Artículo de Revista Global 86

LIBROS

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Tsunami

Edición y prólogo de Gabriela Jáuregui

Editorial Sexto Piso

México, 2018

208 páginas

 

Era enero de 1993 y en el norte de México se estrenaba uno de los capítulos más terribles y vergonzosos de la historia moderna de este país: «las muertas de Juárez», esas mujeres brutalmente asesinadas que convirtieron a esa ciudad fronteriza e industrial en el epicentro del horror. Comenzaba así la era de los feminicidios en México. 25 años después, los casos de mujeres asesinadas suman, tan solo en esa localidad, más de 1700. Pero la ola de violencia machista no solo afecta a Ciudad Juárez. Según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en todo el país han sido asesinadas más de 40,000 mujeres en los últimos 25 años. Más cifras: tan solo el año pasado, en 2018, fueron asesinadas 3,580 mujeres. Un promedio de 9 cada día y, en el 98% de los casos, son hombres los perpetradores. Quien afirme que México es un lugar letal para las mujeres, no se equivoca.

En ese contexto, y en un momento histórico de denuncia pública de las violencias a través de movimientos aparecidos en las redes sociales como #MiPrimerAcoso, #MeToo, #TimesUp y otros, surge un libro que es tan urgente como necesario. Se llama Tsunami y ha sido editado en México por Sexto Piso. Se trata de una antología que reúne textos de doce escritoras mexicanas de diferentes generaciones (Brenda Lozano, Cristina Rivera Garza, Daniela Rea, Diana J. Torres, Gabriela Jáuregui, Jimena González, Margo Glantz, Sara Uribe, Verónica Gerber, Vivian Abenshushan, Yásnaya Elena A. Gil y Yolanda Segura) y que van del ensayo al poema, del diario íntimo a la intervención artística. Un libro que habla sobre las violencias contra las mujeres, los feminismos (así en plural), las resistencias, el uso de la voz pública femenina, el ser mujer e indígena; sobre la maternidad, las abuelas, las madres, las hermanas… En suma, sobre lo que significa ser mujer hoy desde diferentes perspectivas, todas ellas muy personales. Porque al final, como defiende ese popular lema feminista: «lo personal es político».

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Los caminos de las catástrofes naturales son inescrutables. E imprevisibles. Un tsunami, por ejemplo, se origina en las profundidades del mar, se alza furioso y se introduce tierra dentro arrasando con todo a su paso, borrando del mapa las frágiles y móviles fronteras entre mar y costa. Esa fuerza violenta y abrupta que se produce en el fondo marino genera una ola gigantesca que, en cámara lenta, perturba el equilibro y desencadena un cataclismo.

Según la RAE, en su primera acepción, la palabra cataclismo se refiere a «desastre de grandes proporciones que afecta a todo el planeta o a parte de él y es producido por un fenómeno natural» y en su segunda a «alteración grande de la normalidad en el orden social o político». Quedémonos con la segunda acepción. Ahora imaginemos un tsunami, uno capaz de producir un cataclismo de tal magnitud que consigue alterar, discutir y, sobre todo, cambiar el orden establecido de las cosas. Eso es el feminismo: un tsunami.

Utilizando como alegoría ese fenómeno natural, el libro Tsunami, editado por Sexto Piso, reúne en una antología los textos de doce mujeres que exploran, desde su singularidad, las diversas y múltiples facetas de lo que significa ser mujer hoy —y todo lo que esto supone corporal, material e ideológicamente—.

Doce voces que entrecruzan experiencias compartidas, puntos de vista encontrados (aunque no muchos), dudas y futuros posibles que ayuden a construir una sociedad menos patriarcal y violenta. Doce voces que mientras tejen complicidades, deshilvanan nudo a nudo sus propias opresiones y silencios. Doce voces que conciben la palabra como una herramienta política. «Nuestras palabras, nuestras armas», parece ser la frase que recorre las 208 páginas de este libro.

«Si antes el pensamiento feminista se unificaba en las llamadas olas (primera, segunda, tercera, etc.), aquí —advierte en el prólogo la escritora mexicana Gabriela Jáuregui— hay mujeres de varias generaciones, formas de pensar, ocupaciones y, no obstante, el sentimiento es que, en estos tiempos, nuestras voces se suman en crescendo hasta que ola tras ola más bien se crea un verdadero tsunami».

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La escritora británica Mary Beard en su brillante ensayo «Mujeres y poder» explora los fundamentos culturales de la misoginia y cómo a lo largo de la historia se ha minusvalorado la voz pública de las mujeres. Beard plantea que la Odisea nos ofrece el primer ejemplo documentado en la cultura occidental de un hombre callando a una mujer. Telémaco diciéndole a Penélope, su madre, que guarde silencio: «vuelve a tu habitación, ocúpate de las labores que te son propias, el telar y la rueca […] de hablar nos cuidaremos los hombres, y principalmente yo, porque mío es el mando de esta casa».

