Artículo de Revista Global 5

Naturaleza y sociedad: una relación en conflicto

Como resultado de los conflictos entre la naturaleza y la sociedad, el camino del desarrollo humano se estrecha y se agota. El medio ambientes es tratado desde las mismas estructuras del poder de un sistema que solamente busca los máximo beneficios según los postulados economicistas. Mientras los beneficios derivados de la sobreexplotación de los recursos ambientales son para unos pocos, los costos los pagan las mayorías, casi siempre los más pobres. Ni el Estado ni la sociedad misma ejercen actividades centradas en el “daño-responsabilidad-sanción”.

Naturaleza y sociedad: una relación en conflicto

En los últimos 100 años ha estado lloviendo lo mismo que en los 400 anteriores. Sin embargo, cada año hay menos agua porque cada año hay menos bosques. Aunque la prensa habitualmente no lo recoge, ya en la República Dominicana se producen conflictos sociales importantes por el agua. Estamos perdiendo suelo a gran velocidad y millones de toneladas de tierra erosionada están hoy depositadas bajo el mar, provocando daños en las costas y sus arrecifes.

La pesca de superficie casi ha desaparecido y la que persiste lo único que hace es asegurar que cada vez haya menos pesca. Esta falta de peces y la forma en que la agricultura, las ciudades y el turismo desechan sus aguas negras en el mar o en lugares que finalmente desembocan en el mar, están afectando de forma especial los ecosistemas costeros de los cuales depende el negocio más importante del país: el turismo.

Nuestro parque energético es económica y ambientalmente insostenible, pero no se prioriza una ley de incentivo de las energías alternativas.

El total de tierra llanas, unos cuatro millones de hectáreas, está ocupado en un 67% por ganado, arroz y caña de azúcar, negocios de dudosa reputación económica, ambiental y social. ¿Qué se quiere decir con esto? Que no sólo ha sido imposible lograr prosperidad con ellos, sino que su crecimiento implica un aumento importante de los pasivos sociales y ambientales del país. Si le agregamos el caso del valle de Constanza y las estadísticas que revelan que su población es una de las más enfermas del país y que sus tierras ya no aguantan más envenenamiento por pesticidas usados de manera irresponsable, es lícito cuestionarse si vale la pena o no seguir produciendo agricultura.

Tenemos unos 2,000 kilómetros cuadrados de parques nacionales y somos el país que mayor diversidad biológica posee en todas las Antillas. El país es signatario de diversas convenciones y acuerdos que lo comprometen a su sana conservación como son la de Biodiversidad, la del Cambio Climático y la de Desertificación y la Sequía. Pero nada de esto parece ser importante: mientras unos pocos hacen compromisos de preservación, los más los violan despiadadamente.

Este diagnóstico superficial sólo refleja la poca conciencia ambiental de la sociedad dominicana, y lo peor es que los riesgos de desastres aumentan con los cambios climáticos. Este inminente daño es el costo que estamos pagando por el pasivo ambiental que hemos acumulado y que ya nos ha cobrado varias facturas: Jimaní, recientemente, o Mesopotámica hace unos años.

 

Un enfoque sistémico

Todo esto acontece en un mundo en donde la tecnología ha encontrado soluciones puntuales a casi todos los problemas ambientales. Pero, ¿qué hace una sociedad con soluciones si ella misma no se ha apoderado de los asuntos que le competen? Las ciudades usan el agua que proveen los bosques, los hoteles usan las playas para sus clientes, pero el bosque y la playa no son de nadie cuando hay que cuidarlos y recuperar sus ecosistemas.

Hay que enfrentar los problemas ambientales con un enfoque sistémico que tome en cuenta los elementos económicos, sociales y ambientales que afectan una comunidad. De aquí nace el concepto de desarrollo sostenible, que consiste en lograr el equilibrio entre los objetivos sociales, económicos y ambientales (Organización Mundial del Turismo, 2002). “El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la habilidad de generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades…”¹.

