Artículo de Revista Global 86

Medina del Mar Caribe: 80 años del exilio español en República Dominicana

Tras el triunfo del general Francisco Franco en la Guerra Civil española (1939), más de medio millón de españoles salen de España y se exilian principalmente en el continente americano. La República Dominicana se convierte en el segundo país de acogida de ese exilio, gracias a la política de admisión migratoria rubricada por Rafael Leónidas Trujillo en 1938. Se ha dedicado bastante atención a los artistas e intelectuales españoles que impactaron la vida cultural de Santo Domingo en ese momento histórico. Medina del Mar Caribe (1965), escrita por el exiliado malagueño Eduardo Capó Bonnafous, se encarga de documentar literariamente el destino de la otra cara de esa migración, la de los refugiados españoles en las colonias agrícolas creadas por Trujillo.

Medina del Mar Caribe: 80 años del exilio español en República Dominicana

El primero de abril de 1939 el ejército nacionalista del general Francisco Franco ganó la Guerra Civil, que se había iniciado el 17 de abril de 1936 dividiendo a España en dos bandos, republicano y nacionalista. A partir de la declaración de victoria del general Franco comienza una dictadura que durará hasta la muerte del caudillo español, el 20 de noviembre de 1975. Como consecuencia, un gran número de ciudadanos españoles comprometidos o simpatizantes con la causa republicana se vieron obligados a exiliarse. No se trataba solo de excombatientes o políticos vinculados directamente con la República, sino que el exilio republicano incluyó asimismo parientes y civiles —niños incluidos—, entre los que se contaban profesionales, intelectuales y artistas. A finales de marzo de 1939, estando ya cerca el final de la guerra, Juan Negrín, presidente del Gobierno Republicano, comenzó a organizar el Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles (SERE). El objetivo principal era trasladar, y costear el viaje, a los republicanos desde Francia hacia terceros países que los acogieran, principalmente en el continente americano. Si tomamos en consideración diversos factores como la humillante acogida que dispensó Francia a los exiliados españoles, a los que internó en campos de concentración que no reunían las mínimas condiciones básicas de higiene, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Francia por los alemanes, y el peligro de las extradiciones a España o de las deportaciones a los campos de exterminio nazis, no resultará extraño que las perspectivas de poner el Atlántico de por medio y llegar a América fueran tan halagüeñas para los españoles que huían de la tiranía fascista. México fue, sin duda, el destino más atractivo y generoso para los refugiados, que llegó a admitir a más de 20,000 españoles, pero también hubo otros países latinoamericanos que acogieron a grupos numerosos de esos exiliados.

La República Dominicana fue el segundo país —después de México— en brindar asilo a los españoles tras la victoria de Franco. Según documenta el historiador Ángel Herrerín López, este país caribeño acogió a algo más de 4,000 refugiados, cifra particularmente relevante si tenemos en cuenta la proporción entre la población del país y el número de españoles que recibieron asilo. A mediados de 1940 —momento de mayor presencia española— la población de República Dominicana era inferior a los dos millones de habitantes y Santo Domingo no alcanzaba los 100,000 habitantes. En su libro Memorias de una emigración: Santo Domingo, 1939-1945, Vicente Llorens justifica la paradoja de la migración republicana española en un país «donde imperaba una de las dictaduras más ominosas de toda América», pues mientras la mayoría de los Gobiernos americanos cerraban sus fronteras a los exiliados políticos españoles (salvo excepciones como México y Chile), Rafael Léonidas Trujillo los acogía en el país caribeño.[1] Llorens añade, además, que un gran número de los refugiados que llegaron a Santo Domingo estaban recién salidos de los campos de concentración en Francia y tan solo en ese sentido la diferencia era ya considerable. A pesar de tratarse de una emigración política, los exiliados españoles —según recoge Llorens en sus Memorias— gozaron de una situación «privilegiada» en comparación con la de los dominicanos, pues se les permitía la libertad de expresión por no afectar directamente al régimen de Trujillo y contaban asimismo con el apoyo de la opinión pública americana y de la prensa extranjera (94-96).

