Artículo de Revista Global 16

Los dominicanos siempre se estarán moviendo

La agenda de la dominicanidad siempre estará inconclusa. Más que buscar un sistema o un marco, precisamos un mapa o una ruta. Después de todo, cada imagen de lo nacional sólo será concebible en su movimiento y en su trayecto, nunca en el punto posible de su llegada. Lo dominicano siempre se estará moviendo.

Los dominicanos siempre se estarán moviendo

Lo dominicano”, para los dominicanos, es un tema reciente dentro de las ciencias sociales. A diferencia de otros países como Cuba, Puerto Rico, Argentina o México, en nuestra tradición intelectual no tuvimos un Fernando Ortiz, un Antonio Pedrerías, un Ezequiel Martínez Estrada o un Octavio Paz. Es decir: no dispusimos de un corpus conceptual en torno a aquello que nos identifica y diferencia, que constituye eso que denominamos “dominicano”.

Los que adelantaron teorías sobre nuestro ser histórico desde finales del siglo xix hasta mediados del XX, Pedro Francisco Bonó (1828-1906), José Ramón López (1866-1922), Américo Lugo (1870-1952), Manuel Arturo Peña Batlle (1902- 1954), y Joaquín Balaguer (1907-2002), entre otros, lo hicieron desde los puestos del periodismo, la tribuna o la actividad política, justificando un accionar o promoviendo un ideario. Transcribieron comentarios de ocasión, frases de alguna charla, cotejos de cierta discusión, pero lejos de una visión orgánica, formal. Reformular el pasado histórico, conceder protagonismo o constatar nuestras limitaciones en función de los paradigmas metropolitanos; hasta ahí llegaban las propuestas para pensarnos en función del desarrollo.

Desde el final de la tiranía de Ulises Heureaux en 1899 hasta la ocupación norteamericana de 1916, se produjeron los primeros intentos “científicos” de explicar lo que perfilaba la dominicanidad. Predominaba entonces una figura: la de explicarnos positivistamente a partir de la geografía, los tipos de alimentación y los residuos de una sociedad que, si bien republicana, no dejaba de contener elementos propios de sociedades de autosubsistencia.

Tal limitación no fue fortuita. Las mismas correspondieron a condiciones a las que aparentemente no podíamos escapar: no se dieron las circunstancias o la voluntad o ambos para generar una reflexión más o menos formal en torno a eso que nos conforma en un imaginario. Aunque evidente la necesidad, la realidad no fue suficiente a los ojos de quien pensaba. Donde mejor se expresaron esas propuestas explicatorias fue en dos novelas: El montero (1856), de Pedro Francisco Bonó, y La sangre: una vida bajo la tiranía (1913), de Tulio M. Cestero (1877-1955).

Pensar intensa y extensamente no ha sido una tradición dominicana. No hemos dispuesto de las instituciones académicas necesarias ni del clima que permite un intercambio natural de opiniones, un consumo de textos o una escena intelectual donde semejantes conceptualizaciones logren una eficacia comunicativa. De ahí que se habla de la escasa acción de la sociedad civil hasta mediados del Siglo XX.

Haciendo un relato de la historia intelectual dominicana, destacaríamos la labor fundacional del presbítero Antonio Sánchez Valverde (1729- 1790) en el Siglo XVIII. Su Idea del valor de la Isla Española, y utilidades, que de ella puede sacar su monarquía (1785) constituye la primera reflexión en torno a lo que colonialmente nos constituía y especificaba dentro del reino hispánico.

Las primeras dos repúblicas no nos trajeron el ordenamiento que permitiera una reflexión intelectual continua. Para aquellos que se decidían por los estudios y las reflexiones, el camino más expedito se le abría fuera de la isla. Los que se han decidido por este camino de la reflexión o la creatividad, como los hermanos Henríquez Ureña, tuvieron que marcharse y acogerse a instituciones y medios extranjeros.

Siempre anduvo el político confundido con la sombra del abogado, del poeta, del escritor. La constante de un pensamiento en pro o en contra limitará esa sedimentación de conceptos sobre la base de una percepción simple.

