Artículo de Revista Global 64

Mayra Santos-Febres: «Soy una mujer definida por la creación literaria»

Mayra Santos Febres (1966) es una de las voces más reconocidas de la literatura contemporánea del Caribe. Nació en Carolina (Puerto Rico) y comenzó a publicar poemas desde muy joven en revistas y periódicos de Cuba, Argentina, Francia y Estados Unidos.

Mayra Santos-Febres: «Soy una mujer definida por la creación literaria»

Ensayista, poetisa, narradora y dueña de una pluma prolífica (suma 10 libros impresos en 14 años y dos más en la sala de espera), funge también como organizadora del Festival de la Palabra de su isla natal. Como cuentista se hizo merecedora del Premio Letras de Oro (usa, 1994) y del Premio Juan Rulfo (Francia, 1996). Su ópera prima en novela, Sirena Selena vestida de pena (2000), traducida al inglés, francés e italiano y finalista en 2001 del Premio Rómulo Gallegos de Novela, ha sido objeto de múltiples trabajos monográficos. Allí, Sirena Selena, un travesti quinceañero con una voz fenomenal, viaja con su protectora, Martha Divine, desde Puerto Rico hasta la República Dominicana para labrarse una carrera como cantante de boleros y termina enredado en un affaire con un prestante hombre de negocios.

Piel de melaza, y con una forma de caminar que pareciera seguir el rumor de las semillas de unas maracas invisibles, Mayra Santos Febres respira el Caribe por todos lados. El título de su primer libro, Anamú y Manigua (1991) es bastante diciente a este respecto. Y su amor por la salsa y el bolero, y por los camarones con cebolla picada y salsa de tomate en un mirador frente al mar. Directora del taller de narrativa de la Universidad de Puerto Rico, y feminista declarada (aunque no de las que lucen todo el tiempo una provocativa boina verde), Mayra reparte su tiempo entre la literatura, el cuidado de sus dos hijos, los baños de mar, las clases de yoga y las reuniones con sus «panas». En la siguiente entrevista, conversa sobre los tópicos de la literatura del Caribe, su visión del feminismo, sus retos como profesora y el intríngulis de su trabajo como escritora.

La literatura del Caribe

En Resinas para Aurelia y en Sirena Selena, así como en otros textos caribeños (piense, especialmente, en La maravillosa vida breve de Oscar Wao), son las abuelas, y no los padres, quienes traban un fuerte lazo con sus nietos. ¿Qué implicaciones tiene esta presencia en su literatura, o en la literatura del Caribe en general?

No es sorpresivo recordar que las organizaciones familiares de esta parte del Caribe son muy frágiles debido a la esclavitud. Antes, las mujeres y los hombres iban a trabajar al campo o a la hacienda, y quienes se quedaban al frente de los niños eran las abuelas, las comadres o las madrinas. Después, con el nacimiento de los nuevos estatutos profesionales y de otro tipo de empleos, la situación siguió siendo la misma. Así que la presencia de la abuela como trasmisora de conocimiento y tradición está en toda la literatura del Caribe, tanto en la que se escribe en español como en la que se escribe en francés y en inglés.

Al cotejar la literatura del Caribe con la literatura eurocéntrica, uno advierte algunas diferencias en cuanto al planteamiento de los paradigmas. En lo relacionado con la belleza femenina, por ejemplo, la literatura caribeña presenta como ideal a la mujer mestiza (o negra) de carnes abundantes y senos grandes, a diferencia de la mujer rubia y delgada de la literatura eurocéntrica. ¿Qué otros paradigmas de la literatura del Caribe y eurocéntrica entran en confrontación?

Ante todo hay que decir que en la literatura eurocéntrica tradicional, el cuerpo no entra en las discusiones intelectuales porque es pecaminoso. En el Caribe, en cambio, hay mucha corporalidad, muchas cosas eróticas y sensuales. La oralidad es otro de los puntos de divergencia entre ambos enfoques. En la literatura eurocéntrica se tiende a ser menos oral y a utilizar un lenguaje mucho más estilizado, mientras que en la del Caribe hay una presencia importante de la canción, de la oralidad, del juego de palabras. El escenario en el que se desarrollan los acontecimientos también es distinto, pues solamente desde las décadas del 70 y del 80 es cuando en la literatura del Caribe las ciudades empiezan a cobrar protagonismo, aunque, en todo caso, se trata de una cultura urbana diferente. También hay divergencias en las comidas, las religiones populares, el ritmo, etc. Lo que a mí me molesta es la insistente marginación de unos saberes sobre otros, el intento de presentar la literatura del Caribe como un producto inferior. A mí me gustan los atardeceres frente al mar y la sensación del salitre en la piel cuando salgo del agua. Eso es algo que yo quisiera compartir, pero el sistema eurocéntrico de conocimientos no valora eso, porque se supone que una mujer negra no piensa. Esos son los contrapuntos que yo quiero que desaparezcan, porque el mundo estaría más completo si le diera una importancia por igual a los distintos referentes culturales.

