Artículo de Revista Global 17

Los espacios de intervención de la bioética

Existe un debate subterráneo sobre los alcances del contenido de la bioética y sus límites, incluyendo el tema de su paternidad, la cual se debate entre el legado potteriano y la bioética médica de fuerte contenido hellegeriano. Las propias referencias a sus orígenes potteerianos intentan encuadrarla en el campo de las ciencias de la salud, con un carácter de exclusividad tan radical que limita las posibilidades de reconocer en la bioética su mundo relacional con los otros campos de desarrollo del ser humano.

Los espacios de intervención de la bioética
  1. ¿Es la bioética exclusiva del campo de la salud?

Para poder colocar los puntos de debate que genera la bioética en la modernidad tenemos que hacer un recorrido histórico que nos permita situar estos aspectos. Probablemente Van Rensselaer Potter y André Helleger sean dos referentes cercanos de la década de los setenta a quienes hay que responsabilizar de esta importante confrontación, ya que, según algunos, en una extraña coincidencia, el primero acuñaba un término con contenidos relativos a la cultura de la supervivencia, mientras el segundo, representando al Centro Kennedy, identificaba la bioética con la ética biomédica.

De alguna manera se perfilan dos polos que, si bien no son antagónicos, han sido defendidos como patrimonio de cada espacio y han sido reclamados como espacios propios. La formación básica de Potter en los temas de bioquímica y oncología supondría que sus primeros planteos bioéticos fueron hechos desde esta perspectiva. Sin embargo, su preocupación venía más desde los linderos filosóficos con cuestiones sobre el futuro de la humanidad, específicamente sobre cómo el desarrollo de la ciencia y la tecnología estaban avanzando en el conocimiento mientras el irrespeto a la naturaleza se convertía en norma.

En esa misma línea ya se había manifestado el profesor Aldo Leopold, de la universidad de Wisconsin, reclamando respeto por la naturaleza como garante de la supervivencia humana. Potter propugnó una bioética puente que estuviera fundamentada en un sistema ético que fue conocido como “bioética global”, y la mediación del “puente” tenía como interés fundir la ética médica con la ética medio ambiental. De ahí el acuñamiento del término “bioética puente”.

  1. Dos líneas

A continuación, presentamos las dos líneas maestras en debate.

a) La bioética médica, Las razones de la “medicalización” de la bioética obedecieron a las necesidades puntuales a las que se empezaba a enfrentar la ética médica ante el empuje de la tecnología de punta, los nuevos retos éticos y la imposibilidad de encontrar fundamentaciones a partir del deontologismo imperante en esta disciplina. La bioética aparece como alternativa de una nueva disciplina que, sin tener contenidos propios, ofrece razón de las nuevas realidades emergentes.

Básicamente se nutre de otras disciplinas y otros fundamentos, aceptando como punto de partida la existencia de una sociedad plural, donde los códigos únicos han sido superados y donde las propuestas plurales requieren alternativas éticas que en el momento aparecen validadas en la bioética.

El fundamento proveniente de las éticas utilitaristas, axiológicas, de la responsabilidad, dialógicas, entre otras, nutre las visiones monistas recostadas en las éticas naturalistas y permite hacer un acompañamiento moral a la clínica y a sus incertidumbres morales fruto del desarrollo de la ciencia y la tecnología y de la secularización de las interpretaciones morales.

Pensar la bioética desde la exclusividad del hospital y de las relaciones médico-paciente es negar la existencia de una sociedad externa a esos muros, reducirla y correr el riesgo de descontextualizar las realidades histórico-sociales de los pacientes que a ella acuden.

El o los métodos, y en especial el deliberacionista, marcan de manera significativa el campo de la bioética médica al reconocer desde el autonomismo el papel protagónico del paciente; pero, justamente, el reducir la bioética a la clínica impide que el propio profesional de salud y, en especial, los médicos puedan trascender en la comprensión social de muchos fenómenos clínicos en cuanto lo individualizan al sujeto de su estudio e intervención.