Si bien toda opinión conlleva un pensamiento, el pensar como actividad de búsqueda en sí mismo era una actividad escasa, por no decir inexistente. La reacción se impuso a la acción; el prólogo o el epílogo al diálogo. Sólo gracias a la labor pedagógica de Eugenio María de Hostos (1839-1903) se logró conformar la primera generación de pensamiento propio, la que lamentablemente no rebasó el aula del primer cuarto del Siglo XX, que, al final, sería combatida sistemáticamente durante la Era de Trujillo (1930-1961). No fue sino hasta los años que siguieron a la caída de esta tiranía trujillista, en 1961, cuando comenzamos a pensarnos más allá de ese simple anecdotario histórico, con la aparición de una prensa más o menos libre del Estado y con el surgimiento de instituciones académicas. La conversión en Autónoma de la Universidad de Santo Domingo la llevó a ser la primera en aplicarse a la investigación. La creación de la Universidad Católica Madre y Maestra también fue bastante significativa. Mientras en la primera se produjeron los primeros apoyos institucionales a la investigación, en la segunda se realizó desde finales de los sesenta un importante programa de publicaciones en torno a la realidad nacional.

Las bases

En ese decenio de los sesenta, el más convulso de la historia dominicana del siglo XX, marcado por la violencia y los aprestos modernizantes, se sentaron las bases más generales para tal pensamiento.

Curiosamente fueron tres obras escritas en el exilio las que modelaron una visión más o menos compacta en torno al devenir de la modernidad y la historia dominicanas.

El derrocado presidente Juan Bosch (1909- 2001) da a conocer en Costa Rica un libro escrito en Puerto Rico, Crisis de la democracia de América en la República Dominicana (1964). El viejo cuentista y político desarrolla una reflexión en torno al legado del trujillato y las limitaciones en torno al cumplimiento del programa de democratización de la sociedad dominicana. El concepto crisis aflora como uno de los paradigmas normativos de aquellos accesos modernos de nuestra sociedad.

En Venezuela se escriben y publican las otras dos obras: Juan Isidro Jimenes Grullón (1903- 1983) da a conocer en 1965 La República Dominicana: una ficción, y Pedro Andrés Pérez Cabral (1910-1982) al fin saca en 1967 un texto escrito en 1964: La comunidad mulata.

En estas dos últimas obras se percibe por primera vez un diálogo con las corrientes del pensamiento más revolucionarias de su tiempo, desde el marxismo hasta el estructuralismo, pasando por lecturas que van del psicoanálisis a las teorías iniciales de la dependencia latinoamericana. En Bosch, Jimenes Grullón y Pérez Cabral hay un denominador común: evaluar las consecuencias morales, políticas y culturales que legara el trujillato. Bosch partiría del peso que tenía Estados Unidos en la política local, a partir de la intervención durante los sucesos de abril de 1965, tesis que luego se convertiría en toda una reflexión con su estudio El pentagonismo, sustituto del imperialismo (1967).

En Pérez Cabral hay más énfasis en lo antropológico y psicológico, logrando un perfil del dominicano bastante crítico y criticado en su tiempo, al concederle al aspecto de la mezcla racial una gravitación esencial en la determinación del perfil de la dominicanidad.

El conjunto de estas reflexiones logrará su punto culminante en 1970 con otro libro de Bosch, esta vez escrito y publicado en España, que se convertirá en todo un clásico en su género: El Caribe, frontera imperial. Con el mismo, y con otro texto del mismo año Composición social dominicana, se conforma todo un corpus boschista en torno a la dominicanidad, asumido desde una visión materialista-histórica y encuadrado en un sentido de lo caribeño que pende de lo imperial, tanto norteamericano como europeo.

Ninguno de estos autores utilizó el concepto dominicanidad, por entonces muy vinculado a las prácticas discursivas del trujillato y orientado esencialmente a legitimarse dentro de la haitianofobia.

Los tres estuvieron zarandeados por la manera en que el trujillato modeló rasgos de la personalidad e impuso técnicas y sentidos dentro de las prácticas política y la vida cotidiana. Tuvieron mucho en común: el exilio antitrujillista en el segundo lustro de los años cuarenta, el nacionalismo latinoamericanista o arielismo, y el influjo de las doctrinas hostosianas.

La escuela marxista de los setenta

A la aparición de estas obras en los años sesenta no le continuaron proyectos similares en los setenta, a pesar de la formalización de los estudios de sociología y politología en los departamentos correspondientes de la UASD.

