Artículo de Revista Global 71

Mario Vargas Llosa: el lector en esteroides

En esta conferencia, leída en el marco de la celebración del Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña 2016, otorgado a Mario Vargas Llosa, hago un breve repaso de su obra como crítico literario y muestro cómo su acercamiento a las obras y autores que analiza nos ayuda a profundizar nuestros conocimientos de ellos y del propio Vargas Llosa como lector agudo y sapiente.

Mario Vargas Llosa: el lector en esteroides

¿Qué es un crítico literario y qué hace? Un crítico, según Ambrose Bierce, es una persona que se jacta de lo difícil que es satisfacerlo, porque nadie pretende satisfacerlo. Así las cosas, uno (fíjense la tamaña confesión que aquí hago) elige como destino y carta de presentación frente al mundo ir por la vida pretendiendo decirle a otros cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué se debe leer una de esas obras que conforman eso que llamamos literatura sin que nadie nos haya preguntado, sin que a nadie le importe y, para colmo, tal y como me dicen algunos amigos entrañables, vive de la labor de otro. Por tanto, hoy pretendo hablar de una de las facetas que, en principio, parecería ser la más desgraciada e ingrata de nuestro galardonado.

Mi admirado Harold Bloom, citando a su héroe y modelo Samuel Johnson, afirma que el crítico convierte la opinión en conocimiento (The Daemon Knows, 30). Detengámonos a pensar un rato en eso: convertir «su opinión» en conocimiento. Pero, ¿conocimiento de qué? ¿Qué tipo de conocimiento provee la crítica literaria? Antes de responder a estas preguntas, afirmemos una obviedad: el crítico, en principio, se gana la vida leyendo, algunos obvian este pequeño paso y proceden directamente a la crítica y hasta publican los resultados, pero a los jóvenes que hoy me escuchan no les aconsejo este camino, porque pueden terminar sirviendo en instituciones culturales de prestigio. Mario Vargas Llosa –como sabemos por su biografía– es un lector apasionado y empedernido, pero lo que descubrí leyendo y en algunos casos releyendo gran parte de su labor crítica como preparación para este evento es que es un lector en esteroides. Como buen seguidor entusiasta de los deportes, no pude resistir la metáfora: al igual que en el béisbol donde los esteroides no ayudan realmente a batear mejor pero sí ayudan a recuperarse más rápido de las lesiones y a, algunas veces, aumentar la masa muscular, el lector en esteroides hace lo mismo que hacemos todos pero más y mejor, y se adentra más profundamente en la obra que tiene al frente.

El ya citado Bloom afirma que «Leer bien es uno de los grandes placeres que la soledad le otorga a uno, porque es, al menos en mi experiencia, el más curativo de todos los placeres. Devuelve a uno a la otredad, ya sea en uno mismo o en los amigos. La literatura imaginativa es otredad, y, por tanto, alivia la soledad. Leemos no solamente porque no podemos conocer a todo el mundo, sino también porque la amistad es vulnerable, susceptible de disminuir o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, las afinidades imperfectas, y todas las tristezas de la vida familiar y afectiva» (How to Read and Why, 19).

Pues bien, el conocimiento que provee el crítico literario a partir de su opinión es cómo y por qué reconocemos esa otredad, por qué debemos integrarla a nuestra existencia y cómo esa otredad nos hace, en la mayoría de los casos, mejores seres humanos. Leer de manera atenta la llamada «literatura seria» –por falta de un mejor término– incrementa nuestro conocimiento del prójimo. Muchos hemos conocido una Emma Bovary, pero si no nos hemos sumergido en Flaubert se nos hace mucho más difícil identificarla y saber cómo lidiar con ella.

Nuestro premiado, en su labor de crítico, ha expandido nuestro conocimiento de escritores imprescindibles del canon, tales como Gabriel García Márquez, Gustave Flaubert, Juan Carlos Onetti, Víctor Hugo y muchos más. La prosa crítica de Mario Vargas Llosa acusa las mismas características de su prosa literaria: limpidez, fuerza y deleite. Al igual que su contemporáneo Harold Bloom, Vargas Llosa acude a las obras que analiza en busca primordialmente del elemento estético y al mismo tiempo intenta desentrañar el mecanismo por el cual los mundos creados por sus pares (no podemos olvidar que es, primero que nada, un escritor de ficciones) se convierten en universos que atrapan de manera indeleble al lector.

