta de cumpleaños para, a sabiendas solo de él y de algunos de sus adláteres, gozar de una diversión  cuyo motivo fundamental es la venganza.

Un gueto literario se convierte en lo que llamo «un espacio-memoria», lugar cerrado donde solo penetra lo que su creador desea o permite que penetre, incluyendo personajes allegados a su experiencia personal, y desde luego, donde el autor está autorizado a manipular sus personajes −cuya acción en lo histórico y lo cotidiano se mezcla−, mostrando de manera organizada el pequeño universo que fluye de la mente del escritor para justificar las acciones que se generan en el gueto. Me pregunto si el palacio en el que habita el dictador Carrillo Acab (César Augusto Carrillo Acab), personaje principal de la novela La fiesta del rey Acab, es un signo de la cerrazón y del proceso de aislamiento común a las dictaduras en las que, como espacio cerrado, fermentan y viven las imposibilidades de sus habitantes.

Sobre los guetos históricos reales, digamos que tradicionales, nacidos a partir de la huida y expulsión de los judíos sefarditas de España a comienzos del siglo XVI, y consolidados con rostro diferente en los días más crueles del nazismo, existe una historia pavorosa. La palabra gueto viene del antiguo italiano borghetto, es decir, ʻpequeño burgo’. Por eso, muchas veces se refiere a la concentración que produce el poder, el exilio o bien la inmovilidad de una población sin salida a la libertad. Ese cuadro represivo puede verse como la concreción de un gueto. Existen los factores que conforman igualmente el gueto mental: el de gente que teme salirse de los cánones de un pensamiento en el que solo se perciben ideas «giratorias», ideas que se muerden su propia cola, sin posibles vías de escape hacia otras formas mentales, porque son, al fin y al cabo, circulares y, por tanto, movimiento de su propio giro.

Enrique Lafourcade genera la visión de lo que considero el «gueto literario», con las mismas inquietudes con las que luego Libertella lo hará surgir dentro del concepto de la lingüística moderna. Del gueto creado por el escritor escapan a veces solo aquellos personajes rebeldes que no están de acuerdo con el autor, porque para ellos el demiurgo que los crea abusa al conformarlos de acuerdo con sus sentimientos e imaginación sin tomar en cuenta su libertad, el modo en el que desearían ser; sin tomar en cuenta esa especie de voluntad que se refleja como parte de su creación. Cuando un autor tiene dudas sobre la forma o conducta de alguno o algunos de sus personajes, está, ignorándolo, frente a la posible rebelión de estos.

Hay dos mundos en pugna en el acto creativo, como acontece en La República de Platón, el de la realidad y el de las engañosas sombras obnubilantes de la caverna. El gueto es la caverna platónica. Las sombras son para sus habitantes la única realidad posible. Si esto es así, el autor luchará a vida o muerte con la historia real y la imaginaria. Tendrá desde los comienzos de su texto una guerra interior, como la que tienen los dictadores dentro del gueto que fabrican. Solo el demiurgo, en función de dictador, sabe que el reflejo del mundo exterior es la base de sus signos de su poder; su dominio se mueve dominando sombras creadas por la luz exterior que la realidad proyecta. Bécquer, el gran poeta andaluz a quien admiro y siempre cito, dice en su prólogo a las Rimas y Leyendas que los personajes viven en los rincones de su cerebro, los hijos de su fantasía cuando son poemas, y que solo el arte puede vestirlos con la palabra «para poder presentarse decentes en la escena del mundo».

Al releer la novela de Lafourcade La fiesta del rey Acab, publicada por vez primera en 1959 por la Editorial del Pacífico, de Chile, y luego, ya en 1964, por la editorial también chilena Zig Zag, recupero la impresión del encierro. El palacio del dictador se asemeja al gueto, es un gueto imaginario; vale recordar que, en sentido lato, un gueto es un encierro donde las dificultades con la sociedad exterior son parte del problema que la sociedad cerrada debe superar, y siento que la fiesta del rey Acab, es decir, la festividad del cumpleaños del tirano en la que se desenvuelve la narración, es parte del confuso marco espacial de la novela representado por las paredes laberínticas del aparentemente limitado palacio de gobierno que atrapa simultáneamente al lector y a los habitantes del gueto. En un momento todos participamos de la festividad que nubla la historia exterior que rodea el palacio, y es esta visión cerrada el mejor símil de la dictadura. Como en aquellos años de la dictadura real, el texto del novelista nos dice lo que aún estamos «obligados a hacer» y juzga lo que hacemos. Lo que deberemos creer y en lo que se cree. Culminamos en una asfixia centrada en los tantos espacios narrativos que propicia la fiesta de palacio en la que, con gestos monárquicos orientados por el terror, la burla, los diversos modos de fallas sociales y los desencuentros, se nos dice, aun al través de la asfixia colectiva, que debemos apoyar al «Rey» para salvar la patria de ideas extrañas, ideas que pudieran ser capaces de enturbiar la paz de la dictadura, mientras en la noche las amantes de Acab desean encontrar un tiempo fuera del gueto, huyendo del peligro geriátrico, porque saben que su sexo se marchita y la cuenta de banco no alcanzará para cubrir los veinte años de diferencia que hay entre ellas y el viejo sátrapa.

