Artículo de Revista Global 22

Naturaleza-divina proporción-arquitectura bioclimática

El cambio climático es el detonante de muchas voces que se han levantado en diferentes latitudes y áreas del saber y reaccionan en pos de la reparación del deterioro ambiental. La divina proporción puede ser un instrumento válido para tal fin: aunque es un concepto tomado del arte y la arquitectura, puede aplicarse a la relación entre el hombre y la naturaleza porque implica equilibrio, balance y especialmente proporción. 

Naturaleza-divina proporción-arquitectura bioclimática

En la historia de la humanidad han surgido voces de visionarios que han destacado las virtudes de llevar una vida en armonía con el espíritu y la naturaleza, integrando en un todo una experiencia cotidiana regida por el balance y la satisfacción. Esto se convirtió en una guía para sus vidas y pensamientos.

Estos visionarios sustentaron sus propuestas en observaciones directas del comportamiento de la sociedad de su época y los más cercanos a nosotros, en el análisis científico de datos estadísticos. Por muy distanciados en el tiempo y aunque sean de oriente u occidente, sus propuestas y recomendaciones resultan similares. Al menos son coherentes con esta idea rectora de encontrar una satisfacción alcanzando un balance entre espíritu y naturaleza.

Confucio propuso una realidad humana basada en la doctrina del justo medio, y luchar vigorosamente para obtener orden del caos. Horacio, el poeta de Roma, apostó por lograr este objetivo en su áurea medianía (áurea mediócritas), como el estado espiritual de quien alcanza la felicidad mediante la moderación. El arquitecto Leon Battista Alberti, fiel a su “ver, linear y medir” apuntó en pleno Renacimiento que “la desmesura es un principio aborrecible en el deleite de las cosas”.

Conocidos son los postulados de Gandhi que buscaban una convivencia pacífica en contacto con la Madre Tierra, como proveedora. Su máxima “la Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero no para la codicia de cada uno” es tan lapidaria, como certera.

Es archiconocido el manifiesto “menos es más”. Esto es válido en arquitectura porque nos acerca a la esencia y cuando ella se logra, la arquitectura perdura. Pero esto no es aplicable para la vida de una manera irrestricta, porque en una sociedad pobre, en la que no hay equidad, “menos puede ser nada”, lo que hace relativa la validez universal de este manifiesto.

El Club de Roma al final de los años sesenta, luego de constatar el inminente agotamiento de los recursos del planeta, propuso “enfocarse en un estilo de vida diseñado para la permanencia” buscando ahorrar recursos. Siguiendo este objetivo, se puede formular una máxima para la permanencia de la humanidad, que sería: “Máximo de bienestar con un mínimo de consumo”.

El economista Ernst Friedrich Schumacher advertía en 1974 que la humanidad está consumiendo sus recursos a un ritmo alarmante, comprometiendo los límites de tolerancia de la naturaleza de tal manera que amenaza el ecosistema que asegura su vida en el planeta.

Luego de confirmarse esta amenaza, surgió la idea de reencontrar el balance mediante la revolución energética asociada a la ecoeconomía, con el fin de equilibrar la sociedad de consumo al reducir su impacto ambiental. La idea fue introducir el balance en nuestras vidas por medio del ecomercado.

El informe Stern del año 2006 no solo confirma la gravedad del estado del planeta como resultado de su sobreexplotación, sino que cuantifica el costo de su restauración, lo que supondría una reacción generalizada, dada la magnitud del problema que habrá que enfrentar. Se calcula que entre 5% y 20% del PIB mundial se deberá invertir en la restauración.

En la actualidad y ante la evidencia de los datos científicos, ya innegables, se han levantado muchas voces en diferentes latitudes y áreas del saber. Es precisamente el cambio climático el detonante de estas voces que reaccionan para intentar un movimiento reparador del deterioro ambiental.