El desarrollo sostenible generará diferentes soluciones de acuerdo a los lugares y los tiempos, y éstas dependerán de la mezcla de los valores y recursos disponibles. Aunque la definición del concepto continuará evolucionando a través del tiempo, se enfatizan las siguientes necesidades²:

  1. Equidad y justicia: para garantizar los derechos de los pobres y las futuras generaciones.
  2. Visión de largo plazo: aplicando el principio de precaución.
  3. Pensamiento en los sistemas: comprensión de las interconexiones entre medio ambiente, economía y sociedad.
  4. La interacción entre lo local y lo global y lo que está en vía de desarrollo y desarrollado.

Este enfoque sistémico empieza por reconocer que sólo hay sostenibilidad si hay creación de oportunidades para los pobres y para los habitantes del futuro, evitando al mismo tiempo la exclusión y la violación del derecho al desarrollo. Pensar a largo plazo obliga a tomar medidas preventivas para evitar daños que puedan afectar la salud y el medio ambiente. Así, es importante aprender de las experiencias de otros países sabiendo adaptarlas a la realidad del mundo en desarrollo, especialmente las fuertes tendencias que influyen las decisiones de todos los consumidores.

 Concepto innovador

¿Cómo tomamos en cuenta la insostenibilidad actual y sus consecuencias acumuladas? ¿Qué forma de evaluación nos permite reconocer la pérdida de una biodiversidad cuya utilidad ignorábamos?

La única respuesta sería plantear un concepto innovador de sostenibilidad, que incorpore la posibilidad de recuperar la capacidad natural de regenerarse de los recursos renovables.

Este concepto dinámico de sostenibilidad permite solucionar el viejo dilema de la capacidad de auto-regeneración de los recursos naturales y la exclusión de las personas o comunidades de su entorno en su solución. ¿Cuántos parques nacionales hemos perdido ante la pobreza de sus habitantes? El caso dominicano de Los Haitises es un ejemplo patético de insostenibilidad por exclusión.

Las extracciones de recursos realizadas del medio natural deben permitir su renovación proporcional. Es posible vivir de los intereses producidos por el “capital natural”. Si se quiere realizar una extracción anual mayor, la solución no es gastar parte del capital, sino aumentarlo con el fin de que genere unos intereses anuales mayores.

El desarrollo sostenible no es otra cosa, pues, que la puesta en marcha de empresas y sistemas que utilizan con la máxima racionalidad los recursos locales, formando ciclos cerrados que generan alta productividad, reducen la dependencia exterior y cuidan el entorno y la calidad de vida del habitante. En su aporte al libro de consulta de Estrategia de Desarrollo Sostenible del IIED, Robert Prescott-Allen plantea la necesidad de dar respuesta a cinco preguntas:

¿Cuán bien está el ecosistema en cuestión?

¿De qué modo afecta la gente el ecosistema?

¿Cuán bien está la gente (inclusive las futuras generaciones)?

¿Es su bienestar compartido equitativamente? ¿Cómo se conectan estas preguntas?

Los retos a la sostenibilidad se han multiplicado e intensificado: medio ambiente, salud, empleo, educación, desigualdad y movilidad social. Las prioridades han pasado de ser “eco” a ser “socio”. Un mundo cada vez más globalizado ha hecho evolucionar con rapidez vertiginosa las instituciones y los instrumentos de gestión del cambio. Pero el consenso ha ido evolucionando y a partir de Johannesburgo³:

  • La sostenibilidad es de base cuádruple (ambiental, social, económica y cultural) y se reafirma continuamente, sobre todo en su dimensión social.
  • La pobreza sigue siendo la primera causa de desigualdad y sufrimiento.
  • Las necesidades de la comunidad local deben incorporarse tempranamente a las pautas de desarrollo.
  • Es necesario reeducarse y redescubrir cómo relacionarse con el entorno. Y agregamos,
  • Es necesario educarse para descubrir la manera en que el entorno ambiental, social y cultural es renovado y enriquecido.