A pesar de que las figuras de primer orden en el panorama intelectual, artístico y cultural del exilio republicano español tuvieron como destino otros países, no deja de ser cierto que a Santo Domingo también llegaron artistas, escritores e intelectuales nada despreciables que ocuparon puestos de relevancia, especialmente dentro del ámbito docente y cultural. Algunos de los recién llegados encontraron trabajos en despachos de abogados, como profesores en la Universidad de Santo Domingo e incluso en puestos oficiales bien relevantes dentro de la sociedad dominicana de la época.[2] Entre los refugiados españoles hubo artistas e intelectuales que consiguieron abrirse un espacio y tener un impacto en la vida cultural de la capital del país en ese momento histórico. Destacados artistas plásticos españoles se exiliaron en la República Dominicana, como José Vela Zanetti, pintor y muralista que residió más de diez años en Santo Domingo y dejó un importante legado que incluye más de cien murales repartidos a lo largo de la geografía del país que lo acogió y donde dirigió la Escuela Nacional de Bellas Artes, de la que fue uno de sus profesores fundadores. Pero la figura más importante para la plástica dominicana fue, sin duda alguna, la del catalán José Gausachs, exiliado también en Santo Domingo desde 1940 hasta su muerte en 1959. Gausachs ejerció asimismo como profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes desde su fundación y en 1946 fue nombrado subdirector de la Academia Estatal Dominicana. Jeannette Miller define al artista catalán como «el gran maestro del arte dominicano» por su «absorción de los elementos étnicos, geográficos y culturales que definen el país, incluyendo la celebración de la negritud y de la luz tropical, la naturaleza selvática y el mar, como elementos definidores y simbólicos del paisaje dominicano» (176).[3]

En la última década se ha prestado especial atención a la diáspora catalana y su aportación a la vida cultural y artística de Santo Domingo. El proyecto «Literaturas del exilio», que se presentó del 28 de noviembre de 2007 al 2 de febrero de 2008 en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo exhibía —acompañado de un programa de actividades paralelas— un conjunto de textos, dibujos y pinturas que recuperaban y celebraban las figuras de los artistas Joan Junyer y Shum, así como de los escritores Vicenç Riera Llorca, Agustí Bartra, Anna Murià y Joan Sales, lo que supuso todo «un descubrimiento» para muchos dominicanos, como reconoce una de las comisarias de la exposición, Julià Guillamon (2). Por otra parte, en sus Memorias de una emigración: Santo Domingo, 1939-1945, Vicente Llorens recoge un catálogo de figuras del exilio republicano que se destacaron en la escena intelectual —al margen de la escena cultural literaria— y que residieron, en su mayoría, en la capital de la República Dominicana. Si bien no tan numerosos, los emigrados españoles tuvieron cierta relevancia en el ámbito de los estudios jurídicos (Bernaldo de Quirós y Javier Malagón), la historia (Jesús de Galíndez y José Almoina) y el ensayo (Segundo Serrano Poncela y Fernando Sainz), entre otros. A este respecto, Llorens afirma que esa «abreviada España republicana» que se recreó en Santo Domingo tenía la ventaja de ocupar «numerosas y destacadas posiciones, por precarias que fuesen, en la maquinaria oficial del país: en los ministerios, en la Universidad y otros centros de enseñanza, en la vida artística y cultural, hasta en la Marina y en alguna función gubernamental» (80-81).

El gobierno de Trujillo se había comprometido originalmente a distribuir a los españoles en colonias agrícolas con el objetivo de que se dedicaran a la agricultura, les proporcionó lotes de tierra, semillas para cultivos y herramientas para construir sus viviendas. La idea era que esos nuevos colonos se hicieran económicamente independientes en el plazo de unos pocos meses, pero el plan resultó en un gran fracaso. Esto se debió, en gran parte, al hecho de que los criterios para el embarque de los exiliados hacia el continente americano no tuvieron realmente en cuenta las posibilidades de los migrantes para un asentamiento exitoso en sus países de acogida. De hecho, para la República Dominicana, con una economía que se basaba principalmente en la agricultura, suponía un grave problema —durante esos años de exilio— el predominio de refugiados cuyas profesiones pertenecían al sector terciario.[4] A la falta de experiencia y de conocimientos relacionados con la agricultura de esos refugiados se le sumaban las duras condiciones de vida en esas colonias agrícolas, el clima tropical, las plagas y enfermedades como el paludismo o la malaria, así que muchos de esos nuevos colonos abandonaron muy pronto las colonias agrícolas y se marcharon a vivir a las ciudades o se las arreglaron para ser trasladados hacia otros países. De hecho, la dificultad de la mayoría de los refugiados para encontrar trabajos de acuerdo con sus profesiones puso demasiada presión en la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE),[5] cuyo organismo central situado en México no solo se comprometía a facilitar ayudas a los desempleados sino que también se ocupaba de proveer asistencia médica y farmaceútica a los exiliados en el país caribeño. En última instancia, la JARE y el gobierno de Trujillo acordaron que la mejor solución al grave problema de los españoles desempleados en la República Dominicana era trasladarlos a otros destinos americanos, de lo que también se encargó en su totalidad dicha Junta (El dinero del exilio, 144).

