Artículo de Revista Global 31

Modelo energético y cambio climático

El cambio climático es uno de los mayores problemas y desafíos del presente siglo. Lo que empezó siendo una reivindicación de organizaciones ecologistas y de la comunidad científica es hoy una referencia obligada en la agenda política y una cuestión que preocupa a los ciudadanos.

Modelo energético y cambio climático

A finales de este año tendrá lugar en Copenhague la gran negociación pos-Kioto. Es pues del máximo interés abordar la cuestión del cambio climático, que sin duda va a exigir decisiones importantes en el plano mundial, al tratarse de un problema global que afecta al futuro del planeta.

Un modelo energético, sostenible y viable será determinante para conseguir mitigar el calentamiento global. Numerosos estudios científicos han visto la luz estos últimos años y afortunadamente se ha producido una sensibilización muy considerable de la opinión pública acerca de la magnitud y complejidad de las eventuales soluciones que deberán adoptarse.

La sensibilización de la opinión pública sobre esta cuestión es un elemento crucial para que el liderazgo político se decida a actuar. La presión ciudadana será determinante a la hora de definir las grandes orientaciones para el presente siglo. La historia reciente demuestra que ha sido siempre así: las políticas protectoras del medio ambiente se han producido por una toma de conciencia de la ciudadanía que ha obligado a los dirigentes a articular respuestas sobre estas cuestiones.

Resulta interesante constatar esta evolución.

En los años ochenta, el debate sobre el medio ambiente se circunscribía a la comunidad científica y a los movimientos ecologistas de vanguardia, preocupados, en aquel tiempo, fundamentalmente por la lluvia ácida y la degradación de la capa de ozono.

En los años noventa se pone de manifiesto que, de no producirse un verdadero esfuerzo de pedagogía con la opinión pública, que la haga ser consciente de la gravedad de los problemas medioambientales, será muy difícil realizar progresos en la aplicación de políticas activas destinadas a combatir el calentamiento global. El Acuerdo General de Naciones Unidas de 1992 identifica precisamente la concienciación de la opinión pública como la llave que permitirá que los ciudadanos interpreten que el cambio climático es un grave problema que afecta a toda la humanidad.

A pesar de todas sus limitaciones e imperfecciones, el Protocolo de Kioto representó un importante avance en la búsqueda de un compromiso global que respondiera a uno de los grandes problemas de la humanidad. Una vez más se enfatizó el papel fundamental de la opinión pública como auténtica palanca destinada a presionar a los líderes políticos para tomar las decisiones necesarias para controlar y mitigar las emisiones de dióxido de carbono.

En el presente siglo XXI parece que, por fin, el cambio climático ha encontrado su lugar prioritario en las agendas de nuestros dirigentes políticos. El calentamiento global tiene hoy día una presencia significativa en los programas de la mayoría de los gobiernos en todo el mundo.

 Agenda global

Así pues, podemos concluir que el cambio climático es un tema básico en la agenda global del siglo XXI. Salvo raras excepciones, es difícil encontrar un líder político, empresarial o sindical que niegue la evidencia de que el calentamiento global es un serio problema que nos afecta en nuestra vida diaria de ciudadanos de un mundo globalizado.

La elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos ha supuesto un giro de 180 grados en la posición de este país acerca del fenómeno del calentamiento global. La publicación del Informe sobre Sostenibilidad de la Agencia Norteamericana de Medio Ambiente y el Plan sobre Energías Renovables aprobado por el Congreso y el Senado, así como la propuesta presidencial sobre la reducción de los gases de efecto invernadero marcan una tendencia muy positiva. Este dato es aún más revelador si tenemos en cuenta que Estados Unidos no llegó a ratificar el Protocolo de Kioto, y que es, junto a China, el principal emisor de dióxido de carbono del mundo. También la Unión Europea se ha movido en la dirección correcta y en el Consejo Europeo de marzo de 2007 se han establecido las grandes líneas en materia energética: desarrollo sostenible, competitividad y seguridad de abastecimiento. La posición europea se ha concretado en el gran compromiso del 20/20/20 en el año 2020. Es decir:

  • Reducir las emisiones de CO2 un 20%.
  • Producir energía primaria de origen renovable un 20%.
  • Incrementar la eficiencia energética un 20%.

Parece que se está vislumbrando un contexto positivo a la hora de definir un modelo energético que sea más eficaz para reducir y mitigar los efectos del calentamiento global. El problema ya no es tanto de orientación, que en términos generales es correcta; el problema es la forma en que la grave crisis económica que conoce el mundo está pesando en la definición y puesta en práctica de las nuevas políticas medioambientales que se están anunciando.

Para unos, hay que definir las nuevas políticas y ponerse de acuerdo sobre ellas. Este ejercicio, sugieren, es suficiente. No es necesario pasar a su aplicación inmediata. No es el momento oportuno para imponer una nueva disciplina a los sistemas productivos que limitaría su capacidad de recuperación económica. Lo esencial es salir de la crisis lo más rápidamente posible y no gravar a las empresas con nuevas obligaciones medioambientales. Las políticas destinadas a mitigar el dióxido de carbono pueden esperar.