La divina proporción

Aunque es un concepto tomado del arte y la arquitectura, nos parece aplicable a la relación entre el hombre y la naturaleza porque implica equilibrio, balance y especialmente proporción. No nos referimos a la divina Providencia –que es un concepto religioso–, ni estamos proponiendo volver a los cánones de la Grecia antigua, ni a los del buen salvaje, ni a la perfección del Renacimiento; simplemente propongo que midamos la relación entre la humanidad y la naturaleza con el patrón de la armonía, y nos parece que la divina proporción es un instrumento válido. La idea es buscar la armonía en el arte de la vida, en términos contemporáneos, es decir, el balance dinámico ajustado a la interacción de las fuerzas vitales.

La proporción estética es una creación del espíritu y el equilibrio es una ley natural, por lo que es una tarea propia de arquitectos reconciliar ambas realidades, buscando armonía y calidad de vida. En un sentido amplio entendemos la proporción como limitaciones compartidas.

Es necesario recuperar al hombre como la medida de todas las cosas, pero esta vez asociado a su entorno. Este canon de sensatez es necesario hoy para sellar la proporción de los componentes en una medianía calculada, porque en la medida está la virtud, y la virtud es un atributo humano. Proponemos esta divina proporción entre humanidad y naturaleza porque la existencia de los 6,500 millones de personas que habitamos el planeta está marcada por el desbalance, y nos parece de justicia intentar equilibrar esta situación.

Proponer la divina proporción como medida nos parece oportuno porque presenciamos la explotación de la naturaleza por el hombre en una lucha en la que se oponen conceptos diferentes. Por un lado, el loable deseo de lograr un bienestar que alcance al mayor número de gente, y, por otro lado, un planeta en dificultad para aportar lo necesario para que se cumpla con esta meta. Sospechamos que la metodología para lograr esta meta no ha sido la correcta.

El hombre siempre inquieto ante su relación con la naturaleza pasó de escudriñar sus acontecimientos y de su contemplación como un cosmos misterioso y fragmentado en el entendimiento de sus ecosistemas, a un universo razonablemente interpretado y conocido, como lo es hoy. Con esta nueva información nos sentimos más seguros para emprender el camino del equilibrio, acomodando las variables para lograr la divina proporción como guía para medir y evaluar la relación entre el hombre y la naturaleza.

El fortalecimiento de los conceptos de límites y balance –rendir culto a la armonía– que están contenidos en la divina proporción resulta ser un objetivo importante de alcanzar, especialmente hoy ante la evidencia del deterioro causado al planeta.

Este objetivo tan complejo y amplio demanda muchas iniciativas novedosas y algunas difíciles, como por ejemplo liberar nuestra imaginación de las convicciones consumistas que nos han conducido a la situación actual. Como no hay una metodología única y universal para restablecer el balance para los arquitectos, propongo que consideremos al menos seis estrategias para encaminarnos hacia esta meta: 1) encontrar los límites para la armonía; 2) apreciar la grandeza de lo pequeño; 3) aplicar la ecoeconomía y la revolución de la eficiencia y la excelencia; 4) buscar la prudencia en el uso de la tecnología; 5) usar energías apropiadas, y 6) encaminarse hacia una arquitectura de recursos.

Seis estrategias

  1. Límites para la armonía

Ha habido períodos en la historia donde la Humanidad vivió en armonía con la naturaleza y donde el balance era la fuerza que controlaba esa armonía. Este balance imponía límites dentro de los cuales el bienestar de todas las especies, incluyendo al hombre, estaba garantizado. Desafortunadamente, este balance se rompió muchas veces y en muchas regiones del planeta, y el fiel de la balanza dejó de ser la guía.

Es pertinente recordar, en este inicio del siglo XXI, en el que enfrentamos la limitación de los recursos, que la existencia de límites nunca ha constituido un obstáculo para la generación de ideas y propuestas, y mucho menos para la producción de objetos, ni para la creatividad. Ni la tan temida página en blanco, ni el marco de la tela, ni los restringidos presupuestos de construcción, han sido obstáculos para la creatividad de escritores, pintores o arquitectos. La imaginación y la inventiva son precisamente los recursos intelectuales más idóneos y eficaces ante cualquier tipo de desafío. Los arquitectos dominamos estos dos recursos y conocemos su potencial, y por eso quiero destacar el poder que los límites representan para la creatividad.