Escarbando en su infancia, la poeta Sara Uribe desentraña en su texto «Solas» la consecuencia de actuar en sentido opuesto al curso normal de las cosas. «Era domingo por la tarde, yo tenía 7 años y hacía mi tarea en la sala de la casa. Mi padre silbaba y me distraía, así que le pedí que dejara de hacerlo. Su ira era siempre una combustión espontánea: en cuando lo vi incorporarse corrí a la recámara y cerré el seguro de la puerta». Una mujer callando a un hombre. La pequeña Sara pidiendo silencio a su padre. Vaya atrevimiento. Las cosas no se quedarían así: «Mi padre buscando la llave. Mi padre llegando al umbral. Mi padre abriendo la puerta. Me metí en el clóset a modo de inútil escondite y protección. Cuando alzó su pesado brazo, entre él y yo se deslizó mi madre. Ella pagó mi osadía de niña pidiendo silencio, de mujer callando a un hombre». Con ese recuerdo infantil fijado en su memoria, Uribe arranca un texto personalísimo en el que nos habla de violencias y abandono y de cómo muchas veces la vida, por decir algo, te regresa un puñetazo cuando intentas subvertir las normas y las estructuras patriarcales.

De silencios forzados y violencias familiares también escribe la poeta Jimena González. En su íntimo poema «Las otras», retrata a las mujeres de su familia, que vivieron condenadas a servir a los hombres de la casa, a aceptar su realidad sin cuestionarla. Sus versos son una reivindicación de todas ellas, y del poder de la palabra como forma de sanación, de salvación. Un refugio.

 

Escribo

para sanarme, para sanarlas,

para ser algo más que víctimas,

alguien más que «algo»

mucho más que «otras».

 

Porque vengo de una familia

de mujeres que se sienten obligadas

a reírse de los chistes ofensivos

de sus maridos ebrios.

 

De mujeres encerradas y silenciosas;

escribo para enseñarles a gritar,

para arrancarles del alma

el «tú, te callas».

 

En más de una ocasión, la escritora Cristina Rivera Garza ha tenido que defender su derecho a tener una voz pública. En su ensayo «La primera persona del plural», la autora narra que en 2003, cuando regresó a México después de haber pasado 15 años en Estados Unidos, escribió una columna en la que opinaba que la Maga, el famoso personaje de Rayuela, no le gustaba y que la novela de Cortázar «había envejecido mal, especialmente en cuestiones de género». Su comentario no pasó desapercibido en la élite del mundo literario mexicano. «¿No será mejor que Cris se callara?», le mandó a decir a través de su columna el escritor Rafael Pérez Gay, así, como si de espantar una mosca se tratara. «Era el inicio del siglo XXI —escribe Rivera Garza— y un profesional de las letras a quien nunca había conocido en persona, utilizaba el diminutivo de mi nombre, es ese tono de la falsa confianza que intenta disminuir al de enfrente. Era la primavera de 2004 en México. Ese tipo de cosas pasaba por ser normal».

Hoy como hace casi tres mil años. «¿Qué tan cerca estamos de la misoginia de Telémaco? ¿El tiempo avanza en línea recta o avanza en círculos?», se pregunta la narradora Brenda Lozano. En su artículo «No adónde va, sino de dónde viene», critica que la voz de las mujeres sea constantemente puesta en tela juicio, y más si de una denuncia de abuso se trata. Lozano nos recuerda la terrible historia de una menor de 13 años que en 2018 se suicidó tras haber sido violada en el seno de su propia familia. Antes de colgarse, la joven, que vivía en Tenango de las Flores, en el estado mexicano de Puebla, se escribió en el cuerpo los nombres de su tío y primo, quienes abusaron sexualmente de ella. Una denuncia muda. Un último grito convertido en epitafio.

Más preguntas. ¿Por qué tuvo que escribirse el mensaje en el cuerpo para ser escuchada? De nuevo Mary Beard nos ilumina con otro ejemplo. En ese gran poema romano Las metamorfosis, Ovidio narra la violación de la princesa Filomena, a quien su violador le corta la lengua para prevenir una denuncia. «Ovidio —escribe Beard— puede haber silenciado a sus mujeres a través de sus transformaciones o mutilaciones pero también sugirió que la comunicación trascendía la voz humana y que las mujeres no podían ser silenciadas tan fácilmente. Filomena perdió su lengua pero aún así encontró la forma de denunciar a su violador al tejer su nombre en un tapiz».

El cuerpo, un tapiz, Twitter… como espacios para denunciar lo innombrable, lo indeseable. La violación como arma de control, como «poderosa herramienta», tal como nos dice Rebecca Solnit, «gracias a la cual la población femenina al completo se ve sometida a una subordinación frente a toda la población masculina». La mayor parte de las mujeres vivimos bajo el temor de la violación. Los hombres, normalmente, no. Así es como funciona, eso que hoy se ha dado en llamar la «cultura de la violación», pero que existe desde que el mundo es mundo.

