Artículo de Revista Global 68

LIBROS

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Aquí viven leones

Viaje a la guarida de los grandes escritores

Fernando Savater y Sara Torres

Editorial Debate

Barcelona, 2015

256 páginas

 

 

Fernando Savater sale en esta ocasión a cazar escritores, y en su amplia batida es el lector el que queda irremediablemente atrapado. En una entrevista concedida al periódico El País y publicada el pasado 8 de noviembre del 2015, el escritor y filósofo español declaraba que con este libro «lo que pretende es abrir el apetito. […] poner trampas a la gente para que lea a los grandes autores». En otras palabras, contagiar su pasión por la lectura. Y verdaderamente lo consigue.

Esta obra es también una de esas piezas codiciadas por quienes se complacen en husmear en la vida de los autores capitales, buscando tal vez iluminar las claves del acto creador, ese «enigma del autor» del que se habla en el prólogo: «¿Por qué fue él y no otro quien halló el tesoro? ¿Cómo desarrolló esos dones o, quizá, cómo aprovechó sus limitaciones en su favor?».

A diferencia de las biografías, que a menudo están repletas de datos y detalles insustanciales que pueden llegar a aburrir al lector, las buenas semblanzas, como estas que nos ofrece Savater, son textos densos, ágiles y amenos en los que nada sobra. No corren el riesgo de aquellas, expresado certeramente por Enrique Krauze en El arte de la biografía: «ensanchar demasiado la latitud de un personaje a expensas de su contexto». Son todo altitud.

Como anuncia el subtítulo, se trata de un viaje a la guarida de los grandes escritores, pues eso son los ocho que aparecen en esta selección, todos ellos dignos de figurar en cualquier canon. Comienza con un verdadero peso pesado, William Shakespeare («el inventor de almas», lo llama), que es sin duda uno de los retratos más cautivadores, y no descarta otros más ligeros como Agatha Christie pues, como dice en una de sus características ocurrencias, «la literatura no solo es caviar sino también sardinas en escabeche». Y después de pasar por Edgar Allan Poe, Gustave Flaubert, el menos conocido Giacomo Leopardi y dos representantes del universo hispano: Ramón del Valle-Inclán y Alfonso Reyes, termina con Stefan Zweig, «un europeo atormentado».

En el perfil de Alfonso Reyes, que titula «La escritura como amistad», aparecen unas pinceladas de Pedro Henríquez Ureña que no podemos pasar por alto y que testimonian una vez más la universalidad y la fuerza gravitatoria del más eminente de los intelectuales dominicanos. Al abordar la figura del mexicano –no podía ser de otro modo–, alude al «erudito y humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña» como «uno de los encuentros más decisivos» en la vida de Reyes. Y al referirse a las rencillas entre los intelectuales mexicanos, que estaban salpicadas (ayer como hoy) por los conflictos políticos, vuelve a mencionarlo: «algunos, como Pedro Henríquez Ureña o el propio Alfonso, se negaron a dejarse arrastrar por la vorágine y pretendían mantenerse apolíticos e incluso antipolíticos». Y esto a pesar de que uno de los candidatos en pugna por la presidencia de México era el propio padre de Reyes, quien intentó un golpe de Estado que se saldó con su propia muerte, tragedia que golpeó duramente al escritor dejándole una marca indeleble.

Savater viaja por Europa y América en pos de los autores admirados, y así recorre la Viena de Zweig, la Normandía de Flaubert, la Galicia de Valle, la Inglaterra de Shakespeare y Agatha Christie… Desea recrear –y recrearse en– los contextos que de algún modo influyeron en sus obras: «Tú vas al jardín donde escribió El infinito Leopardi, con esa forma de proa y con todo el paisaje ese de la Toscana delante de tus ojos y te dices: “¡Claro, este señor aquí pensaba en el infinito!”. Lo malo es que, claro, los demás no somos Leopardi y no nos salen esos poemas», explica en la entrevista mencionada.

Todo ello le sirve de inspiración para trazar una cartografía humana y literaria en la que escudriña los anhelos, las contradicciones, los logros, los reveses, las relaciones personales, los métodos de trabajo…, por supuesto, sin caer jamás en la hagiografía, aunque este comentario resulte redundante hablando de este escritor. Y la obra, siempre la obra, el lugar más visitado. Robert Louis Stevenson sostuvo en uno de sus magníficos ensayos literarios que ninguna parte del mundo era para él tan fascinante como las páginas de El vizconde de Bragelonne, de Alejandro Dumas, donde vivía su personaje literario favorito, DʼArtagnan.