Ya en García Márquez: Historia de un deicidio, Vargas Llosa revela su método crítico: acercamiento total y exhaustivo a la obra de que se trate, sin desdeñar nunca el buen decir y, lo que para mí es lo más impresionante de su quehacer crítico, sin dejar ver el andamiaje teórico que avala sus afirmaciones y juicios. En ese libro, podríamos decir de juventud, ya están dadas las coordenadas en las cuales se apoya el crítico para guiarse en el mundo: ¿en qué consiste, en esencia, el escribir ficción literaria? y ¿de dónde surge ese impulso?

A la primera pregunta responde Vargas Llosa en aquel libro de 1971 con una definición: «Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad» (85), y a la segunda, con una confesión: «La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida; cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad» (85).

Su tarea principal es revelarnos cómo funciona esa rebelión ciega (otra frase de nuestro premiado en ese mismo libro) y para ello se apoya en la biografía del autor para mostrar cómo la «realidad real» se convierte efectivamente en savia que anima la «realidad ficticia» que es la literatura. Y el punto nodal de esta transformación es lo que denomina «el elemento añadido», eso que el novelista añade a la realidad para hacerla, para convertirla en literaria. Este proceso de agregar estos elementos a la «realidad real» es, como señala en Cartas a un joven novelista, un strip tease invertido: «El novelista ejecutaría la operación en sentido contrario, en la elaboración de la novela, iría vistiendo, disimulando bajo espesas y multicolores prendas forjadas por su imaginación aquella desnudez inicial, punto de partida del espectáculo» (24). Así las cosas, si el Mario Vargas Llosa novelista viste la realidad con el elemento añadido de la ficción, el Vargas Llosa crítico desviste prenda por prenda a la novela o cuento que se encuentre frente a él.

El método crítico vargasllosiano es meticuloso y exhaustivo, y se destaca por la manera en la cual desviste la obra (cada crítico tiene su manera de desnudar la obra, pero aquí estamos para revelar las intimidades de don Mario, no las de los demás, así que, críticos presentes, no se preocupen que su secreto está a salvo, por ahora). Vargas Llosa se distingue, más que cualquier crítico literario en español, por el elemento artístico que le impregna a la prosa. Nuestro premiado es un feroz crítico de la prosa académica al uso en estos días y creo que razón no le falta. Muchos de mis colegas (y yo mismo he incurrido en ese pecado mortal) escriben sus artículos y libros en ese lenguaje que, como señala Terry Eagleton a propósito del poscolonialismo, «es un lenguaje académico escasamente hablado fuera de un centenar de universidades y muchas veces tan ininteligible para un occidental promedio como el swahili» (Why Marx Was Right, 222). Vargas Llosa no, se empeña en avergonzarnos con una prosa clara y reluciente y sobre todo con esos párrafos iniciales cautivantes. Para muestra, dos botones:

«Retrocedamos a un mundo tan antiguo que la ciencia no llega a él, y la que dice que llega no nos convence, pues sus tesis y conjeturas nos parecen tan aleatorias y evanescentes como la fantasía y la ficción» (El viaje a la ficción: el mundo de Juan Carlos Onetti, 11). A partir de aquí, el Nobel peruano emprende una cautivante narración de 22 páginas donde relata cómo surgió su novela El hablador y entrelaza esto con la obra de Onetti, una obra que, a su modo de ver, «está concebida para mostrar la sutil y frondosa manera como, junto a la vida verdadera, los seres humanos hemos venido construyendo una vida paralela, de palabras e imágenes tan mentirosas como persuasivas, donde ir a refugiarnos para escapar de los desastres y limitaciones que a nuestra libertad y a nuestros sueños opone la vida tal como es» (32).

