Artículo de Revista Global 87

LIBROS

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La muerte en cuatro: otra vez la muerte

Natacha Batlle

Editorial Funglode

Santo Domingo, 2019

Páginas 104

 

 

Es innegable que la buena literatura siempre provoca extrañeza, como bien lo expresa Harold Bloom en el Canon Occidental. Como arte, la literatura explora la condición humana y pone a prueba los signos y los símbolos de la época, por lo que el lenguaje literario se vuelve un abanico de posibilidades interpretativas, permitiéndole al sujeto lector reencontrarse con su condición primordial: su libertad y sus otras condiciones diversas, análogas y contradictorias a la vez.

Leer un texto literario de incuestionable calidad artística, con un lenguaje novedoso, impactante, es como tener en las manos un trofeo: el valor se triplica en la medida que es natural que el texto nos traiga a la memoria otras creaciones consagradas como textos permanentes a través de los tiempos cuya novedad sigue y seguirá siendo nueva (parodiando a Ezra Pound).

El texto valor subyuga al lector, le escarba su pensamiento, le despierta su condición humana. En la lectura, su ser se vuelve un hervidero y un viajero perpetuo de sí mismo y, al viajar a su centro, al mismo centro de sus tragedias y sus triunfos, se incendia su reflexibilidad y se dispone a alzar alas y avanzar, para en esa búsqueda encontrarse y reencontrarse a cada instante con lo que él es y no es a la vez. Es ahí que cada instante se torna una eternidad: nos creemos eternos porque sentimos la plenitud de lo creado para luego sabernos mortales en medio de angustias y sueños truncos.

La buena literatura nos recrea y nos hace ser el otro que soñamos, a la vez que nos reconstruye el mundo a partir de ese otro que llevamos por dentro. Esa provocación, ese arrebato, esa arremetida que le hacemos al lenguaje, no es más que la respuesta que le damos a él mismo al desnudarnos de arriba a abajo para sentirnos atiborrados de infinitas posibilidades de intuir el mundo y sus cosas, los fenómenos y a nosotros mismos cuando nos auto percibimos como se sienten los dioses: plenos de poderes y lúcidos de horizontes, en un decir y en un disentir permanentes.

Todo lo anterior se ha expresado para poder abordar el texto que hoy nos reúne aquí: La muerte en cuatro: otra vez la muerte, de la autoría de Natacha Batlle. Lo primero que hay que decir es que estamos ante un texto-valor, quizás el poemario más importante escrito en los últimos tiempos en nuestro país. Por lo que debo hacer algunas confesiones antes de emitir otros juicios. La primera es que antes de ponerme en contacto con los otros dos jurados, sentí la necesidad de leerlo y de releerlo varias veces. La segunda es que cuando de forma individual hice el cruce de los poemarios que teníamos seleccionados, La muerte en cuatro: otra vez la muerte, los tres lo habíamos seleccionado y dos lo teníamos de primera, quiere decir que ponernos de acuerdo en ese sentido fue fácil. Y lo tercero es que el poemario duró en mi cabecera varias semanas, porque lo fui releyendo muy lentamente poema por poema y hasta de madrugada tenía que volver a tomar el poemario.

Innegablemente, impacta desde el principio. Expresé desde el inicio de esta exposición que todo texto de calidad incuestionable nos trae a la memoria otros textos cánones. Pues desde el comienzo me pasó eso. Los siguientes versos, después de leérselos, les diré qué poemario me vino a la memoria. Cito: «Yo nací un lunes/el mundo resacado/a la hora más recia/todos eran sombra/de vísceras adornando la acera…». «Nací un día/en que las mujeres pintaban sus labios por deporte/mi madre cruzó medio oeste y parió un punto negro en el océano. /Así nací/como un arcoíris trillado en el ocaso/. Ella cuenta que mis cabellos eran tan largos/que las olas se perdían entre mis bucles/fui tormenta de arenas…». (Fragmento del poema: «Biografía»).

Si continuamos leyendo todo ese poema que le da apertura al poemario, a todo lo largo del mismo nos trae a la memoria a Yelidá de Tomás Hernández Franco. El poema termina con estos cinco versos: «…nací un día en que Piyiya/recibía más pan/que yo palabras. /La verdad es que se siente extraño salir de mí/y arrojar lo que queda en la llovizna». Esa epicidad con que la autora le da comienzo al poemario en cuestión, se configura a través de un lenguaje que presenta unas características especiales y comunes a los grandes poemas de la historia literaria universal.

Oigamos esas características, comunes, repito, a todos los grandes poemas universales, según mi humilde opinión: 1) Cohesión semántica. 2) Vuelo lírico-reflexivo invariable a todo lo largo del texto. 3) Densidad poética. 4) Intuición bien acertada. 5) Sensación de término o de completud de cada parte o del poemario en su totalidad. 6) Imágenes novedosas. 7) Sintaxis también novedosa que denota un lenguaje inusual.

El siguiente breve poema que leeré a continuación es una muestra fehaciente de lo anterior expresado. Oigamos: «Con la mano llena de pájaros/la piel es el borde del vaso que se rompe/desde la rueda que nos rueda/hasta el abismo que es tu ojo cargado de mares/desde la roca que muere el vientre/hasta los fantasmas que pueblan los labios/desde la hoja que habita la gota/hasta la nariz que inunda las nubes/con la magia calcinada./Con la mano llena de pájaros/vuela la mirada revuelta en los muertos/que no se ha ido».

