Artículo de Revista Global 65

Lo que trajo el mar

Desde pequeño la gran obsesión de Tony Capellán ha sido el mar y esto se ha visto reflejado en su arte. En Flotando, su última individual presentada en el Centro Cultural de España, nos muestra diez instalaciones construidas a partir de desperdicios recogidos de las costas. Aquí se describe y analiza esta muestra, y se exploran los motivos que hacen de Capellán uno de los grandes artistas caribeños.

Lo que trajo el mar

Una piña de plástico flota en el río Ozama junto a un montón de desperdicios. Lo más probable es que tras la lluvia se hayan inundado varias de esas casuchas ubicadas en las márgenes del río y que estos desperdicios hayan sido enseres domésticos arrebatados por las aguas. Poco a poco la piña plástica y los demás desperdicios son arrastrados por la corriente en dirección al mar Caribe. Ya en la desembocadura la marea se encarga de empujarlos y de dispersarlos hasta la costa. Cuando la marea se retira, los desperdicios cubren la arena de la playita próxima al Obelisco Hembra del malecón de Santo Domingo. Oculta, en medio de ramas y basura en general, se encuentra la piña plástica. Temprano en la mañana, un hombre hurga entre los desperdicios y se topa con ella. Inmediatamente la ve, siente una gran dicha, la frota con la mano y la mete en el saco donde guarda otros objetos que ha recogido de la arena. A medida que los rayos del sol se intensifiquen y las olas empujen otros desperdicios, el hombre seguirá hurgando en la basura, hasta que considere que ya tiene material suficiente y que es hora de volver al taller. Este hombre es el artista dominicano Tony Capellán.

En el trayecto que hace desde el malecón hasta su taller, cualquier persona que no sea de los alrededores y lo vea, pensará que se trata de un mendigo que recoge basura para venderla o que es uno de esos locos que abundan por Ciudad Nueva. A él todo eso le trae sin cuidado. Tan pronto llega descarga los objetos en la azotea de su taller ubicado frente al parque Independencia. Escoge la piña, la limpia y se detiene frente a una instalación ensamblada a partir de la unión de dos box springs rellenos en cada hueco con diversos tipos de frutas plásticas. Sin pensarlo dos veces, alarga la mano y la coloca en el único espacio disponible de la instalación como si se tratase de la pieza de un rompecabezas. Y a medida que da unos pasos para contemplarla desde cierta distancia, Tony Capellán deja de ser el autor para convertirse, al igual que nosotros, en un espectador.

Flotando

La obra a la que me refiero se titula Fruto prohibido. Es una de las instalaciones que conforman Flotando, la más reciente exposición de Tony Capellán, presentada en el Centro Cultural de España de Santo Domingo. Se trata de la exposición número treinta y tres de este creador dominicano, quien con gran consistencia y sin formar parte del sistema mercantil del arte contemporáneo, ha logrado que su trabajo sea reconocido, valorado y respetado tanto por sus colegas como por la crítica internacional. Desde principio de los noventa, sus instalaciones forman parte de nuestro acervo y han sido piezas influyentes sin las que resultaría imposible comprender el curso y el desarrollo del arte dominicano contemporáneo. Con Flotando esta percepción de su arte se afianza. De acuerdo al artista, la exposición le tomó dos años de trabajo. En un principio intentó realizarla al aire libre, de forma que los ciudadanos de escasos recursos en quienes están inspiradas sus instalaciones pudiesen tener acceso a ellas, pero, pese a lo atractivo de la idea, no pudo llevar a cabo el proyecto. La obra de Tony Capellán plantea un arte público, que, a diferencia del arte popular, busca plasmar el espíritu de la época, sin ningún tipo de efectos o maniqueísmo. Con el tiempo, retomó el proyecto, esta vez con la colaboración del Centro Cultural de España, desarrollando una de las muestras más cautivadoras y conmovedoras que se hayan presentado en años en el país.

