Artículo de Revista Global 39

Mirtilio Post

La ficción emana a la luz de los recuerdos familiares del devenir de los dominicanos tras la dictadura de Trujillo, bajo un triunfalismo de hazañas que quedaron grabadas en la memoria, y se envuelve en las estelas de los 12 años de Balaguer y la poblada de abril de 1984. Los hechos marcan el rumbo errante de parte de una nación dispersa y etiquetada como diáspora.

Mirtilio Post

I.

La ficción emana a la luz de los recuerdos familiares del devenir de los dominicanos tras la dictadura de Trujillo, bajo un triunfalismo de hazañas que quedaron grabadas en la memoria, y se envuelve en las estelas de los 12 años de Balaguer y la poblada de abril de 1984. Los hechos marcan el rumbo errante de una parte de una nación dispersa y etiquetada como diáspora.

En la historia según Sor María, el retrato del Jefe había desaparecido de la sala mucho antes que yo viera la luz. Mirtilio, asimilando muy mal la pérdida del líder, se mantuvo aferrado a lo fatuo mediante la repetición de tradiciones orales que llenaban noches de apagón durante la dictadura subsiguiente. Decir que éramos pobres es poco si se toma en cuenta que la casa sobrevivió al ciclón David gracias a los parches de cajas de arenques, latas de aceite aplastadas y planchas de zinc podrido. Este es un lugar común en mi proyecto literario. La única que en verdad trabajaba era la Buela, llevaba las riendas de un próspero negocio de sastrería que uniformaba infantes, celebraba quinceañeras y hacía lucir paupérrimos pero honrados a los covachuelistas. Es imposible sustraerme del peso de esa herida; hay que cuidarse de quienes odian o admiran la pobreza. Nosotros buscamos la manera de sortearla porque decir que estábamos mal era poco. Anduvimos arrastrando el bate. Sor María cuenta que comíamos trozos de batata con asadura mientras Mirtilio, quien había visto la Gran Era pasarle por encima, matizaba la vergüenza contando que Balaguer le pagaría el doble los favores que venía haciendo desde el Partido de la Palma y luego el Reformista Colorado.

Las cosas bregaron de otra manera. Durante el break dictatorial, Salvador Jorge Blanco movió fichas forzadas y la cometió firmando el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que nos dejó tanto más perjudicados. El desorden civil sorprendió a la media isla una tarde de playa. Fue la primera vez que escuché disparos. Me vi de súbito izado por entre tortas de harina y espinazos y rodajas de limón y mujeres gordas y saladas mientras dominicanos contra dominicanas se atropellaban a merced de una política atrasada y con inclinaciones al avivamiento de la fortuna personal mediante lo ajeno.

La pifia del Partido Revolucionario avivó la llama dentro del pecho de Mirtilio, quien aprovechó para opinar que lo que hacía falta en ese país (estaba demostrado) era la mano sabia del Hombre, quien además de estar ya un tanto decrépito, como el dictador que describiera el mejor de nosotros en tantas novelas, también era ciego. ¡Ciego! Gritó María Magdalena, también hija de Mirtilio, quien justificaba el amor por el reformismo contando con un puesto que supuestamente le tocaba por la fe que había impartido toda su vida hacia el Hombre. En la escuela nos hablaban de dios e imaginábamos a un viejo barbudo, blanco, tomando decisiones para entretener el tedio. Poco antes de quedarse totalmente solo (las ratas, o sea, mis tías, abandonando el barco), Mirtilio confesó que él no creía en Dios y que si existía algo como tal, era una aleación celeste entre Trujillo y Balaguer.

La Buela balanceó la casa como pudo y aunque no hubo bicicletas ni muñecas siempre apareció el peso para que los fines de semana el nene pudiese ir a jugar una hora de maquinitas en la avenida Mella. Cosa más grande. El asunto era triste. Las tías, que habían durado hasta los noventa esperando alguna canonjía, se cansaron y pusieron en práctica un plan infalible de escape. Después de hartarse de comida ponían la consola de Mirtilio a todo lo que daba para escuchar una emisora santiaguera que pasaba Tres Patines y luego una radionovela. Uno de los dramas cubanos fue que permitió a María Magdalena tramar una estrategia para poner pies en polvorosa. Mientras, Mirtilio quemaba los cartuchos finales de otra era: consiguió un trabajo nada más y nada menos que en el ocaso de las oficinas de Onatrate.