Hemos puesto empeño en orientar nuestra arquitectura hacia una práctica en la que tratamos de no exceder los estándares, proyectando con lo disponible y barato, para tranquilizar nuestra ética y para contribuir a que el fiel de la balanza se vuelva a detener en el punto de equilibrio. 

  1. La grandeza de lo pequeño

La reflexión anterior nos conduce a valorar la grandeza de lo pequeño como una variable de la calidad de vida. El retorno al placer de lo pequeño y al gusto por la moderación son actitudes importantes de promover, porque como todos comprendemos, nos conducen hacia una economía de recursos y de materiales, lo que ayuda a restituirle la salud al planeta.

No creemos en un progreso que muchas veces confunde consumo con desarrollo, ni en la idolatría del gigantismo. Los arquitectos enfrentamos un desafío para salvaguardar un planeta sobrepoblado y con falta de recursos y limitaciones de espacio.

Imaginamos una sociedad equilibrada, en población y consumo, en la que las vivencias se orienten hacia el gusto y la exaltación de las cosas pequeñas, porque tiene mucho más sentido que los recursos alcancen para todos, y con el objetivo global de buscar la armonía dentro de los límites acordes para el desarrollo y el fortalecimiento de las culturas locales.

Es nuestra convicción que en una sociedad, social y económicamente sostenible, las vivencias se deben orientar hacia la grandeza de las cosas pequeñas, buscando la proporción armónica para una mejor calidad de vida, dentro de los límites coherentes con el progreso y la cultura.

  1. La ecoeconomía y la revolución de la eficiencia y la excelencia

En los últimos años se ha desarrollado la eficiencia como una premisa básica que lidere la producción. Los productos industriales deben ser eficientes y excelentes en sus prestaciones, y esto ya se controla mediante legislación en varios países. Así es como hay en el mercado bombillos, motores, autos, refrigeradores, vidrios, equipos en general y ahora edificios que son más eficientes que sus predecesores (Factor Four, doubling productivity-halvingbconsumption).

La consigna “reduce, reutiliza, recicla, apaga, camina” conmina a la participación de las grandes mayorías a contribuir con el balance.

Usando el mercado como un ecoregulador, la ecoeconomía pretende que se incluya en el precio al consumidor, además de los costos de fabricación, los costos indirectos, como son los efectos en el ambiente y en la salud, la cantidad de basura y su eliminación final, la excelencia y la eficiencia energética, etcétera. Un ejemplo de ecocosto sería el precio real al consumidor de un galón de gasolina en 11 dólares (The real Price of Gasoline, International Center for Technology Assessment, Washington, 1998).

Nuevamente resulta importante buscar la divina proporción, y en este caso aprendiendo a seleccionar los materiales considerando estas nuevas ecovariables, escogiendo los recursos y las tecnologías apropiadas, que pueden variar desde las de punta hasta las artesanales, según sea el caso, la latitud, los costos y su mantenimiento. Es en esto donde al momento de proyectar, los arquitectos podemos colaborar incorporando en nuestra práctica lo idóneo de la ecoeconomía y la revolución de la eficiencia. Una buena elección provocará un edificio excelente y adaptado.

  1. Creatividad y prudencia con la tecnología

En los países tropicales pobres el desafío para el arquitecto está en proyectar una arquitectura que capitalice los recursos naturales renovables para reducir los costos y limitar el uso de la tecnología, muchas veces muy cara en estas latitudes. Los arquitectos con esta vocación trabajamos orientados por el principio de “presupuesto mínimo- diseño máximo”. Esto significa que proporcionamos las soluciones a los recursos disponibles.