¿Qué autores caribeños recomendaría leer?

Empecemos por Puerto Rico. Creo que es fundamental leer, por ejemplo, La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez. Si nos vamos un poco más atrás, hasta el siglo xix, La charca de Manuel Zeno Gandía. Toda la poesía de Julia de Burgos. De la República Dominicana La mañosa de Juan Bosch, Salomé Ureña, Junot Díaz, los cuentos de José Alcántara Almánzar, los poemas de Frank Báez. En Cuba, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Cecilia Valdez, la poesía de Nancy Morejón, Virgilio Piñera, y un autor más contemporáneo: Leonardo Padura. Como el Caribe se extiende, hay dos textos que hay que repensar: María de Jorge Isaacs y Cien años de soledad. Los cuentos del colombiano John Junieles también son de apaga y vámonos, y así podría nombrarte una lista de nunca acabar, como Ana Lydia Vega, etc.

Sobre el ser puertorriqueño

Junot Díaz explica los problemas de la República Dominicana como resultado del fucú que trajeron primero los españoles y luego los estadounidenses. ¿Pesa algún fucú sobre los puertorriqueños?

Por supuesto. Nuestro gran fucú ha sido la colonización norteamericana. La colonización apostó a que Puerto Rico iba a desaparecer, pero nosotros, por cabeciduros, hemos insistido en lo contrario. Tenemos la mitad de gente aquí en la isla y la otra mitad en los Estados Unidos, pero todos porfiamos en seguir considerándonos puertorriqueños. A partir de allí ha surgido una literatura con muchas variantes, literatura de ficción, literatura gay, etc., pero siempre con la idea de configurar una identidad al margen de los ideales norteamericanos.

Varios ensayos subrayan la negación de lo negro, étnicamente hablando, por parte de los puertorriqueños cuando de reconocer sus orígenes se trata. ¿Cuál es la verdadera deuda de los puertorriqueños con los africanos, además de las gestas libertadoras que muchos han tratado de ignorar?

La negación es la misma de toda América Latina con las culturas negras e indígenas. Todos los discursos nacionales de América Latina se han erigido en contrapuntos de las culturas europeas o estadounidenses. Sin embargo, las élites siempre han visto en lo blanco un elemento de prestigio. Puerto Rico no podía ser la excepción. La deuda que tenemos ha sido con los escritores. Hay una gran presencia de lo negro en la fábrica fundacional de la identidad puertorriqueña, la música, el ritmo y las demás esferas de la cultura.

¿Ha encontrado su literatura algún tipo de resistencia en Puerto Rico por tocar temas tan controversiales como el del travestismo?

Si ha habido algún tipo de resistencia, esta ha provenido de las altas esferas académicas intelectuales, que ahora mismo están en franca decadencia en Puerto Rico. Por otro lado, soy la mujer más desobediente que tú te puedas imaginar, y me tendría sin cuidado esa resistencia. Además, como mi literatura es caribeña, los circuitos por donde yo transito son mayores que el nacional. Tengo amigos en Jamaica, Curazao, Trinidad, España, Portugal, Alemania, Inglaterra, etc. Para crear el tapabocas tendrían que poner un poder internacional que no tienen.

El feminismo

En uno de sus ensayos, habla usted de las dudas que la acosaron durante algún tiempo sobre el modo más conveniente de construir el ser femenino. ¿A qué conclusión llegó finalmente?

El feminismo lo pienso mucho, pero soy una feminista del Tercer Mundo [risas]. Creo que para que se cumpla la utopía de una relación equilibrada entre mujeres y hombres, es necesario que estos últimos repiensen su masculinidad y el discurso de la victimización de la mujer. Que se acabe con la división entre los espacios públicos y privados. Yo siento que todavía la vida íntima se rige por esa división, y que las mujeres públicas somos vistas como una amenaza, inclusive en el amor, porque muchos hombres se sienten impedidos de amarnos por ese solo hecho.