Las instalaciones de Flotando surgen de dos miradas. No obstante, entre estas dos miradas no existe una dicotomía, más bien hay una relación de mutualismo en la que cada parte se beneficia y se fortalece con la otra. La primera mirada es la de conjunto. La mirada estética que establece la relación entre obra y espectador. Marianne de Tolentino, en el texto «Un artista que reflexiona y cuestiona», plantea lo siguiente: «Tony Capellán actúa brechtianamente, causando el asombro, estableciendo una distancia física e intelectual entre los objetos expuestos y nosotros, a partir de la sorpresa y el choque, se desarrolla un mecanismo de lectura que, a su vez, trastorna la sensibilidad y mueve a consciencia». Este trastorno de nuestra sensibilidad es el que percibimos al observar la obra El jardín del Edén. Notamos cómo con aparente facilidad se logra transformar varios desperdicios desplegados a todo lo largo de la sala Prats Ventós en un hermoso y variopinto jardín. En este caso, el espectador es hechizado de tal modo que resulta innecesario que lea el título de la obra para darse cuenta de que se encuentra ante un jardín ensamblado a partir de desechos y objetos recogidos del mar. Restos de tubos, pedazos de plástico, alambres y cuerdas dan la sensación de tallos, hojas, capullos y pétalos. De igual manera, Las primeras rutas, elaborada a partir de carros de juguete, recrea un tapón o un embotellamiento vehicular. Como contraparte a estas obras, se encuentran instalaciones como Rodar y rodar o Follaje, piezas donde el placer estético está sugerido por lo que se crea, no tanto por lo que se recrea. Así, se alzan como poemas que uno debe ir interpretando a partir de sus símbolos. Para comprender Rodar y rodar, construida a partir de pelotas y cepillos de dientes, es necesario que conozcamos que estas son las únicas pertenencias de los niños denominados palomos, que viven en las cuevas del malecón y que se pasan los días deambulando por la ciudad en busca de su sustento. Rodar y rodar está en el otro extremo de ese consumismo capitalista que denuncia en gran escala nuestro artista. Mientras unos apenas tienen un cepillo de dientes para rodar por la vida, otros se atiborran de cosas a las que apenas les dan uso. Por su parte, Follaje está compuesto por unas redes enmarañadas llenas de desperdicios. Aquí se nos presenta uno de los hechos estéticos más interesantes de la exposición: la forma en que estos desperdicios han sido asimilados por el mar y nuestro entorno. Para muchos organismos marinos los desperdicios y la basura en general ya forman parte de su ecosistema. Quizás no es el ideal que todos soñamos, pero lo que se quiere resaltar con esa obra es que los desechos se han mezclado con la naturaleza, creando una nueva entidad.

En Frutos prohibidos y Desenredándonos el interés es explorar elementos de la femineidad. Así vemos que en Frutos prohibidos, una de las instalaciones más hermosas, que consiste en una especie de mosaico de frutas de plástico, el artista hace referencia al mundo virtual y al consumismo. Como se puede intuir, en ella sobresale la manzana, que nos remite inmediatamente al fruto prohibido del Edén. De una forma alegórica, la obra apela a esos deseos a los que podemos aspirar y acceder con tan solo alargar la mano, gesto este último característico y representativo de la sociedad virtual. La segunda instalación funciona como su contraparte, ya que Desenredándonos, tal si fuese una nueva terapia psicoanalítica, plantea la forma en que se pueden resolver esos traumas que nacen en el hogar. Para dicha instalación se utilizaron una serie de peines y cepillos que cuelgan de una estructura que representa la silueta de una casa, y que hacen referencia al pelo enmarañado de las niñas dominicanas, que las madres suelen desenredar usando dichos utensilios de belleza. Podemos trazar una relación entre estas dos piezas y Úteros, que aborda la temática del abuso contra la mujer, que muy bien podemos relacionar con la aprobación del artículo treinta de la Constitución dominicana que penaliza el aborto, así como con la ola de feminicidios que ha experimentado la población en los últimos años.

Es importante señalar que, de las piezas que componen esta muestra, hay dos que no están construidas a partir de materiales recogidos del mar Caribe. Una es Cadenas, realizada con cajitas de fósforos y monedas, que reflexiona sobre los vicios y los aspectos cotidianos que nos cercan y nos atrapan. La relación laberíntica que mantiene esta obra con Las primeras rutas es notable, ya que en ambas hay un deseo de mostrar las reacciones del ser humano ante los estímulos de la sociedad de consumo. La otra obra es América, compuesta por un vestido infantil ajado y sucio, rodeado de un ramillete de flores plásticas. Incluye un dibujo inspirado en la obra América invertida del artista uruguayo Joaquín Torres García, a quien esta pieza hace homenaje. El vestido, que el artista recogió en la playa Ramírez de Montevideo, tiene la forma de este mapa inverso. También lo que anima esta obra es la coincidencia existente entre el litoral de Montevideo y el nuestro.

