Artículo de Revista Global 63

«Los tres amigos» quebequenses

Originarios de la provincia canadiense de Quebec, Denis Villeneuve, Jean-Marc Vallée y Xavier Dolan no paran de recibir aplausos por parte de espectadores y críticos cinematográficos. Este trío de directores quebequenses amenaza con marcar una época en las pantallas de todo el mundo.

«Los tres amigos» quebequenses

Hace algunos años, la prensa estadounidense comenzó a utilizar el mote de «los tres amigos» para nombrar a Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro, gracias a su alto impacto en la taquilla mundial y entre la crítica especializada. Aunque es posible que un nuevo clan pueda hacer sombra a los mexicanos. Se trata de tres cineastas originarios de la provincia canadiense de Quebec y cuyos trabajos están provocando reconocimiento por doquier. Esta pandilla de trois amis está integrada por Denis Villeneuve, Jean-Marc Vallée y Xavier Dolan.

Quebec va más allá de ser una provincia de la federación canadiense. A pesar de que los sentimientos nacionalistas se hayan visto reducidos en la esfera política desde hace algunos lustros, aspectos como la lengua y el temperamento permiten constatar que las semejanzas con el lado anglófono de Canadá no son numerosas. Es por ello que el cine quebequense, al igual que otras expresiones artísticas, ha experimentado un desarrollo peculiar. Después de todo, los creadores de la provincia deben enfrentar la necesidad de diferenciarse, en primer lugar, de sus millones de vecinos anglófonos en Canadá y Estados Unidos y, en segundo término, de la idea común que los cataloga con simpleza como un grupo de franceses afincados en Norteamérica.

Quebec ha conseguido posicionar una forma distintiva de expresarse a través de la cámara, principalmente desde los años sesenta. Mon oncle Antoine, de Claude Jutra, consiguió amplio reconocimiento internacional; el cinéma direct de Pierre Perrault y Gilles Groulx entusiasmó a los seguidores del documental; diversos críticos de todo el orbe incluyen entre sus películas favoritas a Léolo, la surrealista obra de Jean-Claude Lauzon filmada en 1992; Denys Arcand logró ovaciones en los años ochenta gracias a Le déclin de l’empire américain, para consagrarse mundialmente con el Oscar a la mejor cinta extranjera en 2004 por Les invasions barbares.

Desde su despegue en los años sesenta hasta las cintas de Arcand, el cine quebequense tuvo como temas más recurrentes la afirmación cultural de la provincia, la defensa de la lengua francesa, los desacuerdos con la federación canadiense, los cambios de la vida moderna –el sexo, las drogas, la secularización– y el impacto de los inmigrantes. Marc Cassivi es uno de los críticos cinematográficos más reconocidos de Quebec. Al ser consultado señala que la generación actual de realizadores tiene marcadas diferencias con las anteriores en cuanto a que está integrada por directores con menos complejos, más abiertos al mundo, casi siempre bilingües; son los hijos del Quebec contemporáneo, preocupados por su cultura, pero absorbiendo influencias del exterior y tocando temas de carácter más universal.

En los últimos años, Denis Villeneuve, Jean-Marc Vallée y Xavier Dolan han continuado enriqueciendo esta tradición cinematográfica y esto no ha pasado desapercibido para los grandes productores de Hollywood. Conviene señalar que, antes de estos tres cineastas, otros realizadores de Quebec habían tratado ya de figurar en la industria estadounidense, aunque con limitado éxito o con estruendoso fracaso. Como ejemplo, solo los cinéfilos con memoria de elefante recordarán Mother’s Boys (1994), la cinta realizada por Yves Simoneau y protagonizada por Jamie Lee Curtis. Incluso Denys Arcand, para muchos el cineasta quebequense más importante de la historia, tropezó rotundamente con Stardom (2000), su única película en inglés y en la que aparecía Jessica Paré, la actriz que tantos suspiros ha provocado en la serie Mad Men. Parecía que los realizadores quebequenses estaban condenados a ganar reconocimiento internacional a condición de permanecer en su provincia, o a llevar a cabo trabajos discretos en Hollywood, pero el destino ha dictado otra cosa.