Lo que podríamos denominar el pensamiento crítico predominante de entonces se asumió dentro de los paradigmas del marxismo. Más que el tratamiento filosófico, lo que demandaban los tiempos era el situar el momento político, analizar las consecuencias de 31 años de dictadura, la Guerra de Abril de 1965 y los subsiguientes Doce Años del balaguerismo.El interés de tal pensamiento se concentró en los siguientes campos.

  1. Reflexiones sobre los grados de valencia de las clases sociales sus estrategias de supervivencia, de interacción, “la lucha de clases”, el surgimiento del capitalismo desde finales del Siglo XIX dentro de la sociedad dominicana (Luis Gómez Pérez, Isis Duarte, Walter Cordero, José del Castillo).
  2. La cuestión racial y las condiciones en que se va conformando la sociedad dominicana desde el Siglo XVIII (Hugo Tolentino Dipp, Rubén Silié).
  3. La complejidad de la economía y los grados de autoritarismo en los diferentes períodos históricos (Roberto Cassá, Wilfredo Lozano).
  4. Las transformaciones más recientes de la sociedad dominicana a partir del impacto de las huchas revolucionarias desde los años cuarenta (José Israel Cuello, Carlos Dore Cabral).

La ascensión del Partido Revolucionario Dominicano al gobierno en 1978 fue tiempo de apertura y de terminaciones. Concluyen años de inestabilidades y represión, inaugurándose una etapa de aparente estabilidad política. Estamos en la antepuerta de la democracia.

El pensamiento crítico académico se transforma: de privilegiar el concepto crisis en su valoración de lo contemporáneo, se pasa a privilegiar el de la sostenibilidad democrática.

La imagen y el papel del Estado también se transforman. Las expropiaciones estatales y la reconversión de la economía se convierten ahora en parte de la agenda nacional al calor de una mayor integración a los mercados internacionales. Junto a la ya vieja escuela marxista, que tenía su asiento en los predios de la UASD, las fundaciones norteamericanas y algunas políticas europeas apoyan a grupos de científicos locales.

Surgen así centros y foros de estudios, entre los que había que destacar el Fondo para el Avance de las Ciencias Sociales, dirigido por el historiador Frank Moya Pons, la Fundación Friedrichs Ebert, y el trabajo de investigación y recopilación que comenzaría a desarrollar el economista Bernardo Vega.

Mientras tanto, la sociedad dominicana en los años ochenta atravesaba por fuertes jalones migratorios y la internacionalización de su fuerza de trabajo.

La isla comenzó a “desinsularizarse” gracias a la ampliación de los medios de comunicación, donde la integración a la televisión por cable norteamericana representó un papel destacado.

Los estudios, por su parte, comenzaron a ser más activos que reactivos. La realidad dominicana no sólo fue la política, sino también la de los grupos marginales, alternativos, los de la economía informal y los sectores emergentes, los grupos de presión y la sociedad multicultural.

Paradigmas

Algunas instituciones económicas latinoamericanas denominaron los años ochenta como la década perdida. En el caso dominicano tal pérdida fue relativa: lo urbano fue arropando a lo rural, hasta casi borrarlo, mientras las migraciones producían una población ambulante que finalmente habría de constituir el fundamento de la economía nacional. El predominio de los ingenios azucareros y de las minas fue cediendo el paso a una sociedad más informal y pendiente del sector servicios. El país tuvo que comenzar a reconvertirse, olvidándose de sus sueños industriales y agrícolas para convertirse en una sociedad más pendiente del sector terciario del comercio y de las divisas generadas por la comunidad dominicana en el exterior.

Desde los mismos principios del Siglo XX Nueva York se convierte en punto de llegada y punto de partida. Exiliados y estudiantes, comerciantes y políticos, aquella ciudad fue el centro de gravedad de ese paradigma moderno de progreso y avance de la sociedad dominicana.

Entre la ciudad de los rascacielos y la capital dominicana se tensaba un viejo puente. El mismo tenía poco más de siglo y medio de duración. Paradójicamente, fue Juan Pablo Duarte, nuestro Padre de la Patria, su primer gran viajero, hacia 1827, en su camino a Barcelona. A principios del Siglo XXI aquel viajero volvía en forma de estatua, pero no a la zona donde entonces se concentrarían sus connacionales, sino a la zona por donde seguramente pasó, por el Bajo Manhattan, y que curiosamente ahora era el inicio del Barrio Chino.