Medina del Mar Caribe: retrato costumbrista de las colonias agrícolas

Es precisamente de la experiencia rural de esos refugiados en colonias agrícolas durante su exilio en la República Dominicana de lo que escasean los testimonios, y en este sentido se destaca, por su gran valor y originalidad, la novela Medina del Mar Caribe, del andaluz Eduardo Capó Bonnafous, que llega como exiliado a la República Dominicana en 1939. Eduardo Capó Bonnafous nació en Málaga (España) en 1906; tras doctorarse en derecho, comenzó su carrera como juez en Huéscar en 1934, y pasó durante el trascurso de la Guerra Civil a otros destinos como Guadix y Baza, también en la provincia de Granada. En 1939, tras la victoria franquista, Capó Bonnafous se exilia en la República Dominicana hasta 1942, fecha en que se traslada a México, donde reside hasta 1970, año en que gracias a una amnistía se le hace posible regresar a España para recuperar su posición y continuar su carrera como magistrado. Muere seis años más tarde en Palma de Mallorca. Su primera obra, La Estrella Polar: Memorias de un juez de instrucción. España 1934-1939, publicada en México en 1964, recrea su experiencia y vivencia como magistrado en España hasta su exilio. En esas memorias, el malagueño subraya su compromiso ético con la justicia —independientemente del credo político de la persona — y su intención de librar de la pena de muerte a cualquier reo siempre que le fuese posible.[6]  La primera edición original de Medina del Mar Caribe se publicó también en México en 1965.

El nombre de Eduardo Capó Bonnafous no está ciertamente entre los primeros de la lista cuando se habla de figuras literarias o de la experiencia de la migración de los exiliados políticos españoles en la República Dominicana. No obstante, su contribución al testimonio de ese exilio republicano en el país caribeño es bien original y único, por lo que debería ocupar un lugar preeminente al documentar —si bien desde una perspectiva literaria— una faceta bien esencial de esa experiencia de la migración de los refugiados españoles en la República Dominicana que es prácticamente desconocida —al menos con la precisión informativa y descriptiva de que hace gala Capó Bonnafous en su novela— hasta el día de hoy.

La historiadora y escritora María Ugarte, primera mujer en llegar a ser miembro de la Academia Dominicana de la Historia, escribió un breve prólogo para la segunda edición de la novela de Capó Bonnafous, publicada por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1986,[7] en el que la académica subrayaba muy acertadamente el «considerable valor testimonial, histórico, y el hecho de que Capó hubiera permanecido algunos años en el medio rural que con tanto acierto describe», lo que hace que esta obra, desconocida para los dominicanos, «pueda convertirse en fuente de primera mano capaz de arrojar mucha luz sobre hechos, ambientes y episodios que apenas quedan en el recuerdo de quienes compartieron con el autor y sus compañeros de exilio las experiencias de una lucha por la vida» (7).