El “cómo” es la parte más difícil de este planteamiento, pues no todas las personas son afectadas de igual forma por una sobreexplotación o por la contaminación, de ahí la necesidad de alterar la visión de crecimiento indefinido y cambiarla por otra en la que la calidad de los productos y servicios sea evaluada también por su capacidad para preservar y mejorar los  ecosistemas.

Interrogantes

¿Se podría dictaminar que el modelo de desarrollo sostenible ha fracasado?

¿Bajo qué criterio se podría calificar un mundo en que sólo han sobrevivido un 1% de las especies que alguna vez han habitado la tierra? Cerca de 6,000 especies animales están en vías de extinción y la principal causa es la modificación de su hábitat natural inducida directa o indirectamente por el hombre.

La pérdida de biodiversidad tiene muchas veces un carácter irreversible y amenaza la capacidad de supervivencia de las restantes especies, incluyendo la humana. Es conocido que la mayor parte de las medicinas modernas provienen de plantas y animales, y se comienza a valorar el patrimonio genético que se va perdiendo junto con la biodiversidad.

La actitud de la humanidad ha sido hasta ahora de “curar”. Los antibióticos, fertilizantes y pesticidas son el orgullo del siglo pasado. Fueron grandes invenciones si los vemos como soluciones puntuales, pero representan un gran elemento de perturbación al no tomar en cuenta las causas sistémicas.

El desarrollo sostenible parecía ser la tabla de salvación y generó muchas esperanzas a partir de su lanzamiento en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (Estocolmo, 1972), pero es necesario reconocer que, hasta ahora, sus resultados no son dignos de encomio. Más bien podríamos catalogarlos de fracasos y en un mero camino a ser reconocido de importancia vital para nuestra supervivencia gracias a ciertos resultados, muchos de ellos parciales.

La noción de calidad de vida es lanzada en la Declaración de Estocolmo como un bien jurídico en relación con el derecho que tienen las generaciones presentes y futuras al bienestar derivado del mejoramiento ambiental. En la misma declaración se señala que el grado de desarrollo humano es el objetivo y la vida del desarrollo sustentable, en el que “todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades colectivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras, y tienen el deber de preservarlo”.

En otras palabras, ¿cuál es el derecho que nos asiste a las generaciones actuales de gastar y consumir los recursos que también pertenecen a las generaciones futuras? Mucho se han discutido estos planteamientos y poco se ha alcanzado. Ni las generaciones actuales satisfacen sus necesidades a pesar de la sobreexplotación que hacen de los recursos ambientales, ni las generaciones futuras lograrán alcanzar esta satisfacción con menos recursos a su disposición.

Poder y sostenibilidad

La falla puede localizarse en los mecanismos institucionales que son el resultado del poder ejercido por el modelo económico en boga. Se ha llegado al punto de no retorno en donde la evolución de las sociedades humanas requiere de cambios profundos en sus estructuras de relaciones de poder. El marco jurídico institucional existente es totalmente disfuncional con los nobles propósitos del desarrollo sostenible.

La falta de un ordenamiento ambiental que evite los procesos de degradación y contaminación de los recursos naturales es uno de los principales obstáculos al desarrollo sostenible. Otros obstáculos se encuentran en la concepción socialmente excluyente que surge de una actitud conservacionista errada, que dedica energías a preservar especies particulares sin tomar en cuenta el sistema como un todo.

Actualmente ni el Estado ni la sociedad misma ejercen actividades centradas en el “daño-responsabilidad sanción”. Se diseñan procesos pero sin apoderar ni educar a nadie. La exclusión de las fuerzas vivas de la sociedad podría ser catalogada como la causa principal del fracaso del desarrollo sostenible.

“Los modelos de crecimiento no han sido más eficaces en reducir la creciente demanda en la base de recursos naturales para el proceso productivo, ni en disminuir la capacidad sobreexplotada de la naturaleza para proveer a la sociedad servicios ambientales que son indispensables para la calidad de vida en el planeta. Esta capacidad del planeta –y que incluye el ciclo de nutrientes, la estabilidad climática, la diversidad biológica y otros– se ve cada vez más amenazada y deriva en los llamados problemas globales del medio ambiente, cuyos efectos (invernadero, desertificación, destrucción de la capa de ozono, la extinción de las especies de fauna y flora y la pérdida de superficie arable, entre otros) son la otra cara del problema ambiental y las razones que justifican la insostenibilidad del modelo actual de desarrollo”⁴.