Un recuerdo que guardo certero es el de un sábado en donde el viejo me llevó hasta su oficina. Años después de ese fracaso, la literatura me regaló la melancolía y se hizo difícil no leer El astillero sin pensar en Mirtilio y los hombres que con él jugaban Tresidós y compartían tragos de ron Cara de Gato para masticar la miseria y la mentira de las once de la mañana. Recuerdo por las tardes, poco antes de que el viejo llegara, al reguero de tías reunido alrededor de la Buela para despotricar en su contra. Entraban al cuarto a desordenar las fotos en blanco y negro del Generalísimo y los miles de símbolos y souvenires de una era (un pañuelo manchado, postales de correo de la Feria de la Confraternidad, insignias rotas y oxidadas), de un pasado que Mirtilio mantenía en un altar flotante, un aroma de berrón, canela y sebo de Flandes.

Para llegar a Onatrate el viejo debía atravesar la ciudad. Gracias a la tesis del “padre de familia”, que permite a cualquier ciudadano abusar de las razones de la lógica para buscársela, el sistema de transporte en la República era un misterio cerca del caos. Después de caminar como loco y ceder ante una confusión de guaguas, rutas y carros públicos, Mirtilio llegaba a los alrededores del estadio Quisqueya y respiraba hondo ante los autobuses de manufactura brasilera que se dejaban asediar por agua, sol y sereno. Llegaba a una oficina de sucios cristales en donde otro anciano, fotograma del néctar de la derrota, sintonizaba resultados de Grandes Ligas o algún discurso pacificador. A las nueve y media, luego de fumarse media cajetilla de Casinos, Mirtilio enviaba por los cuatro periódicos, café, y los archivos de las rutas del 77 (año de gran tribulación). El otro viejo decía sí señor y se iba renqueando de a poco, dejando a Mirtilio cada vez más solo en ese desierto de pelusas, arañas tejedoras y bruscas cuentas por pagar.

Tarde y ensopado de sudor, Mirtilio llegaba al hogar. La odisea del tráfico que lo dilataba en la tripa de la ciudad le permitía la confección detallada de mentiras con las que entretendría noches a lo oscuro. Los apagones eran como de veinte horas. Al ver a mis tías indispuestas, el viejo buscaba mis oídos y ya no había cómo escapar de sus inventos. El delirio no tenía parangón: según Mirtilio, Balaguer iba a estar visitando las “instalaciones” e iba a conceder ascensos. El viejo anunciaba que había que prepararse porque dentro de poco tendríamos un Caprice Classic con chofer y de seguro nos mudaríamos a uno de los edificios que el Hombre iba a inaugurar muy pronto en la avenida España o sus alrededores. Sí, el lugar era Villa Duarte y la época, como se dijo, los noventa. La locura del Faro a Colón se había establecido, poniendo de moda las palabras Desalojo y Esperanza. En una de sus tardes más eufóricas, Mirtilio envió por cartulina y escarcha para hacer un letrero que rezara Balaguer el Inmortal y así entregarse a uno de los tantos mítines de inauguración. Una de las tías metió las cuatro y pasada de fresca pronosticó que no tendríamos apartamento ni nada y que eso de estar construyendo un catafalco para honrar la figura del conquistador era tan solo un deseo cojo de también celebrarse su Feria de la Confraternidad. “Porque si Trujillo tuvo una yo también puedo”, dijo la tía que Balaguer decía. La tabaná con la mano volteada no se hizo esperar y rodando, la tía María Kirsa llegó hasta Curazao y su senda fue seguida por la ya mencionada María Magdalena y luego por Sor María, la verduga que de cuando en vez me refresca esta historia.

II.

La muerte de Mirtilio me sorprendió por los Nuevayores en donde empezaba a garabatear la pantalla para entregarme a una locura literaria. No supe en verdad si quise ser escritor, yo siempre lo que quise fue ser famoso y algo me dijo bien por dentro que con la tendencia que iban tomando los acontecimientos, como escritor yo no iba a llegar nunca a una primera plana. Todavía la autogestión cibernética no había nacido. De haber sabido que existirían cosas como Facebook, me hubiese preparado mejor en el campo tecnológico. Pero me tiré a la calle nuyorkina a bregar de la manera más tercermundista posible y hay como para llenar un álbum, historias de circos y teatros de tercera en donde pasé tantas noches de arrebato, hay puentes por abajo, vagones subterráneos, sábados, apartamentos cajas de fósforos, hombres, colombianas, comida china y muy poca literatura. Como todo escritor adolescente de fiebre me lancé a matar al padre, pero, ¿cómo muere un espectro?