A lo largo de las páginas de Tsunami, se puede leer, de diferentes formas, cómo cada una de las autoras, a golpe de realidad, se volvieron conscientes de que el hecho de ser mujer las convertía en cuerpos en permanente riesgo, cuerpos juzgados, cosificados. Cuerpos que parecen cargar con una «letra escarlata bien visible», como escribe Gabriela Jáuregui. «Una minifalda demasiado corta, o un pantalón demasiado masculino, demasiado labial, o no suficiente maquillaje, demasiado peso, demasiado pigmento en la piel, pelo demasiado corto, o largo, o crespo, demasiado femenina, demasiado machorra, siempre en falta, siempre intrusa, siempre extraña o extranjera dentro de la norma heteropatriarcal».

A Sara Uribe fue la guerra contra el narcotráfico en México la que le hizo pensar en la violencia contra las mujeres. Nueve mujeres son asesinadas al día en México. Desde entonces no ha dejado de pensar en los cuerpos de esas mujeres como «extensión del propio, como cuerpos que me / nos conciernen». Y lanza una reflexión que suena más a amargo reclamo: «Mientras creces, nadie te dice a bocajarro y con certeza: tu vida correrá peligro, tu existencia estará amenazada siempre, en sitios públicos o en tu propia casa, a altas horas de la noche o al mediodía, con cualquier tipo de ropa, usando maquillaje o sin él; estarás expuesta y serás vulnerable de ser acosada, violada, desaparecida, traficada, torturada, muerta por individuos desconocidos o cercanos a ti, individuos que en la mayoría de los casos saldrán impunes: muerta sólo porque eres mujer».

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«Nuestras palabras, nuestras armas». Uno de los grandes hitos del feminismo es haber conseguido poner nombre a las cosas. Rebecca Solnit en Los hombres me explican cosas nos recuerda que el término acoso sexual, por ejemplo, fue acuñado en los setenta. A ese concepto, tan útil estos días, le siguieron otros: «chovinismo machista, sexismo, misoginia, desigualdad y opresión, patriarcado. Esas palabras que hoy parecen estar bastante desgastadas por el uso fueron soplos de aire fresco en una época». Pero el poder del lenguaje, nos advierte Solnit, funciona en dos sentidos. Se puede utilizar la fuerza de las palabras para desenterrar significados o para enterrarlos. «Si te faltan palabras para un fenómeno, una emoción, una situación, si no puedes hablar sobre ello, lo que significa es que no eres capaz de abordarlo, menos aún de cambiarlo».

Enunciar como primer paso para el cambio. Esta idea la tienen muy clara las autoras de Tsunami. Yolanda Segura, en su ensayo «Otro modo que no se llame», celebra que en el diccionario popular ya existen palabras para nombrar lo que antes «eran sensaciones corporales, intuiciones, incomodidades» como el mansplaining o el ghosting, por ejemplo. Pero reconoce que «enunciar no siempre es suficiente para modificar, aunque sirve: ya nos pone en una situación de alerta y autocuidado, para tejer redes».

La sensación de que las cosas no cambian a la velocidad deseada, y de que los problemas estructurales permanecen, está presente en algunos de los textos. También, la advertencia de la gran escritora Margo Glantz sobre el riesgo de la «americanización» del debate feminista. «El MeToo —escribe— es el resultado de una violencia reiterada e impune durante siglos y verbaliza algo que durante largo tiempo fue inverbalizable; también, y por desgracia, puede convertirse (y se ha convertido) en un signo de puritanismo e intolerancia que queda asociado con el fundamentalismo».

En lo que todas sí coinciden es que los cambios comienzan en una misma y, una vez que has cruzado al otro lado del río, el puente cae tras de ti y ya no puedes volver. Porque ya no se puede, como decía Alejandra Pizarnik en Caminos del espejo, «mirar con inocencia, como si no pasara nada». Vivir una vida feminista —escribe Rivera Garza coincidiendo con la idea de la académica británica Sara Ahmed— consiste en hacer que todo sea cuestionable. Y, por todo, quiere decir, en efecto, todo. «Una feminista vive con los ojos abiertos». Una feminista también puede ser, como nos propone con cierta ironía la escritora Verónica Gerber, una «mujer polilla», esa «que sufre el síndrome del nido y devora la materia que habita. Es decir, aquella cuyo conocimiento se ciñe a destruir». Destruir como aspiración simbólica para dinamitar los cimientos de la estructura patriarcal. Como si fuera un tsunami que desde la profundidad del mar nos lanza una ola furiosa, un grito que nos dice que ha llegado la hora de construir, como nos sugiere Jáuregui, «un mundo mejor aquí mismo y desde ya».

Paty Godoy es periodista y documentalista mexicana, especialista en narrativas interactivas y transmedia. Vive en Barcelona desde 2010 donde es corresponsal para España del periódico mexicano Excélsior. Viaja y colabora habitualmente como reportera audiovisual de la publicación española de crónica periodística y cultura viajera Altair Magazine. Ha dirigido el documental interactivo Los desiertos de Sonora (losdesiertosdesonora.com) y el docuweb Farselona (farselona.com).