Quizás un aspecto que a veces se pierde en estos trabajos, ya que la carga discursiva y narrativa es tan absorbente, son las reflexiones estéticas que nuestro artista hace sobre el género de la instalación. En los noventa, la crítica Elena Pellegrini, en su texto para el catálogo de la exposición Campo minado, ya señalaba este aspecto cuando planteaba que «Capellán está involucrado en el arduo proceso de definir y redefinir el arte de la instalación. Sabemos que las instalaciones son obras que solo se completan una vez que los elementos son vistos como una unidad; pero no tenemos una definición conclusa del término. Mientras tanto, los que practican este arte continúan investigando sus infinitas posibilidades».

En Flotando cada pieza contiene su propia estrategia. Casi todas las instalaciones funcionan como entes independientes. A primera vista, lo que las cohesiona y les da una identidad es el hecho de que han sido construidas y erigidas a partir de desperdicios. Sin embargo, cada instalación se construye a partir de un concepto general, que en ocasiones, como en Cadenas, está abierto a un sinnúmero de interpretaciones, mientras en el caso de Úteros –una especie de jaula colgante de torsos de muñecas que asemejan úteros atrofiados o deformes dentro de bolsas plásticas para frutas–,la denuncia es directa y contundente. A través de todas estas obras, no solo es la voz de Tony Capellán la que se escucha, sino la de toda una generación silenciada. Pero él ha sido el destinado a dar a conocer el mensaje. Podríamos decir que de alguna forma representa el papel de profeta visionario, de una especie de Noé que construye estas instalaciones para advertirnos y hacernos señas del caos inminente al que nos podemos enfrentar si no cambiamos de curso. Porque Flotando no solo atestigua el naufragio de unos seres desposeídos, sino también el de una época, el de una ideología, el de una sociedad consumista y el de este mundo cada vez más deshumanizado en el que habitamos.

La segunda mirada es la particular, la de los elementos que componen las instalaciones. La mirada hacia los materiales. Para cualquier espectador es evidente la crítica al medio ambiente, a la contaminación de las aguas y toda la denuncia socioeconómica que se desprende de estas piezas. Sin embargo, el punto de partida sigue siendo el discurso poético, es decir, las historias que cuentan esos objetos recogidos del mar, esos desechos que tienden a hablarnos, a decirnos cosas, a explicarnos su procedencia y a quiénes pertenecieron. En última instancia es ese discurso poético y narrativo el que diferencia a Tony Capellán de otros instaladores, así como de otros artistas influidos por el arte povera o el arte ambiental. No es que su obra rehúya estas clasificaciones, más bien es que se prefiere explorar y trasgredir las fronteras de los géneros continuamente, en busca de lo nuevo. Ya hay un estilo Tony Capellán que el mismo Tony Capellán intenta dejar atrás para reinventarse, sorteando cualquier tipo de etiqueta y solventándose por el trabajo en sí. Quizás por esta razón, cada pieza, esencialmente cada pieza de esta muestra, se ha elaborado a partir de una intención visual bien concreta y de una tierna visión poética cargada de inocencia, que como bien sabemos es el material del que están hechos todos los poemas. Porque si a algo se parecen estas instalaciones de Tony Capellán es a un buen poema. De esto se infiere que cada objeto y material utilizado son las palabras que van componiendo ese poema en forma de instalación. También, como el poema, sus instalaciones se alimentan de voces, de las voces de cada uno de los objetos, de las de los dueños de esos objetos y sobre todo de la potente voz del mar Caribe.

Lo que trajo el mar

«Cuando era chiquito pedía de regalo de cumpleaños que me llevaran a ver el mar», cuenta Tony Capellán, quien nació y creció en Tamboril, un pueblo del Cibao ubicado al pie de la Cordillera Septentrional. Primo lejano del poeta Tomás Hernández Franco, creció en una familia donde la lectura de poesía y el recitar de versos formaban parte del discurrir diario. A los veinte años se muda a Santo Domingo. Al principio se inscribe en la carrera de Arquitectura en la UASD. Cuenta que un día, pasilleando por la universidad, tuvo la fortuna de toparse con la clase que dictaba un hombre bajito y pintoresco. Tony Capellán queda obnubilado al escucharlo. Pregunta el nombre de la clase y le dicen que es de Estética. Cuando inquiere el nombre del profesor, le dicen que se trata del poeta dominicano Pedro Mir.