La bioética encuentra un espacio preferente en la medicina y allí crece y se desarrolla a la sombra de un modelo principialista anglosajón que postula en la “autonomía, justicia, no maleficencia y beneficencia” su instrumental básico para la deliberación moral, y que busca encontrar respuestas morales a situaciones de incertidumbre. Pero no consigue, ni intenta, buscar jerarquía entre ellos y construye sólidas bases en el consentimiento informado como puente o trayecto entre la autonomía y la beneficencia.

Más aún, logra redefinir el clásico mandato de buscar “el mejor beneficio del paciente” haciendo una redefinición de qué es lo bueno y quién define lo bueno, dando al usuario (antiguo paciente) un lugar central donde pasa a ser el definidor y promotor de lo que, en libertad, considera como bueno.

En esencia, esto es un logro de la bioética en el campo de las ciencias de la salud. Su riesgo se encierra en quedarse en solo magnificar estos logros de manera individual y desvinculándolos de lo que pasa fuera del territorio hospitalario, de lo que pasa en el terreno de la atención primaria, de lo que pasa en la génesis de muchas patologías que se expresan de manera clínica, pero se generan de manera social.

Justamente, son los avances ocurridos a mitad del Siglo XX los que han cambiado las relaciones sociales en su interacción con la ciencia, lo cual explica que Potter siguiera evolucionando en su pensamiento y en la argumentación de su concepción de la bioética, pasando de un llamado a una bioética de la supervivencia en 1970 a una bioética puente intentando vincularla a las ciencias con las humanidades que desborda su propio pensamiento. Lo conduce a una bioética global, que es la base de esa nueva visión y que se apoya en una visión más integral; y luego llega a hablar de una bioética profunda y finalmente sustentable.

“En América Latina las ideas de la Bioética como las concibió Potter fueron relativamente desconocidas durante décadas. En un texto raigal y al que mucho le debe la difusión de la disciplina en nuestra región, Bioética, temas y perspectivas –que bajo la conducción editorial de Susan Connor y Hernán H. Fuenzalida-Puelma publicara la Oficina Panamericana de la Salud en 1999–, el énfasis casi absoluto se ha centrado en temas de bioética médica, en tanto las referencias a temas de Bioética Global no directamente relacionadas con cuestiones de justicia sanitaria son tangenciales.” ¹

b) La multidisciplinariedad y la complejidad en la bioética. “Bellino ya había intentado establecer hace algunos años ciertas bases para lo que él llamó el “estatuto epistemológico de la Bioética”, incluyendo la multidisciplinariedad y la “lógica de la complejidad (Bellino 1993)”.²

Con esta cita del profesor Volnei Garrafa encontramos un marco y una puerta de entrada a la otra cara de la moneda, que nos permite ver la validez de una bioética tan plural que cabe la clínica, el derecho, la ecología, las ciencias sociales, humanas y los demás saberes, encontrando un camino de diálogo entre ellos, donde la bioética es el escenario convocante.

No descarta a nadie; por el contrario, como la bioética no tiene contenidos propios, asume ahora los que les ofrecen las otras disciplinas y le permite ver los mismos hechos, inclusive los del área de la salud, como el aborto, la eutanasia, la muerte cerebral o los que sean, desde la óptica de los otros conocimientos.

Es aquí donde la bioética se crece al hacerse multi, inter y transdiciplinar. Los ejemplos abundan y no han dañado a nadie. Aquí mismo, en la República Dominicana, realizamos un congreso de la Comisión Nacional de Bioética que contó con los auspicios técnicos y económicos de Comunidad Digna y de INTEC en 1999, bajo el título de “Bioética y pobreza”.

Mientras, en 2002, Brasil realizó el congreso mundial denominado “Bioética, poder e injusticia” y asimismo la Unesco marca camino con sus documentos sobre derechos humanos, genoma y bioética.