La novela de Eduardo Capó Bonnafous se basa en las experiencias vividas por el autor en una de las colonias agrícolas situada en las afueras de Santo Domingo, en el área de San Cristobal, entre los años 1939 y 1940. Juan García, protagonista de Medina del Mar Caribe, es en realidad un francés desertor de guerra que compra la identidad de uno de los tantos españoles que perecieron tras cruzar la frontera con Francia y ser internado en el campo de concentración de Argelés-sur-Mer, que Èdouard Daladier —jefe del Gobierno francés en aquel entonces— habilitó para recluir a una gran parte de los refugiados que huían de Franco al finalizar la Guerra Civil española. [8] Sin embargo, la novela refleja la dura realidad laboral y vital que la mayoría de los exiliados republicanos españoles enfrentaron a su llegada a Ciudad Trujillo. Desde la primera línea el narrador hace hincapié en la falta de trabajo y las limitaciones que tenían la mayoría de esos españoles para conseguir uno, dada la pobreza de la economía isleña. Así, tanto al personaje protagonista como a muchos otros refugiados españoles que pueblan las páginas de esta novela —abogados, ingenieros y otros profesionales con títulos universitarios—, empobrecidos y sin otra alternativa, no les quedó más remedio que irse a vivir al campo para convertirse en colonos y trabajar las parcelas de tierra ofrecidas por la Secretaría de Agricultura del gobierno de Trujillo.

La narración de la vida en esas colonias rurales describe no solo los desafíos que presentaba la agricultura como mester completamente nuevo para la mayoría de esos migrantes, sino también —y más importante— la hostilidad del medio ante la empresa que perseguían. Son frecuentes a lo largo de la novela reflexiones como la que se recoge en la siguiente cita: «Como todo en la feracidad salvaje de la isla, hacía pensar en la naturaleza entera confabulada contra el hombre (58)».

La novela de Capó Bonnafous es de corte costumbrista en su vertiente más popular, pues refleja los usos y costumbres de la sociedad dominicana de la época no tanto con un ánimo de analizarlos críticamente, sino más bien de narrar y describir lo más aparente y colorista de la vida cotidiana. De la narración sobre Ciudad Trujillo resaltan las escenas y descripciones de la vida familiar y privada no solo de familias dominicanas como la de Valdés, sino también de los recién llegados españoles, que vivían en modestos hoteles mientras navegaban la capital criolla buscando trabajo e intentando establecerse en el nuevo país. Destaca la observación de la urbe dominicana y de su sociedad local en calles, tiendas, mercados y oficinas administrativas de la capital, incluidas las características más pintorescas del habla dominicana, que se transcribe tal como se enuncia; e incluye referencias a la clasificación racial y la economía urbana:

«Al salir de casa de las Valdés, García remontó la calle, rodeó las ruinas del Alcázar de Colón, atravesó una casa derrumbada —recuerdo del ciclón de 1930— y se encontró en la parte alta de la ciudad: el camino más corto y más fresco para ir a su hotel. Ya que ahí las casas —de madera casi todas— no despedían el calor, insoportable a esa hora del mediodía, de las calles del centro, todas de concreto. Y el pavimento —aquí de tierra o de cantos embutidos— no quemaba los pies, como el asfalto reblandecido de las vías principales.

El barrio estaba cercano al mercado y muchas de sus casas eran tiendas: pobres todas, aprovechando una de las habitaciones con un mostrador de tablas y alguna vitrina. Algunas de muebles, telas o calzado. Pero la mayor parte de comestibles y todo lo vendible: verdaderos cajones de sastre llamados “pulperías”. Todas las fachadas pintadas de llamativos colores —amarillo, rojo, verde, azul—, pero todas desteñidas por el sol y la lluvia.

Todo aquel sector era un laberinto de estrechas calles y callejones, en que apenas había cien metros en línea recta. Sin dos casas en fila o al mismo nivel. Casi todas con un trocito de terreno en torno, con unas espaciadas matas de flores o de alguna de esas multicolores hojas de los trópicos, unos cuantos plátanos y unas yucas. Y gallinas, pavos, patos y perros paseando por el jardín y las habitaciones. Y algunos cerdos esmirriados que, perseguidos por chiquillos desnudos de vientres enormes, correteaban entre las piernas de los numerosos transeúntes.

Estos eran negros y mulatos muy oscuros, principalmente: la raza india estaba casi totalmente agotada. Y pese a que la República estaba oficialmente clasificada como de raza blanca, sólo en el centro —el Nubao—[9] se conservaba ésta con cierta pureza. En el resto del país el color variaba desde el “indiecito” —eufemismo para el mulato muy claro—, al “morenito”, el “moreno”, el “prietito” y el “prieto”: la palabra “negro” —por muy oscuro que un tipo fuese— era ofensiva. Aunque, por paradoja, se empleaba cariñosamente en las relaciones entre los dos sexos.