¿Qué es lo que define a una mujer?

Una mujer tiene múltiples maneras de definirse. En mi caso, soy una mujer definida por la creación literaria, que es lo que me permite extender mi mundo. Desde allí he construido una familia con mis dos hijos, y relaciones amorosas que han durado algo y luego se han caído. Pero no es el único camino posible de realización, pues cada mujer se define según sus propios parámetros, como ama de casa, como bióloga, o como lo que quiera. A Carmen Gaite le preguntaron una vez qué prefería, si sus libros o sus hijos. Esa es una pregunta cruel que nunca le harían a un hombre. ¿Por qué no puedo ser escritora y madre de familia a un tiempo?

¿Cree usted que el feminismo, sobre todo el que sufre de una especie de paranoia, puede llegar a ser nocivo en algún momento?

Nocivo no; tal vez erróneo. Pero lo que pasa es que el feminismo es una filosofía joven y hay que darle tiempo para que se desarrolle. Es verdad que hay mujeres que afirman tajantemente que el hombre es el enemigo. Yo no estoy de acuerdo con ellas, pero entiendo que están reaccionando radicalmente ante una situación radical: siglos y siglos de maltrato y dominación por parte de grupos controlados por hombres. Mira si no a las casi 500 mujeres que fueron asesinadas en la frontera [de Estados Unidos] con México, a las niñas [y niños] prostituidos o utilizados como esclavos laborales. No estamos hablando de quién saca la basura y quién saca a pasear a los niños, sino de sistemas complejos de dominación económica y política que han impedido el protagonismo de la mujer en los grandes escenarios de la vida social.

Sirena Selena vestida de pena, es una novela donde predomina una visión travestida de la sexualidad. ¿Cómo fue ese ejercicio de despersonalización, de borrar el sujeto Mayra Santos para que aflorara en su lugar Martha Divine o Sirena Selena o cualquiera de las otras «dragas» del bar?

Lo que pasa es que las «dragas» y las mujeres nos parecemos muchísimo, porque ser mujer no es tener unos atributos biológicos y ya: uno se viste de mujer para salir a la calle. Te pones el maquillaje, te pones la faja, y te pones todo lo que sea necesario para el espectáculo social. Y yo utilizo esa experiencia para darle voz a esos sujetos: me he vestido de mujer deseada; conozco los trucos de personificación y de impostura para entrar en un espacio que no es el propio. Por otro lado, Sirena Selena es una metáfora de cómo aparece vestido el Caribe ante el imaginario europeo. El Caribe, en ese sentido, es el lugar en el que yo vengo a desinhibirme, a soltar todos los controles que debo refrenar en mi espacio, que es el de la razón y el de la productividad. El Caribe que es solo sexo, drogas y deseo. Esa era la cultura que me interesaba repensar; por eso me salían bien las «dragas». Hay también otro travestismo en el lenguaje: el lenguaje oral que se traviste de lenguaje literario, y el lenguaje de la santería en el que ser hombre o mujer no tiene la misma connotación que en la cultura occidental. De ahí que Changó, rey del tambor y de la fiesta, se ponga una falda. Sirena hace lo mismo, pero Sirena es Yemayá, una diosa del inconsciente.

La escritura como oficio

¿Hasta qué punto se complementan o rechazan la profesión de docente y escritora?

Aquí en Puerto Rico se complementan muy bien. La mayoría de los escritores en el mundo son periodistas, pero como el periodismo en Puerto Rico es bastante frágil, la docencia aparece como una muy buena opción para los escritores: el trabajo está bien pagado y hay espacios para la investigación y la creación. En cuanto a los saberes, me complace mucho ser profesora, porque tengo acceso a las discusiones más vivas de los estudios culturales. No obstante, les tengo desconfianza a los discursos teóricos sobre la literatura, porque son discursos derivativos. La crítica literaria es privativa: tú tienes un texto que utilizas como pretexto para decir cosas sobre algunos temas que te interesan. No digo que eso sea bueno o malo. Lo que digo es que un escritor puede confundir la teoría y la creación literaria con el estudio de la literatura. Un escritor debe estudiar su medio, pero, sobre todo, el lenguaje y la tradición. No obstante, la manera en que lo hacen en la universidad es distinta a la que utilizamos los escritores. Y la gente se confunde. Yo puedo estudiar filosofía de la ciencia, pero no soy neuróloga. Y lo mismo vale para el crítico literario, que puede amar la literatura todo lo que quiera, pero no es escritor. Ser escritor implica una experiencia con el lenguaje y la tradición completamente distintos.