Como resultado de estos conflictos entre la naturaleza y la sociedad humana, el camino del desarrollo humano se estrecha y se agota. Así, la naturaleza es tratada desde las mismas estructuras del poder de una sociedad que solamente busca los máximos beneficios según los postulados economicistas. Mientras los beneficios derivados de la explotación de los recursos ambientales son para unos pocos, los costos los pagan las mayorías, casi siempre los más pobres. Este es el tipo de economía ambiental que nuestra sociedad ha desarrollado.

La Agenda 21 hizo un intento de integrar esfuerzos conceptuales y de recursos para crear capacidades a todos los niveles e identificar las deficiencias sistémicas, e inclusive se logró que muchos países, incluyendo la República Dominicana, realizarán cambios significativos de forma y de fondo para el nuevo enfoque. Pero los temores del libre comercio cambiaron la dirección de los esfuerzos y de nuevo triunfaron los de la vieja economía.

Estados Unidos se retira de los compromisos ambientales y Europa declara que le restan competitividad a sus exportaciones y de nuevo se polarizan los enfoques y se diluye el esfuerzo. El apoyo político prácticamente ha desaparecido en los últimos tres años, generando frustración y falta de credibilidad en las instituciones públicas y hasta en algunos organismos internacionales.

Los gobiernos invierten actualmente 900.000 millones de dólares en gastos militares, 300.000 millones en subsidios agrícolas, y sólo 56.000 millones en ayuda para el desarrollo5.

El rol de las instituciones internacionales en estos cambios de rumbo ha sido errático, pero se nota una nueva energía tendente a recuperar el tiempo perdido y hay una buena oportunidad para reiniciar los esfuerzos con mayor experiencia y enfoque conceptual.

“(…) asumimos la responsabilidad colectiva de promover y fortalecer, en los planos local, nacional, regional y mundial, el desarrollo económico, desarrollo social y la protección ambiental, pilares interdependientes y sinérgicos del desarrollo sostenible” (Punto 5, Declaración de Johannesburgo 2002).

Mercado

Hay que explorar soluciones de mercado para los problemas de sostenibilidad, inducir un turista más solidario con la pobreza y el ambiente –una nueva tendencia en Europa–, crear un sistema de precios que refleje los servicios ambientales que ofrece el país a los inversionistas.

Para solucionar el problema se necesitan instituciones y éstas no surgen de la noche a la mañana. Hace falta un liderazgo activo a nivel local y descentralización de las decisiones del Estado. Es menester una estrategia de inclusión clara y precisa con la creación de espacios sociales alternativos que permitan compensar la exclusión que caracteriza a nuestro sistema político y abra oportunidades a las ONG para suplir servicios públicos.

Junto con esto hay que definir nuevas reglas de juego para el uso de los bienes públicos, con las que se asegure un acceso adecuado a los líderes reales y representativos. La sociedad tiene que aprender a reconocer y administrar nuevos conceptos de activos como los sociales y ambientales que, o son bienes públicos, como la pesca en el mar, o son intangibles como la confianza, pero tienen alta influencia en la productividad del país.

Cómo construir esos capitales y cómo crear espacios que generen representatividad son las grandes interrogantes para crear las instituciones competentes que puedan captar preventivamente las señales que aseguran el balance de intereses y el compromiso con la implementación de lo decidido.

Los conceptos y experiencias de sostenibilidad son cambiantes y día a día aparecen nuevos impactos y nuevas soluciones y nuevas formas de incluir con participación sana y proactiva. Los cambios tecnológicos de la última década tienen componentes ambientales muy positivos. Es necesario partir de la premisa de pensar globalmente y actuar localmente.