Para acabar con el enemigo habría que conocerle sus contornos, pero un fantasma es lo peor de los espejos. Por obviar la contundencia, esta no tiende a lo terso. Dolor si hubo queda… lo mismo dicen del amor. Para acabar con Mirtilio tenía que apuntar muy atrás y los escritores de la Patria se ocupaban en mantener la zarza trujillista coleando mediante libros, coloquios y documentales. Durante el peor invierno del autoexilio escribí mi primer cuento y Balaguer no había muerto. Fue quizás el darme con el puño de lo real lo que me tiró a la calle con más fuerza; allí amplié mis raíces, quise alejarme de todo lo dominicano, todo lo que me recordara la Triada: Trujillo-Mirtilio-Balaguer. Decidí que el mejor tratamiento para ese flagelo era el olvido. Me hice socio de un club de películas uruguayas, cogí dos clases de yoga, cinco de kung fu y conocí el kush. Qué humo, qué viernes, qué otoños en la 14. Por años me las ingenié para navegar por entre la jungla de los verbos sin tener que mencionar los nombres de quienes se abrieron paso por entre la conciencia de una dominicanidad abatida por la memoria, la sangre y la macana; nombres para quienes las constituciones eran pedazos de papel manchado, inútil. Para mi sorpresa, logré componer dos o tres historias que supuestamente obviaban el pasado. Insuflado por esa mínima victoria y por el suero de la juventud (el estado más bello e insolente), despotriqué, y no de manera tímida, contra los homólogos que alimentaban ficciones con las miles de anécdotas en donde el Generalísimo mandaba a resolver con un bicornio en una mano y una copa de Carlos Quinto en la otra. Se me hizo inevitable prestar atención a estos cuentos sin llegar a la conclusión de que todas estas historias eran idénticas a las que hilvanaba Mirtilio. El viejo no estaba solo en la creación de mitos y leyendas. La pregunta me asalta cada vez que creo un personaje, cada vez que trazo una línea dramática, ¿será posible escribir Patria sin ensuciarme la boca?

III.

La pregunta me arrastra hacia Dominicana. Cuando Nueva York se convierte en una complicación de vodka, lágrima y corazón. Cuando Nueva York regresa en estos inviernos aletargados y holandeses. Cuando crees que eres feliz porque ese otro cuerpo ronca tranquilo entre juegos de sábanas coloradas y eres consciente del café tibio, amargo, entonces, regresas.

IV.

Vagando por mi vecindad, la zona colonial, con las piernas cenizas gracias al invierno del que lograba escapar, paré por casualidad en la librería Trinitaria y abusando del cliché, le pregunté a la dueña, ¿por qué escribir sobre Trujillo, sobre Balaguer? ¿Por qué nadie escribe sobre Mirtilio, sobre los millones de Mirtilios? ¿Habrá cómo rescatarse? La señora, bañada de una infinita paciencia ante el temblor de mi rodilla derecha de escritor joven, caribeño y por lo tanto triplemente patético, me aplacó en una mecedora ilustre (se habrían sentado allí gente como Tony Raful, Manuel Rueda, Vargas Llosa) y me quemó la lengua con un café. Desde esa ardiente impaciencia me dejó saber que aunque veinte años no eran nada, treinta y pico sí eran algo. Obviar que esa realidad nos definía era inútil. Bendecido por la resolana regalando un clima que me hacía olvidar la contundencia del bajo cero, fui testigo de la vida cayendo en su sitio como un juego de Tetris. Era cierto lo que decía la historia según Sor María: bienvenida sea la democracia y hay que celebrarla, aunque de manera lamentable hoy día seamos testigos de un esquema de barrabasadas. Mirtilio justificó los excesos de Trujillo aclarando que este había creado el Estado dominicano, a Balaguer le excusaba la locura de sangre de la Banda Colorá (Oh Macorís what have you done to us!) porque había construido el Faro y las hileras de multifamiliares y porque nos había rellenado a fundas de granos de arroz y aceite del malo. Dije que éramos, somos pobres y, por lo tanto, estamos desautorizados a dar consejos. Pero en las noches a punto de congelación de un apartamentito en South Bronx, alrededor de una fogata de pasaportes, mis tías suelen reunirse comandadas por Sor María la mayor. Rememoran allí los grandes días de la miseria de Mirtilio. Carcajean las camajanas al compás de merengues de Wilfrido y sus Beduinos, bailan hasta el asfixie con los Mayimbes Villalona y Santos, le encuentran sentido a la diáspora al reconocer que el desorden Trujillo nos empujó al paso errante y a un desequilibrio de sazones que no consuela el mar tricolor que se agita para anunciar la democracia entre fronteras de ceremonia y caída.

Rey Andújar es autor de varios títulos de narrativa y performance. Su novela Candela, publicada por Alfaguara, fue premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de 2008; con la colección Amoricidio recibió el Premio de Cuento Joven FIL-2007. La Editora Nacional recién ha publicado Saturnario, Premio de Literatura Ultramar 2010, versión cuento. Es candidato al grado de doctor en Literatura en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.


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