¿De qué trata su nueva novela y cuáles son sus proyectos editoriales más cercanos?

En mi última novela cuento la llegada de Gardel a Puerto Rico y la entrada de Puerto Rico a la modernidad. También escribí una biografía, estoy trabajando en un libro de cuentos y en un nuevo proyecto de novela. Quiero, igualmente, abandonar por el momento las novelas históricas y trabajar con novelas más contemporáneas.

¿Ha sucumbido alguna vez al bloqueo creativo?

Todo el tiempo. Por ejemplo, en mi última novela, escribí un manuscrito y cuando terminé me di cuenta de que algo estaba fallando. Demoré cuatro años hasta que resolví el problema. Lo hice con la ayuda de unos amigos. Les di la novela para que me dieran su opinión y conversamos al respecto. También me ayudó el cuaderno de apuntes que llevo conmigo desde que era niña, porque siempre estoy tomando notas acerca de las reflexiones que me genera lo que estoy viviendo y escribiendo. Si no logro entender a un personaje, entonces lo escribo, hasta que doy con la respuesta. No me interesa la experiencia por la experiencia misma, sino bajo el filtro de la intimidad que encuentro en mi cuaderno de apuntes.

García Márquez tenía rosas en su escritorio y Hemingway les sacaba las puntas a los lápices. ¿Tiene usted supersticiones o ritos a la hora de escribir?

Sí: sigo el rito de la limpieza. No puedo sentarme a escribir en un sitio desordenado. Antes de sentarme a escribir arreglo la casa y me tiro las cartas del tarot.

El Festival de la Palabra

¿Cómo surge el Festival de la Palabra y cómo empezó a dirigirlo?

El Festival de la Palabra surge en 2010 por la necesidad de país. Así de simple. Un día me harté y, en medio de una clase en la Universidad de Puerto Rico, que en esos días vivía inmersa en una terrible huelga, empecé a gritar como una desquiciada a mis alumnos asombrados «¡Yo quiero un país! ¡Yo quiero un país ahora!». Lo otro fue coser y cantar. Coser un presupuesto imposible para celebrar un festival literario en un país que no tenía ni idea de cómo se celebraba uno, y cantarles a auspiciadores públicos y privados, grandes y pequeños, para que me dieran los recursos para llevarlo a cabo.

Invitar a las luminarias de las letras del Gran Caribe y sus diásporas fue lo más fácil. Desde hacía tiempo sabía que todo el mundo quería venir a Puerto Rico. Que Puerto Rico es el secreto mejor guardado de Latinoamérica y el Caribe. Somos un misterio: la misteriosa isla donde, después de 118 años de colonia, se sigue hablando en español, sintiendo en español y produciendo los mejores compositores, letristas y cantantes de salsa y balada del mundo. La resistencia cultural nos ha hecho grandes. La situación política nos ha hecho invisibles y nos ha sacado del circuito que nos es natural. El Festival de la Palabra es una manera de reinsertar a Puerto Rico en los diálogos internacionales de nuestro mundo natural y proponerlo como lugar de encuentro, como un tipo de zona franca donde los que componemos, discutimos y soñamos el imaginario colectivo de España, Latinoamérica, el Gran Caribe y sus diásporas nos podamos reunir. También invitamos a nuestros aliados del mundo entero. Aquí sí hay cama «pa» tanta gente. Se duerme «apretao», pero hacemos lugar.

Dirigí el festival por deffault. No había dinero para pagar el salario de un director ejecutivo en propiedad. Otra vez la necesidad fue la madre de la inventiva. Yo parí al Festival porque si no, explotaba. El festival me parió como su directora ejecutiva. Fui aprendiendo a cumplir bien con mi cargo, porque mi equipo –otros 12 locos que le entregan alma, vida y corazón al Festival de la Palabra– me fue enseñando. De ellos, en realidad, he aprendido todo lo que sé de administración y gestión cultural, de la industria del libro y los circuitos que la nutren. Esto es un esfuerzo conjunto.