El otro ejemplo, y con este ya casi termino, es mi favorito: «El invierno, en el internado del Colegio Militar Leoncio Prado, de Lima, ese año de 1950, era húmedo y ceniza, la rutina atontadora y la vida algo infeliz. Las aventuras de Jean Valjean, la obstinación de sabueso de Javert, la simpatía de Gavroche, el heroísmo de Enjolras, borraban la hostilidad del mundo y mudaban la depresión en entusiasmo en esas horas de lectura robadas a las clases y a la instrucción, que me trasladaban a un universo de flamígeros extremos en la desdicha, en el amor, en el coraje, en la alegría, en la vileza» (La tentación de lo imposible, 16). Esto podría ser el inicio de cualquier novela y, sin embargo, lo que empieza es una serie de clases magistrales, esas lectures hoy tan despreciadas en el mundo académico anglosajón, donde este lector en esteroides procede a desvestir a Los miserables con maestría y galanura dejándonos a nosotros sus lectores, los de él y los de Víctor Hugo, con un conocimiento mayor no solo de la obra y sus personajes sino también de los humanos que para nuestra dicha y a veces desgracia nos rodean en el día a día, haciéndonos así, inicialmente, mejores ciudadanos y personas.

Solo me resta decir que espero que sigamos en esta bien llamada por él civilización del espectáculo, disfrutando de Mario Vargas Llosa y de sus libros que son más bien el espectáculo de una civilización, esa formada por la lectura atenta y repetida de clásicos antiguos y modernos con el objetivo de hacernos más llevadero este espacio entre dos oscuridades que llamamos vida.

Nota. Conferencia leída el 22 de septiembre del 2016 dentro del marco de la celebración del Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña 2016. Quiero agradecer profundamente la oportunidad brindada por Luis Brea Franco y José Antonio Rodríguez; su apoyo incondicional han hecho posible estas hermosas jornadas.

Arturo Victoriano Martínez es doctor en literatura por la Universidad de Toronto. Publicó, junto con el Dr. Luis Brea Franco, Informe sobre el diagnóstico del sector cultural: compendio de legislación cultural dominicana (1998); tradujo el libro La lucha por la democracia política en la República Dominicana de Jonathan Hartlyn (Fundación Global Democracia y Desarrollo, 2008); su última obra es Rayanos y dominicanyorks: La dominicanidad del siglo XXI (Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, University of Pittsburgh Press, 2014).

Obras citadas

Bloom, Harold. How to Read and Why. New York: Touchstone Books, 2001.

—-. The Daemon Knows: Literary Greatness and the American Sublime. First edition. ed. New York: Spiegel & Grau, 2015.

Eagleton, Terry. Why Marx Was Right. New Haven: Yale University Press, 2011.

Vargas, Llosa M. Cartas a un joven novelista. Lima, Perú: Alfaguara, 2011.

—-. García Márquez: historia de un deicidio. Barcelona, España: Barral Editores, 1971.

—-. El viaje a la ficción: la narrativa de Juan Carlos Onetti. Lima: Alfaguara, 2008.

—-. La tentación de lo imposible: Víctor Hugo y Los miserables. Madrid: Alfaguara, 2004.


MÁS DE ESTE AUTOR


LIBROS

Devoraciones Enriquillo Sánchez Dirección General de la Feria del Libro Santo Domingo, 2005 215 páginas El 25 de agosto pasado habría cumplido 71 años y, de haberlos cumplido, lo habría hecho siendo uno de los intelectuales dominicanos con más seguidores en las redes sociales; sería un tuitero de fuste, cuerdero e iluminador, porque siempre estuvo,...
Leer más

Mario Vargas Llosa: el lector en esteroides

En esta conferencia, leída en el marco de la celebración del Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña 2016, otorgado a Mario Vargas Llosa, hago un breve repaso de su obra como crítico literario y muestro cómo su acercamiento a las obras y autores que analiza nos ayuda a profundizar nuestros conocimientos de ellos y del propio Vargas Llosa como lector agudo y sapiente.
Leer artículo completo

Pedro Henríquez Ureña y el ensayo cultural dominicano

Pedro Henríquez Ureña es el intelectual dominicano más conocido del siglo XX. Su obra ha influido a generaciones de escritores y ensayistas en México, Argentina, Cuba y Estados Unidos. Aquí el autor sitúa su obra dentro del canon del ensayo cultural dominicano, comparando su acercamiento a los temas de raza e hispanidad con los de...
Leer más