Encerrados entre ficción y realidades

Al leer la novela hoy día, quedamos angustiosamente encerrados en acontecimientos que hemos vivido realmente, y que revivimos a la manera del autor. Lafourcade nos invita a compartir su modo de recrear una dictadura, pero no de una manera tan distinta que no podamos re-sufrirla imaginariamente. La fiesta del rey Acab, sátira y símil de la dictadura trujillista, nos hace apearnos de aquel recuerdo distante como de un Pegaso caribeño y recorrer el palacio del general Carrillo, que es, en verdad, la cerrazón ideológica convertida en fortín. Los que alguna vez conocimos el ámbito guardamos el secreto de lo imaginario y de lo aparentemente imaginario que vive en las raíces de la vida real.

Los que recorran el palacio mítico de Lafourcade, sin haber puesto los pies en su escalinata, imaginarán por cuenta propia paredes llenas de frases y formas que contienen la «poética podrida» de la dictadura, y no podrán usar otro pasaporte que el de su imaginación, recreando sin saberlo sobre lo ya antes imaginado por el autor. Percibo como cierta la idea del gueto del narrador y pensador argentino Héctor Libertella, como una creación que, debido a la voluntad del artista, es la forma del encierro manejable. Me acerco entonces a ese cuento fabuloso del imaginista venezolano Aquiles Nazoa que es su historia del caballo que «era bien bonito» y «se alimentaba de jardines», donde en una pequeña plaza de un lar venezolano se desarrolla una guerra mundial. El autor comprime el espacio y adelgaza la historia oprimiendo a su vez la totalidad de lo universal: se encierra lo imposible, para manipular hechos universales en nombre de su gran capacidad. En la poética de lo contradictorio hay un pozo que solo se salva imaginando. Agua terrosa y pensante, como diría el poeta Manuel del Cabral, vivo en mi memoria, que, cuando bautiza lo imaginable, permite otra visión de las ocurrencias. Expreso entonces, quizás hasta lo proclamo, que el escritor tiene en sus manos la creación total de lo que inventa y que, en lo inventado, lo narrado por él, parte de una plastilina escolar con la que modela la historia, la reinventa.

A veces lo increíble es que lo ya realizado encuentra en el topus uranus del escritor otras sombras y luces, que permiten al lector reinventar aquello que lee. De ahí, y ello no es nuevo, que una novela leída por miles de lectores pueda quedar convertida en miles de novelas según las interpretaciones que el lector concibe y aporta cuando lee. Pongo por caso la novela Palomita Blanca, publicada por Lafourcade luego de su novela sobre la dictadura, libro de juventud de los años 50 que ha alcanzado el millón de ejemplares y nos  muestra que lo leído puede ser, por su descripción vivencial, un texto que se reproduce de tal manera en el sentimiento de los lectores que alcanza a convertirse en un millón de interpretaciones que se concretan en páginas para seguir creciendo. Cada lector es, al fin y al cabo, un recreador de lo que lee.

La primera edición de La fiesta del rey Acab tiene como marca importante el año 1959, pero, sinceramente, no sé si llegó a la República Dominicana antes de la muerte del dictador. Un dato importante es que el autor quería que se conociera, y tenía el deseo de publicarla antes de la reunión de cancilleres en Chile, a la que asistiría el canciller Porfirio Herrera Báez, como apunta el prologuista de la edición actual, Pablo Maríñez Álvarez, actual embajador dominicano en Chile. Sobre si alguien de la delegación dominicana la leyó, parece haber constancia de su reparto entre los asistentes a la conferencia. Sobre si alguien de la delegación enviada a Chile informó al dictador Trujillo acerca del libro, no existen datos.