¿Considera usted que el Festival ha contribuido a la apertura de la literatura puertorriqueña? 

Desde que el Festival comenzó a celebrarse, Puerto Rico se ha ganado un Premio Rómulo Gallegos, un Premio Lamda y un Bogotá 39. Sus autores han sido más antologados que nunca en ediciones en alemán, francés, español e inglés. Han aparecido reportajes de fondo en el periódico El País, en el que se entrevista a figuras fundamentales de la literatura puertorriqueña, tales como Edgardo Rodríguez Juliá, Luis Rafael Sánchez y esta servidora. Se le otorgó a San Juan el título de Ciudad Capital de la Unesco, y ahora a Mayagüez. Los Premios del Instituto de Cultura Puertorriqueña han tomado lustre y en 2016 Puerto Rico será la sede del VII Congreso de la Real Academia Española. En algo, pues, hemos contribuido al realce de Puerto Rico como sede cultural en las Américas.

¿Qué tal ha sido la respuesta del público a los eventos?

El público apoya el Festival de la Palabra cada día más. En 2010 fueron, aproximadamente, unas 20,000 personas. En 2011 bajamos a 14,000. Cambiamos de sede y le metimos fuerte a la autorreflexión. Volvimos a dar el palo en 2012 con 16,000 asistentes, en parte porque atacamos duro a las escuelas, conseguimos de aliadas a maestras y maestros poderosos en toda la isla, y asistieron 5,147 estudiantes durante los primeros días del evento. En 2013 sostuvimos el crecimiento, asistieron 18,000 personas. Más o menos la asistencia promedio que tiene registrada la Feria Internacional del Libro de Berlín. El año pasado nuestro público fue de 25,000 personas. Sacamos el Festival a la calle y la calle nos acogió. Al mudarnos al Paseo La Princesa, en el viejo San Juan, logramos que la gente integrara el Festival a su vida cotidiana.

¿Qué se llevan los escritores invitados y qué dejan en Puerto Rico?

Muchos de los 225 escritores que hasta la fecha han participado del Festival de la Palabra me han dicho que lo mejor que se llevan es la experiencia de conversar con los estudiantes y maestros de las 60 escuelas y 11 recintos universitarios que visitamos. El Festival tiene lugar en San Juan, pero todo escritor que acepte participar en las mesas y debates de la capital tiene que acceder a visitar los más recónditos rincones de la isla, sus escuelas más pobres y más ricas, las más apartadas y las más cercanas. Cubrimos la isla entera de palabras. Lo que se llevan los escritores de esta experiencia es el descubrimiento del interés y la curiosidad que habita en Puerto Rico, hambre de aprender, de conocer a nuestros hermanos del mundo y del Gran Caribe, y hambre de formar parte del mundo. También se van con ganas de volver. Aquí los esperamos, en esta isla que en verdad es de quien la valora y la ama.

¿Alguna anécdota especial con alguien del público?

Un día cualquiera, un señor me detuvo en la calle para preguntarme: «¿Usted es la escritora, la que dirige el Festival?». Yo asentí tímidamente. Nunca sé qué responder en momentos como ese. «Espéreme un momentito», me dijo el señor, y salió a toda prisa. Volvió acompañado de una niña joven, negra clara, color caramelo. Le dijo: «Esta es Mayra Santos-Febres y es una mujer poderosa. Es profesora, es escritora y es una gloria para Puerto Rico. Invita cada año a mucha gente importante para que nos conozcan. Y es negra, como tú. Una persona común y corriente, como cualquier otra. ¿Ves que se puede? ¿Ves que se puede ser grande? Que no se te olvide nunca la cara de esta mujer». Yo me quedé pasmada, hecha todo un montón de erizamientos. Sonreí. Me saqué una foto con la nena. Le dije adiós con un abrazo. Luego me eché a llorar.

Alfredo Baldovino Barrios es un escritor colombiano. Ha ganado concursos de cuento y crónica en su país. Ha publicado en revistas como El Malpensante y Vía Cuarenta, y es colaborador habitual de la revista Latitud, de El Heraldo. También se ha desempeñado como relator para la fnpi (Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano) y fue incluido recientemente en El Gabito nuestro de todos los días, la antología de textos sobre García Márquez publicada por la Editorial Collage.


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