Denis Villeneuve, nacido en Trois-Rivières en 1967, dejó buen sabor de boca con Un 32 août sur terre (1998), su ópera prima. Dos años después filmó Maelström, donde un pez narra el caos en la vida de una mujer. Tras un tiempo alejado de los sets cinematográficos, sorprendió gracias a Polytechnique (2009), recreación de la matanza de estudiantes ocurrida en 1989 en las instalaciones del Politécnico de Montreal, y a Incendies (2010), adaptación de la obra teatral de Wajdi Mouawad. La cinta fue seleccionada para representar a Canadá en los premios Oscar, dentro de la categoría de mejor película extranjera.

Con el reconocimiento de la crítica por estas obras, los agentes de Hollywood no se dilataron en tentar a Villeneuve con diversas propuestas. El cineasta se decantó por Prisoners (2013), aquel thriller en el que un padre de familia se desgarra ante la desesperación producida por el secuestro de su hija. El mismo año filmó Enemy, adaptación de la novela El hombre duplicado, de José Saramago. Los proyectos no dan tregua en la agenda de Villeneuve: Sicario, una obra policiaca protagonizada por Emily Blunt y Benicio del Toro, competirá por la Palma de Oro en Cannes. También comenzará el rodaje de Story of My Life, cinta de ciencia ficción en donde un lingüista busca comunicarse con extraterrestres. Y los rumores afirman que a finales de año dirigirá la segunda parte de Blade Runner.

Al revisar su filmografía, es posible constatar la debilidad de Villeneuve por las historias y los personajes que obligan al espectador a reflexionar y atar cabos. Se le ve alejado de la comedia, con mayores inclinaciones por dramas y thrillers. «Me interesa mostrar la fealdad y el poder de la violencia», señalaba Villeneuve en una entrevista a la prensa de Montreal. Hace pensar por momentos en las obras de David Cronenberg y enfrenta sin miramientos dilemas morales, situaciones en que los individuos se encuentran al límite y encrucijadas que la vida depara sin previo aviso.

Jean-Marc Vallée nació en Montreal en 1963. En 1995 realizó Liste noire, un thriller aplaudido en Quebec. Partió posteriormente a Estados Unidos para embarcarse en distintos proyectos televisivos. Sin embargo, volvió a Montreal para filmar C.R.A.Z.Y. (2005), cinta en la que cuenta la difícil relación entre un padre y su hijo en el Quebec de las décadas de los 60 y 70. La película se convirtió en un sonado éxito en Canadá y recogió halagos en distintos festivales. En 2011 realizó Café de Flore, una historia de amor y reencarnación. Dos años después se estrenó como director en Hollywood con Dallas Buyers Club, donde un cowboy seropositivo se transforma en un defensor de las necesidades farmacéuticas de los aquejados por la enfermedad. Meses más tarde Vallée filmó Wild, protagonizada por Reese Witherspoon y en la que se aborda la aventura de una mujer a lo largo de cientos de kilómetros en el oeste de los Estados Unidos. Demolition, su último trabajo, será estrenado en breve.

A diferencia de Villeneuve, Vallée es un cineasta menos sombrío en las formas y se muestra atraído por personajes en busca de sentido. Una característica sustancial de su obra es que se interesa por insertar sus historias en épocas distintas: una parte importante de Café de Flore tiene lugar en los años 60, C.R.A.Z.Y. acontece en los 60 y 70, Dallas Buyers Club en los 80 y Wild en los 90.