Una ventaja de esto es que es el arquitecto el que dirige el proyecto y controla el comportamiento final del edificio, y no el ingeniero electromecánico. Ahora mismo presenciamos cómo cada vez más los arquitectos trasladan esta tarea a los ingenieros y, si los arquitectos no reaccionan, no falta mucho tiempo para que seamos suplantados por ellos y la arquitectura pase a ser un subproducto de las ingenierías y otras ciencias aplicadas.

En nuestro caso, iniciamos el proyecto apoyándonos en los recursos naturales renovables, partiendo por las energías pasivas y los materiales más sostenibles. Luego adaptamos los parámetros de diseño a la realidad local y a las tolerancias tropicales de bienestar, mas que aplicar automáticamente los parámetros de confort de las casas fabricantes de equipos, que usan los de otras latitudes. Si no logramos nuestro objetivo, entonces recurrimos a la tecnología.

Veamos un ejemplo: los estudios para definir el bienestar en laboratorios asiáticos dicen que en esta

latitud tropical es tolerable trabajar hasta con 28.5 °C y con una humedad relativa de 80%.

Sin embargo, cuando aplicamos los estándares recomendados por los equipos de climatización, o sea, 23 °C de temperatura y 50% de humedad relativa, vemos oficinistas con pulóver [ jersey] trabajando en el trópico. Esto es relevante porque enfriar en un grado la temperatura en un edificio de oficinas representa un 10.5% de aumento en el consumo de energía eléctrica.

  1. Energías apropiadas

Las energías aplicadas a los edificios tropicales están relacionadas principalmente con refrescar el edificio, transportar fluidos e iluminar sus espacios. Buscar la economía energética es un objetivo que, en el caso de la latitud tropical, se aborda de acuerdo a su propia especificidad, por lo tanto, el enfoque es diferente de los métodos aplicados para otras latitudes. Si pretendemos un enfoque sostenible, los métodos apropiados resultan de considerar los recursos como fuentes

pasivas de energías y aplicar las prácticas de la revolución de la eficiencia.

Es posible refrescar un edificio moviendo el aire y produciendo corrientes o brisas internas si las temperaturas del aire exterior permiten evitar el uso de climatización artificial. Bajar la humedad del aire exterior antes de introducirlo al edificio resulta crucial, porque si se le mueve hasta producir una brisa interna que haga las veces de un abanico se puede lograr el bienestar sin el uso de refrigerantes. Si solamente se seca el aire ya hay confort.

Preferir la luz solar para la iluminación natural de los edificios en el trópico es una buena práctica. En los países tropicales, el ciclo del sol dirige la vida de las grandes mayorías y se aprovechan las 12 horas de sol, lo que hace que la jornada laboral o de estudio sea de día. Esto permite iluminar naturalmente los edificios y restringir la luz eléctrica a unas pocas áreas de los edificios, con el consiguiente ahorro energético.

Procuramos proyectar edificios que usen energías pasivas y renovables y nos apoyamos en la participación activa de los usuarios como un recurso para lograr el bienestar interno. Los usuarios representan una fuente de energía inagotable, porque ajustan su nivel de confort mediante la manipulación de los dispositivos puestos a su disposición por la arquitectura.

  1. Reproducir la arquitectura

El impacto que tienen la arquitectura y el urbanismo sobre el ambiente se debe minimizar mediante soluciones de reducido impacto. La arquitectura bioclimática y el urbanismo amigable son soluciones porque se apoyan en los recursos renovables y baratos y sus propuestas son sostenibles para lograr un impacto positivo directo. La otra condición para que se logre un efecto real e importante es que puedan ser reproducidas y copiadas por las mayorías. Y es importante que lo pueda hacer el mayor número de gente, para potenciar el efecto reparador o inocuo que la arquitectura bioclimática y el urbanismo amigable tienen sobre el planeta.

Por el contrario, no será reproducible una arquitectura que utilice materiales y tecnologías inabordables en costo o en dependencia.