Estas semblanzas aúnan datos biográficos y análisis literario, ofreciendo una visión de la vida y de la obra, lo cual no es tan usual entre los escritores que escriben sobre escritores, pues con frecuencia privilegian uno u otro aspecto. Es el caso de clásicos como Chesterton, que se centra totalmente en la obra (en su texto sobre Charlotte Brontë afirma que la biografía es totalmente irrelevante), mientras que, por ejemplo, el español Javier Marías, en su libro Vidas escritas, aborda únicamente detalles biográficos y aspectos de la personalidad, con los que conforma espléndidos retratos.

Un ilustre cultivador de este subgénero –conviene recordarlo a propósito del centenario de su muerte– es Rubén Darío, que publica en 1896 Los raros, un libro personalísimo, modernista donde los haya, donde derrocha entusiasmo y estilo escribiendo sobre autores que considera sus almas gemelas (y que en muchos casos hacen honor al título elegido). El texto es una joya: caviar puro, diría Savater.

En Aquí viven leones, su autor reivindica, como cada vez que tiene ocasión, el placer de la lectura. Ya lo había hecho ampliamente en su deliciosa autobiografía, titulada Mira por dónde. Autobiografía razonada, donde encontramos una confesión muy cómica: «¡Ah, si leer estuviese convenientemente retribuido! ¡Si algún Estado realmente filántropo pagase por página leída y automáticamente la cuenta bancaria se engrosara tras cada novela policiaca o cada tratado de metafísica que concluimos. […] Pero como solo por leer no me pagan tuve que resignarme a escribir: una actividad no precisamente desagradable, pero desde luego incomparable con la suprema libertad absoluta de la lectura». Y más adelante –seguimos en la autobiografía–, tal vez glosando a Borges: «Puedo contar lo esencial de mi vida entera sin una sola referencia a las páginas que he escrito; me sería imposible, en cambio, sin hablar de las que he leído». (Recordemos los versos del argentino: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leído»).

De esa deuda impagable con los escritores de cabecera constituye un buen testimonio este libro, cuyo broche de oro lo ponen las ilustraciones. Las fotografías que incluye son una carnaza para el lector ávido de ese tipo de conocimiento que también interesa y moviliza al autor. Muestran las casas natales, las residencias provisionales o definitivas, los dormitorios, los cafés que frecuentaban, los paseos por donde caminaban –en el caso de Flaubert, la alameda donde declamaba a voz en cuello sus composiciones como parte del ejercicio diario de escritura–, y también las tumbas, las placas, los monumentos… En su curiosidad insaciable, no exenta de fetichismo, llega hasta la tumba de la mujer cuya historia inspiró el célebre y desdichado personaje de Madame Bovary. La caza está servida, pues, para el lector, en muchos y diversos sentidos. Y en algunas de estas fotos vemos al propio Savater, posando ufano y complacido ante cada uno de sus hallazgos.

Por si esto fuera poco, la obra está aderezada con retratos y viñetas. Estas últimas recrean algunas de las historias o de los personajes concebidos por los escritores y nos retrotraen a las atractivas ediciones infantiles o juveniles de hace décadas que incorporaban el cómic, en las que muchos –incluido Savater– leímos autores consagrados y que permitían lecturas alternativas o una lectura doble de las obras.

Esta idea del cómic fue de Sara Torres, la coautora, su compañera de vida durante 35 años, su otra gran pasión y la verdaderamente homenajeada en estas páginas (desde la portada y la dedicatoria hasta la despedida, pasando por el prólogo). Este volteriano pertinaz ha declarado alguna vez que ella ha sido el único fanatismo que se ha permitido a lo largo de su existencia. Debieron formar un tándem imbatible: ambos profesores universitarios, él de Ética y ella de Estética, y comprometidos con la defensa de las libertades y la lucha contra la intolerancia. Entre los dos acariciaron y dieron vida al proyecto de visitar los lugares donde transcurrieron las existencias de los escritores, punto de partida para escribir las semblanzas. Pero la labor quedó inconclusa, pues Sara enfermó durante el periplo –estaban en Galicia tras el rastro de Valle-Inclán– y murió poco tiempo después, no sin antes haber revisado los textos.

Así se quedaron esperando en su guarida otros autores de gran calibre a los que habían previsto acercarse, como Isak Dinesen o Emily Dickinson. Dado que la pérdida es muy reciente –hace apenas un año que falleció Sara–, el escritor se encuentra totalmente abatido. Ha llegado a afirmar que probablemente no vuelva a escribir un libro y que su vida es «comer, dormir y llorar», aunque sabemos que también leer y escribir artículos, pues con cierta frecuencia nos sigue deleitando en El País con su agudeza y su elocuencia. Esperamos que pueda sobreponerse y que algún día, como buen sabueso que es, emprenda la caza de nuevo. Sus lectores sin duda estarán al acecho.

Clara Dobarro es licenciada en Geografía e Historia, con especialidad en Historia de América, por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó una maestría en Comunicación en la Universidad de Barcelona. Se dedica a la edición y la corrección de estilo.


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