Nuestra propia Comisión Nacional de Bioética comenzó a gestarse en 1990 en Santo Domingo con una propuesta de diversas subcomisiones en las áreas de religión, filosofía, educación, sociales, clínicas, ecología, sin perder ninguna su identidad y con un diálogo entre ellas en el análisis de sus realidades puntuales de manera interdisciplinar. Morin delimita espacios de importancia al abordar el tema de la transdisciplinariedad y la complejidad como opuestos a la simplicidad y ofrece el tetragrama: orden-desorden, interacción y organización como mediaciones para intercambiar con la realidad y conocerla.

La creciente fragmentación de la realidad y de las realidades parciales, el cuerpo humano, por ejemplo, dentro de las especialidades clínicas, impide ver la totalidad que en este caso es el ser humano y sus contextos.

Esta segunda línea no compite con la visión clínica de la bioética, por el contrario, al desmedicalizar su patrimonio le aporta herramientas que le permiten dimensionar sus alcances. Es el concepto de totalidad concreta que implica a la realidad y su contexto desencadenante, donde podríamos decir que en la realidad médica la clínica la expresa y lo social lo explica.

  1. La búsqueda de la coincidencia bioética

a) Una de las propuestas incluye el concepto de la totalidad concreta. “La totalidad concreta, para Rosik, no constituye un método que pretende, ingenuamente, alcanzar el conocimiento de todos los aspectos de la realidad y ofrecer un cuadro ‘total’ de esta realidad con sus infinitos ángulos y propiedades, sino que constituye una teoría de la realidad y de su conocimiento como tal”.³

La complejidad, la totalidad concreta, el pensamiento potteriano, finalmente, de una bioética para la sustentabilidad, abre un punto convergente para engrandecer la bioética sin tener que caer en separarla por especialidades o disciplinas contiguas sino interactivas.

Si pretendiéramos abordar el tema del aborto en adolescentes como creciente realidad nuestra, no nos bastaría con ver cada caso particular desde el espectro deliberacionista o desde el principialismo anglosajón, ya que los resultados nos conducirán inexorablemente hacia la cosa tratada, sin permitirnos ver las dimensiones envueltas que nos habrán de aportar las ciencias sociales, por ejemplo, al encuadrarla en el contexto de pobreza, falta de educación, limitaciones económicas, medios de comunicación y publicidad dirigida. Serían enfoques individualizados que impedirían ver el tejido social en que se desarrollan.

Un análisis puntual de un niño desnutrido o de una madre que muere en el momento del parto corre el riesgo de quedarse entrampado en un análisis sobre la negligencia médica o el principio de la no maleficencia, y no es que esté incorrecto, es que puede mediatizar la comprensión de un fenómeno social de mayor magnitud que en la búsqueda de alternativas de respuestas no abarquen esa perspectiva y reduzcan el mundo de las acciones políticas a favor de las mayorías.

Diría Diego Gracia que nos podríamos quedar en la perspectiva de la santidad de la vida y no en el de la calidad de la vida. Sería uno de los riesgos de medicalizar la bioética desde una visión despolitizada de sus conflictos internos en el ámbito de lo moral.

Es evidente que no se trata de excluir a nadie, pero tampoco de hacer dueños del pensamiento porque traicionaríamos a la propia bioética. Las disciplinas están llamadas a conversar desde el objeto de su realidad; no pediremos a los médicos que hablen desde el discurso de otras disciplinas, sino desde la conversación de ellas (multi), entre ellas (inter) y dentro de ellas (intra). Esto lo pueden hacer con cierta facilidad los comités de bioética, pero requieren ser capacitados.

b) Los comités de bioética son instancias deliberativas de hechos clínicos que tienen incertidumbre moral, es decir, de casos que, siendo médicos, tienen dilemas o conflictos en el orden moral y requieren el reconocimiento del derecho de la persona a tomar sus propias decisiones y no las que el médico proponga e imponga.

Están formados por personas de distintos ámbitos disciplinares como son médicos, enfermeras, abogados, religiosos o representantes de los pacientes. Es un escenario favorable para convertirlos en lugares de convergencia para hacer bioética desde el hospital, pero requieren capacitarse sobre esta nueva forma de ver los hechos parciales.