—¡Negra! ¡Vente conmigo, que ehtoy sélibe!

—¡Ahoritita! … ¡No más le pies permiso a mi negro!

En las oficinas públicas era posible encontrar algunos blancos: criollos o españoles. En el comercio del centro, también: españoles y algún francés. En los ingenios, norteamericanos. Pero en esta zona de los alrededores del mercado, la profusión de colores y acentos era aún mayor —turcos, árabes, judíos polacos o rusos, españoles, chinos—, en una ruidosa amalgama de sintaxis y pronunciaciones distintas. Todos exhibiendo sus figuras y su voracidad a la puerta de sus pobres establecimientos, en busca del posible cliente, a la caza ávida del “chele” —el centavo de dólar—, que en la terrible pobreza isleña parecía ser la moneda nacional. Menos los escuálidos chinos, a quienes los estragos del opio parecían haber quitado las fuerzas hasta para respirar» (14-15).

De la colonia agrícola de Medina destaca sobre todo la descripción del clima tórrido y del paisaje natural caribeño en su estado más puro, en lo que se podría considerar como un pulso de los nuevos colonos con la tierra caribeña, amén de las plagas y enfermedades a enfrentar:

«El sudor les corría a chorros por todo el cuerpo desde hacía rato. Y comenzaban a sentir el desfallecimiento y el leve mareo de la excesiva deshidratación. El sol estaba muy alto: debían ser cerca de las once. Sin darse cuenta, habían prolongado demasiado su jornada. Y en el feroz calor del Caribe eso, sobre todo para un europeo, era peligroso.

Vicente, fuerte y musculoso, se estrujó el borde de los calzoncillos —doblado sobre el pantalón para preservarlo un poco— y se echó a reír al ver la cantidad de sudor que soltaba. Miró a su compañero con ganas de hablar y de comentarlo: pero se calló, presa de una pena súbita y honda. Mateo, débil, delgaducho, despeinado, las gafas casi caídas, los ojos cerrados, respirando con dificultad, era la imagen viva del desamparo. Del de Mateo; del suyo propio; del de Manolo que, allá en el platanar, cubría esa mañana su turno de trabajo: pese al sol, la fatiga, la sed, los mosquitos, las sabandijas, los mareos, la debilidad y la fiebre de su paludismo mal cuidado. […] Durante unos minutos estuvieron apoyados de espaldas en la pared de la casa, recuperando el aliento, contemplando la franja de huerta que se extendía detrás de sus viviendas: con pequeños bancales de berenjenas, pimientos y tomates, papas, cebollas, apios y otras hortalizas. Unas logradas. Y otras perdidas por el clima y los millones de insectos y plagas de todas clases —mariposas, gusanos, cochinillas, tijeretas, escarabajos, topos, ratas, alimañas de toda especie—, con las que había diariamente que luchar. Quitando, arrancando, limpiando, estrujando, aplastando, reventando… Con un asco continuo que vencer, porque de aquel pequeño trozo de terreno dependía su sustento» (79-80).

Si bien la pluma de Capó Bonnafous acentúa lo pintoresco y local tanto de las escenas que se desarrollan en el ambiente urbano como de las que acontecen en el medio rural de la colonia, su narración —como ocurre con los cuadros de costumbres literarios— se separa de alegatos ideológicos y por ende no se hace eco —no al menos directa o explícitamente— de críticas o disensiones con respecto al regimen de Trujillo. Hay un momento de la novela en que aparece la figura del «Benefactor» en una visita improvisada que realiza, prácticamente de incógnito, a la colonia agrícola para supervisar el trabajo de los colonos y sus avances con los cultivos. Destaca la anécdota de que en cierto momento de la visita a Medina del Mar Caribe, «el finísimo oído del Dictador y su atención siempre vigilante» perciben que le quieren ocultar un problema con un cultivo de papas que están enfermas y la posibilidad de una plaga, lo que hará que el dictador despliegue inmeditamente todo un aparato logístico liderado por el ingeniero jefe del Servicio Fitopatológico, el jefe de Colonización, así como por el secretario y el subsecretario de Agricultura con el fin de dar solución al problema y a la potencial plaga (84-90). La ironía que evidencia dicho episodio es que, a pesar de la preocupación y los esfuerzos que exhibe el «Generalísimo», sus altos administradores protagonizarán todo un paripé que, como tal, resultará infructuoso y no menos delirante, poniendo en tela de juicio la efectividad del régimen a la hora de cumplir objetivos y sustentar sus propias políticas.