Para reproducir la arquitectura, el clima y la naturaleza son importantes y deberían ser utilizados con más frecuencia como recursos para lograr el confort en el espacio público y en los edificios, en oposición a los métodos de alto consumo a los que recurre mucha de la arquitectura actual y que se aísla del clima local. La latitud tropical se encuentra en una excepcional situación para lograrlo, y por esto decimos que “climatizar la arquitectura con el clima” es una práctica válida y adecuada.

Por esta razón, el hecho de que la arquitectura sostenible pueda ser reproducida es una variable importante a introducir y creemos que debe formar parte de las evaluaciones ambientales para calificar los proyectos como sostenibles. Esto es importante para los países pobres porque, además, son los de mayor población y en ellos cualquier solución reproducible puede tener un benéfico directo en la huella ecológica de la humanidad.

Conclusión

Aunque aplicar estas seis estrategias para lograr la divina proporción entre humanidad y naturaleza pueda parecer una ilusión, uniendo pequeñas acciones que se multiplican y reproducen, los resultados podrían sorprender.

En el estado actual del planeta es evidente que los arquitectos debemos hacer esfuerzos para reducir la huella ecológica de la humanidad y encaminarnos hacia una relación más balanceada con nuestro entorno. La respuesta comienza proponiendo un cambio de actitud, aportando el recurso de la sabiduría en este proceso y haciendo intervenir la ciencia y la tecnología en lo que corresponda, pero jamás traspasándoles toda la responsabilidad y eludiendo nuestro compromiso.

El compromiso como arquitectos en este cambio de actitud es importante y va mucho más allá de tranquilizar nuestra ética. El impacto ambiental que tiene la arquitectura puede ser tan negativo que en algunos países el gasto-país por acondicionar edificios inadaptados o mal diseñados asciende al 50% del total de la factura energética nacional.

Este cambio de actitud a la hora de proyectar puede prosperar con resultados positivos si consideramos la divina proporción y sus seis estrategias como un instrumento inclusivo para lograr el balance. Decíamos que la divina proporción es buscar la armonía potenciando el poder de los límites.

Si este es el desafío mayor que enfrenta la arquitectura en este inicio de siglo, es nuestra convicción que la divina proporción es el instrumento válido para calibrar nuestra actitud y sintonizar la arquitectura con la naturaleza, optimizando el proyecto del edificio como un todo. Es decir, más que concentrarse en resolver partes aisladas y buscar beneficios parciales, por ejemplo, en la iluminación, en el consumo energético, o en el reciclaje del agua, buscar la divina proporción es concebir el proyecto para logra armonías múltiples. Esto equivale a considerarlo como una totalidad que perfecciona la relación con su entorno cercano, o sea, el lugar, y con su entorno ampliado, el planeta.

Primera parte de la conferencia “Naturaleza- divina proporción-arquitectura bioclimática” dictada por el arquitecto Bruno Stagno durante su participación en la Semana Internacional de la Energía, celebrada en Santo Domingo del 4 al 18 de enero de 2008. En la parte omitida se presentaron proyectos del arquitecto Stagno y edificios de arquitectura bioclimática en los que se aplican estos conceptos de ahorro energético; algunos de ellos se pueden consultar en <www.arquitecturatropical.org>.

Bruno Stagno es arquitecto por la Pontificia Universidad Católica de Chile (1968). Cursó estudios de postgrado en la École des Beaux Arts de París entre 1969 y 1972; desde 1973 tiene su propio estudio en San José de Costa Rica y ha diseñado y construido numerosos edificios de diferentes usos: viviendas, oficinas, colegios, fábricas, etc. Ha recibido numerosas distinciones por su obra: Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres y Chevalier de l’Ordre National du Mérite (Francia), el premio “Ecodiseño” de la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo, y la beca John Simon Guggenheim Memorial Foundation (Nueva York). Es director fundador del Instituto de Arquitectura Tropical en San José de Costa Rica, donde trabaja a favor de la investigación y difusión de la Arquitectura Tropical.