Tras la muerte del dictador, la novela de Lafourcade incrementó su caminata por Europa y varios puntos de América, en ediciones de varias e importantes tiradas que sería prolijo enumerar aquí. Fue traducida a varias lenguas, como el francés, el rumano y el inglés. Vale decir que ganó en 1959 el importante premio del Ayuntamiento de Santiago de Chile y que, sin duda, era una pieza de valentía excepcional por cuanto salía a la luz cuando aún el tirano Trujillo estaba en plena acción criminal, en el orden nacional e internacional. Desde la muerte y secuestro de Galíndez en 1956 y la publicación de su tesis La era de Trujillo en la Editorial del Pacífico en el mismo año, pasaron menos de tres años hasta la publicación de la novela de Enrique Lafourcade, en 1959, lo que revela un trabajo de búsqueda y acopio de la materia prima necesaria para la creación de su gueto. Trabajo agotador porque la búsqueda de una línea novelística en este campo con agrio material histórico es agónica si se trata de llevar a la superficie del tiempo el bloque de los elementos de lo que se propone narrar.

El texto reeditado por Funglode es poco conocido en la República Dominicana ya que el reducido número de ejemplares llegados a nuestro país, dada la situación posterior a los sucesos de abril de 1965, fue quizás, combinado con la ausencia de juicios de la crítica literaria, obstáculo para la difusión de la obra, que el poeta Ramón Francisco, jefe de nuestro Olimpo, comentó en alguna reunión del grupo El Puño, que entonces integrábamos.

La novela, con una portada tan crítica como la del texto, asomó tímidamente como indicio de que todavía en la vida dominicana, y aun muerto el dictador, un miedo de orden circulatorio y cardiovascular corría por mucha de la sangre palpitante de los que sabíamos que, descabezado el régimen, sus seguidores continuaban aspirando a la implantación de otro similar, o a su continuación, para que se cumpliera aquella frase famosa de Lampedusa en El gatopardo de que había que ceder algo para que todo siguiera igual.

Ahora, con la iniciativa editorial de Funglode, la novela será vista desde otra perspectiva, más rica y mejor documentada. Los años nos han demostrado que el general Carrillo sigue en muchos aspectos dentro de potenciales guetos nuevos, y que nos mira sutil pero amenazante, mientras trata de reconstruir su palacio de sombras, esperando como aquel Sombra Castañeda, en la sierra de Martín García, reconstruir en su sueño platónico el gueto donde conformará la nueva dictadura a golpe de verdes rastrojos de ecosistemas en venta permanente, usando de seres comprables que viven y vivirán más allá de su muerte, en un imaginario gobierno esotérico que se inicia fusilando lagartijas, del mismo modo que Carrillo fusilaba prisioneros indefensos y llevaba a la caldera del buque Santa Marta a quien de varios plumazos lo desenmascaró de manera valiente con una simple tesis de doctorado que ardió con su autor en las llamas.

La fiesta es el contexto del que se alimenta el espacio en donde se desplazan los quehaceres del dictador conformado por la imaginación de Lafourcade; de ese acto lúdico y sensual se desgajan los hechos, las memorias, las mitológicas personalidades extraídas de los documentos del profesor vasco y de sus memorias de muerte. La novela camina dentro de un canon de minutos sangrantes, que son los que marcan como capítulos un tiempo vestido temporalmente por la tragedia.

La fiesta de cumpleaños del dictador

Los personajes de la novela revelan su similitud con los de la era de Trujillo, pero no son una copia, sino modelos. La fiesta de cumpleaños del dictador es el hilo conductor que nos hace llegar al mensaje de muerte y terror que Carrillo lleva a cabo no solo en la realidad, sino en su propio pensamiento. El autor resume, porque se trata de una novela de resúmenes, las personalidades (casi todas poseen rasgos tomados de las que hicieron vida junto al dictador), las que mezcla en ocasiones, desechando o modificando sus identidades reales sin abandonar sugerencias que son básicas para que el lector haga esas identificaciones como lo desee. Un personaje influyente le diría al comienzo que «su regalo había llegado». Nosotros, los lectores, supimos de inmediato que el regalo era Galíndez.