El sector de Washington Hights se convertiría en el símbolo de este nuevo estadio de la dominicanidad: la globalizada, la que supera los paradigmas comunitarios de la historia nacional y asume más en lo lúdico y en un sentido de fiesta que en la adscripción real a lo geográfico.

Frente a lo amplio y lo extraño que podrían ser los barrios del Bronx y de Brooklyn, para mencionar a dos de los más emblemáticos de la urbe newyorkina, en este espacio al norte de Manhattan lo dominicano acabaría territorializándose en los años noventa. La concesión del nombre de Juan Pablo Duarte a la Saint-Nicholas Avenue y la erección de la estatua del patricio ya mencionada sería la confirmación del peso de la población criolla en esa “capital del mundo”.

A pesar del impacto de los procesos de globalización y las nuevas identidades posmodernas a las que accedíamos en los años noventa, gracias al impacto de las redes de comunicación y de la migración, en este decenio no se produjeron en la isla novedades significativas en cuanto al pensamiento de la dominicanidad. Podría decirse que los pensadores y las instituciones académicas locales se pasaron el tiempo administrando el conocimiento, al tiempo que la iniciativa se traspasó a ultramar.

La dominicanidad perdió en los años noventa sus atributos históricos. Si antes de ese decenio había tres atributos esenciales de la misma el castellano, el peso de la Iglesia Católica y la adscripción a una geografía, a partir de entonces los mismos se reconformaron con el aumento de peso de los “dominican-york”.

Nueva York se convirtió en el segundo espacio urbano en cuanto a población dominicana y en el primero en actividad económica. Los hijos de la migración prefirieron expresarse en inglés y filtrar la imagen de la insularidad de sus padres en función de los ritmos de la posmodernidad norteamericana.

Los narradores Julia Álvarez (1950) y Junot Díaz (1969) se convirtieron en los primeros íconos de este nuevo estadio de la dominicanidad. Tras ellos vendrían los estudios literarios, donde se destacan Daisy Cocco de Filippis (1949), y los análisis socio-históricos de Silvio Torres Saillant (1954) y Néstor E. Rodríguez (1971). En estos dos últimos se advierte el peso de la academia norteamericana, orientados dentro de los denominados “estudios culturales”, “post-coloniales” o de la “sub-alteridad”, donde se trata la naturaleza de un sujeto que al parecer se ha quedado intacto en el proceso de sus tránsitos, aunque parezca paradójica la imagen.

Insuficientes

Gracias a estos autores y a los procesos de síntesis y ampliaciones de lo dominicano con otras expresiones culturales en esta urbe norteamericana, de la que los grupos musicales Aventura y Fulanito son sólo dos buenos ejemplos, podemos pensar que aquellos viejos paradigmas en los que nos sustentábamos ya son insuficientes.

La discusión local de si Álvarez, Díaz, e incluso un pelotero como Alex Rodríguez, son dominicanos o no, es prueba de que el debate en torno a lo que es la dominicanidad todavía es tema esencial en nuestra agenda de pensamiento. De seguro que semejante discusión no acabará, ni tendrá por qué hacerlo. La dominicanidad será fenómeno inagotable, porque cada habitante de esta isla tendrá su versión, y cada cual fuera de ella se reconocerá, se aceptará o se adherirá a la misma.

Las antiguas teorías marxistas cumplieron su ciclo. Las teorías del alemán Max Weber vencieron las de otro alemán, Kart Marx: lo que mueve el imaginario social no es tanto la lucha de clases sino la búsqueda de estatus. La insularidad comienza a ser variable significativa dentro de las percepciones de la dominicanidad, aunque cueste bastante precisar lo simbólico, lo real y lo imaginario que nos conforma.

La agenda de la dominicanidad siempre estará inconclusa. Más que buscar un sistema o un marco, precisamos un mapa o una ruta. Después de todo, cada imagen de lo nacional sólo será concebible en su movimiento y en su trayecto, nunca en el punto posible de su llegada. Lo dominicano siempre se estará moviendo.

Miguel D. Mena realizó estudios de Sociología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y doctorado en la Universidad Libre de Berlín. Ha estudiado la problemática urbana dominicana, así como sus alternativas modernas y postmodernas. Actualmente es consejero, encargado de Asuntos Culturales en la Embajada de la República Dominicana en Alemania.


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