«Joven prodigio» y «artista rebelde»: ambos motes le van a Xavier Dolan como anillo al dedo. Pocos casos de precocidad ha registrado el cine mundial como el de Dolan. Con apenas 20 años, el director montrealense presentó con éxito en 2009 J’ai tué ma mère en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. Un año después estrenó Les amours imaginaires en la sección «Un certain regard» del mismo festival y provocó una ovación de ocho minutos. Volvió a Cannes en 2012 con Laurence Anyways, pero en esa ocasión Dolan expresó su malestar porque la película no había sido incluida en la selección oficial. En 2013, Tom à la ferme ganó el premio Fipresci en la Muestra de Venecia. La consagración mundial le llegó finalmente en 2014 en Cannes, donde Mommy obtuvo el premio del jurado, ex aequo con Adieu au langage de Jean-Luc Godard, aunque meses después Dolan volvió a mostrar su disgusto porque su cinta no fue seleccionada para representar a Canadá en los Oscar.

Con apenas 25 años, el director quebequense no deja de comentar la larga lista de proyectos que tiene contemplados. El siguiente lo comenzará a filmar en unos meses. Se trata de The Death and Life of John F. Donovan, su primera incursión en el cine en lengua inglesa. Además de dirigir, Dolan también se encarga de la selección musical de sus películas, de los guiones, del diseño de vestuario y, de vez en cuando, también actúa. Nada mal para un fanático del cine que nunca pisó la universidad y que lo mismo cita como fuente de inspiración Titanic de Cameron, las comedias de Almodóvar y la filmografía de Bergman. Las relaciones familiares, la identidad sexual y las interrogantes de la juventud aparecen en las películas de Dolan, todo esto mezclado por momentos con una evidente influencia de la cultura del videoclip y con un encomiable uso de la luz.

¿Es una coincidencia que estos talentosos directores provengan de las mismas coordenadas, o es más bien el resultado de elementos particulares del cine quebequense? En realidad, de casualidades hay muy poco: Montreal se caracteriza por ser un poderoso motor de creación cultural a nivel mundial, sus escuelas cinematográficas son de gran calidad, sin olvidar que la tradición cinematográfica quebequense ha tenido siempre que apelar a un alto sentido de la creatividad y de la originalidad para seguir viva.

Hollywood es un trampolín para llegar a las pantallas del mundo, pero los directores saben que a cambio deben hacer importantes concesiones: una intervención constante de los productores en los proyectos, fatigosas campañas de promoción y, sobre todo, renunciar en muchas ocasiones a filmar guiones propios. «Se pierde control creativo; es ingenuo pensar que no pasará», señalaba Vallée en una entrevista televisiva sobre lo que implica mudarse de los estudios quebequenses a los de Hollywood.

Cabe señalar que las películas en suelo estadounidense de Villeneuve y Vallée han sido el resultado de las plumas de otros guionistas. La excepción tal vez la imponga Dolan, acostumbrado a filmar solo lo que salga de su mente. The Death and Life of John F. Donovan, su próxima cinta, es un guión de su autoría, y se antoja difícil que el joven director caracterizado por la rebeldía acepte embarcarse en una forma de trabajo distinta. El crítico Marc Cassivi señala que Villeneuve y Vallée se han adaptado muy bien a Hollywood; muestra más dudas sobre lo que pueda ocurrir con Dolan, ya que su primera participación en el cine estadounidense servirá para saber cómo será recibido en aquel país. No hay que olvidar que ha tenido éxito sobre todo en Europa y entre un público más inclinado al cine de autor.

¿Han llegado a Hollywood los tres amigos quebequenses para quedarse? Villeneuve y Vallée coinciden en sus opiniones: no cierran la puerta a volver a rodar en Quebec, pero reconocen la enorme ventaja de trabajar con grandes actores, además de que existen mayores condiciones para filmar géneros específicos. Por su parte, Dolan ha manifestado que ha decidido incursionar en la esfera hollywoodense porque el guión que filmará próximamente fue concebido desde el principio para hacerse en inglés y debido a que la trama ocurre dentro de la propia industria estadounidense, subrayando que la naturaleza de sus futuros proyectos dispondrá dónde los filmará, ya sea en Estados Unidos, Quebec, Europa o en otros sitios.

Todo indica que los astros se están alineando para que estos tres directores francocanadienses marquen una época en el cine internacional. La legión quebequense hace ruido al caminar por las principales avenidas del mundo cinematográfico. No dejemos de seguirla de cerca.


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