Abundan a lo largo de la novela, sin embargo, las referencias a la insolente distinción que la sociedad dominicana de la época establecía con respecto al tratamiento de la raza blanca y negra. El menosprecio, la discriminación y el estigma que sufrían los negros se ilustra bien explícitamente en numerosos pasajes de la novela, así como en constantes descripciones que caricaturizan a los hombres y mujeres negros exagerando al extremo los rasgos físicos más estereotipados de su raza. Por ejemplo, hay un momento de la novela en que un chofer de una guagua atestada de viajeros pretende bajar a un negro para que pueda viajar un español: «¡Tú, negro susio! … ¡Baja ya, pa que suba ehpaña!» (41); y son numerosas las descripciones que se enfocan en el contraste entre el color de piel y el de sus dientes, o en sus grandes bocas: «las enormes bocazas se abrían en una explosión de risas, como unos cocos al calarse. Con dos anchas hileras desportilladas de blanca pulpa» (136), o «sus bocas abiertas parecían pozos petroleros» (143), entre otras. Pese a estas descripciones que estereotipan los rasgos físicos del negro, son bien positivas las referencias que —de principio a fin de la novela— hace el narrador a la convivencia entre la mayoría de los colonos españoles y los lugareños, especialmente la interacción con los jornaleros negros, de los que el narrador resalta constantemente su pureza de caracter y afabilidad: «Ya conocía Juan a todos los demás colonos. Y a veces deambulaba por la plaza [de Medina] en busca de alguien con quien charlar. ¡Sólo que algunos eran difíciles! No los isleños, siempre amables: sino los españoles» (68). Este dato es bien interesante pues acentúa una marcada oposición con respecto a la descripción del burdo caracter español y la superioridad que exhibía la mayoría de las veces, como ilustra el pasaje que describe al nuevo dueño de la única pulpería en la colonia, un español:

«El pulpero había muerto. Pero la “pulpería” estaba otra vez abierta, con su yerno —el español “de los antiguos”— al frente. Era un tipo bajo, rechoncho, cetrino, de facciones vulgares. Juan por economía había empezado a picar “túbanos” para fumar; y fue a comprar uno. El pulpero estaba comprando a un negro un racimo de plátanos machos.

—Cinco “cheles” o nada.

—¡Diez “cheles”, patrón!, suplicaba el prieto. El racimo los valía.

—Cinco he dicho. ¡Y decídete pronto, que esa mugre me estorba!

Aceptó el negro, compungido, sus cinco centavos. Sólo entonces se dignó el dueño dirigirse a Juan:

—Y tú, ¿qué quieres?

Juan se le quedó mirando, con ceño fruncido: ¿quién era aquel tipejo, para tutearlo? Pero, por evitar cuestiones, contestó:

—Un túbano.

El pulpero tomó uno cualquiera de la caja y lo tiró sobre el mostrador. Estaba todo roto.

—Deme otro, por favor. Éste no sirve.

—Pues si no quieres éste, puedes ir a San Esteban a comprarlo.

A Juan le entraron ganas de darle una lección a aquel patán. Se apoyó en el mostrador y empezó a pasar la mirada por los estantes. El dueño se le encaró:

—¿Se puede saber lo que buscas?

—Nada —contestó tranquilamente Juan—. Sólo pensaba que todo lo que tiene usted aquí, barracón incluído, no vale seis reales. Y que, con el dinero que me queda, podría yo poner una “pulpería” bastante mejor. ¡No me sería difícil competir con una persona tan educada como usted!

El pulpero acusó el golpe: —Oiga usted, señor! … ¡No creo que eso estuviera bien! ¡Entre paisanos!…

Juan, muy seco, le cortó:

—¿Paisanos, de qué? … ¿Acaso tengo yo pinta de gañán?