Para otros, es el gran momento que hay que saber aprovechar para cambiar el modelo productivo y hacerlo más sostenible y respetuoso con el medio ambiente. La recuperación económica debe incorporar también los desafíos del cambio climático para diseñar un nuevo modelo energético que haga de las energías renovables el pivote central de una nueva forma de entender el desarrollo social y humano.

Liderazgo político

Cómo combinar y hacer posibles estos discursos necesitará un notable ejercicio de liderazgo político. La emergencia de un nuevo liderazgo mundial con la figura del presidente Obama y las políticas que está presentando parece inclinar la balanza del lado de quienes piensan que precisamente una de las razones poderosas para cambiar el modelo productivo es su falta de sostenibilidad en cuanto a medio ambiente y calentamiento global.

No es posible vislumbrar un futuro sin Estados Unidos dentro de los compromisos mundiales para mitigar el calentamiento global como ocurriera con el Protocolo de Kioto. Si en Copenhague Estados Unidos no están en el acuerdo final, difícilmente estarán los otros dos grandes consumidores de energía del mundo: China e India. La Unión Europea no está, ella sola, en condiciones de liderar en el plano mundial este proceso. Parece pues necesario seguir muy atentamente el desarrollo del programa de la administración Obama. Es evidente que todavía las resistencias internas no se han presentado con toda su crudeza en el Congreso y en el Senado. La mayoría que dispone Obama es muy justa y será una incógnita cual será la posición final de los congresistas representantes de los Estados productores de carbón.

Si, al final, el presidente norteamericano lo consigue y Estados Unidos entra en la negociación final del pos-Kioto, parece evidente que existe una negociación previa fundamental. Conseguir responsabilizar, por un lado, a las nuevas potencias económicas –China e India– y por otro lado, incorporar a las potencias emergentes –Brasil, México, Sudáfrica, Corea del Sur– a un compromiso final aceptable. La Unión Europea puede jugar un papel de acompañamiento muy importante para conseguir este compromiso. Japón y Rusia, especialmente esta última, necesitarán un trabajo y soluciones específicas en este gran compromiso.

Si nos atenemos a la responsabilidad de cada uno, es relativamente fácil establecer las posibilidades para encontrar una solución.

Apenas 11 actores internacionales representan casi el 80% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero del planeta. Solo tres de ellos, Estados Unidos, China y la Unión Europea representan el 55%. Si a estos tres le añadimos Rusia y Japón nos vamos casi a 65%.

¿Es tan imposible un compromiso entre apenas una docena de países para empezar a mitigar la producción de dióxido de carbono? ¿En plena definición de una nueva arquitectura internacional, acaso no sería una señal determinante que los habituales del nuevo G20 ampliado fueran capaces de ponerse de acuerdo en la revisión del Protocolo de Kioto?

La mayor dificultad no es pues construir una plataforma de negociación de los países más responsables en la producción de dióxido de carbono, y el efecto “tirón” sobre los más renuentes, que produciría la confirmación de que Estados Unidos está en condiciones de ratificar el nuevo tratado que sustituya al Protocolo de Kioto. La dificultad más compleja de resolver puede derivarse del “papel de la energía” en el nuevo equilibrio de poder que se está produciendo en el mundo.

Es más que una tendencia confirmada: los estados productores utilizan cada vez más abiertamente los recursos energéticos para conseguir objetivos de política exterior y es un dato constatable como en los últimos años estos recursos están en manos de empresas estatales, es decir, los gobiernos son conscientes de la enorme importancia que en los nuevos equilibrios de poder tendrá el control de los recursos energéticos.

El poder de las grandes multinacionales del petróleo –las célebres cinco hermanas– es ya historia. En nuestros días, las empresas que controlan las tres cuartas partes de las reservas probadas de petróleo, gas y carbón son empresas nacionales. Esta circunstancia pone de relieve que las fuentes de energía en este siglo son ya parte fundamental del sistema de relaciones internacionales y esto explica por qué se ha acrecentado el control de los estados productores sobre los recursos.

Es decir, la energía se ha vinculado al nuevo concepto de seguridad energética y, en un mundo cada vez más interdependiente, la organización de los mercados energéticos puede influir en la búsqueda de un compromiso aceptable sobre el calentamiento global.

Entramos en una etapa donde el modelo energético será un factor fundamental para responder al desafío del cambio climático. Las energías renovables representan el futuro, pero todavía falta tiempo para poder establecer un modelo basado exclusivamente en este tipo de energías.

Al final será la voluntad política de nuestros dirigentes quien encuentre la solución. Ojalá sean justos y benéficos.

Manuel Marín González es un abogado y político español. Fue diputado por la provincia de Ciudad Real durante tres periodos. En 1982 se convirtió en secretario de Estado para las relaciones con las Comunidades Europeas. Fue vicepresidente de Comisión Europea por varios periodos, a la vez que responsable de Pesca, Cooperación al Desarrollo y Relaciones con los Países del Mediterráneo. Fue presidente del Congreso de los Diputados de España. En 2007 anunció su retirada de la vida política para dedicarse a la lucha contra el cambio climático. Es presidente de la Fundación Iberdrola.

Nota

Este texto es parte de una conferencia dictada en mayo pasado en el Palacio de la Presidencia de la República Dominicana.