En la República Dominicana

El tema de la sostenibilidad es de particular importancia en los países insulares en desarrollo como la República Dominicana, debido a sus frágiles ecosistemas y la dependencia de su ecología de una relación sana entre las costas marinas y las actividades terrestres. Como ejemplo, las costas de la isla Hispaniola han perdido su biodiversidad y sus corales, la pesca de baja profundidad casi ha desaparecido, sus corales están en estado agónico con impredecibles consecuencias por la reducción de su capacidad de soportar huracanes.

Y lo peor de todo es que no ha habido educación sobre el rol de estos ecosistemas coralinos en nuestras playas, así como el de los manglares, rías y humedales como entes reguladores de los efectos de los fenómenos atmosféricos que tanto afectan al Caribe. Por el contrario, se permite que se construyan edificaciones en ellos como si nadie supiera las consecuencias.

Las predicciones actuales sobre cambio climático advierten para la zona del Caribe de un aumento del nivel de las aguas marinas y de la intensidad con que los huracanes pasarán sobre la zona.

Por eso es necesaria una urgente campaña de restauración de corales para evitar las peores de las consecuencias. Sin embargo, los pocos parques nacionales que quedan con corales vivos para reproducir y repoblar las costas han sido desmantelados por los legisladores para construir más de lo mismo: hoteles de alta densidad que usan intensivamente la biodiversidad a cambio de unos pocos empleos, pero que acortan la vida útil del negocio turístico de forma dramática.

Más de lo mismo pues imposibilita la implementación de una estrategia de desarrollo turístico sostenible que se está implementando con éxito en el polo Romana Bayahíbe, con inclusión de la comunidad y con un plan de recuperación y valoración de los recursos naturales que ha sido tomado como ejemplo en el mundo del nuevo turismo.

Ha habido una sistemática falta de voluntad política que obstaculiza la mayoría de los proyectos relacionados con la sostenibilidad. Los gobiernos y sus sistemas burocráticos han mostrado poco interés en los asuntos ambientales de trascendencia, los cuales no han llegado a ser prioridades nacionales. Lo único que se puede resaltar de las gestiones gubernamentales medioambientales es que tienen que dedicar mucho tiempo a defender el ambiente del acoso a que lo someten las propias autoridades.

Aunque la República Dominicana ha contraído compromisos internacionales, la posición de los gobiernos ha sido contradictoria con respecto a la resolución de los problemas ambientales en las propuestas o los proyectos.

Es así que quedan planteados los retos. Si bien el Estado tiene la responsabilidad principal, todos los actores están implicados: sector privado, las comunidades afectadas, ONG, científicos y académicos, y la ciudadanía en general. Es un gran desafío, pero la experiencia de Bayahibe demuestra que no sólo es posible, sino también rentable y, por supuesto, preferible.

Jaime Alfonso Moreno Portalatín es licenciado en Economía en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de Santiago. Realizó estudios doctorales y una maestría en Economía en Boston University, Massachusets, Estados Unidos. Fue director de la Escuela de Economía de la PUCMM, asesor económico de la Secretaría de Estado de Turismo y coordinador del Plan Nacional de Ordenamiento Turístico. Es vicepresidente de Empresas Bon y presidente del Centro de Investigación en Biotecnología y del Centro de Estudios e Investigaciones en Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible de Funglode.

Bibliografía

Dalal-Clayton, Barry y Bass, Stephen (compilación), Estrategia de Desarrollo Sostenible, IIED, Earthscan Publications Ltd., 2002.

Notas

  1. Informe Brundtland: en 1987, la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo elabora un informe para la Asamblea General de las Naciones Unidas titulado Nuestro Futuro Común, más conocido como Informe Brundtland, en el que se define el desarrollo sostenible como “aquel que responde a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para responder a las suyas propias”.
  2. << http://sdgateway.net/introsd/es_characteristics.htm >>
  3. Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible, Johannesburgo, 2002.
  4. << www.ncsdnetwork.org/reportetecnds2001.doc >>, pág. 46.
  5. James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial. FIN/2004.