[…]

¡Si tipejos como ese eran los que emigraban, se comprendía la fama de groseros que tenían los españoles en toda América!» (132-133)

Asimismo, las complicadas relaciones que mantenían muchos de los exiliados españoles en esa diáspora impuesta evidenciaban divisiones o sectarismo que a veces podían tener que ver con cuestiones culturales y sus regiones de origen o con las ideas y filiaciones políticas de esos mismos refugiados: comunistas, socialistas, anarquistas, etc. Esto hace pensar en las divisiones que se establecieron en la primera etapa del exilio, estando aún en Francia, cuando se fijó un sistema de reparto de cuotas para el embarque hacia América que dividía a los emigrantes españoles de acuerdo con sus tendencias políticas y daba incluso prioridad a aquellos que hubiesen desempeñado cargos en el gobierno de la República española (Herrerín López, La ayuda, 157-158).

En definitiva, se puede decir que la novela de Eduardo Capó Bonnafous contribuye a preservar una parcela importante tanto de la memoria histórica del pueblo dominicano como la del pueblo español a partir de la experiencia en el exilio de los refugiados republicanos.[10] Así lo ponen de manifiesto la descripción de los ambientes (tanto de Ciudad Trujillo como de la colonia agrícola), el tratamiento de la psicología de los personajes y el lenguaje realista; pero, sobre todo, el entendimiento —sin juicio ni valoración desdeñosa— de la vida rural dominicana y sus campesinos. De hecho, hay abundancia de pasajes que se podrían calificar como folklóricos por su realismo en el retrato de costumbres, que revela el afable espíritu del dominicano en comunión con la naturaleza más pura. Asimismo, queda plasmado el espíritu de la continua lucha por sobrevivir de aquellos hombres y mujeres españoles que se hicieron, si cabe, más fuertes en el contexto geográfico e histórico-cultural del exilio que les tocó vivir como parte de un drama humano que respondía a la simple defensa de sus principios de libertad.

Julio González-Ruiz, Ph.D. es doctor en Filosofía y Letras, ha sido profesor invitado en algunas de las más prestigiosas universidades de Estados Unidos, como University of Chicago, University of California – Santa Bárbara y Standford University. Imparte cursos de literatura y cine de España y el Caribe como profesor titular del Department of World Languages and Cultures en Spelman College (Atlanta, USA), fundada en 1881, primera institución académica para la educación y el empoderamiento de mujeres afroamericanas tras la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos.

Notas

[1] Jeannette Miller resume la política de admisión de estos refugiados españoles por parte de Trujillo como «una triple ventaja», pues con los españoles recién llegados el dictador dominicano pretendía blanquear la raza, desarrollar la agricultura del país y proyectar una imagen humanitaria y democrática de su gobierno ante la comunidad internacional que paliase, de alguna forma, la luctuosa matanza de haitianos ocurrida tan solo dos años antes, en 1937 (167).

[2] En su estudio sobre la contribución de la emigración republicana española a la vida cultural dominicana, José del Castillo Pichardo y Manuel García Arévalo señalan «la extraordinaria repercusión» que el grupo de profesionales, artistas e intelectuales españoles tuvo para el país caribeño y presentan un catálogo de nombres relevantes que contribuyeron enormemente y dejaron su impronta en diferentes disciplinas, desde la pedagogía y las matemáticas a la legislación, sociología y politología, pasando por las humanidades, las artes y la bibliotecología, entre otros.

[3] Véase asimismo la entrada de Gausachs en la antología que la historiadora y crítica del arte Jeanette Miller dedica a los artistas republicanos españoles y su contribución a las artes plásticas dominicanas.

[4] Según la información que recoge Javier Rubio en su estudio del éxodo que se produce tras la Guerra Civil española, solo el 5% de la emigración hacia la República Dominicana estaba relacionada con la agricultura; el 25% lo estaba con la industria; y el 70% de los emigrantes acogidos por el país caribeño pertenecía al sector de servicios (citado por José del Castillo Pichardo y Manuel García Arévalo, 241).

[5] La JARE tenía como objetivo ayudar a los refugiados españoles en sus países de acogida y fue creada a instancias del socialista Indalecio Prieto, quien la dirigió desde su exilio en México. La justificación oficial para su establecimiento como sucesora del SERE (Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles) es que este organismo estaba dando preferencia a los dirigentes y militantes comunistas a la hora de facilitar el viaje desde su exilio en Francia hacia tierras americanas. Con este mismo argumento la JARE se adjudicó el control de los recursos financieros para ayudar a los refugiados republicanos después que el SERE perdió su financiación para mantener a los refugiados ya a mediados de 1940.