El personaje de Carrillo Acab vive angustiado antes y después de la muerte del prisionero; lo dirá la historia real que completa la imaginaria. Porque en literatura a veces las formas de la imaginación dominan sobre las reales. De otro modo hubiera sido imposible que llegáramos a lo que se ha denominado como realismo fantástico. Yo diría que hay igualmente un «realismo fantasmagórico», sombra, si se quiere platónica, del llamado «fantástico». Sombra que genera su propia sombra. Debo hablar de las sombras, porque soy un perseguido por estas. También otros fantasmas esperan la novela o los cuentos que los salvarán del olvido, miles de personajes buscan salir a flote usando de nuestra imaginación, como son los tantos personajes históricos ocultos en una página en blanco o los tantos que han escrito sus autobiografías porque creen que no sabemos que en una autobiografía, por varias razones, el escritor se esconde en sus propias verdades profiriendo mentiras, publicando su imaginario falso en vez de sus recuerdos reales, para evitar que el lector llegue a desentrañar las imágenes de la caverna, donde no solo se escondieron los personajes de Platón,2 sino los de Nietzsche. Ahí viven los prisioneros, en el gueto ilegible de las páginas en blanco, que puede ser supuesta verdad, indefinida y locuaz a la vez, para los que de algún modo manejan el contexto histórico en donde la página en blanco esconde su verdad a medias.

Cierto filósofo chino decía que un libro de seiscientas páginas reducido por su autor a doscientas guardaba, sin que el autor se diese por enterado, las cuatrocientas páginas eliminadas. Esas páginas son un signo posible del «blanqueo» que impone la censura o el miedo. Son los dictadores y sus colaboradores más cercanos los que mayormente necesitan no que uno sino que muchos de sus folios censurados queden en el olvido.

Como ha sugerido y demostrado Libertella, el gueto literario, lingüístico, comienza con un vacío y se llena poco a poco, según sea la necesidad de quien lo inventa, sea escritor, artista o gobernante. Todo el mundo narrado por Lafourcade lo sabemos parte de la realidad vista del modo en que él la concibió y para el espacio que consideró más ajustado. Ahí reside el meollo de su narrativa. Cuando el dictador Carrillo sale de su palacio para presenciar la muerte del vasco, rompe simbólicamente con su propia cerrazón y el gueto peligra. Su afán de empujar hacia la caldera al profesor se convierte en la incapacidad sorpresiva de su poder cuando, ya desatado, el profesor Jesús salta por cuenta propia sin que los caliés puedan hacer nada para detenerlo. Simbólicamente quizás, salió de la celebración de su fiesta para la venganza personal, pero fue desarmado por la sorpresa mayúscula de que la voluntad del enemigo existía como fuerza que seguía repeliendo la dictadura… Ya dentro de la caldera no sería el dictador quien gozara de su muerte como lo deseaba. No podría con su mano vengar lo dicho en un libro.

Esta parte de «la fiesta» culmina con el descalabro y desconcierto de aquella mente asesina, la que planea interiormente la muerte de sus servidores por haber presenciado su fracaso. Su protesta contra sí mismo parece dibujarse en su rostro descompuesto y en sus palabras maledicentes.

A partir de aquel momento parece conformarse otro general Carrillo, el que, superviviente, luego de 1959, año de la primera edición de la novela, desarrolla una cacería humana más real que la de la novela misma. Presente y literatura parecen «co-fundirse» en un imaginario que corriera detrás de la realidad para fundirse con ella.

Cuando una de las integrantes del grupo de jóvenes opositores penetra en el gueto con un ramo de flores explosivas, Carrillo recibe el regalo y sonríe tal vez con risa de perdedor, y es luego la historia nada imaginaria la que se encarga de completar la novela en la realidad exterior al gueto; esta vez formando parte de una «narrativa» heroica, de carne, sangre y hueso, que el 30 de mayo del año 1961 culmina la iniciada de modo imaginario por el novelista.

El gueto literario y el real se unían para dar paso a un solo paquete libertario titulado La fiesta del rey Acab.3

Marcio Veloz Maggiolo (1936), dominicano, es doctor en Historia de América por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Profesor, escritor, ganador del Premio Nacional de Ciencias por su obra antropológica y del Premio Nacional de Literatura por su labor como narrador. Parte de su literatura creativa y antropológica aborda los temas del mestizaje, la diversidad cultural y la identidad dominicana.

Notas

1 Héctor Libertella, El árbol de Saussure. Una utopía, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2000.

2 Platón, Diálogos. La República, La Editorial Virtual, <http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Platon/LaRepublica_00.html>.

3 Enrique Lafourcade, La fiesta del rey Acab, Editorial Zig Zag, Santiago de Chile, 1964; Funglode, Santo Domingo, 2012.

Nota: Este texto contiene la presentación que el escritor Marcio Veloz Maggiolo hizo de la reedición de la novela La fiesta del rey Acab en Funglode, en marzo del 2013.