La bioética y los comités no deben ser exclusivos de los hospitales, deben serlo de las escuelas, de los barrios, de las fábricas, de los partidos políticos, de la Administración Pública; deben ser instancias deliberativas que enfoquen de manera total e integral las realidades parciales, en la búsqueda de comportamientos morales en los escenarios que les son propios.

La bioética no debe ser exclusiva del campo de la salud, pero tampoco le es ajena; allí tiene mucho que decir en lo individual de la persona sensible y sufriente desde el sentimiento moral y la acción humana para paliar el dolor desde el respeto a la dignidad y el reconocimiento de la persona. El sentimiento moral nos manda a colocarnos en el lugar del otro para hacer pasar por la piel lo que en algún momento sólo pasa por el cerebro de los profesionales de la salud, alejándolos de la realidad humana.

La bioética no puede ser exclusiva de ningún sector, pero tampoco se le puede imponer como camisa de fuerza un método y un fundamento que no estén acordes con las realidades propias de los escenarios o países donde se desenvuelve.

Hace falta construir no una bioética latinoamericana como plantean algunos autores, más bien pienso que hace falta adecuarla a las realidades puntuales donde se desarrolla. Uno de sus grandes méritos es que el método plantea partir de la realidad que hasta ahora ha sido básicamente clínica y los hechos clínicos son enfermedades.

Partir del hecho clínico y conversar con las otras disciplinas permitirá dimensionarla. Partir de la cotidianidad y sus hechos permitirá poder hablar de una bioética para todos, para los enfermos del cuerpo (clínica) y para intervenir en la transformación de las enfermedades sociales que nos enferman.

Miguel Suazo es doctor en Medicina por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), postgrado en Educación Sexual y maestría en Terapia Sexual y Marital del Instituto APEC de Educación Sexual, INSAPEC; postitulado en Bioética Fundamental y Clínica y magíster en Bioética por la Universidad de Chile. Dirigió la Maestría en Sexualidad Humana de INSAPEC, la Escuela de Medicina de INTEC y el Decanato de Ciencias de la Salud de INTEC. Es director del Centro INTEC de Bioética y la Unidad de Ética del Consejo Nacional de Reforma del Estado (CONARE).

Notas

  1. Acosta Sariego, José. Bioética para la sustentabilidad. Pág. 90. La Habana, Cuba, Centro Félix Varela. Compilación. 2002.
  2. Garrafa Volnei, Miguel Kottow y Alya Sadaa. El estatuto epistemológico de la Bioética Pág. 68. México, Red Latinoamericana y del Caribe de Bioética de la Unesco, Instituto de Investigaciones Jurídicas de la unam. 2005.
  3. Garrafa Volnei, Miguel Kottow y Alya Sadaa. El estatuto epistemológico de la Bioética. Pág. 80.

Bibliografía

Acosta Sariego, José. “Bioética Global Sustentable”. Revista Latinoamericana de Bioética, 2006. No. 11, página 162.

–Bioética para la sustentabilidad. La Habana, Cuba, Centro Félix Varela. Compilación. 2002.

Cortina, Adela. El quehacer ético. Madrid, Santillana, 1999.

–La ética de la sociedad civil. Madrid, Grupo Anaya, 2004.

Garrafa Volnei, Miguel Kottow y Alya Sadaa. El estatuto epistemológico de la Bioética. México, Red Latinoamericana y del Caribe de Bioética de la Unesco, 2005.

Gracia, Diego. Fundamento y enseñanza de la Bioética. Bogotá, Colombia, Editorial El Búho, 1988.

Osorio, Sergio Néstor. “Qué hay entre la Ética y la Bioética”. En Revista Latinoamericana de Bioética, 2006, No. 11.

Santos Vargas, Leonidas. Bioética crítica. Puerto Rico, Instituto Hostosiano de Bioética, 2006.

Suazo, Miguel. Bioética para nuevos. Santo Domingo, Centro INTEC de Bioética, 2002.

–Adolesceré: un nuevo marco axiológico. Santo Domingo, Imprenta La Unión, 2004.