[6] Este volumen reeditado en Sevilla por la Biblioteca del Exilio de la Editorial Renacimiento en 2017, con el apoyo del Centro de Estudios Andaluces, se suma a la iniciativa del Grupo de Estudios del Exilio Literario de la Universitat de Barcelona y de la Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos de la UNED, en Madrid, para rescatar y publicar a los escritores españoles desterrados tras la Guerra Civil. Danilo Manera ha realizado un excelente y amplio estudio de esta primera obra de Eduardo Capó Bonnafous.

[7] Para esta edición facsimilar de la obra Medina del Mar Caribe, de Eduardo Capó Bonnafous, se imprimieron 2,050 ejemplares numerados para los miembros de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc. en Santo Domingo. La primera edición original de la novela se publicó en México en 1965. Cabe mencionar que María Ugarte, española de orígen, también llegó a Santo Domingo como exiliada —en 1940— junto a su primer esposo, quien había luchado durante la Guerra Civil en el bando republicano. El matrimonio llegó a vivir por unos meses en la colonia agrícola de Medina hasta que ella consiguió un trabajo en la Secretaría de Estado de Asuntos Exteriores antes de pasar a dar clases en la Universidad.

[8] Se estima que más de medio millón de refugiados cruzaron los Pirineos huyendo de Franco tras su victoria al final de la Guerra Civil española. En un principio, el presidente francés Daladier, bien sumiso ante los nazis y ante Franco por su alianza con los alemanes, cerró la frontera a la racaille rouge (la escoria o chusma roja), como se les denominó en su partido; sin embargo, la fuerte presión internacional y de parte de la misma sociedad francesa le obligó finalmente a dar entrada en Francia a los refugiados del país vecino. Aproximadamente 170,000 eran mujeres, niños y ancianos; 50,000 eran heridos de guerra e inválidos; y entre soldados y milicianos se contaban al menos 220,000. En Argelés-sur-Mer, «centro de internamiento» habilitado sobre la arena de la playa de esta ciudad del Mediterráneo francés, a 35 kilómetros de la frontera española, fueron recluídos unos 100,000 refugiados españoles, en lo que en realidad era un campo de concentración cercado con alambres de espino y custodiado por soldados de las tropas coloniales (marroquíes y senegaleses). Los «internos», que vivían a la intemperie y carecían de cocina, letrinas o electricidad, sufrieron hambre y frío, siendo muchos los casos de disentería, sarna y los fallecimientos que se produjeron.

[9] En su novela, el autor disfraza personajes de la época y lugares geográficos bajo nombres ficticios que guardan un gran parecido con los nombres reales, así que son fácilmente reconocibles para el lector.

[10] El 10 de septiembre de 2004 se aprueba un Real Decreto para la creación de una Comisión Interministerial para el Estudio de las Víctimas de la Guerra Civil presidida por la vicepresidenta del Gobierno del PSOE (Partido Socialista Obrero Español), María Teresa Fernández de la Vega con el objetivo de estudiar la situación de las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo y atendiendo especialmente a su «rehabilitación moral y jurídica», según se publica en el Boletín Oficial del Estado con fecha de 20 de septiembre de 2004. Este proceso derivó en la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, que reconoce derechos y establece medidas «a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura» del general Franco, según lo recoge el Boletín Oficial del Estado con fecha de 27 de diciembre de 2007, durante la presidencia en España de José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE).

Obras citadas

Capó Bonnafous, Eduardo. Medina del Mar Caribe Seminovela. Santo Domingo: Editorial Cenapec/Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1986 (segunda edición).

Del Castillo Pichardo, José y Manuel García Arévalo. «La emigración republicana española: Aportes a la República Dominicana». En Reina Rosario (coord.). El exilio republicano español en la sociedad dominicana. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2010. 235-267.

Herrerín López, Ángel. «La ayuda a los republicanos españoles exiliados en Santo Domingo». Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales. 63 (septiembre-diciembre 2005): 152-178.

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