A todo lo largo del poemario encontramos poemas y versos que dejan una aguda extrañeza, un nivel de artisticidad sorprendente, imágenes hermosísimas. Oigamos algunas: 1) «Se me ha metido un adiós en el ojo/y mi párpado agita sus entrañas/para hacer ondear el mar». 2)«…la vida cabe en un puño/y se estrella tras la puerta/cuando la vida se vuelve puñal/y se adentra en la piel a liberar a la muerte». 3) «Se me ha metido un adiós en el ojo/un adiós que sólo sabe de ruinas/y deja su voz estridente dibujar surcos de penas/que van a humedecerte los labios».

A la vez de ser todo el poemario un solo clamor, producto de un especial desamparo ontológico, es un grito de impotencia. Es una imprecación contra un orden, circunstancias o instantes quemantes ante un barullo de sensaciones que desembocan en el mencionado desamparo ontológico: crisis del ser en el mismo centro de una fuerte e impostergable voluntad de ser. La autora declara insuficientes las palabras. Su voz se doblega ante los enigmas del entorno y de su propia condición de mortal, ineludiblemente expuesta al horrible azar.

Este mundo, su hábitat es un hervidero de incógnitas, y ante esa desarmonía, entre sus sueños y su mundo, cruda realidad, indomable a veces, la autora grita, grita a través de un silencio muy decidor, mudez poética que estalla en exploraciones intuitivas que hablan con las miradas y rompen con la voz las barreras de lo arcano: se abre caminos en las sombras para proclamar la luz, configuración de su universo, expresión ineludible de su ser inconforme con el mundo objetivo y a la vez con sus múltiples valencias y contradicciones. Los siguientes versos lo dicen todo: «Creo que he errado/con las anteriores palabras/porque debo subrayar/que todo un mundo se me ha metido en el ojo/y para ello/sobran las palabras» (Final del poema: “Abarrotado”).

Continuamos diciendo que el poemario es un dolor de ser en la impotencia de no ser lo deseado. Sugiere el regreso al origen, a su primigenio otro dolor, definitivamente no ser, vacuidad del Todo y anhelo de volver al Uno para no seguir deambulando hasta perder los colores. Ay sí, «Una vida que se vuelva vientre…», «Luego de ser pisada por el mundo», para decirlo con las propias palabras de la autora. Los siguientes versos son muy enfáticos con relación a lo expresado anteriormente: «Búscate una vida/Una amarillenta/que juegue al sacrificio/y abandone tus ramas en otoño/que deambule en el viento hasta perder sus colores». La autora sigue su curso por su extrañeza y al reiterar su dolor, su inconformidad en la misma senda en búsqueda de encontrar respuestas a su calvario intuitivo, lo hace con un lenguaje poético que causa escozor en el pensamiento al reflexionar en medio de la intuición y el arcano a desentrañar. Asimismo manifiesta la alternativa que le queda y se hace a sí misma un llamado ferviente y dice: «Búscate una vida/ Dibuja sus bordes en un charco de lluvia/. Piensa sus cabellos de yegua viajera».

Todo el poemario presenta una densidad poética de dimensión erótica. De ahí que el misterio del significado del título (La muerte en cuatro: otra vez la muerte), se explica exactamente por esa condición erótica que tiene todo el texto. Los poemas titulados: “Monedas”, “Taciturno”, “Las sombras se han bebido mis palabras”, entre otros más, nos dan la clave. “Taciturno” es uno de los poemas más hermosos que tiene el libro, el cual he leído varias veces y no me canso de seguirlo releyendo. Uno de los textos poéticos más logrados en lo artístico y en lo lingüístico que he leído en las últimas décadas.

En conclusión, si alguien me preguntara sobre el argumento que tuve para seleccionar en mi caso particular La muerte en cuatro: otra vez la muerte, de una vez le diría lo siguiente: posee un lenguaje visiblemente innovador, el cual estructura un universo poético compacto a través de un ritmo sólido y estable, dulce y sugestionador, configurado con novedosas imágenes que exorcizan la intuición, llevando y regresando al lector a una extrañeza única. Desde el inicio hasta el final, mantiene un vuelo poético que no decae en ningún momento, dando una sensación de placer, de plenitud y de singularidad lingüística que en cada lectura que se le dé invita a más lecturas. De ahí que desata un arrebato sensorio-conceptual que provoca los sentidos y el pensamiento. Su densidad poética, aunada a la pericia en el uso de la lengua, hace posible la multivocidad en una permanente y delirante contradicción indefinida del sentido, engendrando una emocionante dialéctica lectural que termina conmocionando la lengua-cultura del sujeto lector.

Pedro Ovalles es licenciado en Educación, Mención Letras, por la Universidad Federico Henríquez y Carvajal, Recinto de Moca, de la cual fue Decano de la Facultad de Letras. Tiene posgrado y maestría en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM. Es director del Colegio Porfirio Morales de Moca, miembro fundador del Taller Literario Octavio Guzmán Carretero de Moca y actual director del Taller Literario Triple Llama. Ha ganado Premios y Menciones de Honor en varios concursos literarios nacionales y regionales. Ha publicado 11 poemarios desde 1987, siendo su más reciente El color de la nada publicado el año pasado.