La influencia del poeta nacional en nuestro artista es tan fuerte que abandona la carrera de Arquitectura y empieza a estudiar Arte. De igual manera se va relacionando con los círculos de artistas, frecuenta tertulias y colabora con los proyectos sociales y revolucionarios característicos de esos años. Emprende experimentaciones con la pintura, el grabado y la escultura. Ilustra varios libros de poesía. Hasta que poco a poco se va decantando por la instalación.

Ya Silvano Lora, Jorge Severino y Soucy de Pellerano tenían un tiempo realizando instalaciones, pero fue a finales de los ochenta y principios de los noventa cuando estas se convierten en tendencia en el arte dominicano. A diferencia de las academias de artes plásticas, donde se enseña la mera y vulgar imitación, Tony Capellán aprende de Pedro Mir que para ser artista es necesario encontrar su propio camino. Por un tiempo se olvida de hacer exposiciones y se dedica a meditar y reflexionar en busca de ese camino. Con el tiempo comprende que ese camino lo tiene ante sus narices: es el mar y de ahí sacará sus materiales y su inspiración.

Desde que llegó a la capital, a principios de los años setenta, no había un día que pasase sin que Tony Capellán se sentara próximo al Obelisco Hembra a mirar el discurrir de las olas. Baudelaire en un poema dice que el mar es el espejo de nuestra alma. En el caso de nuestro artista, no solo ve su alma en cada ola que pasa, sino también el alma de los suyos y de los que le rodean. Sentado frente al malecón ha ido presenciando la llegada de los primeros desperdicios pertenecientes a esas pobres familias que viven en condiciones deplorables en las márgenes del río Ozama. Al igual que él, la mayoría de esas familias provenían del interior y habían venido a la ciudad a principios de los setenta en busca de mejores oportunidades y una mejor vida para los suyos. A falta de hogar levantaron sus casuchas en las orillas del Ozama, creando esos grandes cordones de pobreza y miseria que aún persisten. Cada vez que venía un ciclón, una tormenta o una inundación, perdían sus posesiones, que iban a dar al río y de ahí al mar Caribe. De esa manera él las veía llegar y acumularse justo debajo de donde se sentaba. Así fue hasta que un día, pensando en lo que había dicho el poeta Pedro Mir, se le ocurrió bajar, tocar los objetos e incorporarlos a su arte.

Coda

Son las diez de la mañana de un lunes. Arriba el sol está candente y abajo se ven los carros y los camiones transitando por la avenida George Washington. Junto a Tony Capellán desciendo por una desvencijada escalera de madera a la playita próxima al Obelisco Hembra. Hace unos días, él me aseguró que comprendería mucho mejor su obra si lo acompañaba a la cantera de donde extrae los materiales. Suponía que me encontraría con mucha basura, pero el área está más o menos despejada, e incluso hay gente paseándose por la arena. Para la temporada de lluvia los alrededores tienden a llenarse de tal cantidad de desechos que es imposible moverse sin pisarlos. Como en la actualidad nos encontramos en medio de la temporada de cruceros, las autoridades suelen limpiar la costa de manera que los turistas no la encuentren sucia al entrar y salir del puerto de Santo Domingo. A pesar de esto, aún se aprecia uno que otro desperdicio. Las olas, cargadas de basura, rompen en la orilla dejando uno que otro objeto. Enfrente un hombre desnudo de la cintura para arriba aparenta estar buscando algo en la arena. En cuanto a Tony Capellán, procede a recolectar los desechos. De acuerdo a lo que me cuenta, en estos días está buscando envases de desodorante para una nueva instalación. Por más que buscamos no damos con ninguno. Recogemos, en cambio, un oso de peluche, varias pelotas de plástico, un estuche y un salero. Antes de meter otra pelota en el saco, me dice:

–Mi objetivo es que el mar quede limpio. Seguiré haciendo instalaciones con los últimos residuos que vengan desde el mar. Porque yo sé que algún día esto terminará…

De repente se interrumpe para señalar hacia las olas que arrastran un casco amarillo de obrero.

–Ojalá lo traigan –confía.

Permanecemos un rato con la mirada puesta en el casco que pelea contra las olas que lo desplazan hasta la izquierda, hacia donde el hombre con la cabeza gacha persiste en su búsqueda.

–¿Qué está buscando?

–Según lo que me dijo alguien, está buscando oro.

La observación me hace sonreír y le comento que él también está buscando oro, pero apenas me oye y mira hacia el mar donde las olas siguen bamboleando el casco amarillo de obrero que alguien debe extrañar.

Frank Báez es editor de Global.





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